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miércoles. 28.09.2022
Cinema_Niza_Barcelona_2010
Cine Niza. Barcelona

¿A qué viene este cinecidio?

Hace unos días una amiga me comentó que había visto en una de esas plataformas que proyectan en el móvil, la tablet o el ordenador, una película cuyo título no hace al caso. Reconozco que no manejo apenas esas plataformas. Cuando el gran confinamiento un hijo me apuntó gratis a una de ellas. Le tomé pronto la medida y me cansó; acepto, no obstante, que en medio de mucha filfa había cosas de interés. Hace un par de semanas una hermana me apuntó, gratis también, a otra y ahí ando sin mucha asiduidad ni ninguna pasión; tal vez se deba ello a que mi televisor es prehistórico y las películas plataformeras debo verlas en mi pc y la poca visión, que me queda sufre injustamente.

Pero bueno, mi endémica inutilidad para las técnicas y tecnologías, todas exóticas y casi inaccesibles para mí, no es la sorpresa a la que quiero referirme. Lo es que mi amiga me dijo  es que la cuota de un mes de esas plataformas cuesta más o menos lo mismo que una entrada a uno de los pocos cines normales, aunque en miniatura, que van quedando.

Ante la rotundidad de este dato sentí como un escalofrío y una certeza lapidaria: Qué poquito le queda al cine como fenómeno social, cultural, emocional, industrial, de masas. Y conexa a esa certeza tan desalentadora, un cabreo sordo cada vez más habitual: ¿Dónde va y dónde nos lleva este capitalismo enloquecido que patea el planeta como un caballo sin jinete?, ¿es soportable a medio plazo que los avances tecnológicos estén siempre al servicio del lucro privado y al fomento de un ser humano deshumanizado y sujeto pasivo sólo de su capacidad de consumo de cachivaches y estímulos que duran lo justo para ser sustituidos por otros más caros con la misma utilidad o falta de ella?. En el caso del cine, ¿es lógico que siglo y medio de cultura y sentimentalidad de masas -la mía incluida-, de la práctica social de “ir al cine” con toda la movilización que ello comportaba, degenere en un minúsculo formato absolutamente individualizado para dejarse los ojos en él y ganar kilos en el sofá, o se disipe el placer por el cine grande en salas que miden lo que un piso de clase media?.

Al hilo de estas elucubraciones, cuando volví a Barcelona para el viaje final, tras deambular por ahí más de 40 años, casi sin darme cuenta busqué las referencias del cine, de los cines, de quienes distribuían las películas, de mi infancia y, sobre todo, de mi adolescencia y juventud en las que fui espectador, distribuidor y acomodador, todo a la vez. Es un ejercicio peligroso porque te dan un resultado ingrato: El cine de tu vida y tu vida misma declinan sin remisión, porque al cine que venga lo encapsularán en esos formatos mínimos para que dé dinero, pero a ti … Vamos:

Cayeron los de proximidad de mi infancia

... El de mayor proximidad, el de mis primeras luces, el Cine Artigas, hace años que no existe. Quedó pegado a uno para siempre el aroma del zotal, la parsimonia de un gato sin el cual sabe Dios que hubiera sido de nosotros, el sonsonete que ofrecían las cáscaras de cacahuete al contacto con las suelas de quienes iban al wáter o a comprar más cacahuetes (un cartuchillo costaba 1 peseta, 0,0059523 euros), la cólera de una madre con el crío que no quería merendar para no perder detalle y la ruidosa solicitud de silencio de una parte del público, el abatimiento al volver a casa porque en ella faltaban todas las cosas que sobraban en el cine. Nosotros entrábamos gratis porque “somos los sobrinos del señor Cano”, mi Tío Pepe, qepd, una figura de peso en el gremio cinematográfico que nos fue colocando a muchos.

... Los dos que había en San Adrián, o la docena larga que había en el resto de Badalona (Picarol, Victoria, Verbena …) han desaparecido también; tal vez sobreviva algún mini-cine no sé.

