lunes. 22.07.2024

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Hacer frente al declive representativo de la izquierda transformadora supone afrontar los tres tipos de causas, con credibilidad transformadora, democrática y unitaria: la ofensiva del poder establecido y las derechas con su acoso jurídico-mediático-policial, con la descalificación y el aislamiento político a los actores con capacidad de desafío transformador; la relativa renovación socialista y su ligero giro a la izquierda, con el efecto de achicar el espacio socioelectoral alternativo; las propias deficiencias y limitaciones de esa izquierda, en particular dos: la falta de arraigo social, y sus dificultades articuladoras y unitarias.

Respuesta renovadora fallida

La renovación de Unidas Podemos en 2021 -y el reforzamiento defensivo de Podemos a fines de 2023- y la operación de Sumar (2021/2024) se han planteado como un intento de frenar el declive y ensanchar el espacio electoral para garantizar una mayor influencia político-institucional. La propuesta inicial de la dirección de Podemos, en 2021, pretendía el cambio de liderazgo de Pablo Iglesias, con cierto continuismo político y orgánico y asentado en dos patas. Por un lado, con Ione Belarra como Secretaria General de Podemos que mantenía una mayoría en el grupo parlamentario. Por otro lado, con Yolanda Díaz, como vicepresidenta, cuya apuesta, ratificada en el acto de Magariños (abril de 2023), lejos de lo previsto por la dirigencia de Podemos, ha sido doble: reorientación política moderada y modificación del liderazgo, con su autonomía política y orgánica -junto con su equipo asentado en la tradición de Nueva Izquierda e Iniciativa per Catalunya-, y con su diferenciación respecto de la legitimidad, la orientación política, el discurso y la estructura organizativa anterior.

Suponía terminar con el ‘ruido’ político y dejar subordinado a Podemos en la nueva dirigencia. Por una parte, se implementaba un giro hacia la moderación política, el diálogo social, la trasversalidad no confrontativa y la amabilidad con el Partido Socialista, como justificación de esa estrategia fundamental para ese objetivo de ampliación de la base social y electoral. Por otra parte, la consolidación de su nueva y ampliada estructura dirigente, con su apoyo en los Comunes y menos en Izquierda Unida, así como con la integración de las fuerzas del acuerdo del Turia -especialmente, Más Madrid y Compromís-; todo ello con la marginación de Podemos que ‘restaba’, y con la cobertura legitimadora del proceso de escucha o el movimiento ciudadano que culminó en la reciente Asamblea fundacional del Movimiento Sumar -con apenas la participación de unas ocho mil personas- y la constitutiva de Sumar para este otoño. 

La apuesta de Yolanda Díaz ha sido doble: reorientación política moderada y modificación del liderazgo, con su autonomía política y orgánica

Lo que nos interesa destacar, particularmente a tenor de los estudios demoscópicos, los resultados electorales últimos, especialmente de las elecciones europeas del 9J, y las tensiones internas, es que se ha llegado a un relativo estancamiento o fracaso en los dos ámbitos: ausencia de remontada electoral y dificultades para la articulación del conjunto; se consolida la nueva primacía del liderazgo de Yolanda Díaz pero con menor credibilidad para la remontada y con división de la dirigencia y tres niveles orgánicos: Movimiento Sumar, Sumar como agrupación política y coalición Sumar... sin perspectivas de un frente amplio o una colaboración con Podemos. 

Tras la expectativa de ascenso electoral y la ilusión inicial de un frente amplio unitario (truncadas desde las elecciones autonómicas en Andalucía de junio de 2022 y hasta la asamblea de Magariños, en abril de 2023), se impone la necesidad del realismo sobre la continuación del declive representativo (28-M y 23J, y evidente desde las anteriores elecciones andaluzas y las posteriores gallegas, vascas y catalanas). 

La doble conclusión es que, por un lado, disminuye la legitimación de la nueva estrategia de moderación reformadora y discursiva como la palanca de la remontada electoral, en un contexto de hegemonismo socialista; y por otro lado, se ve cuestionado su liderazgo colectivo, sin la expectativa de recuperación electoral prometida, aunque con continuidad de posiciones institucionales gubernamentales, y con el repliegue corporativo de cada grupo político. Además, se hace evidente la incapacidad política y articuladora de la dirigencia alternativa y se genera la tensión sobre el relato de sus causas y responsabilidades, con los intentos de legitimación respectiva de los diferentes grupos políticos, incluido Podemos.

