viernes 10.07.2020
LIBROS | CON JUSTO SERNA Y ALEJANDRO LILLO

"Entre 1951 y 1965 hubo en USA una revolución cultural"

Elvis, Bob Dylan, la mitología del rock que comienza a apuntarse en los Estados Unidos a partir de los años cincuenta del siglo XX, es abordada con pasión y acierto en el libro Young Americans. 

Alejandro Lillo y Justo Serna, autores de "Young Americans"
Alejandro Lillo y Justo Serna, autores de "Young Americans"

Una de las novedades más llamativas del pasado otoño editorial fue la publicación, por Punto de Vista Editores (en e-book y en formato tradicional en papel), del ensayo Young Americans, del que son autores Alejandro Lillo y Justo Serna. Se trata de un libro tras el que el lector imagina a un par de especialistas en las músicas de los 50 y 60 del siglo pasado y alejados del mundo universitario. Sin embargo, ambos,nacidos en Valencia, son historiadores. Licenciados en historia contemporánea por la Universitat de València. Serna es doctor, Lillo, doctorando. Éste nació en 1977 y aquel en 1959. Ambos se han especializado en historia cultural. Han colaborado conjuntamente en distintos proyectos sobre el rock y sobre el mundo liberal del siglo XIX. Son coautores de volúmenes sobre la cultura del Ochocientos y Novecientos. Justo Serna ocupa la plaza de catedrático de Historia Contemporánea; Alejandro Lillo  escribe una tesis sobre Drácula, sobre su construcción, sobre su dimensión cultural y sobre sus efectos. Ambos han creado una plataforma de  difusión: Serna & Lillo Asociados.

Aunque las preguntas se las remitimos al catedrático, las respuestas son de ambos. He aquí nuestro recorrido, con los dos historiadores, por el fascinante universo de Young Americans.

Nueva Tribuna: ¿Cómo surgió la idea de abordar la cultura del rock en un libro como Young Americans? ¿Intención divulgativa o indagación en algunas de sus claves?

Justo Serna / Alejandro Lillo: Young Americans fue originaria, remotamente, una Exposición que comisariamos en 2012 con el título de Covers. Ahora es un libro, un estudio distinto, con públicos también diferentes. Fue organizada por el Vicerrectorado de Cultura de la Universidad de Valencia. Ante la buena acogida que tuvo entre el público, decidimos que a mucha gente quizá también podría interesarle profundizar un poco más en aquella época fascinante de la década de los cincuenta y principios de los sesenta en los Estados Unidos. Eso fue lo que nos movió a escribir el libro. Siempre eso sí, a nuestra manera, combinando un estilo cercano con el análisis  riguroso.

Pero, además, Young Americans es un ensayo. Eso significa que no es exactamente divulgativo ni tampoco académico. Un ensayista es aquel que aborda con el mayor rigor posible aquello para lo que no tiene todos los recursos. El ensayista, además, piensa para el público, examina su forma de expresarse. Se plantea una comunicación eficaz como factor esencial. Por ejemplo, pensamos el libro como si éste pudiera ser leído por un millón de personas. No creemos que tal cosa sea posible, por supuesto, pero si escribimos sometidos a esa presión no damos nada por supuesto, por explicado, por sabido.

Este no es un volumen concebido para expertos, pero tampoco es una introducción para profanos. Es una obra pensada para quienes sienten curiosidad por los años del rock, para quienes quieren hacerse una idea cabal de qué fue aquello y cómo cambiaron las vidas de los estadounidenses. Entre 1951 y 1965 hubo en Norteamérica una revolución, una revolución cultural, un inversión de ciertos valores tradicionales que afectó a las familias, principalmente a las familias blancas de origen anglosajón.

En este libro nos proponemos examinar con todo tipo de recursos cómo era la vida de los americanos de clase media entre los cincuenta y los sesenta del siglo pasado: la indumentaria, los coches, las motos, los discos, los muebles, etcétera. El rock nace por esas fechas y define y expresa parte de los anhelos y frustraciones, de los deseos y expectativas de los jóvenes de entonces.