En Barcelona ha sido una masacre

... Ya en Barcelona capital, por no abrir más el angular y referirme sólo a los cines de estreno, el paisaje es desolador:

Del trío de cines Capitol/Metropol/Bosque, del grupo Balañá, especializado en estrenos de serie B, bodrios muy populares, solo se salvó, por ahora, el Bosque que son 10 o 12 cajas de mistos en el corazón de Gracia. Al Capitol le llamábamos popularmente “Can Pistols”, pues allí se daban westerns y películas de acción infumables. En esos cines estrenamos una película mexicana que trajo mi Tío Pepe, “El Santo contra las mujeres vampiro” se llamaba, y el personal rugía, pero no de terror, ante aquellos escotes y aquellas túnicas ceñidas que auguraban vampíricas locuras.

Otro dúo que murió también fue el Alexandra/Atlanta. El primero, en la parte alta de la Rambla de Catalunya, tenía un hall inmenso y majestuoso. Entrando a su derecha había un local chiquito, el Alexis, para pequeño teatro y recitales minoritarios de canción catalana (allí escuché por primera vez a Enric Barbat, qepd). Ahora es un centro comercial muy chic. El Atlanta, junto a la parada del tranvía que nos llevaba a San Adrián, es hoy una comisaría que hacen el DNI.

Otros dúos o tríos extintos en el olvido serían, sin animo de ser exhaustivo: El Montecarlo/Aristos/Niza, el Arcadia/Astoria, el Alcazar/Borrás (este último sobrevive aún a base de volver a ser teatro como en sus lejanos orígenes).

Caídos en este cinecidio, recuerdo a titanes enormes que luchaban y triunfaban solos en salas de cientos y cientos de butacas, entre la platea y la general: Fémina (un incendio lo destruyó y nadie pensó en reconstruirlo; ese solar en pleno Paseo de Gracia debió ser un pelotazo glorioso en los 80), Kursaal (allí estrenamos “El sicario”, cuando yo estaba en Tusisa, una joya de Damiano Damiani… que no entraba casi nadie a verla), Fantasio, Windsor, Diagonal (ese cine, chiquito para la época, sostuvo durante un año más o menos “La escapada”, la explosión de libertad en los 60 que inmortalizó Vittorio Gassman), Palacio del Cinema, Publi (especializado en  “arte y ensayo”, películas tediosas de Berman o Polansky, que había que ir a ver y luego debatir como si hubiéramos entendido algo, que para eso éramos progres), el Maryland, en Urquinaona, uno de cuyos acomodadores, ya de edad, era el enésimo representante legítimo de la clandestina CNT porque tenía un sello de caucho que le había dado en Toulousse Federica Montseny; había en aquella época abundancia de representantes legítimos y sellos de caucho,  Princesa, junto a los Almacenes Jorba …

La muestra anterior se refiere sólo a cines de estreno. Si se incluyeran los de reestreno, solo en Barcelona capital, la lista llegaría a más de cien.

Especial afecto para los cines que daban sesiones matinales porque aliviaban mi depresión en la academia donde debía estudiar para colocarme en un banco, el sueño de mi madre. Recuerdo el Avenida de la Luz, el Pelayo (yo fui testigo de su cierre hace apenas un par de años), Galería Condal, Savoy … no queda ni uno, ni nadie proyecta cine matinal, ¿dónde van las criaturas que no quieren ir al colegio o a la academia?

