lunes 30/11/20

Cómo crear un personaje literario

Entrevista al escritor e historiador Victor Moreno Bayona sobre su nuevo libro "Como crear un personaje literario"
Víctor Moreno Bayona
Víctor Moreno Bayona

Víctor Moreno Bayona es colaborador de NUEVA TRIBUNA y acaba de publicar "Cómo crear un personaje literario. Análisis y propuestas", en la Editorial Pamiela de Pamplona. No es la primera vez que el autor discurre sobre este asunto. Ensayos como Cómo sé que valgo para escritor (2013) y A la literatura por la escritura (2016) versan sobre la misma temática, lo mismo que Diccionario de Escritura. Reflexiones y técnicas (2009) o El deseo de escribir (1994 y cuatro ediciones más). Sobre el contenido y la finalidad de este ensayo, NUEVA TRIBUNA ha mantenido esta conversación con el autor, doctor en Filología Hispánica y profesor de lengua y de literatura.


  • No sé si es importante para la comprensión del contenido de este libro, pero, aunque solo fuera por satisfacer la curiosidad, ¿podría decirnos cuál fue su origen?

Durante unos años, impartí on lineun Taller de escritura en la Universidad Autónoma de Barcelona, que formaba parte del“Curso en libros y literatura infantil y juvenil: producción, uso y recepción”, dirigido por Teresa Colomer.

El objetivo de mi curso era que el alumnado configurase por escrito la personalidad del personaje principal de una novela, relato o cuento. Para ello, elaboré cuatro unidades referidas al nombre del personaje, a su descripción física, a su ubicación espacial y una aproximación a su mundo interior.

Cada unidad contenía una exposición teórica del asunto que servía como debate crítico entre el alumnado -unas veinte personas de distintas nacionalidades-; venía, después, una lista de recursos y propuestas creativas para hacer la práctica correspondiente; de ellas, el alumnado elegía una, me la remitía para su revisión crítica,que se convertía en un diálogo razonado acerca de cómo el alumno podía mejorar el texto entregado.

Cabía, también, la posibilidad de que el alumnado intercambiase sus textos entre sí y los valorase de un modo crítico. Algunos de estos textos son los que reproduzco en este libro. También existía la propuesta de un diálogo imaginario entre los personajes que surgían de sus trabajos.

  • ¿Qué es lo que el lector de este libro se encontrará al leerlo?

El libro, respondiendo a su título y subtítulo, se mueve en dos ámbitos complementarios. Uno es el del ensayo, del análisis y de la reflexión en torno a aquellos elementos que son colaterales al acto recursivo y consciente que es escribir. Es un plano que toca cuestiones que, antes, durante y después de la escritura, se le plantean a un escritor: aspectos técnicos, psicológicos, cognitivos,ideológicos y, por supuesto, lingüísticos y literarios: el espacio, el tiempo, la sintaxis, la metáfora, el punto de vista... Y que en el libro podría adquirir el epígrafe de “así lo hacen y lo han hecho nuestros clásicos y modernos”. Y siempre en relación con el personaje, el elemento de ficción más escurridizo, técnicamente hablando.

  • ¿Y el segundo, aspecto?

Es práctico, procedimental, lleno de sugerencias y recursos creativos para acometer la tarea.Son estrategias de aprendizaje para escribir y, también, para leer. Es decir, son caminos y sendas para desarrollar la competencia escrita, crítica y creativa de una persona, al margen de que quiera ser escritor o sexador de pollos.

Valga un ejemplo, partiendo de una propuesta aparentemente anodina comoponer nombre a un personaje siguiendo unos recursos técnicos, se reflexiona sobrecómo será dicho personaje. Desde Homero, pasando por Cervantes, Shakespeare, Sterne, Carroll, Joyce y aterrizando en Borges, Calvino y García Márquez, bautizar a los personajes ha sido una actividad más seria de lo que parece, convirtiéndose, no solo en materia metafórica, sino, filosófica, como hacen Sterne, Carroll y Borges.Lo mismo podría decirse de una nota a pie de página,un recurso creativo apenas explotado y que puede convertirse en una estrategia para hacer de la sintaxis algo más que “taxidermia conceptual”.

