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sábado. 04.02.2023
antorcha

España, que con diecisiete medallas, siete de ellas de oro, ha hecho un meritorio papel si pensamos en los recortes aplicados por el gobierno a las becas ADO y a la promoción general del deporte

Terminan los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016, la trigésima primera Olimpiada de la era moderna, aquella que se inició en Atenas en 1896.

En todos estos años ha habido ediciones suspendidas, las de 1916, 1940 y 1944 como consecuencia de las dos grandes guerras. También han existido boicots de carácter político, en protesta por la represión sobre Hungría por parte de la extinta URSS en los de Melbourne 1956; o contra las relaciones deportivas de algunos países con Sudáfrica y sus políticas racistas en los de Montreal 1976, o por la guerra fría entre los dos bloques (soviético y aliado) que hizo que las ediciones de 1980 en Moscú y 1984 en Los Ángeles vieran reducida sensiblemente la participación.

Poniendo por delante el valor de todas y todos los deportistas, con especial mención en esta edición a figuras de la talla de Simon Biles, Allyson Felix, Carolina Marín, Wayde Van Niekerk, Mariana Pajón, Rafael Nadal, Katie Ledecky, Katinka Hosszu, Ruth Beitia, Caterine Ibargüen, Mireia Belmonte, los equipos españoles femeninos de gimnasia rítmica y baloncesto y la ÑBA o los inconmensurables Michael Phelps, Mo Farah y Usain Bolt; los juegos nos han dejado algunos hechos para la reflexión, como el comportamiento del público con el pertiguista francés Lavellenie, o con algunos jugadores de baloncesto al enfrentarse a la selección local, o hacia la yudoca brasileña Rafaela Silva.

En Río, esta deportista ha sido tratada como heroína cuando hace cuatro años, en Londres, fue tildada de “mona que debería estar en la jaula”. De denigrada a ídolo. Así somos los seres humanos. Silva ha conseguido en su tierra el primer oro de estos Juegos para Brasil. En los que parece que se han olvidado de lo que soportó en los anteriores y no se han acordado de su condición de mujer, lesbiana, negra y pobre. Ella, además de la medalla, ha logrado su particular triunfo contra la exclusión.

En el medallero, destacar que entre los puestos undécimo y vigésimo, encontramos en el trece a Brasil (con 19 preseas, siete de ellas de oro), en el 15 a Kenia (trece galardones, seis de ellas doradas), en el 16 a Jamaica (once, con seis preciadas) y en el 18 a Cuba (también once, cinco de ellas de oro). Muy por encima de su escalón en el supuesto escaparate político, social y económico mundial.

No me olvido de España, que con diecisiete medallas, siete de ellas de oro, ha hecho un meritorio papel si pensamos en los recortes aplicados por el gobierno a las becas ADO y a la promoción general del deporte. Pero si lo comparamos con países de mucha menor población y “poderío”, tal vez se podría pedir algo más. Ni de Colombia, que estaría situada entre esas naciones menos potentes, y que ha logrado ocho distinciones, tres de ellas doradas.

Una curiosidad, en los deportes de equipo, con partidos por el primer y el tercer puesto, es preferible ganar el bronce que perder el oro. Aunque esto suponga conseguir la plata.

Al margen de los premios y de algunos comportamientos, reprobables pero aislados y casi anecdóticos, aunque no por ello menos importantes, y sin entrar a cuestionar la organización y sus falencias, quedémonos mejor con sus logros, creemos que, una vez más, las Olimpiadas nos han mostrado que sí se puede, que hay que ir más lejos, más alto y con más fuerza. Que existe la solidaridad, también el mestizaje y el respeto por las personas de diferente raza, nacionalidad, religión o cultura. Que se puede convivir peleando por el reconocimiento social sin tener que matarse.

