jueves. 13.06.2024

Esa tarde de 1946 en la plaza mayor de Segovia había poca gente en la calle. La mayoría vestía sotanas y uniformes. «Desde que la religión católica había vuelto a ser oficial,se habían recuperado las manifestaciones de religiosidad; el populacho estaba encerrado en las cárceles, en sus casas o en el exilio, y no tenía cabida en la España actual».Así pensaba la esposa del gobernador civil asomada a una de las ventanas del lujoso piso intentando serenarse. No podía ocultar la ansiedad que sentía, dejó la ventana y sus divagues y nuevamente recorrió el salón y la cocina comprobando que todo estaba en orden, el juego de porcelana, las bandejas con las rosquillas, los mantecados y la torta de Valsaín traída expresamente desde el Real Sitio de San Idelfonso. En unos pocos minutos llegarían las invitadas, y el invitado, a tomar el té y rezar el rosario.

Tras la caída de Segovia, las nuevas autoridades nombradas por los sublevados representaban a la oligarquía provincial.Esperaba la visita de las esposas de lo más selecto del nuevo poder.Primero llegó la esposa del director de la Academia de Artillería e Ingenieros. Tras ella, lo hizo la esposa del marqués. Sin lugar a dudas la más importante del grupo. Su esposo era un terrateniente con importantes fincas en la provincia. Además, era un distinguido miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, corriente que, tras la caída de los regímenes totalitarios de Alemania e Italia, aliados de Franco, adquiría un importante protagonismo en detrimento de la Falange Española. El matrimonio vivía prácticamente en Madrid, pero ella no se perdía la reunión que celebraban todos los meses para rezar el rosario. Luego, llegaron juntas las esposas del director dela Caja de Ahorros Provincial y la del industrial dueño, entre otras, de la mayor fábrica de harina de la provincia y destacado miembro de la Cámara de Comercio e Industria.

Tras la señorita, soltera, sesentona y hermana del marqués, lo hizo el cura. Fue el último, lo tenía calculado. Muy joven, alto, fuerte, bien parecido, con una sotana impecable, saludó a cada una de las damas con una sonrisa y un comentario apropiado. Se había ordenado sacerdote hacía poco en Roma. Después de asumir un papel destacado en la quinta columna cuando estudiaba derecho, tuvo que huir a Italia, donde había encontrado su verdadera vocación.Pese a su juventud, la fama que le precedía le llevó a ocupar puestos relevantes.Entre sus diversas responsabilidades,se contaba la de delegado de la Asesoría en Cuestiones Morales y Religiosas del Auxilio Social y capellán del internado de niños hijos de republicanos. Uno de los motivos de la reunión era recoger las donaciones que las damas le aportaban para «hacer hombres de bien a esos pobres desgraciados» porque «pobrecitos, ellos no tienen la culpa de lo que habían hecho sus padres». Así, en pasado, nadie dudaba que todos eran huérfanos, estuvieran vivos o muertos sus progenitores.

Durante el té alabaron al papa quien el cura presumía conocer personalmente.Algunas mostraron su entusiasmo con la ley de sucesión a la jefatura del gobierno que declaró «reino» a España, reservándose el poder de proponer sucesor, otras simplemente asintieron con la cabeza, tenían la esperanza de que serían restituidos los Borbones. Aunque decían que no les interesaba la política –un ámbito que delegaban en sus esposos que eran quienes sabían–, el voto en contra de la Asamblea General de la ONU sobre el ingreso de España, les preocupaba. El cura las tranquilizó: «más temprano que tarde el mundo se dividirá entre el occidente cristiano y el oriente comunista y ateo, y cuando eso suceda vendrán ellos a buscarnos». «Dios había elegido a España como reserva espiritual, y no la iba a dejarla a su suerte, él siempre velará por nosotros como lo hizo en el 36».

