Cuando el pueblo se levanta (ojalá las revoluciones no fueran necesarias)

Las revoluciones son acontecimientos extraordinarios que miran al futuro. Son experiencias emocionales, tanto cuando se convierten en realidades triunfantes como cuando se quedan en fracasos. Pero incluso cuando tienen éxito, las revoluciones alternan euforia y depresión, son entusiasmo arrebatador, antes y durante, y habitualmente melancolía y decepción deprimente, después. Tras las revoluciones, los soñadores aterrizan de nuevo en la tierra.

Es lo que viene a decir Gero von Randow en el prólogo de su ensayo Revoluciones. Cuando el pueblo se levanta, recientemente publicado en su edición en español por Turner en la muy leída y bien traída colección Turner Noema. Para Von Randow, además, las revoluciones son “actos de liberación colectivos y, desgraciadamente, a menudo, barbaridades cometidas en común”.

¿De qué va el libro de Von Randow?

No, la época de las revoluciones no ha pasado: estoy con el periodista alemán nacido en 1953 en Hamburgo, que nos presenta su visión sobre las probabilidades de predecir las revoluciones y sobre la utilidad de las mismas. La Historia nos enseña pocas cosas, esta es una de ellas, que el motor del tiempo histórico es el cambio. Como afirma el autor de Revoluciones, seguirán dándose “tensiones telúricas” producidas por el choque entre la posibilidad y la realidad. Unas tensiones que en ocasiones se convierten en el tipo de belleza que esplende cuando surge el “momento dramático de la liberación”.

1967 fue el año en el que “la idea de una revolución” se instaló en Gero von Randow como concepto nuevo sobre lo que habría de ser el mundo. El presente era para él “algo provisional”, un tiempo de transición. De una primigenia idea de negación surgió, liberadora, la idea de revolución en muchos jóvenes como él, una idea que transformó la depresión juvenil de ese acto fundacional basado en la negación en algo atractivo, poderoso.

Von Randow militó durante años en el comunismo alemán (occidental, lo hizo antes de la caída del Muro). Dejó de hacerlo cuando reconoció que se había equivocado, que “había traicionado el pensamiento libre”, y abandonó “la virtud revolucionaria”. Hasta el punto de que la primera revolución que contempló nada tenía que ver con la propuesta por los comunistas… era la revolución que devolvió a sus vecinos alemanes orientales al Occidente capitalista.

Hace bien el autor en advertirnos de que “este no es un libro de Historia”. Leo esa frase muy al principio del libro y me tranquilizo. Tal vez lo sea, no obstante, me digo. ¿Lo es?

Definiendo la palabra revolución

relatososoDefine el autor la palabra revolución lentamente, pero comienza por decir que su libro no habla ni de revoluciones industriales ni tecnológicas ni del feminismo, que son revoluciones pero no a la manera que lo son las que él ha estudiado: para que se de una revolución, tiene que haber una transformación del poder del Estado impulsada a través de “cadenas de explosiones más o menos dilatadas en el tiempo” que cambian el “paisaje social” tras “acciones de masas espectaculares”. De esas revoluciones va el libro, de “los momentos en que el pueblo se levanta y escribe la Historia”. No valen las revoluciones desde arriba.

¿Cuándo las revoluciones “atraviesan las barreras entre lo irreal y lo real” para dejar de ser algo virtual, latente? Cuando se dan unas determinadas condiciones. Cuando unas condiciones, y no otras, maduran. Son, eso sí, “procesos de la realidad”, que se preparan al margen de la propia realidad cotidiana para irrumpir en la tranquilidad del transcurso de la historia, del tiempo, y cambiar su curso: “destruyen y crean” mientras “la política salta a otra vía”.

Las revoluciones van más allá de cambiar de sitio al poder, de distribuir de otra manera los privilegios (porque eso es lo que hacen, eliminar privilegios existentes para repartir otros nuevos):

“Las revoluciones son políticas, sociales y culturales. Siempre culturales”.

Y la melancolía tras la decepción y la victoria de la realidad. Algo que es común a las revoluciones es que “los revolucionarios experimentan la amarga experiencia de que su esfuerzo de autoinmolación sustituye a los antiguos privilegiados por otros nuevos”.

Un chiste explica esta línea interpretativa. Un chiste con un protagonista, el dirigente soviético Leonid Breznev, quien recibe una llamada telefónica de su madre preguntándole qué tal le va, él responde que bien, pues disfruta de una hermosa casa, de diez cochazos y dispone hasta de un cocinero propio, a lo que su madre contesta: “Qué bien, pero ten cuidado cuando lleguen los comunistas”. Sí, el humor puede explicar la realidad a veces mejor que las sesudas reflexiones ensayísticas, algo que no es este libro, pues mucho de lo que en él se aprende responde a análisis no exactamente superficiales pero en modo alguno enrevesadamente sesudos, de esos que distancian a quien los escribe de quienes quieren en ellos conocer la realidad.

