'Amira', entre la violencia y las cartas de amor
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Ana Schein |
Madurar una historia lleva tiempo. El proceso creativo tiene sus particularidades, algunos escritores pensamos primero en los personajes, otros nos sentimos atraídos por un lugar físico o un aroma que sirve de disparador. En mi caso, sabía que quería contar una historia sobre mujeres y migración. Y una noche, estas mujeres se dieron una vuelta por mi sala.
Quiero creer que en la vida todo tiene un porqué. Llegué a Estados Unidos hace más de diez años. Nací en Montevideo, Uruguay. Después de casada, me mudé a Buenos Aires, una ciudad que tiene mucho en común con mi Montevideo natal. Emigrar a Estados Unidos fue un antes y un después a la hora de crear historias. Allí encontré un crisol de nacionalidades, un entorno muy cosmopolita, algo que no había experimentado antes. Me maravilló conocer otras culturas, otras formas de vida, y poder saborearlas a través de los ojos y relatos de tantas mujeres que emigraron como yo.
Las diferencias, pero también las similitudes en cuanto a lo que buscábamos las inmigrantes, en especial las recién llegadas a ese país, me llevó a dejar por escrito algunas primeras notas. Es cierto que se trataba de un momento particular en mi vida: hijos más grandes que pasaban buena parte del día en el colegio. Tenía tiempo para mí, para investigar y descubrir. Para escribir historias más largas.
Si tuviera que ser muy precisa a la hora de compartir el momento exacto en que “Amira” nació como tal, diría que fue una noche de octubre
Si tuviera que ser muy precisa a la hora de compartir el momento exacto en que “Amira” nació como tal, diría que fue una noche de octubre. Uno de mis hijos volaba a Boston con sus compañeros de clase —era la primera vez que mi niño viajaba solo—, y esta madre aprehensiva decidió pasar la noche en vela, hasta que le avisaran que el avión había aterrizado sano y salvo. Me instalé en la sala. Mi laptop, una taza de té y la luna que se colaba por la ventana. Y comencé a teclear. Había avanzado unas cuantas hojas, cuando recibí el mensaje que decía: “Mamá, llegué. Ahora vamos al hotel”. Cerré la laptop y me fui a dormir.
Esa noche, vi una imagen muy clara de tres mujeres conversando en un café. Todas ellas habían emigrado a Estados Unidos. Se contaban sus historias de vida; lo hacían en inglés. Recreé sus diálogos en mi pantalla.
Las semanas siguientes, en especial durante las noches, que era la hora en que las musas me visitaban por aquellas épocas, los personajes fueron cobrando vida. En algún momento supe que ese primerísimo borrador sería más de una novela. Seguí trabajando en las historias, hasta que decidí separar a Amira y llevarla de vuelta a su tierra natal, a su ciudad y, en especial, sentarla en la cocina de su casa para que conversara con su mamá.
Aquellas primeras versiones fueron en inglés, pues en mi cabeza yo escuchaba a los personajes hablar en ese idioma, con su Broken English (el inglés típico de los extranjeros, donde se cometen algunos errores gramaticales, además del acento marcado). Unas cuantas páginas después, decidí continuar el borrador en español. Volver a escribir en mi idioma fue reencontrarme conmigo misma. Para ese entonces llevaba varios años viviendo en Estados Unidos y frecuentaba un taller literario en inglés. Teclear en español después de tanto tiempo fue como adquirir superpoderes de la noche a la mañana: podía jugar con la prosa, buscar la musicalidad y un ritmo variado en las oraciones, algo que se tornaba más rígido en inglés.
En algún momento hubo personajes que se volvieron muy redondos, cada uno de ellos tenía mucho que aportar a la novela. Me refiero en especial a Daima, la madre de Amira, y a Rayzel, la hermana. Surgió una nueva duda: ¿debía ser Amira quien contara la historia? Hice varias pruebas de narrador, hasta que estuve convencida no solo de que Amira sería la protagonista, sino, además, del tipo de narrador.
Entonces llegó la búsqueda del tono que más se adecuara a lo que quería transmitir. Porque si bien recurrí a un narrador en tercera persona, al ser un narrador muy cercano a la protagonista, una especie de sombra que siempre la acompaña, quería una prosa calma, dulce, y hasta algo melancólica, tal cual la personalidad de Amira.
Amira está catalogada como novela contemporánea y novela histórica a la ve
Amira está catalogada como novela contemporánea y novela histórica a la vez. Hubo mucho trabajo de investigación, y eso también me ayudó a hacer crecer las subtramas. Por ejemplo: los libaneses católicos hablan francés, además de árabe. Por lo que cuando Amira, luego de emigrar a Estados Unidos, se muda por un tiempo a Haití, creé personajes que estuvieran en una situación parecida y que hablaran en francés como ella para que la acompañaran en esa aventura. Así surgieron Niélé, una mujer de El Congo, y Marie, una parisina. La motivación fue mostrar a través de los ojos de todas ellas las mismas expectativas y temores ante lo desconocido, y dejar plasmada la lucha por adueñarse del medio y echar raíces.
Cada personaje tiene su propia historia. Una vez que sus hojas de vida estaban sobre el papel fui atando cabos, creando vínculos para entrelazar sus vidas. Dónde se conocen. Qué tienen en común. Secretos compartidos y otros bien guardados. Qué quiero contarle al lector, cuándo y en qué momento.
Una novela se escribe en soledad, pero se comenta, se reflexiona y se hace crecer con el apoyo de los compañeros y coordinadores de grupos de escritura, lectores beta y editores. A todos ellos, mi agradecimiento.