domingo 29.03.2020
CRÍTICA LITERARIA

A 75 años de la liberación de Auschwitz

El gran escritor, Andrés Sorel* reflejó en su libro, Último tango en Auschwitz, la poética del dolor, de forma magistral. 

A 75 años de la liberación de Auschwitz

En un folleto editado en varias lenguas por el ejército rojo, en el año 1944, se relataba que, según escribe John Falstiner, en el Lager de Lubl-Majdenek, los componentes de la orquesta judía allí internados interpretaban tangos durante las marchas hacia los campos de trabajo y en las selecciones realizadas entre los condenados a morir en las cámaras de gas, y que otra orquesta judía, ésta en el campo de Janowska, ejecutó una pieza titulada, Tango de la muerte, inspirada en una melodía del compositor argentino, Eduardo Vicente Blanco, anterior a la Segunda Guerra Mundial. Se conserva una foto de la orquesta del campo. En su origen se llamó Plegaría y estuvo dedicado al rey Alfonso III.

Algunas informaciones señalan que el tango fue interpretado en una ocasión en al año 1939, durante un concierto ofrecido, entre otras personas, A Hitler y Goebbels. Fue grabado en versión alemana en Berlín, en 1939. Y más tarde, por ser tocado en los campos nazis de exterminio pasó a denominarse Tango de la muerte.

Con dichos antecedentes Andrés Sorel, construye Último tango en Auschwitznovela que muestra la barbarie cometida en los campos de exterminio nazis, Si Kafka consideraba que la literatura debía ser el hacha que rompiera el hielo de las conciencias, Andrés Sorel lo intenta en este magnífico texto. Y a la vez nos muestra, con su prosa contundente, la poética de la barbarie.

A través de K, un joven músico judío perteneciente a la orquesta de campo de exterminio Auschwitz, nos introduce en el ritual que antecede a la muerte, día tras día. El terror envuelto en música, como si ésta fuese capaz de adormecer el pánico del condenado, o hacer más liviana la ejecución anunciada.

a1Música para dar la bienvenida a los cargamentos de prisioneros, música para despedir a los batallones de trabajo que salen del Lager, música para despedir a los que van a las cámaras de gas; música, ¡que no pare la música!

“No dejábamos de tocar. Y una vez más unidos en torno a los cadáveres que iban a ser conducidos al pequeño, cerrado y bien atendido receptáculo cuadrado cuajado de flores en el que se alzaban las horcas que bailarían sus cuerpos durante veinticuatro horas antes de que se desintegraran en los crematorios, nos ordenaron interpretar el himno Mañana a la Patria”, relata K.

Y la selección de los prisioneros es el rito previo al que se deben someter los recién llegados: una hilera para trabajar mientras puedan, otra para ir directamente a las cámaras de gas y al crematorio. La obediencia obliga en esa danza macabra, y la música como calmante que aletarga el sufrimiento, que ayuda a morir. K., el músico número 178.825, nos muestra el horror del Lager, y su propio horror de sobrevivir en Auschwitz.

Las sirenas rompen el sueño nocturno, los batallones de trabajadores que regresan son apenas sombras que retornan para sobrevivir, ¿cuánto tiempo? ¿horas, días, semanas, meses? Beethoven, Strauss Mozart, Mahler; el ritual de la música acompañando todos los actos obscenos. El fascismos alemán confía en dominar el mundo, pero si son vencidos, volverán a levantarse”, afirma Elko, uno de los comandos judíos que debe ser guardián de su pueblo.

Es la letanía de Auschwitz. “Nadie habla de Auschwitz, y si habla no comprende nada; y si comprenden, lo olvida enseguida”. Olvidar, para huir del horror vivido; olvidar como si nada hubiese existido, como si todo hubiese sido un sueño. K sabe que no podrá olvidar, no podrá olvidar que la música ha sido acompañante de la barbarie. “Embotados, aturdidos habíamos interpretado la obertura de Trancredi, de Rossini y danzas finlandesas, acompaña el delirio de los moribundos que regresaban del trabajo”.

En todos los tiempos hubo genocidios, guerras, torturas, le recuerda el comunista griego, miembro de sonderkommando: “Las persecuciones, las guerras, las conquistas siempre fueron así. Judíos. ¿Y qué quedó de los indios de América? (…) la historia no ha sido sino una guerra continua, adornada con breves intervalos de paz”.

Janos Kando, prisionero y sonderkommando, sabe que morirá al igual que muchos, cuando ya no sea necesario. Solo queda la insurrección, el sabotaje. Las tropas soviéticas se acercan, sabe que todo se destruirá, que no dejarán nada en el Lager, que aniquilarán a quienes puedan alzarse como testigos. Solo queda la fuga para los que han participado en los comandos y el posible apresamiento.Tras la insurrección de octubre de 1944, Kando es colgado, como tantos otros. “Encorvado, empequeñecido de repente su gran cuerpo. Se asemejaba ahora a su homónimo de Dusseldortf creado por Fritz Lang, pero más deshumanizado”, narra K. ¿Cómo sumergirse en el olvido?

El texto de Andrés Sorel no solo nos adentra en la barbarie de Auschwitz, también nos muestra las razones que alientan las guerras de exterminio en todo momento histórico. Y en las pequeñas y grandes complicidades que se repiten a través del tiempo; el arte como acompañante, el silencio de los intelectuales. Son pocas las voces discordantes, voces que se apagan, voces que se ahogan en el Sena, como la de Walter Benjamín, o como Celán. Queda el suicido como última respuesta a la barbarie.

Y el último tango como despedida del horro vivido:

“El último tango perfuma la noche,
Un tango dulce que dice adiós…
¡Y canta el tango de despedida!
Alambres de púas nos amenazan,
Pero la libertad nos llama”.

Se acerca el final. 1944; agosto. Día tras día, fueron gaseadas y después quemadas veinticuatro mil personas sin nombre, por un delito; pertenecer a un pueblo. K sobrevive. Camina hacia esa libertad que no sabe si podrá soportar. Arroja el violín sobre la nieve y sigue andando; arropándose en la manta que cubría el instrumento musical.


*Andrés Sorel (Segovia. 1938/ 2019) estudió Magisterio y Filosofía y Letras. En los duros años del franquismo el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, prohibió la publicación de sus obras.

Exilio en París; allí es corresponsal de Radio España Independiente, entre 1962 y 1971. A la muerte de Franco regresó a España y colabora en diversos periódicos y publicaciones de izquierda, entre los cuales destaca la fundación en 1984 del diario Liberación. Fue En Secretario General de la Asociación Colegial de Escritores de España, y director de la revista, República de las Letras.

Entre su extensa obra se encuentra: Miguel Hernández, escritor y poeta de la Revolución (1976. Zezo-Zyx),  Dolores Ibárruri, Memoria Humana (1992. Madrid. Ediciones Libertarias-Prodhufi, S.A.), Las voces del estrecho (1999. Muchik Ed.), Apócrifo de Luis Cernuda (2004. RD Editores), La noche en que fui traicionada (2004), Jesús, el hombre sin Evangelios (2004. Editorial EDAF), El falangista vencido y desarmado (2006. Siglo XX), Tiempo de Canallas (2006. Txalaparta argitaletxea), Saramago, una mirada triste y lúcida (2007. Miguel Hernández, memoria humana (2010. Ediciones Vitruvio)

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