  • Y ambos planos, ¿cómo se conjugan?

La exposición teórica y la parte procedimental se hacen de forma simultánea y horizontal, pues tratándose de un taller, prima la praxis y el aprendizaje. El planteamiento es sencillo: “se propone una tarea, se reflexiona sobre ella, se ofrecen unas estrategias, se realiza el trabajo y se revisa.” Al profesor y al alumno les toca, a continuación, comprobar si los  niveles de coherencia, cohesión y adecuación del texto son correctos y cumplen con el objetivo propuesto.

Es el método que sigue una gramática de la intención y del aprendizaje, que no de la enseñanza vertical.Es bueno saber qué es una elipsis narrativa, pero de nada sirve si no sabes utilizarla y cuándo.

¿Cómo consigue un autor que su personaje sea irónico, afable, inteligente? No queda otro remedio que fijarse en cómo el escritor consagrado lo ha hecho.

  • Puestas así las cosas, ¿podría definir qué es un personaje?

Saber que no existe una definición de personaje que concite la unanimidad de los teóricos que han transitado este terreno, te quita las ganas de hacerlo.Es lógico que eso sea sí. La literatura no es una ciencia y toda su terminología al uso es una aproximación conceptual siempre en movimiento. No hay nada seguro. Ni el uso de las comas, como señalara Karl Kraus.

Ocurre lo mismo con el concepto de novela, que no se sabe bien si es concepto o sistema, o solo una palabra que designa a los libros que las editoriales dicen que son novelas y que en las bibliotecas aparecen en las estanterías donde pone “novelas”.

Todavía hoy se sigue discutiendo si Impresiones de África, de Raymond Roussel, es una novela o una tomadura de pelo. Lo mismo que ciertas obras de Luis Goytisolo.

  • ¿Eso significa que hablamos del personaje sin saber qué es y habrá que suponer, entonces, que es imposible que podamos entendernos al hablar de algo cuya definición se nos escapa?

Bueno, tampoco es para alarmarse. En la vida nombramos muchas cosas sin saber qué significan exactamente. Hablamos de la soledad y pensamos que todos nos entienden al utilizar dicha palabra, pero no es así. Nadie vive del mismo modo la soledad o el amor. Olvidamos que el lenguaje siempre es connotativo. El significado de las palabras no solo lo dicta quien manda, como sentenciaba Carroll, sino, también, quien las pronuncia.

Es un hecho que ninguna de las teorías literarias existentes sobre el personaje –y las hay una cuantas-, definen de forma unívoca dicho término. Para colmo, las definiciones aportadas son en su mayoría ininteligibles y nada funcionales. Cuando un crítico habla del personaje de una novela, rara vez se sabe qué significado le atribuye. Habla del personaje como si todos los lectores entendieran lo mismo por tal concepto.

  • ¿Es posible llegar a ese grado de confusión?

Dígamelo usted a la vista de esas definiciones de doctos académicos: “el personaje es una construcción verbal”, “un conjunto de enunciados”, “un centro vital dotado de autonomía y capaz de impulsar al escritor en su elaboración de una realidad paralela”, “el motor de la acción narrativa”, “una instancia productora de acción”, o “el creador de intimidades y mantenedor de la continuidad de las tramas”.

Cualesquiera de esas definiciones se desmoronarían si las analizásemos de forma detenida. “¿Una construcción verbal?”. Un insulto también lo es. Lo mismo que el prospecto de la atorvastatina. No soy quién para calificar esta situación, pero la única manera de saber qué es un personaje es construirlo. Y ni así.