Por último, el cura les contó de las actividades de la Dirección Provincial del Auxilio Social. Llegado el momento, dirigidas por la voz grave del cura, rezaron con devoción el rosario.Al finalizar, antes de salir,cada una de las señoras depositó un sobre con las donaciones para el Auxilio, el cura los recogió y los guardó en el bolsillo de la sotana. Mientras lo hacía miró hacia arriba como buscando a dios como testigo y exclamó ¡Aleluya!, ¡Aleluya! Todas sonrieron complacidas. Después, en la puerta,la anfitriona y el cura despidieron a las señoras. Precedida por su cuñada, la última fue la esposa del marqués. El cura le pidió que le hiciera llegar al marqués su saludo. Coincidía con este en los círculos de estudios de la ACNP. En 1942 habían trabajado juntos en el «ideario católico del imperio español» yen el «materialismo ateo contemporáneo»; al año siguiente lo hicieron sobre«la especie y la raza», sumando el sacerdote a su prestigio de joven piadoso, valiente hombre de acción y eficaz gestor, el de perspicaz intelectual. También le supuso una estrecha amistad con el marqués.

*

Por la calle Valdeláguila se dirigió al Palacio Episcopal. Despachó con el Patronato de Nuestra Señora de la Merced,encargada de los hijos de los reclusos internados en centros del Auxilio Social y centros religiosos. Después,cenó con el obispo y un prelado del Opus Dei de visita en la provincia. El invitado estaba exultante con el reconocimiento de la «Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz» que les permitía ordenar sacerdotes y con la expansión de la institución en Portugal, Italia, Inglaterra, Irlanda y Francia. No cabía duda de que, con el fin de la guerra, el Opus y la ACNP ocupaban un enorme espacio de poder en detrimento de la Falange, los Carlistas, Requetés y otras organizaciones políticas.Inmediatamente terminada la cena, el cura pidió permiso para retirarse y dejó el obispado.

Por el camino se cruzó con una pareja de la guardia civil. También con una señora y su esposo, muy bien vestidos, que le saludaron e intentaron entablar conversación, él le pidió disculpas, estaba apurado, no podía entretenerse. Llegó al hospicio cuando los niños, después de rezar, cenar y cantar himnos, estaban en el atiborrado dormitorio a la espera de que, a las nueve y media, apagaran la luz. Se dirigió a un niño delgado como todos, taciturno, que estaba sentado solo en la cama mirando la enrejada ventana. En su día le había llamado la atención por la tristeza de su mirada.El niño tendría diez años.Sus padres habían sido muy activos en el Frente Popular. Él, maestro, dirigente de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza (FETE-UGT) y ella, también maestra, era una activa impulsora de la Universidad Popular. Al padre lo detuvieron los falangistas en la mañana del 19 de julio, al día siguiente del golpe, en el barrio de San Lorenzo. Lo llevaron a su local en el caserón de la plaza de las Huertas donde lo torturaron. Al atardecer lo arrastraron por la calle hasta la tapia del cementerio donde lo fusilaron.

A su mujer, embarazada, la detuvieron a los pocos días, durante la ola de represión desatada en venganza por la muerte del dirigente de la Falange en Valladolid durante una emboscada en el pueblo segoviano de Labajos. La llevaron al Hospital Asilo Penitenciario, y después a la Penitenciaría provincial de Segovia donde se hacinaban las presas en condiciones de salud y alimentación infrahumanas. En esas circunstancias dio a luz a su hijo. Con los niños, en el Centro, se llevaba a rajatabla las teorías del Jefe de Psiquiatría del Ejercito y luego también director de las investigaciones psicológicas de los campos de concentración. Se basaban en la necesidad de separar a los hijos de los «rojos» para liberar a España del marxismo.Por ello, se apartaba a los niños de las madres, que solo los veían una hora al día para darles de mamar.

El mismo día que el niño cumplió tres años las monjas entraron en la celda y sin miramientos se lo arrebataron a la madre. Pocos después ella formó parte de una saca con otras presas y presos, nunca encontraron los cadáveres. Al hijo lo internaron con una identidad falsa en un hospicio del Auxilio Social encargado de su reeducación basada en la formación del espíritu nacional. Entre rezos, himnos épicos de la Falange y mentiras al poco tiempo le borraron cualquier recuerdo que le podía quedar de la madre.

El cura se acercó y le dijo con afabilidad: «Ven, a partir de ahora serás el monaguillo». Le puso la mano en el hombro y por los solitarios pasillos se dirigieron a la capilla. Estaba apenas iluminada por unas cuantas velas encendidas. Lo llevó a la sacristía y cerró la puerta. Se escucharon unos gritos de dolor, inmediatamente ahogados seguramente por la mano del cura. Volvió el silencio, roto por unos «¡aleluya, aleluya!» complacidos del cura. Al rato salió plisándose la sotana y con paso relajado volvió al obispado. Por la puerta entreabierta se podía ver al niño, en posición fetal, semidesnudo, con lentas convulsiones como si llorara, pero de su boca no salía ningún sonido. Solo se agrandan lentamente las manchas húmedas que en el suelo provocaban sus lágrimas. Unas lágrimas densas producto de la impotencia, el odio y la soledad.