Del teatro al cine y viceversa

Algunos han tenido que hacer recorrido de ida y vuelta de teatros a cines y vuelta a teatros. Es el caso del Tivoli (allí se estrenó a mediados de los 50 “Duelo al sol”; mi padre era el controlador de taquilla en nombre de la distribuidora, Procines, y me llevó a verla; yo no tendría más de 8 o 9 años; imposible entrar de no haber ido con él, era “no tolerada para menores”; hoy es teatro de nuevo desde hace muchos años. El Coliseum (allí estrenamos “Dulce pájaro de juventud”, que distribuía Procines también, un peliculón de Paul Newman en su primera época), hoy es teatro de vuelta. El Comedia resiste a base de minicines (un solo empleado te vende la entrada, te la corta, te indica por dónde cae la minisala y te vende las palomitas); fue un teatro de postín en la Gran Vía con el Paseo de Gracia. El Borrás, que ha vuelto a ser teatro (una tarde un compañero del PSUC me vió entrar a ver una película de Raphael, “El golfo”; me encantaba aquella voz. En la reunión de célula el compañero me hizo la autocrítica; era un sin vivir, había que tener cuidado que no te viera nadie al ir a la reunión de célula en un piso y al ir a ver una película de Raphael, por razones distintas, eso sí. El Aribau, el más grande de Barcelona cuando se construyó por Balañá para estrenar “West Side Story”, hace tiempo que agoniza, hacen algo de teatro pero dudo que sobreviva (enfrente hace años que hicieron 5 o 6 minicines bajo el nombre común de “aribau”, pero nada que ver). El Principal Palacio, que ha hecho recorrido de teatro y cine y ahora está ahí en medio de Las Ramblas sin actividad conocida …Tal  vez me deje alguno.

Los que vimos nacer y murieron antes que uno

Especial emoción y tristeza cuando se trata de cines que viste nacer en tu adolescencia, que casi fuiste padrino en el bautizo, y los ves morir en el ocaso de tu propia vida y de una forma de ver y sentir el cine de verdad que al igual que tu vida y aquella Historia, no volverán. Me refiero al Urgel, liquidado hace unos tres años, que Balañá mandó construir entrados los 60 para estrenar allí “Lawrence de Arabia”; cine y película eran en la época el no va más. El Novedades, también de Balañá, que cayó hace poco y ahora sobre sus recuerdos emergió un edificio de oficinas de lujo; allí vibramos con las odiseas del Doctor Zhivago, de su hermano el bolchevique de acero, de Trostky en su tren rojo recorriendo los frentes de batalla. Del Windsor, el vestíbulo más grande y lujoso de Barcelona por el que parecía desfilar, cínico y seductor Paul Newman en “El Premio”. El Aribau que, como les dije, ni muere ni vive que es peor. El Palacio Balañá, cerca de la estación de Sants, en el que trabajó un muchacho que había trabajado conmigo de acomodador en el Ducal, Luis no me acuerdo qué, noble y bruto, de Zamora.

Las distribuidoras y la mejor repasadora de Barcelona

... Y qué decir de las distribuidoras de películas, qué se ha hecho de ellas. Las había a decenas en el corazón de Barcelona, casi en su totalidad ubicadas entre el Paseo de Gracia y Enrique Granados. De las que estaban más a la vista retengo Rosa Films y Chamartín Films, ahora es una tienda de modas, la primera, y una enorme comisaría de la Policía Nacional, la segunda. Casi todas añadían el “films” al lado de su nombre: CB, la más importante, Mundial, Filmax, Filmayer, Mercurio,   Rosa, Chamartín, Izaro, Rey Soria, Suevia, Cepicsa Warner, Metro, Fox, Alianza Cinematográfica Española, la que distribuía el informativo oficial de la dictadura franquista, el Nodo, de exibición obligatoria al inicio de cada sesión (los antifranquistas un poco más osados aprovechaban para tomar algo en el bar o fumar en el vestíbulo),  Exclusivas Arajol, la que trajo a España las películas mudas de Charlie Chaplin, Procines, Floralva, Tusisa, RKO Radio … en estas seis últimas trabajó mi madre, y en algunas de ellas trabajé yo también de chico de los recados bajo su atenta mirada, y en algunas trabajó mi padre también. Mi madre aprendió el oficio aún soltera, en una suerte de exilio involuntario en aquella Barcelona roja de la guerra, antes de volver a Soledades. Era una prestigiosa restauradora de copias de películas tras cada exibición (yo aprendí a hacerlo solo de verla a ella; la acetona era el pegamento para unir un fotograma con otro tras cortar el que se había dañado en la imagen o en la banda sonora). Mi mayor categoría en el gremio la alcancé en Procines, entre los 16 y los 17 años; fui ayudante de programista al mando de un muchacho maño que se llamaba Costa y fardaba de tocar con Los Mustang, pero a mí nunca llegó a constarme. Una película eran 5 o 6 rollos dentro de latas de 60 o 70 centímetros de diámetro, en un saco de tela rasposa y recia; medían entre 4 y 5000 mil metros de celuloide altamente inflamable. Hacia mediados de los 60 el celuloide dejó de serlo y ya no tenía peligro pero algunos taxistas, los muy cabrones, no te creían, se negaban a que cogieras el taxi y te tocaba acarrear con aquel sacazo y llevar a pie la película a la estación del Norte o de Francia, y facturarla en el tren, para que pudiera verla el personal en cualquier aldea del Pirineo o las Tierras del Ebro.