Cuando leemos una novela,¿alguna vez nos detenemos a pensar en cómo definir el concepto de personaje? Dicho de otro modo, los personajes que aparecen en las novelas de Marías, ¿podrían definirse con los mismos conceptos que los utilizados para definir los personajes de las novelas de Muñoz Molina? Y ello sin olvidar dos aspectos relevantes: qué tipo de definición utilizamos para atrapar el significado del personaje y, como aconsejaba Tatarkiewicz, determinar si lo hacemos como término, concepto o sistema. No extrañe, por tanto, la cantidad de definiciones y tipologías existentes sobre dicha palabra. Y ello sin contar con el psicoanálisis, la semiótica y la psicocrítica y esa pedantería sobre las que ironizaba Juan Luis Alborg, en su insuperable libro Sobre crítica y críticos, editorial Gredos, 1991.

  • Usted señala que hubo críticos que afirmaban que,si algo ha fallado en la novela española en estos treinta últimos años de creación literaria,eso se debía a la falta de personajes con sustancia literaria. ¿Sigue opinando lo mismo?

Sería necesario leerse las novelas que se publican ahora y compararlas con las que se editaron en los años ochenta. Estamos, pues, ante una sublime generalización, método falaz muy habitual en la crítica literaria. A pesar de ello, estaría bien reflexionar acerca de los personajes que han pasado al acervo común.

¿Qué personajes de los creados durante estos años se puede comparar a Sorel, Raskolnikof, André Mersault, Madame Bovary, Ana Ozores o el Torquemada de Galdós?Tiene gracia que, cuando he hecho esta pregunta en algunos cursos, uno de los personajes que aparece junto a Pijoaparte y Pascual Duarte es Manolito Gafotas.

Para pensárselo.

  • También anota que hubo críticos que afirmaban que era posible crear novelas sin personajes…lo que suena a hacer una tortilla de patatas sin huevos

Esa ocurrencia la tuvo Rafael Conte a propósito de una novela de Álvaro Pombo, El parecido. En su crítica afirmaba que “no había personajes, sino entes en busca de la realidad ontológica”. Una gilipollez en bruto. Sin personajes, sean entes o fantasmas, no hay novela que valga. Cuando en esa época se convirtió al personaje en un subalterno del lenguaje, entonces, la novela se hizo obtusa, ilegible y para algunos escritores, como Mendoza, una de las causas de la crisis de la novela y de la bajada del nivel de lectores. Sin  personajes atractivos la literatura es una mierda. No existirían lectores, sino gramáticos glosemáticos y semióticos. “Terroristas lingüísticos”, que dijo Todorov.

  • Eso significa, entonces, que la bondad o maldad de una novela, ¿está en relación directa con la entidad o sustancia de los personajes?

No. Eso significa que en una novela los elementos que la componen se interrelacionan entre sí y su perfección formal y de contenido es resultado de su confluencia en un todo natural e invisible. En su novela La figura de la alfombra, H, James, intentó captar ese instante luminoso literario que configura esta totalidad, pero tuvo que desistir.La verdad es que Aguiar e Silva ya había dicho que dicho Grial no existe, pero seguimos empeñados en buscarlo… inútilmente.

  • Dicho planteamiento parece llevarnos a un callejón sin salida, porque, si no se sabe bien qué es un personaje, ¿cómo se puede construir?

Pues como lo han hecho los escritores de antaño: poniéndose a trabajar. ¿Qué escritor de la antigüedad o modernidad se ha puesto a escribir una novela sabiendo de antemano que estaba escribiendo una novela o una écfrasis? El concepto vino después.

En el libro se hace hincapié en que a medida que lo vamos poniéndole un nombre, describiéndolo cómo es, física o éticamente, qué hace, qué tiene, qué piensa, qué siente, ubicándolo en un espacio físico o mental, cincelando su interior, explorando sus fobias, sus miedos, sus pensamientos, su poder cognitivo, gracias a una gramática intencional, iremos acercándonos finalmente a él. Será, entonces, cuando digamos con satisfacción más o menos contenida: “he aquí mi personaje”. Si, después del experimento, nos atrevemos a definirlo, veremos que nuestra definición no se parecerá a ninguna de las existentes, pero será tan válida como ellas. Cada novelista tiene una definición de personaje de acuerdo con los que él crea. Y, si como dice Hrabal, los personajes son, trasunto de lo que es el propio escritor, pues allá cada cual con creérselo y llenarse de satisfacción por tal descubrimiento.

