martes 26.05.2020

Cristina Fernández en estado puro

Se han conocido escuchas telefónicas muy comprometidas para la ex mandataria argentina.

Cristina Fernández en una imagen de archivo.
Cristina Fernández en una imagen de archivo.

@jgonzalezok / La ex presidente argentina, Cristina Fernández (2007-2015), no sale de las primeras páginas de la prensa de su país, y no solo por sus complicaciones con la justicia, que la investiga por diversos casos de corrupción. A esto se ha sumado ahora la publicación de una serie de escuchas telefónicas ordenadas por la justicia que la tienen como protagonista, a pesar de que el teléfono intervenido era el de Oscar Parrilli, el que fuera su secretario general de la Presidencia y último jefe de los servicios secretos.

Las escuchas desvelan cosas importantes y otras anecdóticas, pero no menos interesantes. Se pretendía averiguar si Parrilli había actuado como correspondía a su cargo o había ignorado deliberadamente información sobre el paradero del conocido narcotraficante Ibar Pérez Corradi, presunto autor intelectual de un triple crimen. Pero en eso se colaron llamadas donde la ex presidente no solo maltrató y humilló verbalmente a su ex subordinado, sino que también le ordenó presionar a jueces y fiscales.

En la primera de las escuchas conocidas Cristina Fernández le pregunta a Parrilli sobre la entrevista que acababa de publicar el diario La Nación con Antonio Stiuso, que fuera jefe operativo de los servicios secretos durante décadas y que también fue un estrecho colaborador del fallecido fiscal Alberto Nisman. Stiuso había caído en desgracia en la última etapa del gobierno de Cristina Fernández y pasó a ser enemigo declarado.

En esa primera conversación la ex presidente le ordena a Parrilli que busque las causas que le armaron (fabricaron) a Stiuso, aunque después se corrige y añade: “No que le armamos, que le denunciamos”. Y pide también que le haga una lista con los jueces y fiscales que tienen dichas causas.

La ex presidente también ordena a Parrilli que llame a un tal Martín (en referencia a Juan Martín Mena, que fuera el número 2 en el organigrama de los servicios secretos), y al ahora diputado Rodolfo Tailhade. El objetivo, que se muevan “para apretar a jueces y fiscales para que citen a Stiuso”.

“A este tipo hay que matarlo” y “hay que terminar con éste psicópata”, se le escucha también decir a Cristina Fernández. Podría tratarse de expresiones coloquiales, pero en un país con la historia argentina, y con un fiscal (Nisman) muerto en extrañas circunstancias después de acusar a la presidente y otros miembros del gobierno, la expresión es cuanto menos desgraciada.

Tanto Cristina Fernández como Parrilli reaccionaron acusando al gobierno de someterlos a espionaje político, ignorando que fue la justicia, en el marco de una causa importante, la que habilitó las escuchas sobre el teléfono de Parrilli, no de la ex presidente. También negaron que pretendieran presionar a jueces y fiscales, en un verdadero ejercicio de hechos alternativos, el hallazgo de Donald Trump para negar lo evidente.  

Los dos afectados sabían de la existencia de esas escuchas, ya que el propio juez le había facilitado copia a Parrilli el pasado mes de noviembre. Fueron 90 CD los que contienen las escuchas y no fue hasta ahora que se cuestionó en el expediente dichas intervenciones judiciales.

Capítulo aparte merecen los insultos y hasta expresiones escatológicas de la ex presidente. A su propio interlocutor, Parrilli, le obsequia varias veces con la palabra pelotudo, una expresión muy argentina, que tiene una carga aún más contundente y ofensiva que la española gilipollas. El primero de los diálogos conocidos empieza cuando Parrilli pregunta quién llama. “Yo”, le contesta Cristina Fernández. “¿Quién es yo?”, repregunta Parrilli. “Yo, Cristina, pelotudo”, recibe como respuesta.