Las y los atletas son una muestra firme de ello. Hamblin, neozelandesa, ayudó a levantarse y esperó a D’Agostino, norteamericana, en la prueba femenina de 5.000 metros; el saltador de altura estadounidense Kendricks, se pasó la prueba aplaudiendo y animando a sus rivales, rompiendo con ello el mal trato dado por el público al francés Lavellenie, medalla de plata, como si así mejoraran el valor de su paisano Da Silva, medalla de oro; las hermanas gemelas germanas Lisa y Anna Hahner que cruzaron la meta de la mano en la maratón, eso sí, en puestos bastante discretos y con críticas por parte de su federación (en esa misma prueba había otras hermanas, las coreanas Kim Hye Song y Kim Hye Gong y las trillizas Luik de Estonia); las gimnastas coreanas, Lee Eun-Ju (del Sur) y Hong Un Jong (del Norte), que se fotografiaron juntas; la caballista holandesa Cornelissen que no compitió para preservar la vida de su caballo Parzival que había sido infectado por la picadura de un mosquito, o el detalle de Usain Bolt dejando a un periodista con la palabra en la boca para ir a saludar al sudafricano campeón olímpico de 400 m.

Y eso sin mencionar lo que supone que uno no pueda asegurar ya la nacionalidad de las y los participantes, o el país por el que compiten, con base en sus nombres y apellidos. Una Okolo y una Manuel en el equipo de los EE.UU.; una Esposito por Australia, una Ohuruogo o una Onuora, además del infalible Mo Farah, por Gran Bretaña; Benedicta Chigbolu o Ayomide Folorunso en la Italia de relevos 4X400, y Zaitsev, Antonov o Juantorena en el equipo italiano de voleibol. Sin contar el papel de Bahrein “fichando” atletas de nivel para engrosar sus filas y tener acceso a las medallas. De los treinta y cinco deportistas bajo bandera del país del Golfo solamente seis nacieron en esas tierras.

Buena prueba de una mezcolanza que no entiende de fronteras y que le quita “peligrosidad” al enemigo social, político o religioso cuando se trata del deporte.

La edición treinta y uno ha tenido por lema “Un mundo nuevo”; ha contado en su Villa Olímpica con un Muro de la Tregua, para intentar concienciar y unificar a todos los y las deportistas participantes alrededor de la paz, y también ha privilegiado el color verde, predominante en casi todos los escenarios y eventos (incluso la piscina de calentamiento tiñó sus aguas de ese tono), junto a la semilla entregada a cada deportista en la ceremonia inaugural.

Traslademos ese espíritu olímpico de colaboración, solidaridad y sana competencia a la sociedad y a la política. Tenemos mucho que aprender.

Tal vez sea cierto que los Juegos Olímpicos han terminado siendo más un negocio publicitario y mediático globalizado, pero es, a todas luces, un lugar único de encuentros y el evento deportivo con más renombre, el destino al que todo deportista quiere acudir.

Ochenta y siete países, de los doscientos cinco inscritos, incluidos quienes lo han hecho como refugiados o bajo la bandera de olímpicos independientes, han conseguido alguna medalla compitiendo en las trescientas seis pruebas de las cuarenta y dos modalidades deportivas presentes en los juegos y celebradas en las treinta y dos arenas (escenarios) habilitados para ello. Un total de once mil quinientos cuarenta y cinco atletas han estado presentes en las primeras olimpiadas celebradas en América del Sur.

Con algunos países conquistando su primera medalla olímpica y con la sensación de que siempre puede saltar una notable sorpresa (el oro de Brasil en salto con pértiga, que supuso un nuevo record olímpico, la victoria de Puerto Rico en tenis individual femenino o el triunfo sudafricano en los 400 m. lisos, con record mundial incluido). Eso es lo bonito de una cita olímpica, se juntan los más con los menos, las estrellas consagradas con las fugaces, grandes con pequeños, y todo el mundo exprime sus fuerzas hasta el límite en la lucha por conseguir la preciada medalla olímpica.

La llama olímpica abandona Río de Janeiro, pero no se apaga, se retira a su cuartel en la griega Olimpia hasta volver a iluminarnos dentro de cuatro años en Tokio 2020.

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