  • ¿Es posible establecer a priori aquellas cualidades de un personaje literario para salvarlo de la quema del olvido?

Sin duda. Pero el intento no garantiza ningún éxito. Uno puede escribir muy bien, tener un dominio extraordinario del lenguaje y de la gramática, conocer los principios de la novela y sus tramas y, sin embargo, a la vista del personaje creado, decir: “Esto es una caca”. Y en este contexto, habrá que cuidarse de los críticos. Porque los habrá que, según les dé, destrocen una novela diciendo que sus personajes están pésimamente construidos, a pesar de que la novela sea un prodigio de escritura. Y, en otras ocasiones, sucederá al revés: que el personaje sea calificado de “interesante” y de “estar bien construido”, pero, al fallarle el punto de vista, la novela es “muy mediocre”. 

¿Qué hacer en esta situación? Armarse de paciencia y seguir trabajando.

  • Muchas veces, se afirma que los lectores se identifican con los personajes y que ahí radica su fuerza y el impacto de su lectura. ¿Qué opinión le merece?

Primero, el lector no se identifica con los personales; son ellos los que nos identifican y desfloran nuestra constitución ética y sentimental. Segundo, las valencias psicológicas no son criterios adecuados para juzgar una novela. El gusto, del cual se ha escrito mucho y conviene discutirlo para afinarlo, es fundamental para seguir leyendo, pero no para juzgar la construcción técnica de una novela. En este sentido, el gusto, como criterio estético, es reaccionario. Identificarte con los personajes o que estos te identifiquen, puede servirnos para conocernos, cosa que dudo, pero no para juzgar el punto de vista de del narrador, sino para desvirtuarlo.

  • ¿Existen técnicas para crear personajes y qué valor otorga a las técnicas en esta cuestión?

Claro. El libro está lleno de ellas o, si se quiere, de recursos creativos o de estrategias de aprendizaje. La literatura no existe sin ellas, porque, además, todos los recursos o estrategias de aprendizaje están tomadas precisamente de ella. La literatura se alimenta de literatura. Hay recursos para crear cualquier tipo o arquetipo de personaje y las tramas en que puedan verse envueltos. Pero eso no significa que por saber el método o el procedimiento de crearlos, el resultado haya de ser fetén. Al contrario. Siempre encontrarás gente que te aplauda y gente que te niegue la sal. Lo que importa es reflexionar en las razones por las que se te aplaude y en las que te desjarretan. Como en la vida, en literatura se aprende más de quienes te ponen de chúpame dómine que de quienes te inciensan. Y conviene olvidar que la mejor manera de paralizar la obra de un escritor que escribe mal es decirle que escribe muy bien.

Un buen personaje de novela jamás es resultado de la aplicación de una técnica, aunque esta se inspire en Homero o en Stendhal. Se necesita algo más. Un algo que deriva del talento. No creo que García Márquez sea un novelista que base su obra en la utilización de técnicas, caso que sí podría aplicarse a Perec o a Cortázar, Queneau, escritores del Oulipo, pero sus personajes permanecen. ¿ Y Gregorio Samsa, acaso, no es producto de la aplicación de qué pasaría si un día…?¿En cuanto a El Quijote, ¿qué importancia tuvo en su creación la palabra quixote, que, en aquella época, significaba cilicio? ¿Cómo saberlo? De ningún modo.

  • ¿Significa esto que, usted, cree más en la inspiración que en las técnicas para crear?

No. Las técnicas son estrategias de aprendizaje que pueden revolucionar el mundo mental e imaginativo del talento del escritor. Pero, al final, tanto el proceso como el producto final en la creación de un personaje, bueno o malo, es muy complejo y nunca se sabe cómo se consigue finalmente plasmarlo en las páginas, menos todavía, cuando el personaje es tan autónomo que hace lo que quiere, incluso lo contrario a lo que el narrador quiere que haga…como dicen algunos escritores.

