ACTRICES | IN MEMORIAM

Cuando muere una actriz, mueren muchas voces de mujer en el escenario

En enero de 2025, mueren tres actrices en los tres países, en los cuáles el autor de esta nota vivió, llegando a conocerlas, en Argentina, en Inglaterra y en España. Las tres a su vez, madres, mujeres luchadoras, y en un par de casos devotas sindicalistas.

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Llevo 65 años de profesión como actor, y tengo que decir que, desde que comencé, incluso antes, como amateur, he profesado una admiración reverencial por las actrices. No es que piense que sean mejores que los actores en una comparación de rendimiento profesional. Se trata de que, desde cualquier perspectiva individual de la que provengan, se han ganado su espacio y su reconocimiento a pulso a lo largo de la historia de las artes escénicas. Especialmente si consideramos que, en épocas del teatro clásico o el isabelino, los papeles femeninos eran interpretados por hombres, en un medio social en el que la mujer actriz como tal estaba mal vista.

Incluso en una tradición que se ha conservado hasta nuestros días, como el teatro Noh de Japón, solo ha habido siempre actores. Aunque en tiempos recientes la mujer ha comenzado a hacerse presente también en el teatro tradicional japonés, así como en tantos otros ámbitos de la vida artística y profesional. Pero han tenido que luchar, hacer valer su presencia en el escenario, porque la presencia de la mujer en el escenario estaba vedada. Y en muchos casos, aún más recientes, en el ámbito familiar, han tenido que enfrentarse hasta a su propia familia, en especial a la figura patriarcal, que no quería una hija actriz porque no era una profesión del todo honorable.

Sin ir más lejos, lo contaba en diversas entrevistas Marisa Paredes, esa soberana actriz española que falleció en diciembre del año 2024.

Ya entrando en mi experiencia personal, me admiraba desde joven que una mujer, madre, esposa, ama de casa, y en el llamado teatro independiente en el que me formé, lo mismo que el hombre, con otro trabajo o profesión que le servía para mantenerse económicamente, pudiera en el mismo día, y a veces con poco tiempo, transformarse en un personaje distinto: bueno o malo, pobre o rico, joven o viejo, pero muchas veces atractivo y hasta hermoso.

Tengo grabada la imagen de que, antes de que saltara a la aventura profesional, una actriz compañera de una compañía independiente amamantaba a su hijo mientras se maquillaba ante el espejo, porque una mañana, en horario totalmente distinto al dedicado al teatro, nos habían convocado para una entrevista en televisión que, con su emisión, ayudaría a promocionar el espectáculo en el que trabajábamos.

Si a través de los años he llegado a conocer que, además de todo lo antedicho, dedican esfuerzos reivindicativos desempeñando una función sindical, especialmente en España o Argentina, o dedican parte de su tiempo libre a la defensa del artista como trabajador, o a la lucha contra la injusticia social y la discriminación en todas sus facetas, implicándose en nombre y figura en campañas sociales, esa admiración que señalaba de mi parte se convierte en alguna forma de veneración. Porque, como mujer, añade además la condición de luchadora.

Marisa Paredes.

Ni más ni menos, Marisa Paredes era eso: una mujer, una actriz luchadora.

Es por ello que pienso que, cuando muere una actriz, se apaga algo importante, como es la voz de la mujer, de muchas mujeres: la esposa, la amante, la madre, la hija, la hermana y cuantas mujeres puedan imaginar representadas en un escenario. Voces que se pierden en el silencio de lo presencial, aunque es cierto que reaparecen guardadas en el recuerdo, en lo etéreo de la memoria, que no es más que un sentimiento individual y que no puede llamarse colectivo.

Este mes de enero de 2025, que acaba de terminar dando entrada al año, se ha cobrado la vida de tres actrices, tres mujeres luchadoras, dos de ellas sindicalistas y una comprometida socialmente en el período de posguerra de su ciudad.

Tres mujeres, tres actrices, en los tres países en los que principalmente he desarrollado mi vida profesional como actor: Argentina, Inglaterra y España. Cierto es que el orden biográfico corresponde a mis inicios y estudios en Argentina, a mi consolidación formativa como actor en Inglaterra, y a mi asentamiento final en España, donde he vivido trabajando como actor y sindicalista más tiempo que en ningún otro.

Comienzo entonces por este país, o lo que es lo mismo, decido comenzar por el final.

Durante los 25 años de mi vida dedicada al sindicalismo en España, a nivel local, estatal e internacional, dediqué uno de mis mayores esfuerzos a la integración de todos los sindicatos de actores autonómicos y regionales, no siempre con los mejores resultados, especialmente con las comunidades de lengua propia distinta al castellano. Sin embargo, en esa Federación Estatal de Artistas que presidí desde 1995, en directa colaboración con los sindicatos de bailarines, conté con ciertas adhesiones de fidelidad de algunos sindicatos que, no por ser los más numerosos en términos de afiliación, eran menos dignos de respeto y consideración en la representación federal del sector. Me refiero a los sindicatos de Asturias, Málaga, Sevilla, Castilla y León y, en la última etapa de mi conducción, los sindicatos de Murcia y de Canarias.

