jueves 26/11/20

Crítica a la filosofía de Carlos Marx desde la perspectiva de Bertrand Russell

 Víctor Salmerón 

Bertrand Russell fue un filósofo irreverente. Y con el paso de los años, según nos cuenta, aquello se volvió más radical. Es el autor de aquel famoso aforismo que dice:

Tres pasiones simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

Es, al igual que Leibniz, conocido más por sus trabajos de carácter superficial que por los realmente rigurosos; su especialidad fue la matemática y, en cierta medida, la ciencia, pero la fama, que lo acompañó el resto de su vida, la obtuvo en su etapa de divulgador y activista. Se lanzó inquisitivamente, con gran fuerza, a perseguir y a poner en su sitio toda clase de superstición. Arremetió con gran vehemencia en contra de toda forma de religión; a las religiones, de la naturaleza que fueran, pero en especial a las abrahámicas, las consideraba como responsables directas de inconmensurables sufrimientos en el mundo. Es posible que Russell les haya concedido demasiada importancia; en todo caso, fue un crítico muy amargo de los defensores de dogmas infundados. Irrespetó a un sinfín de filósofos, entre ellos a Marx. Parece ser que Bertrand Russell, como casi todos los filósofos, tenía la bizarra y poco humilde manía de pensar que él era el único filósofo que poseía la verdad, claro, eso no lo decía explícitamente, pero su desprecio, gratuito a veces, por los grandes filósofos y colosos del pensamiento lo demuestra. Es más, en su libro Historia de la Filosofía Occidental después de transitar de una manera bastante debatible y parcial la historia de esa disciplina termina, en el último capítulo, exponiendo las ideas de su propio sistema filosófico.

Este trabajo, de naturaleza sintética, se dividirá en dos partes. En la primera se expondrán las ideas filosóficas principales de Marx según se le presentan a Russell, luego se desplegarán los defectos filosóficos que encuentra Russell en Marx. En la segunda parte, para que haya equilibrio, valoraremos si las críticas emitidas por el filósofo británico en contra de la filosofía de Marx son justas, equilibradas, bien fundadas y dignas de ser tomadas en consideración en el diario filosófico de un verdadero marxista. La metodología que se pondrá en práctica, como es natural en los trabajos filosóficos y teóricos, estribará fundamentalmente en la lectura y el análisis crítico de las fuentes filosóficas. La bibliografía no es para nada extensa; por lo tanto, es posible consultar, sin mayor dificultad, las fuentes que aquí se emplearán.

1. MARX EN LA ÓPTICA RUSSELLIANA

Carlos Marx es, sin duda, un genio —eso lo deberían reconocer incluso sus detractores— negarlo sería tomar una actitud demasiado parcial, y, como es natural, de un genio se pueden decir muchas cosas. Marx, dice Bertrand Russell, en el mundo intelectual es considerado como el creador y máximo pionero del socialismo científico, un poderoso movimiento, que, sea por atracción o repulsión, ha dominado la historia reciente (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 472). También ha tenido gran preeminencia en el universo filosófico de una manera extraordinaria. Debido a su eclecticismo se convierte en un pensador «difícil de clasificar» (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 472).

Es cierto, sostiene Russell, que él es el resultado de los «radicales filosóficos»; (pero, a mi modo de ver, su originalidad y su genialidad son dos atributos innegables en él). Es, además, un renovador del materialismo, diferenciándolo del de Demócrito y Spinoza; brinda asimismo una nueva interpretación de la historia. A juicio de Russell, es el último gran constructor de sistemas, por ello se le puede considerar como el sucesor, sin discusión, de Hegel. Como su maestro, creyó sinceramente en la fórmula dialéctica, pero le dio un sentido bastante novedoso que difería considerablemente de la de aquel.

Los méritos intelectuales de Marx para quedar entre los grandes pensadores de la historia de la filosofía son enormes, sin embargo, no todos están dispuestos a reconocer la validez y la genialidad de su obra. Entre los que no acepta la validez y la importancia de su pensamiento está el filósofo británico Bertrand Russell. Sus teorías, desde que fueron expuestas por el mismo Marx, han sido mancilladas por eruditos y, en consecuencia, resulta difícil saber si están hablando de Marx o de una simple caricatura. Mas, viendo la situación trágica por la que transita el mundo contemporáneo, parece ser que su pensamiento filosófico sigue siendo tan pertinente, vigente y aplicable al mundo actual como cuando fue externado. Pero ese, en todo caso, no es el tema de este escrito. Sigamos pues, tratando desentrañar la visión holística que tiene Bertrand Russell acerca del Marx filósofo, ojo, no se tratará aquí, pues eso desbordaría, sin duda, la naturaleza modesta de este trabajo, al economista.

