martes. 18.06.2024
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Lisandro Alonso

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Celín Cebrián | @Celn4

Lisandro Alonso nace en 1975 en Buenos Aires. Su cine se inscribe dentro del cine independiente, de planteamientos radicales. Hasta el año 2000 trabaja como ingeniero de sonido. Ese año realiza su primer largometraje: Libertad. Estamos ante un director de formas puras. Con esta película y las dos siguientes, Los muertos (2004) y Fantasma (2006), asienta las bases de un estilo propio. Su siguiente trabajo, Liverpol (2008) vendió en Argentina 1.989 entradas, recaudando tan sólo 630 dólares. Él se sinceró diciendo “que el punto de partida de sus películas no es el argumento sino la selección de localizaciones”.

Hay quienes piensan que desde que su película Libertad pasó por la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes, se creó una conciencia de que su nombre suponía una importante renovación dentro del cine argentino, marcando un punto y aparte respecto a los representantes de la generación de los noventa. En 2014 realiza Jauja, que supone otro paso adelante dentro de la estética de Lisando Alonso. Digamos que, en este caso concreto, es un auténtico salto mortal.

Las películas de Lisandro Alonso habitan un territorio muy personal que invita al espectador al mundo subjetivo de la memoria, el mito y el anhelo profundo

Su cine va más allá de la narración. En cuanto a su obra, digamos que invierte la clásica jerarquía de la fábula griega. O sea, que es más un cine de imágenes que de conceptos, más de espacios que de narrativa, de cuerpos que de personajes, de tiempo y espera y suspense, corporal antes que intelectual, un cine entre ficción y documental, entre la imagen y la realidad.

La pasión y la energía con la que afronta sus trabajos son siempre los mismos. A la hora de trabajar, es un cineasta honesto. Sus obras habitan un territorio muy personal que invita al espectador al mundo subjetivo de la memoria, el mito y el anhelo profundo.

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Eureka, su última película (2023), también compitió el año pasado en la sección Un certain regard. Se trata de un trabajo que tiene ecos claros de sus películas anteriores. Ambientada en 1870, Lisandro Alonso nos muestra la reserva india de Pine Ridge, un lugar donde el promedio de vida es de cincuenta años, con desempleo, alcoholismo, drogadicción y suicidio infantil.

Un experimentado cowboy (Viggo Mortensen), une fuerzas con una experimentada pistolera (Chiara Mastronianni), y llega a un pueblo perdido dispuesto a recuperar a su hija, creyendo que ha sido secuestrada. Ese es el comienzo de una estructura que funciona como cajas chinas. Pero como esto no es un cuento de hadas monocromático, Lisandro Alonso recurre a la televisión y el blanco y negro pasa al color, y lo que hemos estado viendo hasta ese momento no es otra cosa que la película que visiona Alaina, la chica que es oficial de policía y que está cansada de su trabajo y de vivir en la reserva. Harta, decide no contestar la radio en toda la noche.

Fotografiada por el operador de Aki Kaurismaki, Timo Salminen, intercambia largas tomas que parecen habitaciones en las que cada uno lleva su propio ritmo. Alaina, en sus salidas nocturnas, parece una vagabunda que se va encontrando a lo largo de la reserva seres inadaptados, sin que cesen las llamadas telefónicas y deje de sonar la música. Mientras la película avanza deja de ser realista para meterse en un mundo más abstracto. Y aquí aparece su sobrina Sadie, una entrenadora de baloncesto, que parece un halo de esperanza y que ha estado preocupada por Alaina toda la noche y que también está un poco harta de vivir donde vive. Con la ayuda de su abuelo, Sadie emprende un viaje. Es cuando la película da un giro inesperado. Y vuela a través del tiempo y del espacio hasta Sudamérica, donde los nativos del Amazonas leen los sueños y buscan oro. Uno de los personajes de Eureka dice: ”El tiempo es un invento de los hombres, sólo el espacio es real”.

La película se abre como un western en blanco y negro y pasa de la reserva de los Oglalas Lakora, en Dakota del Sur a la selva brasileña. Esta segunda parte huele más a cine policíaco. Y termina con una tercera parte en la que hay una conexión de lo animal con lo mítico, personajes que hablan en sueños… Protagonizada por Viggo Mortensen y Chiara Mastroianni, en el filme destaca la interpretación de la joven sioux Sadie LaPointe, que parece tener algo “puro”, sin que deje de pasear su mirada serena en torno a la desolación que le rodea. Alonso, el director, parece invitarnos a que nos detengamos ante la verdad y la belleza. De ahí que el director buscara que la película tuviera una esencia indígena, nativa.

Su cine, como siempre, se apoya en el ritmo emocional. Cada secuencia, con esos planos fijos, mantenidos, le permiten al espectador participar de la emoción e ir reconociendo la identidad de los personajes. El ritmo roza la técnica del documental. Los protagonistas vagan por los exteriores buscando darle un sentido a sus vidas.

Breve reseña de los últimos 40 años del cine argentino

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En cuanto a la situación del cine argentino, decir que los drásticos recortes han golpeado el sector. Lejos quedan aquellos años, después de la dictadura militar, cuando el gobierno de Alfonsín declaró su interés por restaurar e impulsar la gestión en el ámbito artístico, cultural y social a través del sistema democrático y el cineasta Manuel Antín se hizo cargo de INC (Instituto Nacional de Cinematografía) y el escritor Mario “Pancho” O'Donnell estuvo al frente de la Secretaría de Cultura.  