La articulación unitaria y pluralista

En esta etapa de recomposición del espacio alternativo (2021/2024), estamos viviendo un proceso transitorio donde hay un cruce de caminos, sin claridad del recorrido, y con la incertidumbre añadida del nuevo contexto impuesto por el Presidente Sánchez sobre el nuevo foco de la regeneración democrática (limitada). Supone un nuevo intento socialista de centralidad y hegemonismo político dentro del bloque progresista, con la relativización de la agenda social y la plurinacional (una vez aprobada la amnistía y según el panorama catalán), que debilitan a sus dos tipos de socios parlamentarios: los nacionalistas y Sumar/Podemos.

¿La dirigencia alternativa, el conglomerado de Sumar y Podemos, será capaz de encontrar y recorrer el camino de salida renovadora y unitaria? Parece difícil. Los resultados de las elecciones europeas ya han impuesto esa realidad de declive, en particular de Sumar, y han propiciado la dimisión de Yolanda Diaz como su coordinadora general, aunque se mantiene como su referencia institucional. Dejo al margen las hipótesis sobre el nuevo proceso constituyente de Sumar, así como la capacidad de supervivencia de Podemos y las relaciones entre ambos. 

¿La dirigencia alternativa, el conglomerado de Sumar y Podemos, será capaz de encontrar y recorrer el camino de salida renovadora y unitaria? Parece difícil

Ahora vuelvo, en un plano más general, a sus condiciones político-organizativas o sus capacidades articulatorias, desde el pluralismo democrático… junto con el arraigo social y político por una dinámica común; es decir, a la combinación de proyecto y beneficio colectivo y agregación de intereses corporativos legítimos, con procedimientos democráticos y consensuales para arbitrar las diferencias y contenciosos. 

El problema y la solución hacia la remontada, es doble: de carácter político, sobre la necesaria estrategia diferenciadora del Partido socialista (y la izquierda nacionalista) con credibilidad transformadora real y arraigo social; y de capacidad articuladora unitaria con la necesaria cultura democrático-pluralista

Las discrepancias políticas son evidentes, pero negociables. Hay divergencias que alcanzan opciones estratégicas en auténticas bifurcaciones en los equilibrios políticos y la formación de espacios político-electorales. La más relevante, la polarización entre continuismo adaptativo y cambio de progreso. El pulso estratégico fue en torno a la actitud sobre el acuerdo gubernamental de PSOE/Ciudadanos en el año 2016, base fundamental de la gran confrontación con el PSOE -y el desafío al poder establecido-, así como de la profunda división de bloques internos en la Asamblea Ciudadana de Podemos de Vistalegre II, entre posibilismo colaborador o resistencia confrontativa. 

En aquel contexto, había suficiente representatividad parlamentaria progresista desde 2015 para constituir un gobierno de izquierdas, aunque con la falta de voluntad socialista… hasta 2020, en que ellos consiguieron mayor primacía política, gestora y representativa, o sea, con un papel más subalterno de Unidas Podemos. Aquella encrucijada modeló las características de las corrientes de las fuerzas del cambio, con divergencias estratégicas -y teóricas y de estatus orgánico-, así como confirmó, a los poderes fácticos y al propio PSOE, la voluntad transformadora de la dirección de Podemos… que había que neutralizar. 

Así, a pesar de que desde la moción de censura socialista al gobierno de la derecha (2018), se avanzó en el giro renovador socialista y la apertura de acuerdos con la izquierda transformadora y nacionalista, no se ha diluido el poso de desconfianza estratégica que denotó aquella experiencia, y ello aun cuando las divergencias sean menores y compatibles con la alianza en un bloque democrático y plurinacional frente a las derechas, y aunque aparezcan nubarrones en el horizonte. 

El pragmatismo sanchista y su hegemonismo político persiste en cerrar ese ciclo de adversarios estratégicos, con una legitimidad social significativa

La conclusión estaba clara desde entonces: la casi paridad representativa de Unidas Podemos con todas las fuerzas aliadas y convergentes, expresada esos años (2015/2018) en el ámbito parlamentario y antes en el plano sociopolítico, liderada por la dirección de Podemos, con una firme voluntad transformadora, era un riesgo excesivo para la normalización política y la estabilidad socioeconómica que, a juicio de los poderosos, había que reducir. Y ello, aunque los dilemas estratégicos y la capacidad reformadora sustantiva de la izquierda alternativa, incluido en los grandes municipios, hayan menguado desde 2019 por su menor representatividad e influencia, y ahora se vaya encauzando el conflicto territorial catalán. El pragmatismo sanchista y su hegemonismo político persiste en cerrar ese ciclo de adversarios estratégicos, con una legitimidad social significativa, que condicionen un proceso reformador relevante.