Una de las cosas que distinguió a Marx, a juicio de Russell, fue su carácter, al menos en intención, científico (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 476); la economía fue el capítulo principal en la vida intelectual de Marx. El desarrollo de su pensamiento filosófico se debió en parte a la gran influencia que recibió de la economía clásica británica. La postura de los economistas clásicos era evidentemente a favor de la buena vida del capitalista y en desfavor obviamente de la del terrateniente y del asalariado (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 476).

Marx, por el contrario, se declaró abiertamente en favor del asalariado, no por cuestiones de orden moral sino por la mera necesidad histórica. El carácter prometedor y científico de Marx se puede evidenciar en su obra de juventud el Manifiesto Comunista de 1848, obra muy influyente en lo político y lo filosófico. Es verdad que la mayoría de sus obras son, en realidad, técnicas, pero en ellas se puede sentir, si se leen con atención, la lumbre vehemente de sus argumentos. Trató, lo más que pudo, aunque no lo logró completamente, de no dejar nunca sus ideas en el aire proponiendo argumentos válidos y sacados de la experiencia; el método científico le fue de gran utilidad para no caer en las irresponsabilidades metafísicas vulgares, en las que comúnmente cayeron los viejos materialistas. A pesar del gran avance que representó, no fue capaz de trascender la metafísica, según el criterio de Russell. Pronto veremos sus razones.

Marx es un materialista, pero en un sentido que difiere sustancialmente del tradicional. Su materialismo, debido a la gran influencia que recibió del pensamiento hegeliano, es dialéctico; es muy diferente al tradicional, lo más parecido a éste es lo que hoy se llama instrumentalismo (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 476), doctrina que sostiene que las teorías científicas no son ni verdaderas ni falsas completamente sino sólo meros instrumentos de predicción.

El defecto fundamental, a juicio de Marx, del antiguo materialismo, consistía básicamente en que consideraba la sensación como algo pasivo y al objeto como activo. La verdad objetiva, a juicio de Carlos Marx, es una cuestión práctica no teórica; la discusión sobre un pensamiento aislado de la práctica es una cuestión meramente escolástica, improductiva, es por ello que la tarea por excelencia del filósofo es transformar, «alterar» la realidad (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 477).

La filosofía de la historia de Carlos Marx es, según Russell, una mezcla de Hegel y la economía británica (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 478). Él creía como su maestro en la fórmula dialéctica, Russell la considera, sin detenerse mucho en el tema y sin dar razones suficientes para su desacuerdo, como «mera mitología»; y, por lo que se sabe, lo hizo sinceramente. Discrepa, es verdad, con la fuerza impulsora de este movimiento. Para Hegel este ímpetu impulsor es el espíritu, fuerza mística que hace, sin saber uno por qué razón, que la historia humana siga su curso y pueda, en ciertos tramos, trascender el estadio en el que se encuentra determinada sin por ello negar completamente el pasado, sólo subsumiéndolo. Carlos Marx, contrariando a Hegel, sostiene que ésta fuerza impulsora es la relación del hombre con la naturaleza; y la relación más importante es el modo de producción. El materialismo de Marx es, por consiguiente, en la práctica, económico (Russell, 1945, pág. 478).
Bertrand Russell difiere con Carlos Marx —con el joven que no había leído lo suficiente a Hegel y otras literaturas— en este punto:
En general, los fenómenos de la sociedad humana tienen su origen en las condiciones materiales, y éstas cree él que están incorporadas a los sistemas económicos. Las constituciones políticas, las leyes, las religiones, las filosofías todas, son para él, en sus líneas generales, expresiones del régimen económico de la sociedad en que se producen (Russell, 1918, pág. 19).
Sin embargo, dice Russell
 
Sería injusto decir que afirma que el motivo económico consciente es el único que tiene importancia; dice, más bien, que las condiciones económicas forman el carácter y la opinión, y son de esta manera la fuente principal de muchos hechos que parecen no tener relación alguna con ellas. Aplica su doctrina particularmente a dos revoluciones: una, en el pasado; otra, en el porvenir (Russell, 1918, pág. 19).
 