Las revoluciones que se estudian en este libro, las que tienen como objetivo la libertad, a diferencia de fenómenos similares como el yihadismo o el fascismo y el nacionalsocialismo, que el autor, deliberadamente, excluye de su análisis, “derriban el poder y fundan otro nuevo”: ninguna de ellas ha dejado se tener como resultado “una nueva dominación”. ¿Y, entonces, la Revolución Rusa, la de Octubre, la bolchevique, fue una revolución?

Acontecimientos apasionantes que movilizan a las masas, destruyen modelos políticos y sociales para sustituirlos por otros nuevos y suponen cesuras en la historia. Quedémonos con eso. Porque eso es lo que son las revoluciones. Si bien no existe un modelo que explique todas las revoluciones como no existe un modelo explicativo de nada que se haya dado a menudo a lo largo del tiempo histórico, añado yo.

Los revolucionarios

Pero es sabido que para que se produzca una revolución no bastan las condiciones que la permiten, que la provocan… Hace falta que alguien se atreva, y al estudio de algunos revolucionarios, agrupados tipológicamente y no de forma cronológica, le dedica Von Randow medio centenar de páginas: Georges Danton, Víctor Serge, Lenin, Louise Michel, Mijaíl Bakunin, Ernesto Che Guevara, otros menos populares, anónimos. La intención del autor es explicar las revoluciones en tanto que “formas de vivir”. Los revolucionarios surgen de la indignación “contra la negación de los mínimos humanos”, y basan su comportamiento en la perdurabilidad y en “la relativización de las normas válidas hasta entonces”, pues están concentrados en el único objetivo del triunfo revolucionario. Von Randow no llega más lejos. Aunque más adelante nos deja una frase memorable:

         “Los revolucionarios se creen siempre al timón de la historia”.

Las ideas, los motivos, los pretextos

Las ideas, las ideologías, vuelven revolucionarios los intereses materiales cuando éstos y las esperanzas quedan insatisfechos.

El autor añade a la libertad otra reivindicación por antonomasia de las revoluciones: la dignidad. Y aprovecha esta reflexión para eliminar una revolución del siglo XX que no lo fue, precisamente porque no hizo jugar papel alguno ni al concepto de libertad ni al de dignidad: la revolución cultural maoísta.

Cuando Von Randow se pregunta a sí mismo sobre las ideas, los motivos y los pretextos de los revolucionarios acaba llegando a una conclusión: en lugar de buscar lo mejor, la bondad absoluta, excelsa, quizás los revolucionarios hayan de conformarse con eliminar lo maligno:

“La izquierda lírica, con su fe histórico-materialista en el progreso, me dijo en una ocasión Bernard-Henri Lévy, no se diferencia en exceso del radicalismo de mercado, que también ve una mano invisible en la obra que lo torna todo positivo. pero en lugar de ponerse de acuerdo sobre lo que significa lo bueno, los filósofos deberían, según, Bernard-Henri Lévy, entenderse sobre lo que es malo y buscar el modo de erradicarlo del mundo”.

La gran contradicción

“Las revoluciones atraviesan como un rayo el curso normal de las cosas. No son sucesos sino acontecimientos”.

En efecto, cuando culminan, las revoluciones son sentidas como una sorpresa, pero a la postre algunas de las explicaciones que les damos los historiadores para comprender sus causas las convierten, sin querer, en algo inevitable.

La plebe, la masa, “donde vive la ira”, es de la que se sirven los revolucionarios para provocar la erupción catárquica que doblegue a la realidad. Las masas son el potencial revolucionario, y una parte de ellas, lo más amplia posible, es el llamado “sujeto revolucionario”, la fuerza transformadora de la sociedad que ha de actuar “con voluntad de transformación”.

Von Randow indaga en lo que produce finalmente las revoluciones y nos va acercando poco a poco a la respuesta que en su estudio ha encontrado a ese dilema, una respuesta que no está en la miseria, está en las esperanzas:

“Las revoluciones no se suelen producir por desesperación, sino por esperanzas frustradas”.

La miseria no es un factor que induzca revoluciones; es todo lo contrario: “donde no hay más que miseria, no se produce ninguna revolución”.

La condición y fuerza motora de todas las revoluciones es lo que el autor denomina gran contradicción: la contradicción entre la posibilidad y la realidad. Si la gran contradicción crece cada vez más, podrá llegar a un punto en el que produzca “la descarga”, el detonador, el detonante, que tiene lugar cuando “lo posible y lo real entran en contacto”.