Los estadounidenses que amaban el rock, que acudían a los conciertos o que se congregaban por millones ante los shows televisivos buscaban ídolos, nuevos modelos, iconos que identificar y en los que reconocerse. De hecho, la juventud como grupo social, como categoría propiamente sociológica nace entonces. Los muchachos, incluso los que viven bajo techo y con bienestar material, sienten hastío o rechazo ante las reglas de los adultos, de los padres, de esas familias conservadoras, familias que pueden darles todo tipo de gadgets y pagas semanales, pero no una nueva moral, valores más abiertos, menos rígidos.

NT: Al leer el libro nos encontramos con dos fases esenciales: los años cincuenta y la primera mitad de los sesenta. ¿Son sólo diferencias estéticas o distintas apuestas de fondo de sus protagonistas?

JS/AL: La cronología del libro es clara. Tomamos como punto de partida la publicación de  El  guardián entre el centeno (1951), la famosa obra de J. D. Salinger que tanta influencia tuvo entre los jóvenes y adolescentes de aquellos tiempos, aunque también en los de ahora. Concluimos nuestra investigación en 1965, año en el que Bob Dylan se “electrifica”; es decir, el momento en el que deja un poco de lado la música folk y se adentra con paso firme en el rock´n´roll. Ese período, musicalmente hablando, podría dividirse en tres partes. Una primera, de 1955 a 1959-1960, que es la etapa de explosión de ese nuevo ritmo llamado rock´n´roll, con tipos verdaderamente talentosos y rompedores como Elvis Presley, Chuck Berry, Eddie Cochran, Buddy Holly, Little Richard o Jerry Lee Lewis; luego tenemos un período intermedio, entre 1960 y 1963-1964 en el que se produce una especie de vacío en el mundo del rock. Coincide con la trágica desaparición de algunos de estos grandes cantantes y con la anulación de algunos otros. Ese vacío tratarán de ocuparlo autores menos rebeldes pero que tenían importantes éxitos de ventas: Pat Boone y Paul Anka podrían servirnos como ejemplo. Por esos años se produce una cierta domesticación del rock; el último período comienza en 1964, cuando The Beatles primero y The Rolling Stones después realizan sendas giras por los Estados Unidos desatando la locura entre los jóvenes de aquel país. De todo ello nos ocupamos en el libro.

"Los estadounidenses que amaban el rock, que acudían a los conciertos o que se congregaban por millones antes los shows televisivos buscaban ídolos, nuevos modelos, iconos que identificar y en los que reconocerse".

Pero hay más. A lo largo de esos años, los Estados Unidos se encuentran en conflicto, la Guerra Fría es la gran amenaza y gran factor de cohesión. Los comunistas se ven como marcianos agresivos que vienen de un espacio exterior con el fin de adueñarse del modo de vida, de la riqueza material de los americanos. Pueden atacar para destruir los bienes y los recursos de las familias. No es sólo una guerra entre ejércitos opuestos: el enemigo es totalitario y potencialmente exterminador.

La glamourosa América de los cincuenta hace ostentación de su riqueza, cultiva la cultura de masas (accesible, por ejemplo, para nuevos norteamericanos, para inmigrantes que deben asimilar los valores de comunidad y libertad, de individualidad y trabajo). El modelo de los cincuenta, aquel que vemos en las películas más estupendas, en los films más sofisticados, se basa en la riqueza, en el bienestar, en el hombre nacido libre, en la capacidad individual, en los valores religiosos, luteranos, de trabajo y empeño. La vida es un empeño con resultados, con obras.

