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sábado. 25.06.2022
BETERA

La ciudad a la que acabas de llegar reposa aún los restos del verano en sus calles para vivirlas. Es temprana la hora y el sueño que te impide disfrutarla no es capaz de despegarte el olor que te impregna la cercanía de los miles de naranjos que la circunvalan. El autocar te ha dejado en medio de ella, y ahora has decidido pasearla para hacer un tiempo que no va a venir por sí solo. Tienes horas de sobra hasta que el cuartel donde vas a pasar los siguientes doce meses de tu vida ya sí de verdad te abra sus puertas. Es el segundo cuartel donde dormirás, donde compartirás con muchachos que no habrías conocido de otra manera tus ocios y tus nostalgias, tus inquietudes y tu manera de mirar un mundo que ya estás aprendiendo no ha sido creado para ti. Hace unas semanas, te habías recostado sobre una colcha descosida con los brazos bajo la nuca, expectante y dolorido ante el gran trauma de la distancia, de la soledad en medio de una marabunta de compañeros no buscados. Pensando en ella hasta el llanto, como si estuvieras en las antípodas y no a unas pocas docenas de kilómetros de separación que aún no sabes que no son sino unos pocos días sin sentirla. Días de carreras, de escuchar gritos que no sabes por qué son repetidos una y otra vez, que te aturden la primera vez que te llegan y que luego solo forman un paisaje sin tiempo para la desolación. Sin tiempo para otra cosa que obedecer en el vértigo.

Te has sentado en un banco solitario que parece pintar bien poco en un pequeño parquecito en una aún más diminuta plazuela de no sabes ya muy bien donde, eso sí, de la ciudad que te redime poco a poco del sueño en que te has refugiado perezoso. Bostezas y sientes que es el apetito el que te visita ahora, remolón como estás e ignorante pero apercibido de lo que se te viene encima en cuanto pongas el pie dentro del Regimiento de Infantería Vizcaya número 21, inmerso en la Base Militar de Bétera, el espacio donde habrás de buscarte la vida a partir de ahora en un tiempo al que no puedes ver el horizonte, ni su sentido.

Caminas vestido de soldado, con la ropa de bonito, la llaman, y la camisa no tanto pero el pantalón… El pantalón, de granito, pica y da calor y encorajina. Menos mal que a la gorra te has acostumbrado, y que la corbata, con su estúpida y payasa elástica que la convierte en un tira y afloja ridículo, es ya una prenda a la que no prestas atención, tan tuya aunque no lo parezca. Recorres la ciudad mediterránea sin tener la sensación de que el mar está cerca, tiene que estarlo, y de repente es como si estuvieras en la tuya propia en esa brevísima primavera o en ese reducido otoño que es en realidad la estación que contemplan las calles por las que pasas, ahora en compañía de otro soldadito que ha venido contigo para cumplir la parte más significativa del servicio militar en la misma localidad, en Bétera, y con el que has topado tras separaros nada más llegar a la capital de la provincia. La localidad de los beteranos, la palabra que al día siguiente, en la primera formación cuartelera matutina de las más de trescientas que habrás de afrontar, será el eje central cómico de la anécdota más divertida que años después recordarás de tus semanas al sol y a la sombra en el oriente de tu país.

A ver, los veteranos aquí, los demás en la fila que encabeza el soldado que está a mi derecha con la cara de pepino. Y hacia los beteranos va el chaval de Bétera que no ve la palabra del sargento, no ve que la palabra del sargento comienza por una uve que no ha escuchado porque no se pronuncia distinto o al menos él nunca la ha escuchado pronunciar distinto. Y la perplejidad del sargento ante el desmán del novato le irrita antes que le divierte, y ya estalla con un dondecojonescreesquevasgusanodemierda. Con los de Bétera, mi sargento, dice el chavalín, voluntario barbilampiño que desconoce las artes del comportamiento grupal de varones solos. Con los de Bétera, pensará, con mis paisanos, donde me has mandado. Solo lo pensará, antes de que el sargento con acento a lo Paco Rabal, cartagenero, bueno, de Águilas, o de por ahí, le intente tirar de la patilla que no tiene y elija finalmente hacerlo de su orejita ya colorada. Vete con los nuevos, tontolculo.

Pero aún no sabes de la existencia de beteranos aunque lo intuyes, ni piensas en los veteranos, o prefieres no pensar en ellos, los típicos abusadores cuarteleros, henchidos de rencor hacia quienes pueden irse de rositas sin sufrir las afrentas que ellos ya sufrieron cuando eran unos recién llegados, unos plumas les dirán a donde vas a llegar en unas horas, te dirán en cuanto que aproximes tus rasgos de desconocido, no tu edad ya de 23 años, algo que no les importará mucho a la hora de escogerte para las bromas. Hasta que tú les hagas reparar en ella, en la edad que no aparentas.

