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domingo. 14.08.2022
Juan José Téllez

En algún momento de la historia literaria también a Juan José Téllez se le adscribió a la nueva sentimentalidad aunque con matices y, al definir su poética, afirmaba que sus versos “nacieron más cerca de la música que de la palabra”. Hace unos meses, al ser preguntado sobre su poesía, decía que “la poesía no sirve para absolutamente nada y eso es lo mejor que tiene (…) Sirve para que una serie de cómplices jueguen con las palabras como autores o lectores y que los versos pongan algo de música en la vida y puedas leer en lo escrito por otro lo que ni tú mismo has sabido decirte. Hay gente a la que no le gusta la poesía y se avergüenza, cuando no pasa nada. La poesía es para minorías. Es el mayor acto de rebeldía contra el capitalismo”.

Una visión sin duda bastante personal que nos habla de un escritor con un estilo, con una potente personalidad y muy seguro de su visión del mundo, siempre adscrito hacia la defensa de principios y valores muy humanos.

De un modo alegórico se inicia el poemario con ese “Consejo de amigo” donde hay un lobo que acecha y el ocultamiento de un puñal, con un proverbio Cheyenne: “Tened cuidado con el hombre que no habla y con el perro que no ladra”

A lo largo de los años hemos venido hablando de su obra como inspirada en la realidad, bien en la ajena o la personal, que tiende a la creación de símbolos e imágenes siempre cercanas a la canción, a la música y a cierta simbiosis de tipo cultural, creando emociones profundas conducentes con frecuencia hacia un progresivo desencanto, advirtiendo del derrumbe de los mitos personales y sociales, históricos y psicológicos que conformaron un periodo histórico, pero también a un territorio personal e intransferible.

Los amores sucios se une a una larga lista en la que podemos citar Historias del desarrollo (1978), Crónicas urbanas (1979), Bambú (1985), Daiquiri (1986), Las grandes superficies (2010)…

Los amores sucios son una crónica sentimental en la que a través de diversos momentos (a modo de teselas) se va construyendo un gran mosaico vital de la memoria amorosa en la que existe una historia experiencial de fondo construida a través de los años.

De ahí que el amor está muy presente desde la dedicatoria inicial: “Para quienes me quisieron. Para quienes quise, no siempre limpiamente”. De ahí la suciedad, la impureza que conlleva el título.

De un modo alegórico se inicia el poemario con ese “Consejo de amigo” donde hay un lobo que acecha y el ocultamiento de un puñal, con un proverbio Cheyenne: “Tened cuidado con el hombre que no habla y con el perro que no ladra”. A partir de aquí entramos en un territorio donde el amor y sus efectos estará muy presente a través de esa simbólica suciedad que imanta el hecho del amor pero, al mismo tiempo, la profundidad y la aclimatación a un mundo donde la figura de la amada se hallará muy presente en forma de esperanza, de aprensión o desierto.

Haciendo como una especie de separación entre ellos y el amor en sí. Un desdoblamiento muy presente con el que Téllez va construyendo una historia personal que crea desde la turbiedad originaria y donde existe como un “fatum” de inicio que todo lo determina, aclimatado en una historia que se construye desde la memoria y donde también los lances de desamor aparecerán en su inevitabilidad.

A veces se construye el poema como una narración, en “La noche de la tormenta” o “Nighthawks”, con una constante definición de los protagonistas y la definición del sentimiento a través de estructuras rítmicas paralelísticas muy empleadas e idealismo creciente: “Matemos el tiempo burlando la muerte/ y sólo caigamos presos de las emociones”. Siempre es el yo y el tú como elementos que se aúnan y se separan creando la vida o la desolación muy sentimental, que tanto nos recuerda canciones de rap y a través de las que configura un lenguaje donde sintetiza conceptos lingüísticos dispares que juegan a crear un sentido nuevo: “Ella era/ un tiempo de emociones que corría despacio,/ una larga pregunta enunciada en voz baja”.

En un momento determinado esta inocencia salta por los aires porque esa dualidad del yo y el tú se va construyendo sobre el invierno, los presagios, el desconcierto y no cierta desolación: “Yo moriré entre arrecifes/ y tú en un bosque de sabinas”. Donde el yo poético se reconoce en su desorden y en el invierno que ya se define como él mismo, pero con una mirada constante hacia el retrovisor de la memoria, aquel joven del 76 o 77, con un tono suficientemente melancólico donde se resucita la pérdida en el transcurso del tiempo: “Qué jóvenes fuimos todos los veranos,/ qué libres creíamos que seríamos siempre”

Una nostalgia para construir un tiempo pasado de rock and roll y bares abiertos en la noche, de viajes y paraísos cercenados, tratando de reconstruir sensaciones de antaño, “si hoy regresara en el autobús del tiempo/ ese chico de ayer me diría sin duda/ que sólo fui un mediocre el resto de mis horas”.

Hay una permanente búsqueda en este canon de lo vivido, en esta sinfonía, a veces triste, a veces exultante de la nostalgia: “No éramos jóvenes, pero éramos eternos” o “Si es que viene de antiguo eso que llamamos tristeza”. Una poesía comprometida con el corazón, plagada de sensaciones, profunda y sentimental que nos muestra el poso de la vida y el viaje de regreso al corazón, y siempre el deseo (“ese viejo tranvía”) como exultante camino que nos permite darle rumbo a un momento de nuestras vidas y donde la mujer aparece siempre huidiza, un secreto, una conquista: “La quise como a una ciudad de hermosos terremotos”. Y donde el yo poético muestra su mundo, ella, porque es “el jinete pálido que lleva el infierno dentro”.

Artículo publicado en Todo Literatura

Amor y memoria sentimental