El rock introduce el sexo, el malestar, las urgencias hormonales de los jóvenes. El rock, de evidentes raíces negras, afroamericanas, da expresión al dolor y a la alegría, a la furia y a la orgía. Por eso, el movimiento de caderas escandalizó tanto a las buenas familias estadounidenses: era una obscenidad (así era visto ese terremoto pélvico) propia de gentes rústicas, nada refinadas; era una provocación abiertamente sensual en un ambiente cerrado, republicano. Para más inri, esas músicas, inspiradas en  tradiciones negras o en el country, servían para burlarse de los severos controles, para burlar la censura, la autocensura, con letras metafórica o abiertamente sexuales.

NT: Destacáis como algo esencial la radio y la televisión. Dos medios de masas que alcanzaron su esplendor en ambas décadas en cuyo interior se enfrentaron dos corrientes: la que trataba de acallar la nueva música y las que, desde emisoras minoritarias o programas marginales, las promovían. ¿Cómo se vivió es "guerra"?

JS/AL: El caso de la televisión es sintomático de cómo el rock´n´roll fue calando en la sociedad y transformándola. Era un elemento novedoso pero esencialmente conservador. Presentaba una imagen de la América familiar y opulenta, repleta de felicidad, sonrisas y armonía. En sus emisiones apenas había espacio para el conflicto, más allá de la rivalidad con la Unión Soviética o la amenaza comunista. La aparición de estos rockers planteó un dilema a los directores de los programas de variedades. Por un lado rechazan los valores representados por esos músicos (baile frenéticos, gritos, chillidos, movimientos obscenos, desconsideración hacia las costumbres y la moral tradicional, rechazo de la autoridad, etcétera, etcétera); pero, por otro lado, la aparición de esos cantantes en sus programas iba a reportarles mucha publicidad y, por tanto, mucho dinero y audiencia millonarias. Si no lo hacían ellos, otros lo harían. Cuando Elvis Presley acudió al programa estrella de la televisión del momento, le advirtieron para que se contuviera. Incluso le filmaron de cintura para arriba, evitando así que los telespectadores pudieran ver sus movimientos de caderas. Sin embargo, nada pudo impedir su arrollador éxito. 

Por otra parte, e insistiendo en lo dicho, la radio y la televisión cambiaron, como es obvio, las formas de vivir de relacionarse, de identificarse. A comienzos de los cincuenta, por ejemplo, empieza a emitirse I Love Lucy, una comedia de situación con Lucille Ball y Desi Arnaz. ¿Qué se nos muestra? La vida corriente de un matrimonio formado por una norteamericana pelirroja de evidente origen irlandés y un apuesto galán y padre de familia, Desi Arnaz, de procedencia cubana. La serie durará años y años. En clave de comedia, aquella sitcom será un modelo de simpatía y de relaciones, de picardías inocentes y de buenos americanos. Esto no significa que todos los canales televisivos tuvieran el mismo esquema, pero el éxito de I Love Lucy marcó a varias generaciones y multiplicó las audiencias millonarias del tubo catódico.

Los programas musicales en pantalla, aquellos en los que el rock apareció por primera vez, como el de Ed Sullivan, también estaban concebidos para las familias. La presencia de Elvis elevó a cifras estratosféricas la audiencia, como luego los programas dedicados a The Beatles. Pero había una contradicción: el horario de emisión era infantil o, si se quiere familiar, y los nuevos cantantes no eran exactamente para todos los públicos.

Decía Daniel Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo que el bienestar y su difusión, la riqueza material y su disfrute (al menos vicario o indirecto), asestaron un duro golpe a las tradiciones sofrenadas, contenidas, reprimidas del capitalismo. Estados Unidos era el epítome del capitalismo, su símbolo. El lujo televisado, el bienestar de clase media y de suburbio rico, los electrodomésticos, las mujeres, el psicoanálisis introdujeron el goce, el disfrute: materialismo y lascivia.

"La radio, que había sido un medio familiar, el foco del hogar en torno al cual se reunían las familias, comenzó a disolver los buenos y tradicionales valores".