Él no está de acuerdo que la política, las leyes, la religión, la filosofía y la cultura en general sean una consecuencia de los modos de producción y, en menor medida, de los de distribución (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, págs. 479). Esto, lo ya mencionado, constituye una base material en la que reposa la superestructura, todas las cosas que se mueven en la superestructura son meros fenómenos ideológicos
 
 

Una cosa hay que destacar: el campo político, uno de los más fundamentales en la totalidad del mundo, es el que más comprometido se ve con esta compresión de la realidad, como muy atinadamente lo nota Russell. La política, campo de gran complejidad y dificultad para ser tratado adecuadamente, quizá sea demasiado importante para reducirse a un mero fenómeno de la superestructura. Enrique Dussel, como muchos otros marxistas, no acepta dicha postura; Dussel, por ejemplo, pone a la economía y a la ecología como subcapítulos de la política; eso quizá sea exagerado.

Para muchos marxistas y no marxistas hablar de materialismo es una cuestión clara y distinta; sin embargo, no es tan sencillo como parece. Pensarlo como algo unívoco es un error, es más complejo y, en cierto modo, polisémico; no es lo mismo el materialismo antiguo que el de Carlos Marx. Russell cree que debido a la modificación que Marx hizo del concepto, es difícil determinar la verdad o falsedad de tal término (Russell, Historia de la filosofía occidental II, 1945, pág. 480). Para Russell la materia tiene un sentido preciso y dice que «es lo que puedo inferir por medio de ciertos postulados abstractos sobre los atributos, puramente lógicos, de su distribución en el espacio y el tiempo» (Russell, Retratos de memoria y otros ensayos, 1970, pág. 75). Por otro lado, consideró en el capítulo que le dedicó a Marx en su Historia de la Filosofía, bajo sus criterios unilaterales de ciencia y, hasta cierto punto, limitados, que la filosofía de Marx no era estrictamente científica; mantuvo que es casi imposible determinar su veracidad. En muchos aspectos, su doctrina resulta verosímil, pero en otros se ve que no es verdadera.

Marx, como es bien sabido, sostuvo, especialmente en su etapa juvenil, cuando su juicio era demasiado limitado y no había leído seriamente a Hegel, que la filosofía era una forma de alienación. La consideraba como un sustituto de la religión, la primera forma de alienación. Dado que la filosofía era usada como una suerte de herramienta adormecedora para justificar el estatus quo y encubrir mediante la abstracción más delirante las condiciones repugnantes y ofensivas en las que los hombres y mujeres quedaban determinados históricamente, era peligrosa.

Ciertamente suponemos que Marx se refería con esto a Hegel y, más en particular, a Aristóteles, quienes con sus filosofías vacuas justificaban el orden establecido de sus respectivas épocas. Además, la filosofía no se ejercía para hablar de cosas concretas, no hablaba del hombre (el ser humano) concreto sino del abstracto, del irreal, de su idea. Es una disciplina que huye cobardemente de lo real y paraliza la acción. Aristóteles, que tuvo una enorme influencia en Marx, sostenía que lo más importante era la contemplación, Marx no le agradaba tal visión y la refutó. El sostenía que el ser humano es acción transformadora, es trabajo, no pasividad; y es de esa forma, mediante la acción práctica, que se modifica la materia y se transforma en cultura.

La filosofía, por tanto, era un mero fenómeno ideológico flotando en la superestructura pero derivado, en último término, de la estructura. Como fenómeno ideológico la filosofía queda determinada desde la base material; su existencia no supone mayor beneficio para la clase obrera. Sin embargo, esto, como agudamente se percata Russell, no es del todo cierto, hay otras cuestiones, además de las condiciones económicas, que pueden influir en el pensamiento de un filósofo, como el caso de la guerra, por ejemplo, y en ellas no siempre ganan los más ricos (Russell, 1945, pág. 481). Una cosa habría que precisar: esta tesis no fue central en el pensamiento de Marx, tan solo hay un pequeño esbozo en la Crítica a la Economía Política. Esa tesis, como muchas otras, fue retomada por el marxismo ortodoxo y, debido a la obstinada repetición, la convirtieron en un burdo dogma.

