Jueves 20.06.2019
CRÓNICA DESDE BUENOS AIRES

El peronismo cumple 70 años

El populismo nacionalista sigue vigente en Argentina, aunque han pasado ya 41 años del fallecimiento de su líder.

En la historia, Perón ha quedado como el hombre que les dio derechos a los trabajadores y que impulsó un acelerado proceso de redistribución del ingreso

@jgonzalezok / Uno de los tópicos que siempre surge en toda conversación entre un extranjero y un argentino es el carácter inexplicable del peronismo. No es un partido, es un movimiento, y ha sido capaz de contener en su seno expresiones absolutamente contradictorias: en su primera versión (1946-1955), socialistas y conservadores, además de algunos admiradores del fascismo europeo de la época; en la década del 70, desde la extrema derecha de López Rega y la Triple A, hasta la izquierda guerrillera de los Montoneros; más adelante, al gobierno neoliberal de Carlos Menem (1989-1999) le sucedió un kirchnerismo que se define a sí mismo como nacional y popular, que ocupó el poder los últimos 12 años.

Peronismo, justicialismo, menemismo o kirchnerismo, son las distintas denominaciones que se han adoptado a lo largo del tiempo -muchas de manera simultánea-, para definir a un movimiento iniciado en 1945, bastante simple en cuanto a su doctrina. Existen las llamadas tres banderas del justicialismo: justicia social, independencia económica y soberanía política. La felicidad del pueblo y la grandeza de la nación son otros tópicos mencionados en los textos del peronismo.

Pero en realidad hace décadas que la doctrina ha dejado de tener importancia. El peronismo es una maquinaria de poder, sostiene el ensayista Alejandro Katz. Para el historiador Luis Alberto Romero, el peronismo de hoy “no es ni un partido ni un movimiento, sino una franquicia, cuyo carácter popular se limita al reparto de modestos subsidios y al estímulo de fantasías autosatisfactorias”.

Lo que explica su permanencia es que fue lo más próximo a un Estado de bienestar que tuvo la Argentina. Solo que con un enfoque populista que lo hizo insostenible. En las distintas etapas que gobernó tuvo viento de cola económico, con lo que pudo ejercer un populismo redistributivo –crecimiento del empleo y el consumo, planes sociales-  que le dio enorme respaldo social y electoral. Es lo que perdura en el imaginario colectivo aunque, como dijo en algún momento el historiador Tulio Halperín Donghi, “el peronismo fueron tres años que duraron cincuenta”.

Se cuenta que cuando Perón llegó al poder los pasillos del Banco Central estaban repletos de lingotes de oro. Acababa de terminar la Segunda Guerra Mundial y Argentina era el granero del mundo. Cuando las condiciones externas cambiaron la fiesta no se pudo sostener y llegó la inflación y el endeudamiento. La historia, ahora, vuelve a repetirse. Y al próximo gobierno le tocará el ajuste.

Todo comenzó el l7 de octubre de 1945, con la gigantesca movilización de trabajadores que confluyeron en la Plaza de Mayo, desde los barrios industriales del sur de la capital. Pedían la liberación del entonces coronel Perón, preso por diferencias dentro del gobierno militar. Perón se había hecho cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión, donde desarrolló una política de apoyo a las reivindicaciones obreras. Fue el comienzo del mito y el peronismo se convertiría en uno de los movimientos políticos más longevos de la edad contemporánea, comparable el régimen soviético, que duró 72 años (1917-1989) y al PRI mexicano, que en su primera etapa duró 71 (1929-2000).

En la historia, Perón ha quedado como el hombre que les dio derechos a los trabajadores y que impulsó un acelerado proceso de redistribución del ingreso. Se apoyó la industria liviana y se nacionalizó un importante sector de la economía. Sin embargo, los avances sociales tuvieron la contrapartida de sindicatos domesticados. El liderazgo carismático de Perón y Evita ejerció un desmesurado culto a la personalidad. No se toleraron disidencias, la oposición política fue perseguida y hubo censura de prensa.