La radio, que había sido un medio familiar, el foco del hogar en torno al cual se reunían las familias, comenzó a disolver los buenos y tradicionales valores. Por una lado, la multiplicación de estaciones facilitó la pluralidad y la liberalidad: se emitía una programación amplísima, a manos llenas, en la que se colaron los rockers, las nuevas canciones, las nuevas músicas que escuchaban los jóvenes. ¿Con qué? Con los transistores y con los tocadiscos portátiles. A finales de los cincuenta, que un joven pudiera tener en su habitación estos medios facilitaba su escape. Podía apartarse de la forzada convivencia familiar y facilitando un individualismo cotidiano.

4. ¿Había un rock más inserto en el sistema (Elvis, la música ligera...) y otro más "revolucionario" (Dylan, los Stones, etcétera?

JS/AL: El Elvis de los años cincuenta fue un escándalo. De hecho, los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana lo veían como un drogadicto aliado con Satanás y los comunistas. No toleraban su forma de bailar y de moverse: lo consideraban obsceno, inmoral, propio de gamberros y sinvergüenzas. Elvis cambió al volver del servicio militar, pero entonces fueron los Stones y sobre todo los Beatles los que tomaron de alguna manera el relevo: en EE UU, mucha gente quemaba los discos de The Beatles en público. Se escribieron un montón de libros sobre lo nocivo que era el rock para los jóvenes. Uno de ellos, que tuvo gran difusión, se titulaba Comunismo, hipnotismo y The Beatles. En ese panfleto de 1965 el reverendo David A. Noebel consideraba que los Beatles –y el rock´n´roll que practicaban-- formaba parte de un complot comunista que pretendía enfermar las mentes de los jóvenes, lavarles el cerebro con el objetivo de destruir a los Estados Unidos de América. Hoy quizá puedan apreciarse mejor determinadas diferencias entre los distintos grupos, pero en los años que nos ocupan el rock era, para una parte muy importante de la sociedad norteamericana, un enemigo terrible, capaz de acabar con la civilización estadounidense.

Pero la pregunta se mantiene. ¿Había un rock más integrado y otro más revolucionario?Apocalípticos o integrados, que decía Umberto Eco. Quizá las dicotomías no debamos plantearlas así. Quien fue revolucionario a los veinte probablemente sea un conservador a los cuarenta. Lo contrario no está suficientemente demostrado. Sin ir más lejos, tomemos el ejemplo de Bob Dylan.

Como decimos en un pasaje de Young Americans, "Bob Dylan nunca ha sido un anticapitalista que espere el derrumbe del sistema. No es un revolucionario que aguarde la disolución de la máquina, de la maquinaria que se mantiene en funcionamiento. Él es y ha sido un norteamericano que siempre ha destacado los valores estadounidenses, que ha marchado con esos valores, que ha denunciado su hipócrita olvido, su descuido".

Pero ese mismo cantante y compositor es quien realiza y protagoniza anuncios para empresas capitalistas de mucho ringorrango, como ING Direct. En un spot de la SuperBowl, el artista actual, envejecido pero aún enérgico, promociona un modelo de la Chrysler con un sentido patriótico que no nos sorprende.

NT:. En el libro abordáis de una manera muy especial el papel de las inmensas carreteras norteamericanas. ¿No creéis que en la cultura del rock aquellas carreteras fueron algo más que un telón de fondo, casi una materia de esa cultura?

JS/AL: Sin duda. La carretera es esencial para entender la cultura norteamericana contemporánea. La movilidad geográfica es una de sus señas de identidad. Hay una meta por alcanzar, un camino por recorrer, un lugar del que huir, una vida por comenzar. Por eso no debería extrañarnos el éxito de la novela de Jack Kerouac titulada On the Road; pero tampoco que el primer McDonald´s se construyera en la Ruta 66, la carretera más famosa de los Estados Unidos.

