lunes. 22.07.2024

Ayer terminé un libro que me encantó leer pero que me hubiera costado escribir; la cotidianidad de la muerte, tan poco aséptica en el siglo XIX, contrasta fieramente con la distancia acristalada de los tanatorios actuales, y la idea de la reliquia como mapa familiar me parece tan opresiva como debió de ser liberadora entonces. Mary Shelley y su mundo me resultan a ratos más terroríficos que su más famosa novela. 

Hoy empiezo otro y, después de la primera página, aún no sé si me va a gustar leerlo, pero me encantaría tener el ánimo de contar algo a priori tan animoso, tan entusiasta. Llevo un tiempo, sin embargo, en que apenas escribo nada salvo lo que debo. Escribo listas de tareas, un diario de emociones, descripciones de cosas o personas. A veces uso papel y a veces la escritura es como una letanía y me repito a mí misma mentalmente la cantidad de rayas del suelo, el número de farolas de la calle, la alternancia de baldosas con y sin desperfectos. Nombro las cosas que veo para que mi mente no me asfixie. Decir es un respiradero. Leer, también.

Durante los últimos meses he releído muchos libros en los que sabía que me había sentido feliz y ese espacio conocido, transitado y, sin embargo, nuevo a fuerza de reconstruirlo con cada palabra, me ha dado el tiempo necesario para empezar a procesar la otra narración, la que vivo a pesar de no querer habitarla, la que sucede a pesar de mi voluntad, la que me tiene alerta incluso durante el sueño. 

Busco un hueco que arañar a estos días para ir a la Feria del Libro de Madrid

Que la escritura y la lectura son terapéuticas es real y la riqueza de la experiencia no admite reduccionismos ridículos ni cursilerías en forma de taza de desayuno. Tampoco son la purga de Benito o el bálsamo de Fierabrás; sostienen, alientan, demoran el miedo y la tristeza, mantienen el ruido a raya, aunque no sustituyen la química, en ocasiones tan necesaria. 

En todo caso, me cuesta conciliar esta idea con la cantidad creciente de narraciones audiovisuales que en las plataformas exploran y recrean crímenes, perfiles de asesinos en serie, genocidas, parricidas, fraudes económicos, engaños y psicosis colectivas; me asquea y sopeso de nuevo esa fascinación por lo terrible que parece estar en la raíz de lo que somos como especie. Será para conjurar la angustia, pienso, pero esa idea ya no me ofrece consuelo. Sin embargo, veo series documentales sobre vida extraterrestre para relajarme. No estoy tan lejos de la chismología de visillo, en realidad, que mira de reojo encandilado lo que desprecia. Los devoradores de historias somos paralelas convergentes. 

Tal vez por todo esto busco un hueco que arañar a estos días para ir a la Feria del Libro de Madrid. Ya van más de cuarenta años de disfrutar la alquimia del Retiro plagado de casetas, con sus portadas como tarros cerámicos de farmacia. Veo el cartel de la FLM y me falta besarlo, como si fuera una estampita.

Alquimia