miércoles. 24.07.2024
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Fotograma del documental 'Un hombre sin miedo'.

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El barrio es la unidad de convivencia que interpela a los urbanistas desde siempre, en general, lo consideran el motor de las relaciones que crean la sociedad civil.

En la novela, Donde la ciudad cambia de nombre, Francesc Candel relata así sus impresiones del arrabal de Barcelona en 1960: …estas tierras eran como una especie de mantel verde, con sus acequias, con sus caseríos. También aquí cabe la exclamación: ¡Que verde era mi valle!... Ahora, en cambio es sucio, polvoriento, amarillo, sobre todo polvoriento. Al mantel le han nacido protuberancias: los barrios. Estos barrios son como una perdigonada en una sábana. Aquellos, fueron la cuna de las revueltas ciudadanas y escenario del movimiento vecinal en nuestro país.

Se iniciaron con la solidaridad pionera del éxodo rural. Continuaron con la manera de abordar los problemas, comunes, de los vecinos y buscando soluciones a través de la cooperación entre ellos. La adaptación de los emigrantes y sus hijos a la ciudad y a los hábitos urbanos sería incomprensible, sin el contexto del barrio. Esto se percibe mejor desde el relato de su historia en los primeros años del franquismo.

Una institución importante en la creación de las culturas de barrio fue el uso que algunos sacerdotes dieron a sus parroquias, dejando al margen el control falangista

Una institución importante en la creación de las culturas de barrio fue el uso que algunos sacerdotes dieron a sus parroquias, dejando al margen el control falangista. Los vecinos instalaron bajo la cobertura eclesial centros cívicos, deportivos, culturales y asistenciales, que llegaron a convertirse en auténticos “Centros Sociales”. El liderazgo de los sacerdotes en el suburbio fue pastoral, pero no sectario, lo cual molestaba a la autoridad eclesiástica que deseaba crear barrios católicos. La organización de Cáritas debía construirse reclutando a personas católicas, o susceptibles de captación para Acción Católica.

El jesuita Padre Llanos ha quedado para la historia del franquismo, como exponente de sacerdote comprometido con el suburbio. Muy considerado en el Régimen y colaborador habitual del periódico Arriba, se encerró durante muchos años en el arrabal, para ser parte y animador de una de las epopeyas colectivas de los españoles. En 1955, se alejó del discurso oficial de la Iglesia, a la cual le preocupaba el hacinamiento del suburbio por sus derivadas impúdicas y amorales. Él lo convirtió en una reivindicación de la solidaridad de los pobres, que …se dan calor durmiendo en una sola cama en el frío invierno de Madrid. Al invocar las dos ciudades, a solo unos cientos de metros de distancia una de la otra, el padre Llanos practicaba la pedagogía social, trasladando su residencia a un barrio de chabolas, que un documento de la época describe así: Cerca de la vía del tren, en el puente de Vallecas, existía antes de la guerra una caseta de peones camineros y junto a ella había un pozo. Durante años esta caseta estuvo habitada por un hombre llamado Raimundo que dio nombre al lugar. Con el Padre Llanos se quedaron dos maestros y un par de sacerdotes, y los domingos acudía un grupo de voluntarios universitarios, estos, contribuyeron a mejorar las chabolas y colaboraron en labores de alfabetización.

En los años cuarenta, llegaron a Entrevías (Vallecas) cerca de 13.000 personas, procedentes en su mayoría de Andújar, provincia de Jaén

En los años cuarenta, llegaron a Entrevías (Vallecas) cerca de 13.000 personas, procedentes en su mayoría de Andújar, provincia de Jaén. Los hombres eran braceros y peones y encontraron trabajo en la construcción. Como los ingresos eran muy escasos, la vida de estas gentes se reducía al poblado, del que solo salían para ir al trabajo. Junto a la comunidad de origen, encontramos en este asentamiento algunas de las pautas generales de la emigración: al llegar, los emigrantes compraban parcelas minúsculas en suelo agrícola, a un precio abusivo, y las pagaban a plazos financiados por la aseguradora Santa Lucía. Edificaron chabolas y se enfrentaron a los problemas de agua y electricidad, como el resto de los poblados del suburbio. En el entorno de Vallecas y Villaverde existían otra serie de asentamientos, ubicados en cuevas y poblados de casitas ilegales. Esas colonias se vieron sometidas a la influencia del “Pozo” y desde el “Puente” a Villaverde se fueron congregando activistas; había entre ellos militantes antifranquistas y miembros de movimientos apostólicos, que colaboraban con los activistas obreros.