Una bifurcación estratégica y un horizonte problemático

Por supuesto, las dos opciones expresadas ya en 2016 configuraban una gran bifurcación. La otra alternativa colaboracionista con el PSOE/Ciudadanos tenía implicaciones decisivas en la legitimación de un proceso continuista del Régimen con subordinación de las fuerzas del cambio y su probable desgaste. Esa dinámica adelantaba el cierre de las expectativas y dinámicas sociopolíticas del cambio de progreso en el ámbito estatal -y solo vivo entonces en algunos grandes ayuntamientos del cambio y, en otro sentido, con el procés-. 

La opción confrontativa escogida -más allá de la retórica transformadora inicial y distintos errores discursivos- me pareció acertada, fue avalada por más del 80% de la militancia alternativa, y ya hemos visto lo que ha dado de sí: forzó la crisis y la renovación socialista, con su giro hacia la izquierda y la apertura democrática, hasta el desalojo gubernamental de la derecha con la moción de censura de 2018, junto con la posterior experiencia reformadora real aunque limitada, del gobierno progresista de coalición, en 2020/2023, y su prolongación posterior menos intensa. 

Pero aquel emplazamiento estratégico ha tenido una particularidad: la gran ofensiva, con la correspondiente guerra jurídica-mediática-institucional, del poder establecido -incluida la aquiescencia socialista- contra esas fuerzas del cambio con posiciones de cierto poder transformador y legitimación pública, que cuestionaba los privilegios de siempre. Y no me refiero solo a la dirección de Podemos, sino también a líderes territoriales con fuertes posiciones institucionales como Ada Colau o Mónica Oltra. Buscaba la descalificación de su dirigencia pero, sobre todo, el debilitamiento de ese espacio representativo y su capacidad de influencia reformadora, ya conseguido parcialmente en el ciclo electoral de 2019. Para las derechas no hay tregua o perdón, creen que el poder político les pertenece. Y para el Partido Socialista, no hay acuerdos duraderos hasta reducir al mínimo el riesgo de cierto cambio significativo, progresista y democrático, y consolidar un predominio institucional (casi) total, convertido en eje articulador de sus políticas y sus alianzas. 

Estamos en otra encrucijada estratégica. Veremos las dinámicas populares y las capacidades y la orientación de las dirigencias alternativas y del conjunto del bloque democrático y plurinacional

Esa voluntad estratégica transformadora es lo que el poder establecido no perdona y lo que se exige abandonar con una rectificación (rendición) y una (inmerecida) autocrítica como supuesto error estratégico (que no corresponde). Su persistente insistencia, con rigidez política y fanatismo mediático, busca la culpabilización alternativa como provocadora de toda la contraofensiva regresiva y autoritaria, tiende a justificar el castigo por haberla implementado y desgastar a sus promotores alternativos.

En cierta medida han conseguido sus objetivos, pero solo en parte. Los resultados del 9J son reflejo de ello. No obstante, persiste un doble factor, en un grave contexto, que impide ese cierre normalizador del continuismo y el bipartidismo corregido: una base social transformadora todavía relevante; una vertebración orgánica alternativa algo fragmentada y desconcertada pero todavía con potencialidad articuladora y representativa, que debe revalidar. 

Además, existe una escasa legitimidad pública de las políticas regresivas y autoritarias, aun con el avance segregador conservador -del mercado y las posiciones con privilegios o expectativas comparativas superiores- como respuesta a la inacción transformadora. 

Estamos en otra encrucijada estratégica. Veremos las dinámicas populares y las capacidades y la orientación de las dirigencias alternativas y del conjunto del bloque democrático y plurinacional para impulsar la remontada política y electoral y garantizar una etapa de progreso, que evite la involución derechista. El desafío inmediato: la capacidad de rearticulación de Sumar, tras la dimisión de Yolanda Díaz como coordinadora general y la crisis del espacio, y el grado de consolidación de Podemos en su autodesarrollo, con la vista puesta en el contexto sociopolítico, las dificultades unitarias y las posibilidades de cooperación alternativa y progresista en el próximo ciclo político-electoral hasta 2027. 

Frente al declive