De todas las triadas hegelianas, a Carlos Marx sólo le interesó una de ellas: el feudalismo, el capitalismo y el socialismo (Russell, 1945, pág. 481). Hegel, cooperando para reforzar nuestro prejuicio sobre su vocación a la completa abstracción, pensaba en naciones, Marx en clases, lo cual es más particular pero no deja de ser aún muy general, no para él.

Así como el feudalismo fue destruido por la praxis del capitalismo, de la misma manera el socialismo, representado por la clase proletaria, negaría necesariamente al capitalismo. La razón por la que Carlos Marx estaba a favor de la clase proletaria, como ya mencionamos, no obedecía a cuestiones de carácter moral, su apoyo a esta causa respondía más bien a una necesidad puramente histórica. Marx, en su prolífera obra, en alguna forma profetizaba el futuro de la historia en la que el proletariado se impondría: él creía sinceramente que esto traería el desarrollo pleno y deseable para el ser humano y la naturaleza. Sólo el socialismo, en la perspectiva de Marx, podría dar felicidad y pleno desarrollo al hombre (ser humano). Mas, el capitalismo ingeniosamente ha sido capaz, como podemos constatar en nuestra época de negar su antítesis, y el socialismo no ha podido, a pesar de todos los intentos infructuosos por lograrlo, objetivarse plenamente.

2. DEFECTOS FILOSÓFICOS DE CARLOS MARX

A pesar de la innegable contribución de Carlos Marx en el ámbito filosófico, pero sobre todo en el campo económico, (en el que descubrió y desarrolló las categorías fundamentales para entender adecuadamente el campo económico y, lo más importante, mostró al obrero así como al capitalista la esencia del capital, a saber, el valor que se valoriza) que fue sin duda su especialidad, sin por ello negarle otros atributos como el de historiador, tiene, a juicio de Bertrand Russell, serios defectos filosóficos que él, como se puede evidenciar al leer su libro puso de relieve.

En primer lugar, según Russell, es demasiado práctico y «está atado en exceso a los problemas de su tiempo» (Russell, 1945, pág. 482). Está, es cierto, enfocado en los problemas de su tiempo, pero en los generales, como Hegel, y prestó poquísima atención a los entes particulares y a los eventos cotidianos que acaecían a su alrededor, los ordinarios.

Es bien sabido que Marx prestó exigua atención a las consideraciones éticas; como creía, al igual que lo hicieron muchos otros contemporáneos suyos, que el progreso era inevitable, como comúnmente se sostenía en el siglo XIX, consideró viable el prescindir de tales consideraciones. Su única preocupación estribaba en la objetivación en el más alto grado de una gran revolución. En ese sentido, la crítica de Russell a Marx sería análoga a la que le hizo Søren Kierkegaard a Hegel. Aquel pretendía que lo universal absorbiera o subsumiera al particular, cosa que éste no estaba dispuesto a aceptar. Supongamos que se le preguntara a Russell lo que piensa sobre la actividad intelectual y práctica de Marx, me imagino que diría algo así: él debió haber hecho algo más provechoso y productivo con su tiempo que dilapidar el tiempo en necios conflictos con diferentes sectores y vivir inquieto por querer que las clases menesterosas y sin importancia social se volvieran relevantes —esto incluye a la clase obrera, por supuesto; es un típico razonamiento de un aristócrata (Nietzsche por lo menos era explícito al defender su clase, Russell se mostraría timorato como en todos los temas)— pues él consideraba, como los utilitaristas, que el éxito de los menesterosos en general no aumenta la felicidad de las mayorías mientras que el éxito de los grandes, los ricos y los poderosos, sí supone el aumento de la felicidad, en el sentido somero de los ingleses, para las mayorías. Diría además que debió haber usado su talento para realizar una obra de mayor alcance y provecho para la humanidad entera; como si el libro El Capital, por el que dio su vida y hasta la de ciertos miembros de su familia, fuera poca cosa.