El acontecimiento que mejor refleja la “solidaridad” del suburbio fue la leyenda de la “Flor de Luna”. Contaba que, cuando una familia llegaba al Pozo, normalmente atraída por conocidos o familiares allí asentados, se organizaba un grupo de chabolistas y, en una noche, con materiales improvisados, levantaban el perímetro de la vivienda y lo techaban antes de que los guardias pudieran darse cuenta. Los días siguientes completaban el interior y el pozo ciego, previo pago de un soborno a la pareja de la Guardia Civil.

A comienzos de los años cincuenta, los poblados chabolistas ya eran visibles en la mayoría de las grandes poblaciones y zonas industriales de España

A comienzos de los años cincuenta, los poblados chabolistas ya eran visibles en la mayoría de las grandes poblaciones y zonas industriales de España, y se convirtieron en oportunidades de negocio para la especulación con los terrenos. El usuario adquiría una pequeña parcela, edificaba, sin licencia de obras, con ayuda de algún albañil, en ello trabajaba toda la familia. Se trataba de casas de una sola planta, viviendas someras, ocupadas muchas veces por familias amplias, de 6 y 8 miembros. Personas, algunas, “sin-papeles” en su propio país.

En los campos del sureste de Madrid, sobre terrenos de secano sin valor agrícola, los propietarios, intuyendo el negocio, construyeron pequeñas viviendas sin servicios ni acometidas, y sin calle. Alquilaban chabolas a precio de piso. Fueron los hermanos Santos, propietarios de la mayoría de los terrenos, los que promovieron el poblado de Palomeras. Estos vendían parcelas de terreno con documento notarial, que no se podían registrar como parcela urbana. También lo hicieron María Orcasitas de la Peña y otros propietarios. Todos ellos actuaron como empresas inmobiliarias en la Meseta y el Pozo. Los inmigrantes pagaban las parcelas a plazos a la Sociedad de seguros Santa Lucía, la garantía de los préstamos eran los terrenos y la edificación que se hiciera.

Cómo el terreno no se podía registrar, el propietario que lo vendía permanecía como dueño en el registro de la propiedad.  Denuncias posteriores, realizadas por profesionales del derecho, llevados allí por los párrocos y los militantes cristianos y comunistas, consiguieron la legalización de la propiedad rústica, pero no de las construcciones. Los antiguos propietarios intentaron, más tarde, recuperar su propiedad, cuando el crecimiento de Madrid había multiplicado el valor del suelo. Dª María de Orcasitas pretendió en 1971, con la connivencia de la Gerencia Municipal de Urbanismo de Madrid, apropiarse del 32,4 % de la edificabilidad de la zona. Los vecinos reaccionaron y llevaron el caso al Supremo; no solo ganaron el terreno que en su día habían pagado, también conquistaron el derecho a tener un Plan Parcial redactado por ellos, con la llegada de la democracia.  

En los años cincuenta, la sombra del suburbio creaba alarma social en las clases medias

En los años cincuenta, la sombra del suburbio creaba alarma social en las clases medias. La novela por entregas para la pequeña burguesía, la compusieron los capítulos de Un arrabal junto al cielo, “serial radiofónico” que arrancaba con dos niñas del suburbio, hablando del hambre y de padres maltratadores. El serial cuenta el desplazamiento diario del suburbio a la ciudad de aquellos niños, para obtener una limosna o algo de comida. El relato trata todos los tópicos de la indigencia: la relación de la miseria con la prostitución, la delincuencia y el alcoholismo; las madres solteras; la prole suelta, jugando en el barro. En conversaciones entre las “señoritas” y su asistenta salen a colación las condiciones de hacinamiento del suburbio.

El “Arrabal junto al Cielo” fue una afirmación de nacionalcatolicismo, realizada en 1953 por la SER para dar vida en la radio a la caridad en el suburbio. Pero, también divulgaba por las ondas una realidad social muy dura. Habría sido inconcebible su transmisión, con las rígidas pautas de la censura, si el problema no hubiera estado ya en la “calle”.

 La clase media baja se alarmaba con el cerco chabolista en el margen de los ensanches, porque percibía el peligro para su descendencia de la temida mezcla de clases en los barrios de nueva edificación. Se defendían de ella con los pisos de “patronato” y de “empresa”, pequeñas islas de distinción en la marea del arrabal, y con los colegios religiosos baratos, pero de pago. En la película de El Verdugo, las peripecias surrealistas de un joven enterrador, para satisfacer las aspiraciones de su suegro a tener, por fin, un piso propio a la altura de su estatus, sirven de contrapunto al realismo moralizante y untuoso de la radio novela. Pero, en el fondo, Berlanga presenta al pequeño funcionario hablando de lo mismo, la aporofobia o el miedo a ser menos.

Barrio, chabolas, inmigración y fobias