Quiero referirme en especial al Sindicato de Asturias, porque en esos últimos tiempos de mi gestión lo dirigía una de esas actrices a las que he hecho mención por ser un verdadero conglomerado de todo lo que admiraba. Me refiero a Isabel Friera, una actriz que llegó a ser muy reconocida dentro del Principado, hasta su muerte el 5 de enero de este nuevo año, a los 66 años de edad. Isabel, desde muy joven, se liberó casándose a los 18 años, quedando trágicamente viuda poco después, a esa misma edad de 18, perdiendo a su vez la criatura que engendraba debido al tremendo efecto de disgusto y dolor que vivió tan jovencita. Con lo cual, nació a la lucha personal por la defensa de su propia independencia cuando además empezaba a pensar en dedicarse a su profesión de actriz. Mientras hacía sus primeros pinitos, llegó a tener otra relación de pareja con la que convivió varios años, y de la cual tuvo dos hijas, como desafiando a la vida para anteponer su condición de madre. Tal vez sus mejores trabajos fueron en teatro, y lo digo con un reconocimiento especial, porque en una de las charlas que me invitó a dar en Gijón, cuando yo ya estaba retirado de mi representación sindical, hace unos 10 años, en medio de un debate con los asistentes, en su mayoría jóvenes profesionales, expresé que el teatro era para mí la tesis profesional que debía aprobar el actor, y que sentía que quien no experimentaba el trabajo en teatro y solo trabajaba en televisión y cine era para mí más que nada un intérprete, pero aún no se ganaba el título de actor/actriz.

Isabel Friera.

Pero Isabel también trabajó en cine, y su último trabajo fue en la película Literario, en la que se narra la vida de un actor que trabaja en Madrid y decide volver a su pueblo natal, en plena Asturias minera. También en televisión logró cierta notoriedad por un papel que impuso con su característica fuerza temperamental en la conocida serie Aquí no hay quien viva.

Desde principios de los 90 vivió su relación sentimental más larga y tal vez más intensa. Con la experiencia de la madurez, compartió 32 años con un artista asturiano, hasta su muerte. Él mismo no pudo haberla descrito mejor: Isabel tenía en su carácter tanta personalidad y una presencia verdaderamente arrolladora, diciendo que hasta para llevar el cubo de la basura lo hacía con tal porte como si lo que llevara fueran joyas de Christian Dior.

Isabel Friera fue durante años presidenta de la Unión de Actores de Asturias y llegó a dar forma a SAPAEA, el Sindicato Asturiano de Profesionales de las Artes Escénicas y el Audiovisual. Isabel Friera falleció luchando hasta el final contra su enfermedad, dejando dos hijas y varios nietos. Una actriz, mujer, madre, luchadora y asturiana hasta la médula.

El 15 de enero fallecía en Buenos Aires Alejandra Darín, a los 62 años de edad, presidenta de la Asociación Argentina de Actores, el sindicato al que primero me afilié como actor profesional en 1962, en Argentina, mi país natal. Yo dejé la Secretaría General de la Unión de Actores de Madrid y de la Federación de Artistas del Estado Español (FAEE) en 2012, pero seguí en la actividad sindical internacional hasta 2016, porque hasta este año duró mi tercer mandato como vicepresidente de la Federación Internacional de Actores (FIA), con sede en Bruselas. Bajo esta responsabilidad, actuaba como coordinador en las reuniones del grupo regional FIA Latinoamérica. En 2012 conocí a la nueva presidenta de la Asociación Argentina de Actores, Alejandra Darín, y tuve ocasión de encontrarnos más de una vez en las reuniones de los sindicatos de actores latinoamericanos organizadas periódicamente por la Federación Internacional.

Alejandra era una actriz que debutó en la profesión en 1972, llegando a ser muy conocida en Argentina por sus actuaciones en teatro, televisión y cine. Provenía de una familia de actores, siendo sus padres dos famosos actores argentinos de ascendencia italiana y sirio-libanesa, Ricardo Darín y Renée Roxana. Por supuesto, Alejandra era hermana menor de Ricardo Darín, hijo, el actor argentino tan conocido en España en la actualidad y, por tanto, tía de Chino Darín, hijo de Ricardo, también conocido en España.

Alejandra era una persona de gran calidez humana, conocida por su sonrisa, aún en situaciones de mucha tensión, que se supo ganar el apoyo de la afiliación que la siguió eligiendo como presidenta del sindicato nada menos que en seis elecciones sucesivas de estos años. Había sido reelegida con una renovación bastante amplia de su directiva en la última, el año pasado, en 2024.

