viernes 30/10/20

Desolación

Daniel Yates

Se despertó boca abajo en el asfalto. El olor a alquitrán y gasolina penetraba por su nariz, se levantó mareado. Miró a su alrededor. Amanecía, las calles estaban vacías, todavía permanecían encendidas las luces de neón de los anuncios. Recorrió amplias avenidas, calles estrechas, plazas y parques. Alargadas nubes blancas se diseminaban por un cielo que, de un rosa pálido era cada vez más azul. No vio coches, aunque los semáforos seguían funcionando. Tampoco se tropezó con nadie, ni seres humanos ni animales, ni siquiera perros, gatos, pájaros o roedores. En las aceras solo hojas de los árboles y algún papel que movía el viento. El silencio que lo sobrecogía solo se rompía violentamente por los golpes lejanos que provocaba el viento en los postigos de unas ventanas. Llegó a una enorme y preciosa plaza, en el centro una gran fuente con un imponente monumento con una diosa en un extraño carro tirado por leones. Le faltaba la cabeza y un brazo que alguna vez sostuvo algo. No reconocía la ciudad. Se perdió en sus calles.

Se despertó sobre la arena. Se puso en pie mientras se limpiaba la arena de la cara. Ante sí solo había desierto, en el horizonte, entre montículos, asomaba un sol naranja que iba iluminando el paisaje. Caminó y caminó, subiendo y bajando dunas, sus pies hundiéndose en la arena, mientras dejaba el sol a su espalda. No se cruzó con ninguna caravana de hombres y camellos, no vio a nadie, ni serpientes, ni lagartos, ni alacranes, ni escarabajos, ni plantas ni matorrales, ningún ser vivo. Sobre la arena solo sus huellas. Cuando llegó a la cima de una duna vio un hermoso oasis. Las sombras de las palmeras y el agua cristalina lo seducían y reclamaban. Bajó corriendo, cayéndose y levantándose, dando tumbos, hasta asumir que solo era un espejismo. Se perdió entre las dunas del desierto.

Se despertó sobre un colchón de plantas y raíces. Estaba empapado. Se incorporó, solo percibió la densa vegetación de la jungla. Miró hacia arriba, supo que estaba amaneciendo por la palidez de la luz que se colaba entre los enormes árboles. Estaba solo, no había ningún animal, ni una alimaña, no había mosquitos, ni siquiera los trinos de los pájaros rompían el absoluto silencio que reinaba. La humedad lo impregnaba todo, desde las copas caían como gotas de lluvia. Caminó abriéndose paso trabajosamente entre el espeso follaje ayudándose con las manos. La maleza volvía a cerrase tras su paso. Se topo con una charca de aguas podridas, enfrente vio una elevación de piedra, por las manchas, desde allí seguramente alguna vez cayó agua, se imaginó una catarata y un lago de aguas frescas y translúcidas. Siguió caminando, tropezando con las raíces que, junto a hojas muertas y helechos, tapizaban el suelo. Se perdió entre los árboles.

Se despertó encima de cantos rodados, con el sonido del agua rasgando la orilla y un gusto a sal en la boca. Le costó enderezarse, estaba entumecido. Se quitó unas algas de la boca. Frente a sí tenía un mar en calma, de color esmeralda, salpicado de pinceladas blancas que le daba pequeñas olas aquí y allá-En el horizonte el sol era un semicírculo rojo intenso que lentamente se elevaba. No había nubes en el cielo. A su espalda un enorme acantilado que caía vertical. No había un alma, ni seres humanos, ni gaviotas ni albatros, ni alcatraces, ni ningún otro pájaro, tampoco cangrejos, ni medusas, ni caracolas, ni estrellas de mar en la arena, ningún ser vivo. Caminó con cuidado, la playa estaba llena de conchas marinas y piedras horadadas durante miles de años por el mar y el viento, y algas marinas algunas todavía verdes, el resto marrón oscuro. Encontró una botella sucia y vacía, ¿habría contenido alguna vez un mensaje? Siguió caminando, hasta donde alcanzaba la vista, a un lado o el otro, siempre convergían el acantilado, la playa y el mar. Se perdió por la playa rumbo siempre al norte.

Se despertó hundido en la nieve. Estaba aterido, se puso rápidamente de pie, se quitó la nieve de encima y se frotó con las dos manos. Recorrió con la mirada el paisaje, entre dos cumbres, tímido, emergía el sol. Estaba en lo alto de una ladera, todo lo que podía ver eran montañas, nieve y un cielo lleno de estrellas que desaparecían en la medida que se iba aclarando. No vio nada que estuviera vivo, algunos líquenes pero secos. Comenzó a soplar un viento racheado de sotavento. Se puso a caminar hacia el este bordeando la montaña. Su marcha era lenta, le costaba respirar, además iba con los ojos semicerrados, para que el resplandor no lo cegara. A veces ascendía un poco, otras veces descendía, buscando por dónde transitar. Después de un recodo vio a lo lejos un pequeño valle, pudo distinguir un cauce vacío y el campo yermo. Se perdió entre las rocas, la nieve, el viento de las montañas.

No se despertó, murió en la cama del hospital. Después de estar casi un año en coma, los médicos certificaron que había fallecido tras un paro cardíaco. Reunidos en una fría e impersonal sala los médicos que lo habían tratado, el personal sanitario que lo había atendido con cariño y esmero, sus familiares y amigos más cercanos comentaban extrañados. Nadie, nunca,llegó a explicarse de dónde provenían las manchas de alquitrán y gasolina, la arena o las algas y conchas, o los líquenes de montaña, o las hojas de árboles tropicales que a veces encontraban en las sábanas de su cama.

Desolación