También, lo señala de caer en antropocentrismo, cosa poco feliz para un hombre de la Ilustración. Después de Copérnico, como se puede constatar históricamente, la ciencia, esclava de la teología racional o natural (cristiana), experimentó un desarrollo asombroso e impresionante y, gracias a ello, fue capaz de demostrar su superioridad epistemológica sobre la religión cristiana; en consecuencia el hombre perdió centralidad; él ya no era lo más importante del universo, era un simple animal compuesto como todo otro de átomos, moléculas, células, tejidos y órganos con ciertas facultades racionales, es cierto, aquellas fueron las que le permitieron elevarse sobre el resto y coronarse como el rey del mundo animal.

Afirma, de manera dogmática, que la mayoría de los conceptos que tomó de Hegel no son, a su juicio —algunas veces bastante cientificista— estrictamente científicos, por consiguiente, no se le puede considerar un científico. Hay que ser claros: en el sentido que le da Bertrand Russell a la ciencia, Marx no es, en definitiva, científico, pero es que, visto desde una perspectiva dialéctica, Marx no respondía a esos criterios de ciencia, cientificistas, su ciencia es antropológicas y ética; es un científico en un sentido mucho más amplio del que suscribió Bertrand Russell y el Círculo de Viena.

Por otro lado, le reprocha Russell, Marx se declara ateo, (cuestión que no era bien vista por él ya que dividía a la clase obrera) algo que no es completamente cierto pero que ya tocaremos ese punto en los párrafos subsiguientes, (sobre todo de la religión de Hegel) pero en la práctica profesó un «optimismo cósmico» (Russell, 1945, pág. 481) ingenuo, cosa que es más común en un creyente religioso, fanático, que en un eminente científico social como lo era Marx.

En su provocador artículo, pues eso no es más que otra cosa, ¿Por qué no soy comunista? sostiene que la mentalidad de Carlos Marx es confusa; podría haber dicho también que era profunda y rica, pero no lo hizo. Como rompía su horizonte hermenéutico o de comprensión, se le hizo más fácil ponerle una etiqueta, como hizo con Heidegger, Sartre y muchos otros filósofos etiquetados como «oscuros». En su libro los Caminos de la Libertad, en el que trata tres temas: el socialismo, el sindicalismo y el anarquismo lo considera como un «hombre de una rara penetración». Como advertiremos, si nos acercamos a sus obras más técnicas, él era un amante insaciable de la claridad formal, quería siempre que los problemas fueran expuestos de manera clara y distinta, sin importar que en ocasiones el aspecto material o de contenido quedara subordinado al formal; la realidad, empero, no es tan simple como la suponía Russell.

Además, dice que: «su pensamiento estaba casi enteramente inspirado por el odio». En el mismo artículo sostiene que «su principal deseo era el de ver el castigo de sus enemigos, sin tener en cuenta lo que sucediera, en la coyuntura, a sus amigos». Frases como esas, poco fundadas, se encuentran en casi todas las obras de Russell. Incluso en el mismo ensayo llega a decir cosas como ésta: «el comunismo es una teoría que se alimenta de la pobreza, del odio y los conflictos». Ésta última cita demuestra la honda ignorancia suya acerca del marxismo. Confundir una teoría con un postulado, pues es eso lo que es el comunismo, es un error craso, y Russell, a pesar de su desaforada inteligencia, comete ese error tan elemental como consecuencia de su tosquedad gigantesca acerca de Marx.

Según Bertrand Russell:

Marx cree, es cierto, que el capitalismo produce miseria, mientras que el comunismo produce felicidad; odia al capital con un odio que a menudo vicia su lógica; pero su doctrina descansa, no en la ‘justicia’ predicada por los utópicos, no en el amor sentimental del hombre, a quien nunca menciona sin un desdén inconmensurable, sino en la necesidad histórica solamente, en el crecimiento ciego de las fuerzas productivas, que deben, al final, tragándose al capitalista que se vio obligado a producirlos (Marx y las bases teóricas de la socialdemocracia, 1896).

Pero lo que Russell concibe como justicia no sirve para que se lleve a cabo una transformación social, real, que pueda afectar un gran número de personas, por la predicación o la invitación a la práctica de máximas morales no se convence a la clase opresora, esto se hace sólo a través de la práctica revolucionaria.

