lunes 27/9/21

Un cuento de la Luna de Fuego

El pasaporte daba vueltas entre sus dedos como si se tratara de un molino de oraciones o de un rosario de cuentas, pero las ideas no acababan de formarse claras en la cabeza de Marta. Otro año pasado entre maletas, mochilas, despachos oficiales; otro año de nuevas caras expectantes que miraban sin comprender y otro año en el que su vida pasaba dejando muchas cosas en la espalda y una cierta neblina en el mañana.

Vivía entre dos pulsiones que no acababa de controlar y que unos días le hacían ver la vida con objetividad y juzgarse a si misma con la distancia que su inteligencia le permitía y otros días se entregaba al juego de las compasiones y se fustigaba con la parte no alcanzada de una vida que ella no se había planteado como meta pero que los demás le exigían como parte de un trato que jamás se había firmado.

El pasaporte seguía dando vueltas lleno de sellos, visados, permisos y acreditaciones, reflejo de todas las horas de avión y de colas que conformaban una memoria profesional extensa y rica; la envidia de los muchos que ignoraban el coste de cada vuelo, de cada cola, de cada espera y de cada visado. En su vida se amontonaban amigos y horas de soledad por igual; su memoria almacenaba tantas bienvenidas como dolorosas despedidas y su agenda rebosaba direcciones de mail con terminaciones extrañas que superaban, con creces, a las .es Este viaje, el inmediato, era, como siempre, un cesto de ilusiones y anticipadas sorpresas, un pasaje puente entre el final de un proyecto y el inicio de otro episodio indefinido que le aguardaba un poco más allá, siempre un poco más allá. En pocos minutos tomaría otro avión tras pasar otra aduana, pagar otras tasas y llegar a la cabina para pelearse por el escaso espacio de los compartimientos de arriba en los que dejar el bolso y los sempiternos bultos del duty free del aeropuerto.

A la mañana siguiente despertó en el resort que había reservado en el paquete turístico, única forma de llegar hasta ese pueblo perdido de Tailandia en unas condiciones adecuadas. El folleto presentaba el lugar como un “idílico paraje lleno de encanto y belleza, con bahías y ensenadas de playas vírgenes y arenas claras en las que descansar y relajarse tras visitar los templos y las ruinas históricas tan abundantes en las proximidades”. Bajó al bufet del desayuno y las frutas explotaron ante sus ojos con los mil colores soñados por cualquier turista cuando imagina exotismo, aventura y lujo.

Ella, que tan acostumbrada estaba a los hoteles y buffets, se empezó a dar cuenta de que el lugar tenía algo especial, algo casi tangible que emanaba paz y sosiego, y que no tenía nada que ver con la masificación del descanso obligatorio de los resorts americanos. Tras desayunar tranquila y relajada, se propuso dar un paseo por las instalaciones del hotel, la cercana playa y sus tumbonas, las piscinas, los diferentes restaurantes...en fin, lo normal en estos casos. Comió bajo un techo de bálago y palma que le recordó las palapas mejicanas y se durmió a la sombra de los mangos que bordeaban una de las tres piscinas. Se despertó con el sol ecuatorial en claro picado contra el horizonte, en esa luz que se esfuerza en seguir iluminando y que despide el día con una claridad especial antes de que lleguen las sombras.

Fuera del hotel se escuchaba una música suave, como de flautas, alegre y pegadiza, muy poco oriental y casi infantil, casi de cuento. Se acordó del flautista de Hamelín y decidió preguntar en recepción el motivo de ese ambiente festivo. La respuesta le intrigó: “Es la celebración de la luna de fuego, la luna que cubre la parte más calurosa del verano y la gente de la aldea celebra una fiesta en el viejo templo que ya no habita ningún sacerdote. Sólo un santón acude para bendecir las ofrendas que llevan la mujeres para pedir a la luna que bendiga sus embarazos y sus partos, pues todas creen que es la luna la que gobierna la fertilidad de las mujeres y la Luna de Fuego es la más poderosa del año. Cualquier mujer es bienvenida y la luna bendice a todas con sus dones.”