El orden en las revoluciones

“Una revolución se empuja a sí misma hasta que llega un punto en el que se desborda y amenaza con desestabilizarse a sí misma”.

Las revoluciones han tenido históricamente tres tipos de soluciones tranquilizadoras que aporten un orden cuando la desestabilización puede acabar con ellas. Son estos:

Uno. “La corrección la emprenden aquellos que, junto con otros, han participado en la revolución pero ahora quieren beneficiarse de sus resultados en paz y con seguridad, y sin los radicales en el poder”. Es la llamada, por la Revolución Francesa, fase Thermidor.

Dos. “La dirección revolucionaria mantiene las riendas de la situación y puede emprender ella misma la corrección”. Es lo que hizo Cromwell cuando impuso la dictadura en Inglaterra.

Tres. “La contrarrevolución utiliza su oportunidad y pasa al contraataque”. Como el golpe militar egipcio de 2013 contra el presidente islamista Mursi que acabó con aquella Primavera árabe.

Para Von Randow, la contrarrevolución es el “ataque a una revolución con el objetivo de abortarla”. Es “una imagen especular de la revolución”. Si las revoluciones pueden ser pacíficas (aunque generalmente no lo sean), las contrarrevoluciones siempre son violentas, revanchistas.

Hablemos de la violencia, pues.

La violencia revolucionaria

         “Revolución quiere decir emoción. Y no cálculo.

         […]

Allí donde la violencia produce un dominio incontrolado y absoluto, éste desemboca en la traición de las metas revolucionarias.”

Las revoluciones “son hermosas y terribles al tiempo. Sería mejor que no fueran necesarias”. El autor habría hecho bien en rematar así su libro. Pero no lo hizo porque ese no quiso que fuera su final. Tampoco cuando nos cuenta lo que Stalin le dijera en una ocasión a De Gaulle: “al final siempre vence la muerte”.

La reflexión de Von Randow sobre la violencia gira en torno a una gran pregunta: “¿tanto sufrimiento, ¿vale la pena?” Gira y se agota en ella.

La actualidad de la revolución

“Los puentes con el pasado son cortos. por ellos trascurren los recuerdos hacia el presente. […] Las revoluciones envían un mensaje al futuro. Por eso no son del todo inútiles”.

Los mensajes que mandan al futuro las revoluciones son de este tipo: los de antes fueron tiempos difíciles; o de este otro: “no se puede permitir todo”; también de este: “había esperanza en un mundo mejor” (porque “los recuerdos de la revolución mantienen despierta la fe en lo posible”).

Von Randow es a menudo poético en su análisis, y en su libro abundan las frases memorables, como estamos comprobando. Frases como esta:

“Las revoluciones son el momento más trascendente de la historia. El caótico campo entre la realidad y la utopía”.

La realidad, el mundo, lo sabemos por la Historia (la disciplina de los historiadores que explica el pasado), es cambio, inevitablemente. Pero las instituciones sociales tienden al inmovilismo. Y esa contradicción, como escribiera Pierre-Joseph Proudhon, puede llegar hasta la oposición entre reacción y revolución. De manera que la única forma de evitar la explosión es que quienes defienden el orden dejen de ser reaccionarios y quienes defienden el cambio, el progreso, dejen de ser revolucionarios. Porque la explosividad violenta de las revoluciones, su misma existencia, viene provocada cuando “los perjudicados son testigos de cómo el mundo cambia a su costa”, cuando los perjudicados ven que todo va a ir a peor… para ellos, “mientras los privilegiados pueden salir al encuentro de los nuevos tiempos con alegría”.

Hoy, la tendencia de la acción de las masas continúa, aunque despojada de las ideologías de la revolución social. Lo que las impulsa, a las masas, es la gran contradicción. Hay quienes encuentran la superación de esa gran contradicción… en el yihadismo, que no es una revolución.

Una gran parte de la población mundial vive la gran contradicción en su máxima crudeza, y está muy bien informada debido a la globalización tecnológica. Por eso, Von Randow se despide de nosotros de una manera que asusta:

“¡Ay de aquellos autócratas y cleptócratas que se aferran tozudamante y con violencia a sus privilegios!

Y ay de nosotros [los occidentales del mundo opulento] si se nos mira como aquellos que se unen a los autócratas y cleptócratas contra los pueblos.”

Y fin

¿Y, entonces, la Revolución Rusa, la de Octubre, la bolchevique, fue una revolución? No me queda claro al leer este libro, del cual sí he aprendido algo: pese a los crímenes contra la humanidad cometidos por los beneficiados de su triunfo, el movimiento de los comunistas había nacido para luchar por la dignidad del ser humano.