sábado. 13.04.2024

Las olas del mar golpean una y otra vez contra las rocas. No nos dejan dormir. Golpean furiosas, como si anticiparan la crueldad que nace de la urgencia que conlleva toda lucha por sobrevivir. Se presiente su estruendo como si fueran a irrumpir dentro de la choza de un momento a otro. Estamos tumbados los tres juntos y solo tenemos un pensamiento. Sufrimos pensando en lo que sucederá en lo que levante el día, menos madre y padre, que duermen entre las pieles arrullados el uno junto al otro.

Madre decidió durante la pasada luna que había llegado el momento de sacrificar al cachorro. Madre dijo que se había cumplido su tiempo y que a la carne que se cría para comer no hay que cogerle cariño. Eso dijo.

También dijo que aquí, en la Isla de las Tres Colinas escasea la carne, y que nosotros somos afortunados. Tenemos un cachorro bien cebado para compartir con los vecinos en la fiesta de la matanza. Nosotros no queremos matar al cachorro, ¿cómo vamos a comer su carne? No podemos. No se come a quien se quiere. Pero madre no lo entiende, madre repite una y otra vez que ya nos lo advirtió, que no estaba bien jugar con el cachorro, que no hay que jugar con la carne que se cría para comer, porque a la carne que se cría para comer no hay que tomarle afecto. Mis hermanos y yo tenemos esa frase de madre golpeando nuestras cabezas desde que madre anunció, durante la pasada luna, que había llegado el momento de comerse al cachorro. La frase nos golpea la frente como las olas del mar contra las rocas, que están furiosas y no nos dejan dormir.

Quedan pocas horas para que degüellen a Makuyá, así se llama el cachorro, y le saquen hasta la última gota de su sangre. Las mujeres cuajarán su sangre y la guisarán con unos cardillos, es una comida deliciosa, que se toma al inicio del festín. ¿Pero cómo nos vamos a comer la sangre de Makuyá, por muy bien guisada que esté? Makuyá es uno más, comparte todos nuestros juegos. Le pusimos ese nombre porque desde el principio nos pareció que el cachorro era igualito que el hermano de madre, el que murió en una refriega con los de la Isla de los Tres Valles.

Es terrible lo que va a suceder. No sabemos si Makuyá duerme. Está fuera, en un corralito que está junto a la choza, atado con una gruesa liana al tronco del cocotero que cuida padre. Nosotros seguimos despiertos, temblamos como si tuviéramos frío, pero no hace frío bajo las pieles del oso, es el espanto el que nos hace temblar, el adelanto de los gritos de Makuyá cuando lo degüellen golpea sin tregua nuestras cabezas, como las olas enfurecidas arrasan las rocas del acantilado. Cuando lo capturaron era pequeño y escuálido, pero madre dijo que bien cebado haría un buen apaño cuando llegara su momento. Y su momento ha llegado, los suaves colores del alba están a punto de aparecer por encima del acantilado, queda muy poco para que las mujeres de la aldea se reúnan y despiecen su carne para el gran festín de la cosecha de cocos.

Licor de cocos y carne de cachorro. Cada doce lunas se celebra la fiesta de la matanza, pero esta fiesta no es igual que las anteriores para nosotros. Se quieren comer a nuestro cachorro. Makuyá no debe tener más de ciento veinte lunas, es casi del mismo tiempo del hermano pequeño, pero madre solo lo ve como carne para comer. No entendemos a madre. Con lo dulce que se muestra con nosotros, ¿cómo es posible que madre pueda matar al cachorro? Ella también le ha visto crecer, le ha alimentado. Hemos comido otras veces carne de cachorro, pero éste es diferente. Es nuestro cachorro, tiene nombre, es Makuyá y habla, nos llama por nuestro nombre y juega con las tabas de oso mejor que nosotros.

El alba inunda ya la meseta sobre el acantilado. El mar golpea fuerte contra las rocas. Igual que la frase de madre golpea dentro de nuestras cabezas: no hay que coger afecto a la carne que se cría para comer.

Día de matanza