La impresión que le causó a Marx el sistema industrial de Inglaterra, considera Russell, fue muy profunda y determinante. Esta experiencia y su amistad con Engels contribuyó de manera decisiva para que sus ideas revolucionarias cobraran mayor solidez y vigor. Él, viendo toda aquella terrible injusticia, creyó que ese sufrimiento indecible, infligido por los patronos a los obreros, serviría por lo menos para que ellos tomaran conciencia de su indignidad, se organizaran y, por consiguiente, llevaran a cabo una revolución total, de lo cual surgiría la dictadura del proletariado. Pero en vez de ocurrir tal cosa, lo que ocurrió fue el surgimiento horripilante de Stalin.

Es bastante curioso, se asombra Russell, que sus ideas filosóficas, políticas y económicas hayan tenido tan poca influencia ortodoxa en su país de origen; lo más extraordinario que se logró materializar, gracias a ellas, fue la formación del Partido Social Demócrata, institución que logró gran popularidad llegando incluso al poder con Friedrich Ebert (1871-1925), primer presidente de la República de Weimar, pero cuando aquello acaeció el partido estaba ya muy lejos de la ortodoxia tradicional. En fin, fue infiel al espíritu original del movimiento.


 

 
En Rusia en cambio, existió más suerte, sí dio fruto, pero pronto todo lo bueno concretado, debido a errores políticos y económicos, se derrumbó como un castillo de naipes. Ahora bien «en occidente —sostiene Bertrand Russell— ningún movimiento obrero fue totalmente marxista» (Russell, 1945, pág. 483). Carlos Marx, y esto quizá haya afectado profundamente en el ámbito práctico, no prestó mucha atención a la propaganda mediática enemiga, creía que sus argumentos serían amparados por la realidad y los eventos históricos que tarde o temprano sobrevendrían. Tuvo una cierta certeza sobre lo futuro, ésta se debió probablemente a su concepción determinista de la historia.

3. ANÁLISIS SOBRE LA VERSIÓN DE RUSSELL

Sería deseable, en todo caso, después de haber expuesto de manera muy sucinta las ideas principales de Russell sobre la filosofía de Carlos Marx, responder, de la manera más sincera, a las siguientes interrogantes. ¿Son justas, a grandes rasgos, las valoraciones de Russell acerca de la filosofía de Carlos Marx? ¿Leyó —ya que ciertas opiniones suyas sobre aquel en su libro Historia de la Filosofía Occidental no lo demuestra, Bertrand Russell seriamente a Marx antes de escribir de él? ¿Son bien fundadas sus críticas o son simplemente gratuitas?

Vistas desde una perspectiva crítica y reflexiva, las arremetidas vehementes en contra de las ideas filosóficas de Marx permiten observar tres limitaciones bien marcadas en Bertrand Russell: sus argumentos, por más lógicos que se presenten, no son lo suficientemente sólidos para ser tomados como serios, su criterio filosófico es demasiado minúsculo y su desconocimiento absoluto de la dialéctica lo convierte en el candidato menos indicado para enfrentar y, por consiguiente, embestir a Carlos Marx.

En primer lugar, el argumento de que Marx es demasiado práctico y que estuvo sumido en exceso con los problemas de su tiempo, no es una crítica relevante y, por lo mismo, no se le dará mayor seguimiento. La misma observación se podría aplicar también a él, Russell estuvo muy comprometido, como sabemos, con el pacifismo y fue un activista, se supone, sincero que apoyó ciertas causas que, a nuestro criterio, a pesar de ser nobles, son insuficientes para generar algún cambio real en el mundo. La propuesta de Marx no fue suave, era algo bien radical. Al decir que Marx era demasiado práctico me imagino quiere dar a entender que aquel no le dio mucha importancia a la teoría. Eso, en todo caso, no es cierto: su gran obra El Capital —que es teórica, práctica, ética y política— lo demuestra.

Pues bien, las verdades astronómicas, las verdades eternas de Platón, las verdades estoicas o las verdades de la etología para un campesino del tercer mundo que está bajo el dominio de la pobreza absoluta o para alguien que está abrumado por las deudas impagables y resignado a la idea de perder sus bienes objetivos tales verdades, por pomposas que se presenten, resultan totalmente irrelevantes. Si los grandes avances científicos no son para el beneficio de las mayorías, entonces son vacuos. Cualquier actividad que no tenga como fin el bienestar del ser humano es, desde nuestro criterio, irracional, es el ser humano el que da sentido a las cosas.

