lunes 18/10/21
CRÍTICA DE ENRIQUE ANDRÉS RUIZ

La lógica de la extrañeza | "Lo malo de una isla desierta", de Javier Echalecu

El autor se adentra en el primer libro de relatos del escritor y traductor Javier Echalecu. Califica sus cuentos de situaciones "suspendidas en un instante". 

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Detalle de portada. Lo malo de una isla desierta

Narrativa | ENRIQUE ANDRÉS RUIZ

Traductor de autores italianos muy particulares, como el gran Salvatore Satta o la rara Alda Merini, profesional de amplia trayectoria en el sector público del Libro y el fomento de la lectura, Javier Echalecu ha tardado mucho tiempo en publicar sus relatos —sus cuentos, como él mismo los llama—. Su escritura, me consta, ha sido lenta, con mucho de batalla, a lo largo de años de continua revisión y reflexión. Que, por otro lado, él prefiera ese término —cuento— es ya una orientación hacia la condición exacta de estas concentradas, abstractas condensaciones literarias —no se me ocurre mejor descripción— reunidas al fin en Lo malo de una isla desierta.

lo malo de una islaPodemos convenir, creo yo, en que la condición de relato en una narración no se encuentra determinada por su extensión. Las hay, largas o cortas, en las que el relato, es decir, el hilo argumental, en definitiva la historia o historieta, es del todo irrelevante. Por de pronto pertenecen a este tipo todas aquellas narraciones en las que, como se suele decir, no pasa nada. (No pasa nada se titulaba una película de Juan Antonio Bardem de 1963, aunque en realidad toda aquella época estuvo llena de obras literarias, plásticas, cinematográficas, en las que, en efecto, ninguna trama del sentido era conducida desde un punto de partida a un desenlace más o menos consolador. De hecho, la nouvelle vague o el nouveau roman se afirmaron en estas maneras). Pero también hay muchas otras narraciones en las que las cosas que pasan, por fragosa que sea la peripecia, quedan en todo caso por debajo de la significación que el lenguaje ha adquirido en ellas, su textura, su virtud de haber configurado la obra, eminentemente, como un artefacto verbal. Esto contribuye a adensarlas, casi a solidificarlas en una constitución cerrada y aislante —una isla—, que las hace aparecer en medio de ese conjunto de hábitos al que llamamos mundo real con marcada extrañeza. Algunos cuentos de Javier Echalecu tienen, por decirlo así, acción, y otros no. Sin embargo en todos ellos se hace patente ese aislamiento, esa especie de retracción que nos expulsa de ellos y nos deja fuera de su factura redonda, dura, reticente.

Pero no es una cuestión simplemente de escenografía. En estos cuentos hay astronautas, seres mitológicos, ángeles y esqueletos; su contextura, no obstante, está lejos del género fantástico, es más, su singularidad, el éxito de su efecto, diríamos que estriba precisamente de que resultan asombrosa y misteriosamente reales, o naturales, para ser más precisos. Sin ir más lejos, el más próximo a los modos del género fantástico o extra natural —“Amor androide”— no es el mejor ni el más característico del conjunto. Naturalmente, la genealogía de ese modo de escribir, puntillosamente estilizado, se puede rastrear de Poe a Cortázar, pasando por Schulz o por Landolfi o por Felisberto Hernández. El cuento parece ascender por los aires en todos ellos como una roca perfecta e ingrávida que se hubiera desprendido de todo arraigo en el mundo conocido y sin embargo le perteneciera constitutivamente, a la manera de la isla, misteriosa e inalcanzable, que quedaba flotando en la pintura de Magritte.

Javier EchalecuComo rocas, como gemas inatacables y brillantes, los cuentos de Javier Echalecu tienen unas paredes transparentes que dejan ver su interior, y en su interior las extrañas situaciones en las que se debaten unas criaturas parecidas a las apresadas en las cuentas de ámbar.  Gran parte de estos cuentos se producen, en fin, como situaciones, más que como acciones; como la descripción de situaciones que se dirían sin pasado ni futuro, suspendidas de un instante, de una circunstancia en la que el tiempo de los argumentos narrativos ha sido cancelado.

Y el cuento es desde luego más capaz que las novelas de esa concentración propicia a la producción de la extrañeza. Ya es muy conocida la frase que André Breton, en el Primer manifiesto del surrealismo, atribuye a Paul Valéry como resumen de la falsedad, la banalidad,  la engañifa infantiloide de los escritores y los lectores de novelas: “La marquesa ha salido a las cinco”. Cortázar la puso al comienzo de Los premios, y quien más quien menos entre los denostadores de las novelas la ha utilizado (Ortega no, porque a Ortega no le hacían falta frases de otros). Pero en realidad el dardo de la frase iba dirigido, más que contra las novelas, contra la concatenación causal y lógica de las acciones narrativas tal y como son construidas sobre el hilo del argumento tradicional (y aristotélico), y sobre todo contra la correspondencia que el manejo ingenuo del lenguaje da por hecha entre las palabras y las cosas. Pues bien, el humor, la extrañeza y el rechazo de esa lógica de lo real que manifiestan estos cuentos de Javier Echalecu, nos invitan, claro, a emparentarlos, por un lado, con el surrealismo, pero por otros, con esa estirpe reticente, que es de mucho mayor amplitud. En ellos hay, en todo caso, mucho más que una filiación literaria. Hay la voz de alguien extraño al propio autor que escribe, una voz o unas voces pulidas, aristadas, que se debaten por escapar a toda ingenuidad y nos hacen perder pie por donde más seguro parecía el terreno.

Javier Echalecu | Lo malo de una isla desierta | Editorial Pre-Textos | Valencia, 2021 | 152 pgs. | COMPRA ONLINE


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ENRIQUE ANDRÉS RUIZ es escritor y crítico literario.

La lógica de la extrañeza | "Lo malo de una isla desierta", de Javier Echalecu