Durante mucho tiempo el niño vivió, como el resto de sus compañeros, aprendiendo la doctrina católica, los éxitos del régimen y un poco de matemáticas, sufriendo hambre y una férrea disciplina que implicaba golpes y vejaciones. Pero lo peor para él eran las visitas del cura. Cuando lo veía aparecer se ponía tenso. Lo único que quería era salir corriendo, escapar para siempre del internado, pero ¿a dónde? El cura desde la puerta lo llamaba. Unas veces, diciendo en voz alta: «Vamos a practicar las tareas de monaguillo»y lo llevaba a la sacristía, pero otras eran para «dar una vuelta por el campo y respirar aire puro». La verdad es que se lo llevaba a una finca en las afueras de Segovia que el obispado había heredado de una vieja aristócrata.En un cobertizo tenía preparado un jergón. Cada encuentro era más libidinoso y denigrante, cuando el cura en el clímax repetía «¡aleluya, aleluya!», era él quien agradecía a dios que la cosa hubiera terminado. Los encuentros acabaron al cabo de casi un año, cuando el cura eligió a un interno más joven.

***

Años después el prodigioso ascenso del cura se vio interrumpido bruscamente cuando le diagnosticaron cáncer de páncreas. Lo vieron las más reconocidas eminencias en oncología. Incluso el generalísimo le pidió a su yerno que se ocupara de él. Bajo su supervisión, los mejores especialistas lo intervinieron en La Paz. Entre quimios, recuperaciones y recaídas pasaron años. Murió Franco y subió Suarez, comenzó la transición a la democracia. Desde sus dependencias del palacio arzobispal de Madrid advertía de los peligros de una España atea y criticaba duramente las iniciativas más o menos progresistas del gobierno centrista. Su guerra contra la democracia duró poco. El cáncer avanzaba y la metástasis se extendía a otras partes del cuerpo. Lo trasladaron a un monasterio de las Benedictinas de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento y después a la clínica Ruber debido a los continuos y cada vez más intensos dolores.

En la lujosa habitación que le destinaron en la clínica, el cura fue atendido con cariño y esmero por las hermanas de la Orden de las Siervas de María. Al final solo le daban morfina a través de un gotero, ellas se encargaban de vigilar las dosis. Una vez mientras una hermana atendía a otro interno que había tenido una crisis, el dolor se le hizo insoportable y comenzó a gritar y llorar. La hermana dejó todo y salió corriendo a su habitación acompañada de un celador. Inyectó la dosis de morfina y abrió la válvula para que acelerar su paso. No pasó mucho tiempo hasta que el cura comenzó a relajarse. Aliviado cerró los ojos y exclamó: «¡aleluya, aleluya!»

El celador se sobresaltó y se volvió para mirar al cura. Fue como si un rayo lo atravesara y lo transportara a la sacristía y revivió el dolor, la humillación, el odio. En ese momento la hermana le dijo que tenía que volver con el paciente que había abandonado, se quedaron solos.Le llenó la boca de gasas, le sujetó las manos con esparadrapos a la cama y le arrancó sin miramientos la aguja de la morfina. Al cura horrorizado, se le salían los ojos de las órbitas. Volvió el dolor. El celador a su lado contemplaba con cara de placer. El cura no podía pedir auxilio, las lágrimas caían en abundancia de sus ojos espantados, su débil cuerpo apenas tenía fuerzas para agitarse. Todos los monitores comenzaron a dar señales de alarma. El celador se le acercó al oído y le dijo: «¡toda la vida soñando con este momento!, ¿te duele?, ¿a qué te gusta?, pederasta de mierda, ¡sufre pedófilo,cabrón!».Esas fueron las palabras que escuchó el cura a modo de extremaunción antes de morir. Cuando dejó de respirar y en las pantallas las líneas se hicieron planas, le quitó las gasas de la boca y le liberó las ataduras, se las metió en el bolsillo para deshacerse de ellas más tarde.Luego cerró la puerta con cuidado y se fue tranquilamente. Ese día ganaron las elecciones los socialistas, era un 28 de octubre.

Aleluya