En su relación de pareja con el también actor Alex Ben, ha tenido dos hijos, Fausto y Antonia, que han continuado con la profesión familiar como actores. Durante un tiempo intentó mantener la actividad empresarial en una sala teatral propiedad de la familia, en una conocida arteria de la capital argentina. Pero, al intentar delegar la gestión de ese teatro en otras manos, no tuvo buenos resultados, por lo que se vio obligada a dejar esa actividad en momentos más o menos coincidentes con su decisión de dedicarse también a la labor sindical.

Alejandra Darín.

Alejandra Darín ha estado al frente del sindicato argentino hasta su muerte y se ha destacado en la lucha en defensa de los derechos del sector, especialmente en el último año, cuando el nuevo presidente de Argentina, elegido en el año 2023, desató una política contra el mundo de la cultura de su país en general, especialmente el cine y el teatro, cortando subvenciones de ayuda a la producción. Igualmente, el sindicato de actores, conocido por su labor mutual a través de su entidad paralela conocida como OSA, siglas de Obra Social de Actores, se vio seriamente afectado por los recortes de ayuda estatal. A tal punto, que si no fuera por la Sociedad de Gestión de los Derechos de Propiedad Intelectual de los Actores, SAGAI, entidad creada en Argentina en el año 2006 con la decidida ayuda de la sociedad equivalente en España, AISGE, creada anteriormente en 1989, esa actividad social y mutual del sindicato hubiera tenido que cerrarse. Gracias a la lucha de sus dirigentes, como Alejandra Darín, sigue realizando sus labores asistenciales, aunque de forma seriamente reducida.

Alejandra Darín, una actriz argentina, dedicada sindicalista, también luchó contra su enfermedad hasta donde pudo y falleció este mes de enero de 2025.

Joan Plowright

Por último, el 16 de enero moría en Inglaterra Joan Plowright, a los 95 años de edad. La única de las tres actrices aquí mencionadas que fue más conocida por ser la mujer de… La única que no fue sindicalista en su dedicación, pero que, desde muy joven, en la posguerra, dedicó sus mejores esfuerzos solidariamente a la asistencia social en un país que había ganado la guerra, pero a costa de enormes pérdidas, y que en muchos aspectos había quedado devastado por los bombardeos alemanes y con una gran cantidad de la población herida física y psicológicamente. Además, en cuanto respecta a mi experiencia en el tercer sindicato de actores al que he estado afiliado durante mi carrera, EQUITY, durante los quince años que viví en Inglaterra, se me pidió una colaboración muy especial en la década del 70. Esto fue prestar apoyo al Comité de Acogida a actores que llegaban a Inglaterra como exiliados de la llamada Commonwealth, integrada por los países que habían sido colonias británicas. Pero este comité amplió su acogida a los actores refugiados que venían de América Latina, especialmente de Chile en torno a 1973/74, pero también de Uruguay y Argentina. Ese comité era presidido por la veterana actriz inglesa Peggy Ashcroft y estaba secundado por Joan Plowright, que era la esposa de Laurence Olivier, entonces director del Teatro Nacional de Inglaterra.

Joan Plowright no era una estrella, pero sí una actriz conocida por su labor especialmente en el teatro, pero también en la televisión y el cine de su país. Siendo actriz contratada por la compañía del Teatro Nacional, en ciernes, que provenía del llamado Old Vic, que también dirigió Laurence Olivier, contrajo matrimonio con este ultrafamoso actor británico. Los dos provenían de matrimonios anteriores, y para los dos, este fue el matrimonio más largo y duradero en sus vidas. Laurence Olivier tuvo tres hijos con Joan Plowright y murió en 1989. Como suele ocurrir en estos casos, la viudez avivó la carrera cinematográfica de Joan, que trabajó en varias grandes producciones de los Estados Unidos. Joan Plowright tuvo que dejar su carrera finalmente en 2014 porque, en su lucha personal con una afección ocular, perdió la batalla y la vista, quedando ciega los últimos años de su vida.

Tres mujeres, tres actrices, tres luchadoras que conocí en alguna medida personalmente en los tres países en los que he vivido: Argentina, Inglaterra y España. Sirva este homenaje a las tres actrices fallecidas en enero de este año 2025, para demostrar que sigo teniendo una admiración devota por las actrices, en este caso, una argentina, otra británica y una española.

Si uno mira atrás, mira lo que ha hecho y dónde. En mi caso, mi vida profesional se ha desarrollado principalmente en tres países: Argentina, Inglaterra y España. Aunque he trabajado en varios países más, en los últimos años de mi vida activa es cuando más he dedicado mi tiempo al sindicalismo, a la defensa de los derechos de los trabajadores como sector y a los derechos que se derivan de la creación en el audiovisual, es decir, los derechos de propiedad intelectual de los intérpretes. En este caso, entran también los bailarines.

Si empiezo por el final, en España es donde puedo decir que cerca de un cuarto de mi vida ha estado dedicada al sindicalismo a nivel nacional, al mismo tiempo que en el campo internacional, porque, al fin y al cabo, los derechos laborales y los de la propiedad intelectual le corresponden a todos y cada uno/a. Lo que difiere, en todo caso, son los marcos legales de cada país.