Las carreteras en Norteamérica nunca son un telón de fondo, no son fondo de pantalla. Es el firme que se pisa, el tránsito que nos lleva. ¿Caminar? ¿Para qué pasear si se puede ir motorizado para llegar a la vuelta de la esquina? En los Estados Unidos, el horizonte, el más allá, la movilidad son elementos culturales de primera hora. El norteamericano medio sabe que tiene varias posibilidades ante una situación molesta: la lealtad a la empresa y a los valores que representa, aceptando incomodidades e incluso exacciones y vejaciones pero también seguridades; la protesta colectiva, como es tradición en Europa gracias a los sindicatos; o la salida, la opción escapista,  esto es, siempre queda la opción de marcharse, de echarse a la carretera para buscar un destino mejor, siempre puede uno irse al Oeste. Sobre esto, Albert O. Hirchsman tiene un bello libro titulado Salida, voz y lealtad. Punto y aparte.

Hay un western aceptable con dos protagonistas improbables: Terence Hill y Henry Fonda. ¿Su título? Il mio nome è Nessuno (1973). En realidad es un spaghetti-western crepuscular codirigido por Sergio Leone. Dos vaqueros, dos llaneros solitarios marchan a levante, a Nueva Orleans, quieren llegar más allá, irse a Inglaterra, al menos el anciano Fonda. El viejo sabe que el horizonte se acaba, que a partir de un determinado momento está la playa. La playa, aquí, no es meta utópica ni reminiscencia de un pasado mejor. Es límite, demarcación, fin. Los Estados Unidos han terminado. Hasta aquí, en Nueva Orleans, llegó el camino, la carretera, el territorio ya explorado.

NT: Eso nos lleva a Kerouac y a la literatura de la época. ¿En qué modo actúa en la nueva cultura?

JS/AL: La Generación Beat es fundamental para entender el imaginario de los jóvenes de los sesenta. Conviene tener en cuenta que Kerouac termina de escribir En la carretera en 1951, pero que no aparece publicada hasta 1957. De hecho en esa obra –-un referente ineludible de la rebeldía y las ganas de vivir y morir joven— no hay espacio para el rock. ¿Por qué razón? Porque aún no existía como tal. Sal Paradise y Dean Moriarty, los protagonistas de la novela, trasuntos de Jack Kerouac y Allen Ginsberg, van de tugurio en tugurio escuchando jazz, drogándose y conduciendo, pero no hay rock´n´roll. El verdadero impacto de la generación Beat llegará en los sesenta, coincidiendo con la difusión de las drogas, el pacifismo y la psicodelia.

NT: El rock, especialmente el que se consolida en los años cincuenta, quiebra las convenciones familiares. Uno de los aspectos más interesantes del libro es el análisis de la típica familia americana y la lucha generacional. ¿Fue algo más que el espíritu un tanto nihilista que expresó James Dean en Rebelde sin causa, un film al que aludís de manera muy especial?

JS/AL: El rock de los cincuenta rompe con todos los corsés que atenazaban a los jóvenes por aquellos años. Hay que tener en cuenta que los EE UU eran una sociedad muy contenida, conservadora y de moral mojigata. También era una sociedad con muchas hipocresías y muy pagada de sí misma. El rock, desde los márgenes de la cultura, resquebraja esa fachada y muestra la insatisfacción de los jóvenes, la discriminación racial, las grandes desigualdades sociales que existen en el país; la necesidad que sienten los jóvenes, en definitiva, de construir su propio futuro, de experimentar y equivocarse por sí mismos, sin las censuras y las miradas por encima del hombro de los adultos. Rebelde sin causa es un ejemplo de ese intento de comprensión, por parte de los mayores, de esas reivindicaciones y de ese malestar juvenil. La rebeldía de Jim Stark, intepretado por James Dean, sí que tiene causa, claro, sólo que los adultos no acaban de entenderla.

