lunes. 15.07.2024
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Se ha menospreciado tanto la enseñanza de la Historia, se ha disminuido tanto su peso en el currículum escolar, se ha difundido tanto el infundio como verdad irrefutable por tantos medios que nadie se puede extrañar hoy de que muchos ciudadanos voten a los partidos que fueron responsables en el pasado reciente de las mayores atrocidades que el hombre ha cometido y conocido. No pretendo que en un mundo en el que sólo importa aquello que produce beneficios desmesurados, la Historia sea la asignatura fundamental. De todos es sabido que es, como la Filosofía, la Literatura o el Arte, un conocimiento que no cotiza en bolsa, lugar donde se pone precio a todo ignorando su valor, sin embargo, hay un hecho irrefutable: Ningún pueblo puede vivir, desarrollarse y progresar humanamente si no conoce su pasado verazmente, si no es capaz de aprender de sus errores, de repudiar aquellos sucesos y personas que extinguieron la libertad, el don más preciado, en palabras de Cervantes, del que disponemos los hombres. Tampoco si no tenemos el conocimiento suficiente para ensalzar a aquellos verdaderos patriotas que hicieron de su vida un ejemplo a seguir tal como ordena uno de los imperativos categóricos de Kant.

Hay una opinión pública que sigue infectada ideológicamente por los difusores de la Causa General del franquismo

Hace unos años escuchaba una tertulia provincial en la Cadena Ser, como de fondo, sin hacer demasiado caso. De repente oí a uno de los tertulianos habituales decir que también Azaña había tenido lo suyo “porque no se podía olvidar que en los sucesos trágicos de Casas Viejas fue quien ordenó que se disparara a los jornaleros a la barriga”. No pude contenerme y aunque soy muy reacio a intervenir en tales circunstancias, llamé a la emisora y les dije que su desconocimiento llegaba al extremo más próximo a la ignorancia y que si hubiesen conocido un poco la personalidad de Azaña, su sensibilidad, su dolor, su forma de ser y de hablar, si hubiesen leído sólo unos párrafos de sus memorias, habrían comprendido al minuto que esa frase jamás pudo salir de la boca de Manuel Azaña. Hablaban -es un decir- en la tertulia radiofónica un conservador dispuesto a dar pábulo a todas las invenciones del franquismo, otro que parecía próximo al Partido Socialista pero guardando la ropa, y un tercero que tampoco se atrevió a corregir al primero. Eso ocurrió en una de las pocas emisoras liberales de España, y eso continúa ocurriendo en muchos de los medios que hoy forman a los españoles sin que la Escuela -muchas de ellas en manos de fanáticos nacional-católicos- haya servido para cambiarlo, para modificar una opinión pública que sigue infectada ideológicamente por los difusores de la Causa General del franquismo.

Estoy de acuerdo con que la Escuela no es lugar de adoctrinamiento, pero adoctrinar no es contar la historia tal como fue ni explicar que la democracia es un mal sistema pero el mejor de los que hasta ahora se han inventado, tampoco, todo lo contrario, inculcar en la mente de los niños, adolescentes y jóvenes que un golpe de Estado no es más que el triunfo de la sinrazón y la barbarie, que la libertad, la igualdad y la fraternidad son valores consustanciales al ser humano y que el despotismo y la guerra nunca están justificados y sólo provocan destrucción, dolor y miedo.

Cuando la difusión del conocimiento sobre el pasado se entrega a quienes sólo hablan de él para justificar atrocidades, privilegios de casta o clase y mentiras perfectamente detectables, cuando el acceso a los hechos que marcaron nuestra historia reciente, no el de la época romana o visigótica, está instrumentalizado por equidistantes, herederos o simpatizantes del régimen que produjo la barbarie, entonces la democracia o no ha arraigado de verdad o está en franco retroceso.

Durante muchos años se pensó que las consecuencias devastadoras de las dos guerras mundiales, la guerra y la posguerra española y las dos bombas atómicas arrojadas por Estados Unidos sobre Japón, habían inculcado en la conciencia de las gentes que pueblan el planeta el repudio al belicismo y a quienes hacen de él un instrumento de dominio. Fue así mientras vivieron quienes fueron víctimas o testigos de aquellos acontecimientos dramáticos nunca antes vividos, sus hijos y, tal vez, sus nietos, pero si al paso del tiempo, a la desaparición de los testigos, sumamos el de la ignorancia histórica, con el deseo promovido desde los sectores más reaccionarios y poderosos por enlodar ese tiempo, por confundir valores, por recurrir a un pasado más lejano al que se tilda de legendario y mítico como modelo con el que afrontar los problemas que hoy nos acucian, estamos entrando en el clima propicio para que prosperen las ideologías derechistas -¡ya está bien de llamar populismo al fascismo!- más espantosas sin que la experiencia del pasado haya servido absolutamente para nada.

Remitiéndonos ahora sólo al caso español, la situación es verdaderamente preocupante. Después de la muerte del tirano, los intentos por crear una derecha democrática y antifranquista fracasaron estrepitosamente, dando lugar a que fuesen los herederos de ese régimen criminal quienes, al contrario de los ocurrido en Europa, monopolizasen esa parcela ideológica. Al componente franquista de la derecha española se añadió durante los años ochenta el neoliberal, sesgo que, en este caso sí, comparte con la mayoría de partidos europeos de esa condición. Sin embargo, no es esa cualidad la que está inclinando al electorado español hacia posturas cada vez más reaccionarias, sino el otro, el que gracias al desconocimiento mayoritario de nuestro pasado próximo es reivindicado de forma solapada o directa por la ultraderecha franquista aprovechando la crisis económica, política y social en que vivimos desde que estalló la crisis financiero-inmobiliaria por ellos mismos propiciada.

Se habla una y otra vez de la raza, de los valores inmarcesibles de lo español, de la reconquista que nunca existió porque no se puede reconquistar lo que nunca antes había sido conquistado, se responsabiliza de los males a los de fuera, se alaban las virtudes de la uniformidad y se resaltan los defectos de la diversidad, se anuncia mano dura y tolerancia cero contra los otros y así, poco a poco, mientras la crisis de la globalización hunde cada día más las esperanzas, se construye un monstruo que terminará por devorarnos a todos utilizando los mismos métodos, los mismos instrumentos, las mismas mixtificaciones empleadas por Hitler, Franco y Mussolini hace casi noventa años.

En España acaba de suceder un hecho histórico lamentable: La ultraderecha franquista, lerda, trincona y vetusta ha entrado en el Gobierno de Castilla y León. Apenas quedan testigos de aquel otro tiempo en que establecieron una tiranía sin parangón en la Europa de nuestro entorno, apenas se ha enseñando a los nuevos votantes -quienes tienen menos de sesenta años- qué paso durante aquellos años. Recogemos el fruto de lo sembrado. Todavía estamos a tiempo de impedir que la cosecha sea desoladora.

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