Técnicamente, las cualidades del personaje, el tono y la sintaxis, las tramas, su conformación física y psicológica se pueden provocar mediante estrategias creativas, que es lo que yo propongo en el libro. Pero el resultado final no es técnico, es sinérgico, fruto de la concitación de muchos elementos dispares, aunque reconozco que su chispazo inicial puede estar en una simple estrategia o técnica o insinuación sinestésica… Alfonso Reyes en La experiencia literaria arracima un sinfín de provocaciones creativas de muy diversa naturaleza.

Las estrategias de escritura no sobran nunca y, tampoco, estorban, ni niegan el toque personal. De hecho, partiendo de las mismas técnicas, los resultados son diferentes. No solo debido a la capacidad lingüística del escritor, sino por el modo de ver la vida, de enfrentarse a ella,de pensarla, de procesarla.

Olvidamos que las palabras no son cosas, sino procesos mentales y afectivos con los que organizamos lo vivido. La pregnancia de la literatura no se entiende sin esa inequívoca correspondencia del autor con las palabras oídas y paladeadas desde su infancia. Por eso, los cambios en literatura no proceden de la utilización de nuevas técnicas, sino de modos distintos de pensar y organizar  la realidad, que solemos hacerlo mediante las palabras, de unas determinadas palabras.

  • O sea, que cada maestro su librillo…

Claro. Los caminos de este aprendizaje son inescrutables y cada escritor cuenta cómo fue el suyo. Cada escritor, un itinerario. Un aprendizaje genuino donde los haya. Por si sirve de analogía recurrente, digamos que el camino recorrido por Borges nada tiene que ver con el de Juan José Arreola. El de Proust con el de Balzac. Y el de Flaubert con el de Pérez Reverte. Bueno, Pérez Reverte se parece a Flaubert como Corín Tellado a Virginia Woolf.

Por tanto, es imposible explicar cuál es el origen de un personaje, que puede perderse en el tiempo y en el espacio como un recuerdo y que, por cualquier motivo, se convierte en una obsesión, cuya única manera de librarse de ella es conjurarla mediante la escritura. Ya se ha hablado del síndrome de Agatha Christie. Ya que no podemos ir por la vida matando a tanto imbécil como hay, hagámoslo en una novela.

  • En plan sarcástico, se ha dicho que “de la creación de un personaje se han escrito muchos libros para demostrar lo inútil que es escribir libros sobre este asunto”. ¿Lo son?

Nadie crea un personaje fascinante siguiendo a secas un manual de instrucciones. La misma ineficacia se puede atribuir a los libros escritos sobre cómo ser feliz o cómo dejar de ser imbécil en diez sesiones o cómo transformar un político corrupto en un ciudadano honrado en un mes. Hay que ser bastante estúpido para caer de bruces en semejante conductismo.

  • O sea que hay un margen para la espontaneidad, el encuentro casual, el azar, la lectura…

Felizmente, estamos ante una incógnita cuyo secreto nadie ha desvelado hasta la fecha. Tampoco hay que alarmarse. Muchos son los llamados por las musas, pero pocos los elegidos. En realidad, el problema no está en querer ser escritor -allá cada cual con sus terrores íntimos-, sino en el deseo desordenado de publicar que hace que tengamos millones de libros en el mundo que nadie leerá.

Por supuesto, hay que animar siempre a escribir a quienes presentan síntomas de esta enfermedad incurable, que decía mi amigo Pablo Antoñana. Escribir es un acto consciente, auto-reflexivo.No sé si, al hacerlo, seremos, también, mejores lectores y puede que algunos hasta mejores ciudadanos, pero esto ya no lo afirmaría tajantemente, a la vista de tanto escritor y lector impresentables.

  • Y los conocimientos literarios, ¿qué papel juegan en este proceso?¿Es necesario conocer una teoría literaria acerca del personaje para construirlo con cierta entidad y sustancia?

Siempre he considerado que los conocimientos no molestan, pero, también, que a priori no garantizan ningún éxito seguro. Steiner, Bloom, Barthes, Greimas, Bremond, Bourdieu, Bal, Hamon, Conte, Mainer, Rico y un conjunto variopinto de teóricos y ensayistas literarios que han mostrado conocer con profundidad cada uno de los entresijos de una novela, ninguno de ellos la ha escrito. Pero, también, hay escritores con conocimientos literarios, como Javier Cercas, que las escriben sin desmerecer el calificativo de buenas novelas.

