jueves 1/10/20

Cuarentena IV Fase 1 Metro

Daniel Yates Deus

Irene salió a la calle; estaba alegre. Cogió a la izquierda para ir a la estación del Metro. Caminaba sin prisa, había salido temprano, pero con paso seguro.Saludó a doña Carmiña que volvía, como antes, a barrer la acera. Iba arreglada con esmero, sin poder disimular una sonrisa que tapaba la mascarilla.

Ayer la habían llamado, dejaba de estar en el Expediente de Regulación Temporal de Empleo y se incorporaba al trabajo. Llegó a la estación de Portazgo. El trayecto era largo,pero no tenía que hacer transbordo. Se bajaría en Tetuán y por Sor Ángeles de la Cruz llegaría derecho a su trabajo, una gestoría importante, que estaba casi en la Plaza de Cuzco.

Bajó las escaleras sin tocar el pasamanos. En el andén había otras dos personas, el metro llegaría en 4 minutos.No había pasado un minuto cuando apareció el coche de la serie 2000 del Metro. Se abrieron las puertas, no bajó nadie, ella entró decidida. El vagón estaba casi vacío, eligió uno de los asientes permitidos. Estaba ansiosa por llegar a la empresa.En el trabajo se sentía a gusto. Después de terminar el bachillerato optó por hacer un curso de gestión contable, fiscal y laboral para ayudar a su padre que trataba de salvar su comercio de la crisis. Ahora estudiaba en la Universidad a distancia Ciencias Empresariales y su sueño era hacer un máster en gestión administrativa. En el trabajo era seria y responsable, apreciada por todos, nadie dudaba de que tenía un futuro prometedor.

En la estación de Nueva Numancia no entró ni salió nadie y en Puente de Vallecas solo subieron tres personas. Ella no les prestó atención, disfrutaba de su nueva situación y de escapar del confinamiento. Había sido duro para ella. Más de sesenta días encerrada, compartiendo el espacio del pequeño piso con sus padres y su abuela.Solo salía, con todas las precauciones,para hacer las compras imprescindibles. No soportaría que pudiera contagiar a su abuela con el COVID 19.

Irene giró involuntariamente a un lado y otro la cabeza como intentado negar sus recuerdos de la convivencia en los días anteriores. Con su madre tenía una relación complicada, como el resto de la familia, porque ella siempre estaba más pendiente de su hermano Manuel,que vivía en Fuenlabrada, estaba casado y con dos hijos y era policía municipal en la vecina Getafe. Su madre se pasaba el día cocinando, viendo la televisión y quejándose de su suegra.Empezó a sentir sed, detrás de la mascarilla se pasó la lengua por los labios.

En la estación de Pacífico subió una persona, ningún pasajero se bajó y en Menéndez Pelayo se abrieron y cerraron las puertas sin que nadie entrara o saliera. Ella seguía pensando en la familia, era la mimosa de su padre cuando era niña. Entonces, él era más joven y tenía la tienda de ultramarinos y era vital y cariñoso, con una relación entrañable con las clientas. Hasta que vino la crisis y con ella las pérdidas, las deudas, la desolación y el insomnio. Irene trató de ayudarlo, se preparó para ello pero, al final, su padre no tuvo más remedio que traspasar la tienda a una familia china. Las copas del bar, la pensión ridícula que le quedó como autónomo, lo deterioraron. Ella siguió siendo la «niña» de sus ojos, pero sus ojos ya no eran los mismos. Irene sentía que la sed aumentaba y se le secaba la garganta. Buscó en su bolso la botella de agua, levantó la mascarilla y se la bebió con tantas ganas que no paró hasta vaciarla. Ni alivió la garganta ni mitigó la sed.

En Atocha subieron varios pasajeros, no bajó nadie. Necesitaba beber más. Para no obsesionarse con ello, Irene evocó a su abuela, la adoraba. Se crió y padeció la posguerra. Se casó joven. Pronto tuvo que hacerse, sola, cargo de la crianza de su hijo.Su marido, sindicalista en plena dictadura, entraba y salía de la cárcel y por ello se le cerraban todas las puertas para trabajar. Su abuela tuvo que hacer de todo, limpiar casas, hacer comidas para venderlas en oficinas, vender cualquier cosa puerta a puerta. Antes de que llegara la democracia quedó viuda. Ahora aportaba a la casa la mínima pensión asistencial que cobraba. Entre las dos había una relación intensa. Su abuela era su cómplice, su paño de lágrimas, cuando alguna vez le decía «no» era con criterio, cuando le decía «sí» era con entusiasmo, solidaridad, picardía.Tosió y se tapó con el codo. Volvió a toser una y otra vez. Era una tos seca, desagradable, que aumentaba la molestia en la garganta y la sed. Se tocó la frente, podría tener algo de fiebre.