Insistamos en esta película, en Rebel Whitout A Cause, de Nicholas Ray. Si se ha visto algo de cine o se han contemplado imágenes del Novecientos, esos iconos que resumen una época o a toda una generación, entonces confirmaremos que sintetiza buena parte de los cambios señalados. Está la América próspera, con lujos pequeños que hacen más llevadera la vida cotidiana. Están las familias acomodadas con esposos bien empleados y esposas que ejercen de amas de casa: compran y se rodean de bienes, sabiendo que sus hijos tendrán un entorno confortable. Están los jóvenes pudientes o que esperan ser ricos, esos muchachos que viven sin estrecheces materiales y sin graves contratiempos: pueden gastar, pueden estudiar y pueden soñar con un futuro mejor que el de sus padres. ¿Mejor que el de sus padres? Quizá el presente no sea tan satisfactorio...

NT:  Abordáis también la realidad política. Los rescoldos de la era McCarthy y de la caza de brujas. El anticomunismo... ¿Hubo una identificación, por el poder político, entre la nueva cultura y el bloque soviético?

JS/AL: Por supuesto que sí, prácticamente desde el principio. El eje sobre el que los distintos sectores sociales tratan de desactivar y desprestigiar a los jóvenes rebeldes gira en torno al comunismo, la delincuencia y el rock´n´roll. Esos tres elementos tratan de vincularse constantemente. Puede verse en las portadas de la revista Time (la más prestigiosa e importante de su época) y en numerosas películas de la época, como Semilla de maldad o ¡Salvaje! El objetivo es mezclar todos estos elementos para tratar así de demonizar el rock´n´roll y a los jóvenes que critican el mundo de sus mayores.

¿Y los rusos? ¿Qué papel desempeñan? Por ejemplo, los soviéticos podían llegar a la Luna. Al fin y al cabo, el lanzamiento del Sputnik en 1957 había sido una proeza en plena Guerra Fría. ¿Un satélite artificial alrededor de la Tierra? Aquello abatió a los norteamericanos, dicen: esa afrenta tecnológica dio origen al programa Explorer y, después, a la misión Apolo. En 1969, los norteamericanos llegaban a la Luna. El Apolo 11 consumaba un sueño y sobre todo unas fantasías propiamente literarias, de ciencia-ficción.

NT: La lectura de Young Americans se advierte una amenaza. ¿Hasta qué punto la guerra gría y la amenaza nuclear influyó en la cultura del rock?

JS/AL: La guerra fría y la amenaza nuclear eran algo con lo que convivían a diario todos los ciudadanos, ancianos y niños, hombres y mujeres, jóvenes y adultos. Lo que pasa es que muchos jóvenes no veían esos temores con la misma trascendencia que los adultos. Por aquellos años, por ejemplo, proliferaron las películas de ciencia-ficción que tenían como argumento una invasión extraterrestre. Esas producciones escondían en realidad el temor a una invasión comunista, aspecto este último que generaba en los adultos importantes dosis de ansiedad y angustia.

Muchos de los jóvenes que acudían al cine a disfrutar de esas películas apocalípticas veían dichos temores con cierta distancia, desde una perspectiva algo distinta. Para empezar, los films no iban dirigidos a ellos, sino a esos adultos temerosos de perder de un plumazo lo que les había costado toda una vida conseguir. De este modo, incluso revistas juveniles de la importancia de MAD se reían sin tapujos de esas angustias y preocupaciones, de esa obsesión por los búnkeres y los kits de supervivencia nucleares. MAD significa ‘loco’ o ‘demente’, pero también es el acrónimo de Mutual Assured Destruction (‘Destrucción Mutua Asegurada’), una fórmula empleada en la época para constatar el desastre que provocaría un enfrentamiento atómico. La paz no era posible y la guerra era improbable, como dijera Raymond Aron.

