martes 27/7/21

El budismo y la vejez

Siddhartha era sabio y entendió que la base de la felicidad completa, el nirvana espiritual en el que nada logra turbarnos ni alterar la calma de nuestra comprensión del universo, se basa en la ausencia de deseo. El que nada desea nada necesita, nada le ata ni le condiciona. Si no deseas, no tienes ataduras con el mundo. La pobreza nos altera porque deseamos evitarla, bien para nosotros o bien para los demás, pero nos obliga a movernos para hacer, deseamos “hacer”. Esa necesidad de hacer es motivada y generada por el deseo de alterar el curso de los acontecimientos; nos implicamos, nos “alteramos”, perdemos el equilibrio de la inacción, de la falta de voluntad de cambiar.

Yo creo que el Buda entendió el mensaje que la vida encierra en la vejez. La vejez nos prepara para la nada, para nuestro verdadero destino. Las religiones se oponen a esa verdad, a esa realidad de la que nadie vuelve para darnos la noticia de que hay algo y de que ese algo es así. No, la verdad se esconde en la vejez. Al final de la vida, cuando la nada se acerca, la vida nos enseña a convivir con la nada. No hay acción porque nuestro cuerpo no es capaz de accionarse; no hay pensamiento porque nuestro cerebro se ha despedido; no hay espiritualidad porque nuestro cuerpo se ha refugiado en la más pura animalidad; en la subsistencia que nos iguala al mejillón: la mera transformación de la materia en mínima energía. No hay verdad más completa que esa vejez desvalida e inconsciente; esa vejez que encierra la inmensidad de la nada, del no tiempo y del no espacio que aguarda tras la puerta que se abre al final de todo.

No sé si esto es mejor o peor que otras cosas y otras alternativas, pero si me preguntan estoy más cerca de entender que la vida eterna es más maldición que otra cosa. Al ¿Perros, queréis vivir eternamente? Yo contesto, sin dudar, que no, que ni de coña. La vida eterna, si no me dan más datos, me aterroriza mucho más que la nada. Primero: estoy hasta el gorro de convivir conmigo mismo y mis miserias. Segundo: Seguir con la misma historia, me parece aburrido. Tercero: La contemplación mística de Dios y la inacción completa, pinta aburridillo. Como diría un amigo, es que yo soy más de follar, pero bueno. Pasarme eones enteros contemplando a un fulano… pues eso, que no es que me motive especialmente. Si me dieran a elegir, si hay algo que me apetece bastante, pero no con la categoría de eterno, que siempre se me antoja excesiva, me apetece la comprensión completa. Conocer y ser consciente de los grandes misterios de la física, de nuestra razón de ser (si es que la hay, y si no la hay y somos, como creo, otros bichos pelín más listos, ser consciente de esa verdad), saber, pero SABER con mayúsculas y por un espacio de tiempo no muy largo para luego desvanecerme sin demasiados agobios, me parece un buen destino para el ser humano.

El budismo y la vejez