viernes 23/10/20

Autocrítica

autocrítica

Confieso que esta nota ha desbancado a otra que se centraba en la consabida diatriba hacia nuestros políticos y que se ha visto desplazada al cruzarse otra idea en la cabeza que se ha hecho más grande y , a mi juicio, más importante que la anterior: ¿Que hacemos nosotros, los ciudadanos normales y corrientes, por ayudar? 

Y la respuesta a esta pregunta, que no es sólo una, sino que toma muchas formas, mezcla luces y sombras en una amalgama que deberíamos tratar de discernir, separar y, en muchas ocasiones, corregir.

Lo primero que me viene a la cabeza es ese estribillo que se va consagrando como un mantra aceptado por casi todos que dice que “todos los políticos son iguales y sólo buscan medrar y trabajar para lo suyo”. 

Bueno, pues deberíamos pensar un poco más despacio, centrar el tiro y recordar que esto no es así, que es cierto que hay y que ha habido muchos políticos corruptos, malintencionados y aprovechados, pero que nuestra democracia, hoy, se asienta sobre el trabajo de muchos políticos que se entregan con la mejor de las voluntades al bien común y que meterlos a ellos en la misma clasificación que usamos para los corruptos o malintencionados, es hacerles una injusticia clamorosa que debemos evitar.

Yo mismo debo entonar el “mea culpa” y acepto ese trabajo de autocensura para intentar afinar juicios y afirmaciones que me impidan  caer en ese terreno resbaladizo y peligroso que abre el atajo directo hacia el populismo fascistoide

No hablo ya de esos auténticos héroes de los años de plomo de ETA que se presentaban en las listas del PP y del PSOE en esas localidades del País Vasco en las que ni siquiera era posible comprar la prensa censurada por los salvajes, no. Me refiero a esos muchos cargos políticos que se dejan las pestañas intentando que nuestras vidas mejoren hoy y que se ven arrastrados por la marea de incomprensión, desprecio e injusticia.

Yo mismo debo entonar el “mea culpa” y acepto ese trabajo de autocensura para intentar afinar juicios y afirmaciones que me impidan  caer en ese terreno resbaladizo y peligroso que abre el atajo directo hacia el populismo fascistoide. Cuidado con eso, que se va deslizando en la sociedad de forma silenciosa y la historia nos puede decir, sin dudar, el destino final de esa corriente. Anatema sea.

También deberíamos ser mucho más exigentes con nosotros mismos a la hora de mantener nuestro propio criterio por encima de lo que la exigida militancia nos impone. No pasa nada por “no salir pensado de casa” y mantener nuestro propio criterio frente al discurso oficial de “los nuestros”, por mucho que nos fastidie sabernos fuera del discurso oficial o por mucho que se nos presione para abandonar esos desvaríos librepensadores.Eso solo les favorece a “ellos”, a lo malos; a los que han convertido a los partidos en máquinas de mediocridad plagadas de  tiralevitas y paniaguados cuyo único valor es aplaudir al jefe y no destacar por encima de nada para que no se les note. Esa actitud y esa forma de gestionar nos empobrece a todos, con independencia del partido al que nos sintamos afines. Hay que elevar la exigencia “con los nuestros” y  que cada cual se ocupe de hacer buenos a los suyos mediante una crítica constructiva y una actitud reflexiva y exigente ante programas, actitudes y aptitudes sobre las que no se ha ejercido crítica alguna. 

Todos podemos ver que hay ocasiones en las que ni siquiera podemos llegar al nivel de criticar las ideas o el programa de un determinado político, pues ese territorio está desierto y lo único que podemos constatar es que hay una absoluta incapacidad para gestionarse a sí mismo. Bueno, pues a ese personaje no se le puede votar aunque nos lo quieran hacer pasar por “uno de los nuestros”.

Ni por un momento el responsable de ponernos en la tesitura de tener que votar a “su candidato”  puede pensar eso tan establecido de “tranquilos, que nuestros votantes lo aceptan todo” como ha ocurrido hasta ahora. No. Hay que elevar el listón, ser exigentes y tremendamente críticos con LOS NUESTROS y rechazar ese círculo perverso de “que los otros también hacen mal”. Si está mal, está mal para todos y hay que erradicar tanto ese tipo de argumentación como las conductas desviadas que los originan. 

España ha demostrado que no castiga la corrupción y ese es un cáncer que nos va a devorar si no lo atajamos de manera eficaz y sin un solo pensamiento de disculpa. El corrupto no es de ningún partido, es un simple delincuente que debe ser juzgado y condenado, sin siglas, sin interferencias y sobre todo, sin disculpas o justificaciones tan absurdas como las cercanas al “todos lo hacen” o “y los tuyos ¿qué? Acaso no están implicados en….” Todos al saco, sin distinción.

No me gustaría ponerme evangélico, pero lo del ojo y la viga viene al pelo, así que todos podemos aplicarnos el cuento: aprendamos a discernir quién sí y quién no, valoremos la honradez y exijamos coherencia y nivel intelectual a los nuestros, que de los otros ya se ocuparán ellos.

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