Mas a un ocioso aristócrata, como fue su caso, las experiencias de las personas pobres en el más alto grado, incapaces de tener cubiertas aun las necesidades más básicas, le fueron en definitiva desconocidas, no es lo mismo hablar de Marx desde la comodidad de un aristócrata, acostumbrando a vivir en la opulencia, que, desde el terreno de los marginados por los sistemas injustos vigentes, necesitados de cosas elementales; de las que poseen en abundancia los ciudadanos aristócratas como fue él.

Por lo tanto, la acusación de que Marx era un antropocéntrico carece totalmente de sentido. Marx fue consciente que cualquier adelanto es significativo sólo para el ser humano no para una roca o un cuerpo colosal en el espacio. Marx fue, a pesar de sus recurrentes ironías, un hombre de carácter ético inquebrantable. Comparado con él, los utilitaristas resultan ser unos viles inmorales. Considera a Marx de una inmoralidad aterradora, pero se traga perfectamente las irresponsabilidades teóricas de los utilitaristas.

Russell asegura que Carlos Marx era un ateo. Sin embargo, no existen pruebas suficientes que demuestren que Marx fue víctima de la virulencia de un ateísmo vulgar. Fue muy hostil, es verdad, pero con la religión de Hegel, la luterana, culpable de haber invertido de una forma realmente descarada el carácter revolucionario del primitivo cristianismo; era moderna, fuente de gran alienación y capitalista; su Dios era el capital; curiosamente Marx no lanzó críticas tan amargas en contra de los católicos pues aquellos estaban muy retrasados en muchos aspectos, el cristianismo protestante, por su desarrollo y por su teología individualista, sí fue un blanco principal de sus críticas más lúcidas y, para mala suerte de ellos, poco amigables.

Según Bertrand Russell toda filosofía que tiene su origen en emociones negativas o desagradables no puede causar otra cosa más que miseria. En su artículo ¿Por qué no soy Comunista? dice: «por lo que a mí respecta, creo que los principios teóricos del comunismo son falsos, y pienso que la práctica de sus máximas aumenta inconmensurablemente la miseria humana» (Russell, Retratos de memoria y otros ensayos, 1970, pág. 112). Sin embargo, cuando la injusticia crece en demasía, alcanzando niveles desproporcionados, es preciso concientizar a las masas para que luchen por un fin noble: desarticular el sistema pestilente que destruye al ser humano, así como a la naturaleza. No hacerlo, sería aceptar ese estado de cosas, y eso no sería algo muy virtuoso.

Como sabemos «no es por las buenas que se logran las grandes conquistas en favor de la comunidad política, no hay que olvidar eso» (Salmerón, 2020) es, en la mayoría de los casos, por la lucha violenta. A la burguesía no se la convence apelando a valores formales nimios, es por medio de la práctica revolucionaria que se puede lograr algo beneficioso para las mayorías. El poder institucional positivo está, como lo testifica la realidad empírica, destinado a cumplir un fin bien específico: proteger a la clase privilegiada; poco importan los otros, los de abajo, que serán des-realizados para realizar la vida libre y feliz de los burgueses.

Russell fue, por un lado, perfectamente capaz de ver los horrores del comunismo, por otro, le resultó normal y aceptable el hecho vergonzoso de que «el capitalismo haya reducido a una simple cosa al obrero, a un mero medio que objetiva su vida para mantener en pie —algo completamente abstracto— (como lo es) el valor del capital» (Salmerón, 2020). No parece perturbarle en absoluto el hecho irrefutable de que «en el capitalismo el sujeto obrero (objetiva) objetive más vida de lo que recibe como pago» (Salmerón, 2020). Finge, de la manera más hipócrita, que le importa la felicidad y la buena vida de las mayorías, pero no le repugna que «un sujeto capitalista, como pago, le dé al trabajador una cosa, dinero, (que paga su única mercancía, su fuerza de trabajo, pero no todo lo que realmente corresponde); pero el trabajador —desde un punto de vista marxista y vitalista— le da su vida» (Salmerón, 2020). Es increíble, pero la miopía intelectual, en un hombre de la inteligencia de Russell, no se debe en definitiva a una deficiencia cognitiva sino a que, coherente con su clase, hace todo lo posible por defenderla y justificarla.

Es preciso entender además que:

La ciencia moderna se pierde, no en vano ciertamente, pues las contribuciones que ha hecho, sobre todo en el terreno práctico, son, sin duda, innegables y beneficiosas hasta cierto punto, en las apariencias, en lo óntico, y olvida, el fundamento, el ser (Salmerón, 2020).