La periodista Silvia Mercado, que ha publicado recientemente dos libros sobre el peronismo, recuerda que en Argentina había un sector conservador oligárquico que retrasó la puesta en marcha de los derechos que fueron realidad con el peronismo. Pero en Uruguay, al otro lado del río de la Plata, ya existían estos avances, como la jornada de ocho horas, el aguinaldo o paga extra, las vacaciones y el voto femenino. La diferencia es que en Uruguay todo esto se logró con gobiernos democráticos. La aparición del peronismo tuvo, además, una consecuencia fundamental sobre el mapa político argentino, al ocupar el espacio que en otros países tienen la izquierda y la socialdemocracia.

En estos últimos años, el kirchnerismo privilegió la figura de Evita sobre la del fundador del movimiento

El escritor y periodista Fernando Iglesias, autor de Es el peronismo, estúpido, afirma que “abandonada la ambición de ser la negación de un sistema concentrador del poder y la riqueza, el peronismo se ha convertido en una oligarquía que acaparó el control de los principales recursos del país y los usó en su beneficio, y que en su decadente evolución ha violado todas y cada una de las reglas que necesitaba violar para mantener y acrecentar su poder y apoderarse del botín”.  

Después de aquél primer peronismo, vino el exilio del líder y la resistencia. Los militares que dieron el golpe en el 55 –la Revolución Libertadora, también conocida como Revolución Fusiladora- fueron tan torpes que hasta prohibieron mencionar el nombre de Perón. De ahí surgirían expresiones como Tirano prófugo. Vetaron al peronismo en sucesivas elecciones, agigantando la figura del líder exiliado. La consecuencia menos querida fue que gran parte de la clase media –en realidad los hijos de la clase media- se hicieron peronistas.

Al regreso de Perón en 1973, para asumir su tercera presidencia, el viejo general era otro. Era un león herbívoro que chocó con su propia descendencia, los jóvenes que creyeron había llegado el momento de la revolución social por las armas. Los miles de muertos que provocó el conflicto, antes y durante la dictadura, no acabaron con el peronismo, aunque en 1983 sufriera la primera derrota en democracia.

El peronismo ha permeado todo el arco político argentino. En estas próximas elecciones hay tres candidatos presidenciales que se consideran peronistas: Daniel Scioli, Sergio Massa y Adolfo Rodríguez Saá. Incluso en el PRO, el partido de Mauricio Macri, hay una pata peronista. Se cuenta una anécdota en la que un periodista español (quizá Manolo Alcalá), le preguntó a Perón cómo se dividía el mapa político argentino. El general le dijo: “Mire, hay un 30% de radicales, lo que ustedes entienden por liberales; un 30% conservadores y otro tanto de socialistas”. El periodista le pregunta entonces dónde estaban los peronistas, a lo que Perón respondió: “ah, ¡peronistas somos todos!”.

Pero las apariencias, a veces, engañan. Según el sociólogo Eduardo Fidanza, director de la consultora Poliarquía, la identificación social con el peronismo es minoritaria y el peronismo es un suceso electoral antes que emocional. Un sondeo de fines de 2014 indicaba que solo el 25% de los argentinos declaraba estar identificado con un partido político, el 7% se inclinaba por el PJ y el 5% por el kirchnerismo. Es decir, solo el 12 % de la población simpatizaba con el peronismo, en alguna de sus dos principales versiones. “En cualquier caso se trata de minorías intensas, nunca de un fenómeno masivo en términos sociales o geográficos”, señaló Fidanza.

Otro estudio de la consultora IPSOS, había establecido en 2011 que el número total de simpatizantes partidarios en el país había pasado del 47% en 1984, al 15% en el 2010. Y el Barómetro de las Américas, ese mismo 2010, indicaba que solo el 19,5% manifestaba tener alguna simpatía por un partido político. Aunque la mayoría eran peronistas, solo el 9,5% de los consultados eran peronistas en alguna de sus variantes. 

En estos últimos años, el kirchnerismo privilegió la figura de Evita sobre la del fundador del movimiento. Cuando hace unos días se inauguraba en Buenos Aires una estatua de Perón, con la presencia del jefe de gobierno de la ciudad, Mauricio Macri y peronistas no kirchneristas, la presidente, Cristina Fernández, no concurrió. No solo porque el acto estaba lleno de rivales políticos. También se recuerda cómo le contestó al fallecido dirigente Antonio Cafiero, cuando hace unos años le pidió que apoyara el monumento al fundador del movimiento. “Para ese viejo hijo de puta, no hay un peso”, le contestó.