Ves un bar con sus cinco o seis mesas y ves, cómo no iba a serlo, que tienen paella, y ya el apetito es casi hambre, y le preguntas a Tomás que si pasáis y coméis, que si dejáis de deambular sin sentido, a lo loco, desperdiciando la posibilidad de haber conocido la ciudad que semanas más tarde pasearás ya sí con cierto, aunque insuficiente, criterio. La paella es el recipiente donde se cocina y donde se sirve y por extensión, aunque eso aún no lo sabes, se llama también al plato. Y ahora ni imaginas que dos semanas después casi llorarás ante uno que no podrás comerte porque antes has cometido el infantil error de almorzar con los lugareños y atiborrarte con un bocadillo pantagruélico que te arrebataría sin tú imaginarlo la posibilidad de saborear lo que probablemente habría sido el mayor manjar que en tu vida comerás. Alboraya, patria de la chufa y tierra prometida a la que alguna vez regresarás aunque solo sea para echar de menos aquel plato de arroz preparado como gusta aquella gente huertana servir que dejaste escapar con todo el dolor de tu alma.

Habéis comido bien, habéis bebido bien. Y ahora vais ya pensando en acercaros al renombrado trenet que os dejará en la localidad donde se aposenta la base militar en la que os espera un futuro al que os entregaréis con más resignación que orgullo. Un futuro de ordeno y mando, de ahora id aquí, ahora allí, ahora formad, ahora romped filas, ahora saludad, ahora descansad, ahora… Ahora. Nunca luego. Un presente continuo, nada que ver con un futuro, un presente lleno de memoria y ausente el deseo que te atenaza en el momento en el que respiras con atención para no perder detalle de la magnífica jornada que dejará de serlo en cuanto empiecen los gritos y las carreras y las columnas de a tres y los a dormir y los despertad y los venga, vamos…

Pero aún hay tiempo de imaginar los muchos meses que tienes por delante, los días seguramente largos en ocasiones pero también las horas de camaradería y de crecimiento, las de beberte la vida y soñar y…

Ahora no llegas a sospechar qué tipos de amigos, o compañeros al menos, serán los protectores de tus sentimientos, los testigos de los momentos anodinos y de los espléndidos, los atendidos por ti en sus miserias o en sus instantes de humanidad. No llegas a verte a ti mismo acostando tu cuerpo una noche de verano templado en las cercanías de las montañas valencianas, agotado y extrañamente feliz de estar vivo y tener 23 años y una novia morena que te espera en tu Madriz ardiente, ensimismado en tus deseos cuando lo que te llega nítido es la voz de tu vecino de litera extremeño, entrañablemente rural y habitante de un mundo menos egoísta, menos estresante, que habla a solas, consigo mismo, como si nadie pudiera escucharle y dice que menos mal que nos reímos aunque sea de mi. Aunque sea de mi, él que es objeto de constantes burlas que sobrelleva amparado en su corpachón de buenazo, y que no merece ese desprecio al que algunos le someten por su condición de campestre representante de los intactos y nobles estilos de comportamiento de un campo que ya ha desaparecido excepto en su entorno de hombre en medio de una naturaleza que añora y que ve representada en su mente ahora que cierra sus ojos y parece llorar de pena y alegría a un tiempo, albergando en su enorme alma antigua la delicada aspereza de los hombres buenos, inmaculados por la sociedad a la que entran sin mancharse para dejarnos a algunos el regusto excitante de que a las triquiñuelas habituales de la existencia se les puede combatir con la paz de un mulo amable y sonriente, tu, ahora que caminas por Valencia, futuro aunque breve amigo Valiente, eso es, Valiente, su apellido certero.

Ya estáis en la estación y las taquillas se ofrecen extrañamente solitarias para que pidáis dos billetes a Bétera. De ida y vuelta casi grita Tomás, muerto de la risa anestesiado por su propia ocurrencia para soportar la vergüenza de sus gimoteos exagerados que atraen las miradas de cuantos deambulan por la nave que ya cruzáis resueltos en pos de las vías que traen y llevan a los trenets, a los desvencijados vagones de madera tan a lo Jim West que entran y salen de Valencia para horadar el hermoso paisaje valenciano repleto de verde y naranja, de naranjos y sus frutos de dimensiones gloriosas y del color del más hermoso sol que se pueda contemplar.

No han pasado dos meses desde que llegaste a Alicante, al primer destino de tu vida militar, donde acabas de completar tu instrucción rematada con la espectacular y anodina jura de bandera de tu reemplazo. Espectacular y anodina. Alguien que no haya contemplado una jura de bandera española podrá creer que es un mero uso poético de la cópula de dos palabras aparentemente imposibles de aunar. Nada de eso. Casi dos meses han transcurrido desde que te despediste en una noche pegajosa de ella, de la chica que extrañamente apenas te viene a la cabeza a lo largo de toda la mañana que ya ha finalizado para comenzar a dejarte en ese estado de postración inevitable en el que te sumerges luego de haber comido, y no estás preparado para adivinar que en los días que te aguardan en el interior de un cuartel en el interior de la Valencia ajena al litoral adquirirás la facultad de echarte siestas de diez minutos, incluso de solo cinco. Cinco minutos de siesta, los que transcurrirán desde que llegues al edificio de tu compañía, ah, por cierto estarás en la Plana Mayor del Batallón Otumba, hasta que comience la tediosa sesión de tarde del poco ejemplar trabajo castrense que justifique el uso de ejércitos en tiempos de paz en territorios en paz.