El primer Oscar para el cine argentino llega en 1985 con La historia oficial (1985) de Luis Puenzo, con la participación de Norma Alejandro y Héctor Alterio

En este renovado contexto, aparece Camila (1984), de María Luisa Bemberg. Como afirmó Susú Pecoraro “Camila fue un salto de calidad para el cine argentino”. Fue un éxito de taquilla, nominada al Oscar… Lita Stantic le dijo a la directora “tenés que hacer una historia de amor”. Y así fue cómo nació este filme, una historia de amor trágico a lo Shakespeare pero basada en hechos reales y situada en el rosismo, el amor prohibido entre Camila O´Gorman (Susú Pecoraro), una joven aristocrática, y Ladislao Gutiérrez (Imanol Arias), un sacerdote católico. Con el tiempo, la obra se convirtió en un icono feminista. Por esa fecha, también destacaron Los hijos de Fierro, de Fernando “Pino” Solanas. Pero el primer Oscar para el cine argentino llega en 1985 con La historia oficial (1985) de Luis Puenzo, con la participación de Norma Alejandro y Héctor Alterio.

Ya en los noventa, hay un movimiento artístico denominado el Nuevo cine Argentino, con nombres como Israel Adrián Caetano, Bruno Stagnaro, Daniel Burman y Lucrecia Martel, que introducen nuevos elementos narrativos y un marcado estilo realista. El puntapié inicial lo da Martín Rejtman, con su primera película: Rapado. Minimalista al extremo, sienta las bases de lo que vendría después. También podríamos citar Picado fino de Esteban Sapi, Raúl Perrone con Labios de churrasco y las películas de Alejandro Agresti.

En la última década del siglo XX, al estabilizarse la moneda y establecerse la autarquía  en el INCAA, el registro de los mercados creció y se dieron 246 estrenos,  lo que influyó  la forma de financiar las obras, algo que dio un impulso a la producción, además de encontrar aliados en la crítica especializada, en el festival BAFICI y el Festival internacional de Mar del Plata. Estos factores contribuyeron a consolidar el nuevo cine. Uno de los títulos en las taquillas argentinas fue Un lugar en el mundo (1992), de Adolfo Aristarain, con la actuación de Cecilia Roth y Federico Lupi.  En paralelo, hay un crecimiento del número de alumnos y escuelas de cine. Se multiplican los  cortometrajes y las primeras películas con éxito de público, con temas más costumbristas o ese tipo de cine que indaga cuestiones de identidad. En 1997 se estrenan Pizza, birra, faso, de Caetaro y Stagnaro, y Un crisantemo estalla en Cincoesquinas, dirigida por Daniel Burman, una sorprendente aventura con toques  de spaguetti western.

En lo que respecta a las mujeres, destacar La ciénaga (2000) de Lucrecia Martel, producida por Pedro Almodóvar, que fue bien recibida por la crítica internacional, ganando el Festival de Sundance. Pero, luego, hasta 2006 hay cierto decaimiento, se repiten los temas…, y se va pensando en salirse del circuito oficial y, desde la marginalidad, hacer otro tipo de cine. Entre esos difíciles años aparece Fabián Bielinsky, que dirige Nueve reinas, de nuevo Lucrecia Martel con La niña santa y La mujer sin cabeza, Pablo Trapero con la película El bonaerense… Entre todas estas figuras y algunas más que obvio porque la lista sería muy extensa, por esa década destaca Mariano Linás y ese filme de culto titulado Historias extraordinarias y un hito, Nada que perder, obra de Quique Aguilar.

En 2009 llega el segundo Oscar para la cinematografía argentina con El secreto de tus ojos de Juan José Campanella

Y en 2009 llega el segundo Oscar para la cinematografía argentina con El secreto de tus ojos de Juan José Campanella. Esto éxitos animaron a que se  creara una acuerdo entre el Instituto Argentino, el Du Film y se buscara apoyo de Europa Creativa. A partir de ahí y sobre todo  entrados ya en el siglo XXI, el cine argentino comienza a destacar por su diversidad en las formas narrativas, también de géneros, en las formas de producción y los modelos de distribución, de búsquedas estéticas, produciendo películas de ficción reconocibles con figuras como Ricardo Darín, Adrián Suar, Diego Peretti, Natalia Oreiro, la China Suárez, Julieta Díaz, Daniel Hendler… El principal motor son los propios cineastas, guionistas, directores, productores, actores, músicos, técnicos… Todos aman lo que hacen. Decía Leonardo Favio que “el cine no es para que te amen sino para dar amor a los demás”.

En estos últimos tiempos, el cine argentino es una actividad privada con fomento estatal y muy reconocido en el mundo. No existe un festival que no tenga una película o una coproducción…, algo… Los últimos tres premisos Goya han sido para El ciudadano ilustre, El Clan y Relatos salvajes. Otro de los grandes avances ha sido el boom del cine documental, con la creación del Canal Encuentro, un canal de la televisión pública en el que visionar todos estos trabajos de gran calidad que están formando un oasis de telespectadores  asiduos y bien informados. Por lo tanto, podemos afirmar que el cine argentino es un sector muy bien organizado y desde distintos medios le auguran un futuro prometedor. Podríamos concluir afirmando que el cine argentino de hoy no tiene techo.

El cine de Lisandro Alonso