Descansada y fresca por la siesta, decidió acudir y unirse a la procesión de mujeres y de cantos que se acercaba al templo, apenas a unos minutos del hotel. Cuando llegó, la visión de miles de farolillos y de ramos, de cestas de comida de todos los colores y de todos los olores, la música y el ambiente de fiesta le llenaron de calma y se abandonó por completo al ritmo de los acontecimientos. Habían pasado apenas diez minutos cuando las mujeres empezaron a organizar la cena, de forma que Marta se alejó unos pasos para no incomodar y que su presencia no interrumpiera ninguna tradición, pero un grupo de chicas se acercó, le llenaron el cuello de guirnaldas de flores y le pidieron, con gestos, que se sentara con ellas y disfrutara de la cena, que la Luna se sentiría ofendida si una mujer se quedaba sola en su noche.

La comida, una muestra de todos los sabores imaginables, transcurrió entre risas y bromas hechas en un inglés muy simple, pero adecuado para la ingenuidad de las bromas sobre hombres, embarazos y cosas de mujeres. Cuando las fuentes dejaron de circular y ya no era posible seguir comiendo, la música, una música muy distinta de la que le había llevado hasta allí, empezó a adueñarse de la noche y celebró la subida en el horizonte de una luna roja, enorme, caliente y espectacular como nunca Marta había visto en otras noches de desiertos y destierros. Unas niñas traían de la mano al santón, vestido de blanco y con el pelo ya la barba largos de años que se apoyaba en un largo bastón recto de madera gastada por el continuo asirse de las manos cansadas e inseguras. Al pasar, a pocos metros de Marta, se detuvo y fijó su mirada en los ojos de ella, que sintió como si alguien estuviera recorriendo entera su vida y sus recuerdos; guardando cada detalle de lo que ella atesoraba para llevárselo a algún lado.

A pesar de la violencia de esa certeza de violación de la intimidad, para Marta la experiencia había sido confortable, como una charla de amigos en la que poder sincerarse y explicar cada miedo, cada temor, cada inseguridad con la que llenaba sus noches de dudas y temores, pero el santón pasó sin decir palabra y sin gesto alguno hacia ella. Comenzó el ritual de la bendición y de repente, sin que nadie lo esperara ni formara parte del antiguo ceremonial de culto, los dos acólitos que ayudaban al santón, se acercaron a Marta y le pidieron que se pusiera en pié y les acompañara, que el oficiante le llamaba. Intrigada y avergonzada, llegó hasta el centro de la reunión y allí el santón tomó sus manos y levantándolas hacia la luna dijo en voz alta: “Oh luna: todos los años te pedimos que bendigas a las mujeres y te rogamos que sus partos sean felices y que les ayudes a dar la vida que guardan en su interior. Todos los años la aldea ve crecer a los niños con los que bendices la aldea y todos los años algunas de nuestras mujeres vuelven contigo para velar por sus hijas desde el otro lado, sin miedo al dolor de la vejez que dejan atrás. Todos los años tu bendición se vierte sobre ellas, pero hoy, ahora, has traído hasta nosotros a una elegida, nos has traído a la que, sin haber sido madre, ha devuelto la vida a miles de los que ahora son sus hijos; de su trabajo y de su empeño ha nacido la esperanza y la paz. Ella es bendita entre las benditas y afortunada por siempre, pues de sus actos nace la luz y la esperanza para miles de perseguidos, para miles de madres que, por ella, pueden ver crecer a sus hijos lejos de las guerras y los odios. Por ella se extiende la paz y el refugio de los hombres. Ella se ha dado, generosa y ahora necesita la paz para ella misma, la paz que entregó a los otros sin reservarse parte para ella. Para ella te pido la bendición de su paz. Para ella, que sembró el futuro esperanzado en miles de vida, te pido la esperanza de un futuro fructífero y feliz. Para ella, que con su esfuerzo llevó el consuelo a las vidas de tantos, te pido que veles por su vida como ella ha velado por la vida de los que ahora, tu llamas sus hijos.”

Cuando pudo volver a levantar la mirada de los dedos de sus pies, se encontró con los cariñosos ojos del anciano que le miraban directamente a los ojos. Besando su frente le dijo: Ve tranquila a buscar tu futuro bendecido por la Luna de Fuego, que ella te ha tomado de la mano y guiará tu paso por la vida. Confía en ella y serás feliz.” Hoy, cuando Marta ve asomarse en el horizonte la clara luna de las noches de verano, recuerda aquel día y la felicidad vuelve a tomarla de la mano para seguir descubriendo el futuro con la confianza de saberse una elegida. Feliz cumpleaños, viajera: tuyo es el futuro de los que huyen del odio y de la guerra, que nunca te asuste el tuyo.

Un cuento de la Luna de Fuego