Esto, debido a su ignorancia absoluta de la dialéctica, Russell no lo advirtió. Él, como la mayoría de los cientificistas, se limita a lo dado y a lo inmediato, es incapaz de ver la realidad en su movimiento dialéctico; si no se hace eso, el ver la realidad en su movimiento dialéctico, los eventos que ocurren en el mundo se tornan como una serie, un manojo, de eventos sin mayor conexión.

Uno de los defectos más graves del análisis hecho por Russell al pensamiento filosófico de Marx es su desconocimiento total de la dialéctica. Russell parte de lo abstracto y, a pesar de todas las vueltas que da, se queda en lo abstracto porque no considera como científico el concepto de totalidad, que para Marx y Hegel era el más concreto; como sostengo en uno de mis artículos:

El análisis de Marx abarca el concepto, el momento dialéctico, y la categoría, que es el momento analítico; es pues claro, que esta forma de tratar el objeto de estudio es mucho más profunda que la de la ciencia empírica que se limita al análisis de lo óntico, del dato, de lo abstracto (Salmerón, 2020)

Bertrand Russell, dado que asintió y secundó de alguna manera la superficialidad inherente en los empiristas, los economistas burgueses liberales y en toda la tradición filosófica a la que él perteneció, fue, la mayor parte de su vida, un fetichista. El hecho de que haya sido un lógico eminente no le libró de caer en el más vulgar fetichismo; según Dussel:

El fetichismo consiste en un mecanismo cognitivo por el que se oculta en una relación (el cuarto predicamento de Aristóteles) el momento fundamental (es decir, el fundamento oculto) de lo que aparece (superficialmente). Esto se logra al interpretar como absoluto el término fundado o relativo de la relación (Dussel, 2013, pág. 141).

Además, ampliando la definición, «es la inversión por la que “la persona se hace cosa, y la cosa se hace persona”, como enuncia Marx» (Dussel, 2013, pág. 142). Como es del dominio público, el fundador de la lógica formal, Aristóteles —un tremendo lógico— que dio una de las categorías más importantes para el sistema de Marx, la de relación, fue un gran fetichista pues en su obra se dedicó, en muchos apartados de aquella, a naturalizar lo histórico. Y al parecer Russell que tanto desprecio mostró por él, en la mayoría de sus obras, cayó como él en su mismo defecto, pero en su caso fetichizó el lenguaje. Sobre esto hace parodia Enrique Dussel en sus clases. 

A MODO DE CONCLUSIÓN

Es cierto que en algunos puntos las críticas de Russell son acertadas y podemos coincidir con él, pero en muchos otros demuestra una ignorancia terrible; y como es de suponer quizá nunca se detuvo a leer seriamente a Carlos Marx y a Hegel, confiaba demasiado en su aptitud intelectual, pero a veces aquella lo hizo quedar —por ejemplo, tratando de criticar a Marx desde una perspectiva tan lánguida como la suya— como un necio. La crítica que realizó de Marx, pero no tanto a Marx pues dicha teoría no fue central en su sistema, y del marxismo en general, a saber, lo de reducir la política, la religión y la cultura a meros fenómenos ideológicos todos derivados de la estructura es, en el criterio aquí sostenido, válida.

Pero su desconocimiento de la dialéctica y su cientificismo romo le impidieron, como a muchos otros que han intentado desde coordenadas muy limitadas, hacer un análisis equilibrado y justo sobre el filósofo Marx. Debido a esa falencia, como ya notamos, la mayoría de sus argumentos son completamente gratuitos. No es fácil tratar a Carlos Marx, pero Russell cree que es posible simplificarlo y tratarlo desde su filosofía del Análisis Lógico.

BIBLIOGRAFÍA

Dussel, E. (2013). 16 Tesis de Economía Política. Buenos Aires: Docencia

Russell, B. (1918). Los caminos de la libertad: el socialismo, anarquismo y el sindicalismo. Londres: Tecnos.

Russell, B. (1945). Historia de la filosofía occidental II.Barcelona: Austral.

Russell, B. (1970). Retratos de memoria y otros ensayos.Londres : Alianza .

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Crítica a la filosofía de Carlos Marx desde la perspectiva de Bertrand Russell