Y el tren sale de la ciudad y se adentra en el vergel que es la provincia en estos días de naranjos y de sus naranjas como satélites. Y el sueño trata de vencerte sin conseguirlo. Y antes de entrar un ratito en su regazo, crees imaginar cómo es tu destino y ni en el duermevela puedes apreciar tus paseos por los patios del cuartel a todas horas simulando que haces algo muy importante y que todo el mundo te busca para encontrarse siempre con la misma respuesta: estaba hace un momento aquí pero no sé a dónde ha ido, tenía algo que hacer en no sé qué sitio. El arte del escaqueo. La gran palabra, el verbo infalible: escaquearse, hacer como que se está haciendo algo cuando en realidad todo lo que se acomete es la sensación de imprescindibilidad en el sitio donde menos trabajo exista. Escaqueo.

El olor y el brillo fluorescente del paisaje te despierta de tu escaso cabeceo adormecido y te deposita frente a la realidad que te invadirá durante meses hasta hacer de ti un acomodaticio soldado acostumbrado al desorden en medio de millones de órdenes. Un cabo, más bien, que ese será tu fulgurante recorrido por el breve cursus honorum de tu exigua vida castrense, sin que puedas creerte que al final de tus meses de campamento un mando te llegará a ofrecer quedarte en el Ejército, reengancharte. Palabra obtusa: reenganche. Como el de las enormes piezas cadavéricas de carne hibernadas en las cámaras de las tripas de nuestras ciudades.

Bétera. Estación de trenes de Bétera. Estiras las piernas y desciendes hacia el primer bar propicio que ya está a la vista, en el que entras y pides una cerveza, junto a otros soldados que tal vez conozcas o no, qué importa, que acaban de llegar como tú a su futuro de enajenación civil, en mitad de la década en la que tu país volvió a tener gobernantes socialistas después de quinquenios de absoluto acuartelamiento de la población derrotada o adormecidamente victoriosa, compuesta esta última por aprovechados o por contundentes representantes de sígeneralmigeneral.

Desde la ventana en la que casi te dejas caer mientras piensas en esa nada que nos devuelve de vez en cuando al redil de los animales del que salimos para creernos dioses, desde ese cristal enorme que te muestra una carretera que te llevará horas más tarde al muy cercano cuartel de tus meses venideros, desde el breve paisaje expuesto para que de vez en cuando repares en él mientras dormitas o no sabes bien si escuchas a tus posibles compañeros hablar de sus vidas tan ajenas y tan tuyas, desde ese recostarte acompañado de tu puño meciendo tu barbilla y de tus ojos que se cierran y se abren dispuestos a sorber el futuro sin el ámbito tranquilo de los años que conoces porque los has vivido en un remanso apacible de turbulentas corrientes sanguíneas que no te han tratado del todo mal, desde esa parsimonia cálida y como de crisálida apostada en un vientre original y remoto, desde esa mirada aturdida por un sopor del que no te separas en todo el día puedes imaginarte deambulando por un regimiento sintiéndote importante y haciendo sentir a los demás que lo eres, que eres imprescindible y que estás siempre donde has de estar, que no donde el orden marcial desvencijado en el que te vas a instalar querrá tenerte.

Es ahora otra ventana la que atraviesa tu mirada todavía engañada por la recién sobrevenida vigilia y embadurnada por el amanecer que rodea tímidamente a la ciudad a la que llegas, a tu Madriz imprescindible pero cierto, no soñado, no convertido en una patria por la que morir o por la que matar, solo un refugio en el que verter la infancia recobrada una y otra vez, esa sí tu verdadera patria. Estás sentado en el tren que te lleva de regreso para siempre a la vida civil y que te aproxima a la mujer que te abandonará pronto para hacer de ti el hombre que escribirá estas palabras ya enamorado del eterno femenino engendrado en el cuerpo y en el alma de una andaluza que ni podrías soñar en este viaje de retorno a los días sin uniforme, empapado de la dicha del final de un túnel como el que ahora te impide vislumbrar las afueras de tu ciudad, que hace del ventanal un espejo donde te ves pleno de una juventud que ya no te abandonará nunca pues es la del hombre que siempre has sido, la del muchacho que fuiste y la del anciano que serás, del viejo que eres y del niño que sigues siendo, la del chico que envejeció para no ser nunca un viejo y convertirse en ti.

Y convertirse en ti