Alguna vez, en Procines, mi madre acababa de restaurar, repasar en el argot, una película que yo debía llevar a la estación a toda prisa para que no se escapara el tren. Siempre me hacía la misma recomendación: “Manolico, que no se vaya a perder la hoja de censura, que eso sería mi ruina …”. La hoja de censura es lo que están pensando: un papelito de color rosa en el que figuraban los besos, los escotes, o los muslos -de mujer, claro- que había que cortar … El Totó de Cinema Paradisso era un aprendiz al lado de aquel Manolico.

Siempre nos quedará el Ducal

... He dejado para el final la joya de la corona -sin contar la prueba de fotogenia que me hizo un prestigioso estudio- de mi carrera cinematográfica. Me refiero a mis dos años de acomodador, de los 17 a los 19, en el Cine Ducal del barrio del Clot en Barcelona, más exactamente en la calle Besalú, entre Montaña y Nación. Las calles siguen ahí pero el cine hace mucho tiempo que se disolvió en un bloque de pisos de nivel medio.

Allí trabajaba  mi padre, que se asignó la categoría de “jefe de sala”, y contenía la risa; era el portero y cortaba las entradas, pero ejercía una autoridad sin quererlo sobre los acomodadores y el resto de la plantilla. Era un cine de barrio, de reestreno preferente, con unas 600 butacas, más de 400 de ellas en la platea, con asiento acolchado granate,  y el resto en la general, o gallinero, con asiento de madera pelada. Para que se hagan una idea, del cine vivían 15 personas, incluido el matrimonio que regentaba el pequeño bar del vestíbulo. Pared por pared del Cine Ducal había un club social de falangistas y la sede de un club de fans de Luis Aguilé. De los primeros no me acuerdo, pero del segundo sí; a veces se tomaba su cerveza en el bar del vestíbulo, hablaba castellano pero raro y la corbata le llegaba más abajo del cinturón. Mi padre y los otros pegaban la hebra con él -mi padre era músico de conservatorio- y yo observaba a distancia porque era un chiquillo un poco tímido. Alguna tarde, venía mi amigo Raúl, que se lo llevó un tumor asesino en 1987, con apenas 39 años, cuando ya empezaba a despuntar como un baluarte de la literatura española contemporánea. Cuando se fue, EL PAÍS le dedicó tres páginas de despedida y homenaje; palabras mayores. Raúl Ruiz, por supuesto.

Yo aterricé en el Cine Ducal porque no quería estudiar y mi padre tenía claro que para golfos y vagos en la casa no había sitio. Debo reconocer que en aquellos dos años cursé más de una “carrera universitaria” en el Ducal, aparte mi contribución a la economía familiar (y personal).

Concluyo donde empecé, ¿qué clase de sistema es este capitalismo que crea y destruye a la velocidad de la luz, con el soporte excluyente de la tecnología y sin más alma que el lucro privado a toda costa, joyas humanas, culturales, sociales,  en forma de centenares de miles de salas y millones de puestos de trabajo sobre la Tierra, liquidados por este cinecidio que pretende compensarse con la tristeza de la soledad ante una pantalla minúscula para consumir guiones de ver y tirar con las dosis exactas de violencia y sexo según el mercado determine …?

Tal vez esa larga pregunta esté exageradamente formulada. En todo caso, yo no tengo respuesta.

El cine, como la historia y la vida que declinan