Mezclando un poco de lunfardo -el lenguaje de los tangos, donde se usan términos de la delincuencia con aportaciones de otros idiomas y jergas-, la ex presidente dice, por ejemplo, que no iría al congreso del Partido Justicialista -el suyo- “ni en pedo, que se suturen el orto” (sic). A Miguel Ángel Pichetto, que fuera presidente del bloque de diputados oficialistas de su gobierno, le dedicó un nada sutil “traidor hijo de puta”. 

El maltrato a Parrilli no sorprende en el mundo político argentino. Secretario general de la Presidencia durante casi todo el período kirchnerista, era el hombre de la agenda presidencial y la más acabada imagen de la obsecuencia. Era conocido como el Mayordomo, no solo por sus tareas específicas, sino también por cierto parecido con el personaje de Bernardo, de la serie televisiva El Zorro. Su cercanía con la presidente, sin embargo, no llegó a franquearle totalmente el acceso privado a la residencia de Olivos. Era Carlos Zannini, otro alto funcionario, el que cenaba casi todas las noches con la ex presidente y con quien tomaba decisiones políticas.

Parrilli tiene un pasado menemista, es decir, tuvo activa participación en la política de los denostados años 90. Por lo demás, como casi todos los kirchneristas, incluidos los Kirchner. Fue el encargado de defender en el Congreso la privatización de YPF, momento en el que afirmó (23 de septiembre de 1992): “no sentimos vergüenza de lo que somos y tampoco venimos a pedir disculpas por lo que estamos haciendo, va a oxigenar a nuestro gobierno y va a representar una bocanada de aire puro que fortalecerá al presidente Carlos Menem”. Esto no le impidió defender después, con igual ardor, la posición contraria. Al final del mandato de Cristina Fernández, cuando la presidente se peleó con el superespía Stiuso, se hizo cargo de la AFI (Agencia Federal de Inteligencia), convirtiéndose en el señor 5.

Era un secreto a voces que los Kirchner -Néstor y Cristina- tenían una forma despótica de tratar a los subordinados. Y esa forma de gobernar humillando al oponente la ejercieron incluso en sus propias filas. No solo maltrataban al personal de la Casa Rosada y la residencia de Olivos, donde las órdenes eran no mirarlos y salir de la vista de los mandatarios. También hubo maltrato a integrantes del gabinete.

Jorge Taiana renunció al ministerio de Relaciones Exteriores (2007-2010) después de una conversación telefónica con Cristina plagada de insultos. En el caso de la ex presidente, las agresiones eran verbales, Néstor usaba la violencia física, según distintas fuentes. Así lo aseguró, por ejemplo, el dirigente sindical Luis Barrionuevo, que aseguró que “les daba trompadas” a sus secretarios. Según la revista Noticias, la víctima favorita era Daniel Muñoz, ya fallecido. Fue secretario privado de Néstor Kirchner entre el 2003 y el 2009, después de trabajar en Santa Cruz como chófer en el área de ceremonial y protocolo. Era el responsable de trasladar a la residencia personal de los Kirchner en la Patagonia los bolsos con dinero que recibía el presidente, presumiblemente de sobornos. Él mismo logró construir una sospechosa fortuna, incluyendo dos empresas petroleras y propiedades millonarias en Villa La Angostura (Patagonia), lo que seguramente explica su resiliencia al maltrato.

Un ministro contó a la citada revista Noticias en julio de 2004: “Una vez vi cómo lo despertaba de un cachetazo, me dio bronca porque Kirchner no sabe hacerse ni el nudo de la corbata, se lo hace Muñoz”. Y el ex presidente Eduardo Duhalde, que digitó a Kirchner como candidato presidencial, abundó: “Yo lo he visto en la embajada de España sacar a las patadas a un secretario y un día entró un colaborador a que firmara unos papeles y le pegó”. El primer ministro de Justicia de Néstor, Gustavo Béliz, aportó un testimonio similar, asegurando que el ex presidente usaba la lógica del terror: “Kirchner te humilla, es terrible el maltrato al que te somete”.

Cristina Fernández en estado puro
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