En Antón Martín y en Tirso de Molina subieron más personas, tampoco bajó nadie. De pronto el entusiasmo por reincorporase al despacho fue cediendo ante un cansancio que iba avanzando inexorablemente. En Sol, subió mucha gente y nadie bajó. En la superficie después de una conferencia de prensa, la presidenta de la Comunidad de Madrid quiso, espontánea e ingenuamente salir a la plaza a que le hicieran las fotos. Recibió más abucheos que aplausos. Irene no se enteró. En cambio, recién se percató que había sentada una señora a su lado, en un asiento no permitido para poder mantener la distancia de seguridad. Levantó la vista y se dio cuenta de que el vagón estaba lleno de gente. Personas con las frentes perladas de sudor, tosiendo tras las mascarillas, cubriéndose con los codos, doblados por el cansancio. «No soy la única» pensó y sintió miedo.

El Metro no paró ni en Gran Vía ni en Tribunal. Tenía miedo. Las defensas que había levantado para olvidar el cargo de conciencia que la había atormentado durante los últimos días cayeron.Sabía que había actuado mal. Cuando se enteró que las demás Comunidades habían pasado a la fase uno y Madrid no, se sintió injustamente discriminada. La presidenta avalaba y promovía ese sentimiento. Irene, que había sido hasta entonces tan disciplinada, recibió un nuevo mensaje de su grupo de amigos en WhatsApp. Esa vez bajó al parque para encontrarse con sus amigas y amigos, se abrazaron, bebieron compartiendo varias litronas que fueron cayendo, se trasmitieron unos a otros sonrisas bobas y cómplices, bailaron al ritmo de una música imaginaria, trasgredieron hasta hartarse. A la mañana siguiente no sabía que era peor si la resaca o la culpa. A la tos seca se sumó el fuego que se expandía por los pulmones.

El coche del Metro tampoco paró ni en Bilbao, ni en Iglesias, ni en Rio Rosas. Tuvo la sensación de que el convoy aceleraba.Por las ventanas que tenía enfrente, entre quienes estaban de pie, veía como la sucesión de grises, oscuros, sucios del túnel y de los cables que algún día fueron de colores, era cada vez más rápida. La angustia que sentía Irene la llevaba a querer moverse, levantarse, bajarse del Metro descontrolado. El cansancio, la debilidad, la sequedad de la garganta, el dolor en las costillas cada vez que tosía, las brasas en las que se habían convertido sus pulmones la mantenían sujeta al asiento.Vio a un pasajero desesperado que comenzó a tirar del tirador de parada de emergencia, no funcionaba. El sudor empapaba su ropa, no necesitaba tomarse la temperatura, sabía que volaba de fiebre.

El Metro pasó desbocado por Cuatro caminos. Quiso hablar, gritar, la garganta lacerada se lo impidió. Se dio cuenta de que al resto de los pasajeros le pasaba lo mismo. Nadie hablaba, nadie decía nada. En cambio,los ojos de sus compañeros, castaños,azules, verdes,grises, rasgados, saltones, profundos, lindos, feos, todos estaban marcados por el terror y la impotencia. No podía seguir sin hacer nada, se cogió con las dos manos a la barra y con un esfuerzo enorme, sobreponiéndose a la debilidad y el dolor se puso en pie.Poco pudo avanzar, quedó apretujada entre una mujer obesa y un joven que le clavaba su mochila en la espalda.En ese mismo momento, alguien, unos metros más allá, en su desesperación agarró el martillo de emergencias y rompió algunas ventanas. Un aire cargado, maloliente y caliente invadió el vagón. Irene no lo notó. Por el contrario, sintió frío y lentamente se fue desmoronando. No llegó al suelo, su cuerpo quedó recostado sobre la señora obesa, su cabeza entre ella y el que había tirado del freno de emergencia, en sus piernas sintió el peso de la mochila del joven. Irene dejó de respirar, los demás creo que también. Del coche de la serie 2000 destinado a la Línea 1 nunca se supo nada.

Cuarentena IV Fase 1 Metro