Mientras la hecatombe nuclear inminente seguía pendiente, esos muchachos, que escuchaban rocknroll e imitaban las poses y las vestimentas de James Dean o Marlon Brando, no se dejaron amedrentar, no se dejaron dominar por el miedo y empezaron a vivir como les parecía que debían hacerlo; empezaron a experimentar y a disfrutar de la vida al margen de la contención y el recato que les exigían sus mayores.

NT: Me ha llamado la atención un aspecto novedoso del libro: el carácter ilustrativo de las imágenes y, sobre todo, las descripciones que hacéis de cada una de las fotografías. ¿Tenéis algo que decir acerca de ello?

JS/AL: La edición del libro es muy notable. Estamos muy satisfechos con la labor de nuestros editores, Punto de Vista y Sílex. Es esencial que el libro resulte atractivo al lector, pues eso siempre ayuda en la lectura. La ilustración de la cubierta, en ese sentido, es magnífica y expresa a la perfección el sentido del volumen. Por otro lado, Young Americans forma parte de una serie titulada CoolTure en la que queremos reflexionar sobre distintos aspectos del mundo contemporáneo muy relacionados con la sociedad de masas que consideramos interesantes. La serie CoolTure trata, en definitiva, de explicar cómo hemos llegado hasta donde estamos. Es un espacio de cultura productiva, de análisis televisivos, literarios, cinematográficos. Un lugar para aprender. De un lado habrá materiales expuestos, libres y selectos, con gracia y salero. No tenemos por qué ser tediosos. Eso esperamos.

NT: También está presente en el libro la influencia del cine, el peso de algunos personajes icónicos del momento. No siempre se ha vinculado a Marlon Brando o al citado Dean, o a la Monroe, con la labor de Dylan, de Los Beatles o los Stones en el ámbito de la música...

JS/AL: En realidad todo está interrelacionado. Y eso es algo que también hemos tratado de reflejar en la estructura del libro. En un mismo capítulo mezclamos diferentes elementos, diferentes vertientes de la sociedad del momento para dar una idea de que había muchas cosas que estaban sucediendo a la vez, de que había un clima de ebullición muy importante entre los jóvenes. Los seres humanos no vivimos en compartimentos estancos. Los actores jóvenes escuchaban a Elvis cuando llegaban a sus casas. Todos se influían mutuamente. Lo que pasa es que el rock´n´roll tuvo un papel fundamental, pues fue el elemento que cohesionó todas las aspiraciones, los malestares, las inquietudes y los deseos de varias generaciones de jóvenes que querían cambiar las cosas.

NT:¿Qué fue de los sueños de los jóvenes de entonces vistos con la perspectiva de los tres cuartos de siglo transcurridos desde entonces? ¿Todo lo ha metabolizado y digerido la sociedad de consumo?

JS/A: Si nos permite, para acabar, responderemos evocando una canción, Where have all the good times gone? Su letra ya contiene letra preguntas parecidas y con un sentido temprano de la nostalgia y el duelo. La composición es de Ray Davies y fue un gran éxito de The Kinks. Ya se cantaba en 1965. En 1973, David Bowie grabó una versión memorable para su álbum Pin Ups. Los viejos buenos tiempos ya se habían perdido en 1965 y, por supuesto, en 1973. Aunque la letra no hablaba exactamente de la quiebra generacional, la pieza  se empleó y se pensó como el himno que rendía homenaje a los pioneros, a aquellos que decían gritar más que cantar, a aquellos que tenían el tiempo de su lado, a aquellos que aún tenían cosas y obstáculos que derribar. El sistema económico basado en consumidores y audiencias integra lo rebelde, lo asimila. A la vez esas audiencias envejecen y se moderan. Pero rebelarse vende, el Radical Chic vende. Así, en esta espiral enloquecedora de rendimientos millonarios , llevamos desde el principio.

Para acceder a más información sobre el libro: Young Americans. Punto de Vista Editores

"Entre 1951 y 1965 hubo en USA una revolución cultural"
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