Conocer cómo Hölderlin y Rilke escribían sus versos más elocuentes, no garantiza que vayamos a hacerlo nosotros. Hay que ser muy cautos a la hora de sentar cátedra en esta cuestión. Pues del mismo modo que hay quien advierte de que, sin un conocimiento de los resortes técnicos necesarios no se puede ser escritor, los hay que consideran que, si hay algo que constituye un obstáculo para lograrlo, son los conocimientos literarios. Y así les va con los anacolutos y las perífrasis verbales…

Lo que, como método de aprendizaje no suele fallar es la lectura de los grandes escritores para ver cómo resuelven ciertos problemas técnicos cuando se enfrentan a ellos. En este sentido, este libro es una invitación a ser lector consciente y atento.

  • Ahora que ya estamos llegando al final, me gustaría saber si existen signos que le llevan a uno a saber si vale para escribir una novela, pongo por caso?

Para ser escritor no hace falta que te pasen cosas extraordinarias, ni siquiera asesinar a tu padre porque sea un cabrón o a tu suegra porque sí, sin más. Tampoco es necesario viajar por el ancho mundo y pasarte una temporada con los indios Taipi, como hizo Melville. Kakfa no salió de un despacho miserable en toda su vida. Y no se piense que, por tener una imaginación extraordinaria, al nivel de Tolkien o de Bradbury, uno esté llamado para emular su escritura… Hay que desengañarse. No todo el mundo lleva dentro un libro, pero sí un personaje. Pero, aunque sepa escribir, incluso muy bien, no piense que ya lo tiene todo para contar lo que uno le pasa.

No es nada fácil transmitir los pensamientos mediante las palabras.Pues como dice Steiner rara vez la palabra es capaz de poner en el folio de forma exacta y rigurosa lo que uno piensa, lo que, para el autor de Lenguaje y silencio, es una de las razones para estar triste.Pero por intentarlo que no quede. Al fin y al cabo, esa es una de las grandezas de la literatura: limar la distancia existente entre la palabra y el pensamiento.

  • Para terminar, me gustaría que me indicara cuáles podrían ser los destinatarios naturales de este ensayo.

Son tres.

Al profesorado de lengua y de literatura que no reduce su aprendizaje y enseñanza a memorizar nombres y libros de autores y movimientos literarios a los que supuestamente pertenecen, pues entiendo que el mejor sistema para hacer lectores es la escritura de relatos, de teatro, de ensayos y de  novelas dentro del aula, para lo que este taller de escritura sobre el personaje es una invitación descarada.

A los lectores a secas, para que, cuando lean, vayan más allá del argumento y de la palabra fin. Para que cuando lean, lo hagan con un lapicero y subrayen aquello que les perturba y no están conformes. Estos lectores pueden encontrar en el libro muchas sugerencias y notas que les ayudará a comprender, analizar e interpretar mejor lo que leen, sobre todo, muchas de las desviaciones literarias que se encuentran a veces en una novela. los silencios e implícitos en los que en ocasiones los narradores envuelven a sus personajes, máxime si estos narradores son, también, personajes principales o, simplemente, testigos.Lo mismo que a fijarse en cómo el escritor jerarquiza las palabras que utiliza en su texto mediante estrategias diversas provenientes de la semántica y de la sintaxis, lo que, comúnmente, se consideran estilemas de autor.

Y, desde luego, al futuro lector escritor en cierne cuya lectura lo hará más consciente de ciertas variables gramaticales y técnicas literarias que pueden usarse en la creación de un texto y que le han podido pasar desapercibidas en el periplo de su formación.

Espero que los tres encuentren en este ensayo recursos suficientes para desarrollar su trabajo, sea didáctico, creativo y formativo, respectivamente. Quienes probaron el experimento, lo saben.

Cómo crear un personaje literario