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miércoles. 17.08.2022
Juan Espadas
Juan Espadas

Las etapas históricas de insinceridad o posverdad proceden de un inducido estado de ánimo de la opinión pública en que el pensamiento crítico, la dialéctica, la política como actividad cívica se convierten en instrumentos ilegibles para las mayorías sociales avasalladas por los mensajes coactivos, groseros y falsarios de una derecha radical y cavernaria. Ello supone un abundamiento de la mediocridad intelectual y moral de la vida pública inoculada dicha declinación de la inteligencia política y social como toxicidad sociológica de igual manera que la mantis inyecta un fluido paralizante en sus presas antes de devorarlas.

Ello supone un presunto equilibrio institucional reclamado por la derecha sustanciado en el filoautoritarismo de una desigual vertebración de la convivencia mediante envilecimiento de la democracia en lo que se denominó en el nomenclátor de la Transición centro político y consenso que stricto sensu era la exigencia de los poderes fácticos del posfranquismo de la desnaturalización de la izquierda. La conjunción hogaño del poder económico y el conglomerado mediático –el caso Ferreras es absolutamente significativo- dejan muy poco espacio para una vida pública democrática y volcada al bien público.

Feijóo y Moreno, las grandes esperanzas del Partido Popular, son el producto de esa mediocridad de apariencia tranquila que sin embargo tienen como bagaje programático la radicalidad de un partido cuyo ADN se sustancia en la desigualdad, en la destrucción del mundo del trabajo, en el autoritarismo institucional, en el manejo político desde la espuria judicialización de la vida pública, en el orden policial y conspirativo como meninges represivas.

Pocos analistas reparan, por ignorancia o interés, que el efecto Moreno tiene mucho de demérito Espadas, como ocurrió en las municipales con un mediocre Zoido que logró una amplia mayoría ante un Espadas políticamente inane.

No hay que olvidar que Espadas fue un invento de Susana Díaz y que el sanchismo se ha constituido en Andalucía con la mitad de la sociología susanista, que no lo es, como pudiera creerse, el cincuenta por ciento o porcentajes de esa índole compuesto por antiguos partidarios de Díaz trasvasados al sanchismo, como los hay, sino los antiguos adversarios políticos de Susana Díaz que comparten un mismo modelo de partido combatiéndose en un  bipartidismo orgánico.

Es decir, susanismo y antisusanismo son un mismo concepto de organización y acción política y sería también un calco ideológico si dentro de la tendencia de Díaz se manejaran ideas. El poder concedido a Juan Espadas, por tanto,  no supone ningún tipo de cambio o transformación del socialismo andaluz, sino la continuidad de un susanismo sin Susana.

Sin embargo, la solución a la grave situación en Andalucía del Partido Socialista, y que tanta influencia demoscópica ha tenido en el resto del país, consiste según Sánchez y Ferraz en presentar un nuevo PSOE ascendiendo en lo orgánico a Patxi López y María Jesús Montero, ¿nuevo PSOE?

Lo razonable, después de los comicios autonómicos, hubiera sido una transformación interna en Andalucía que no solo no se produjo sino que no se ha cambiado nada, reformado nada, ni siquiera se ha abierto la puerta a un renovado espíritu ideológico y programático después del neoperonismo de Díaz. El poder ya estaba ocupado por los que ahora lo ejercen en nombre del sanchismo.

En el PSOE andaluz no existe la diáspora: los que están han estado siempre y lo que no están no han estado nunca. El equipo de campaña de Espadas en los comicios autonómicos estuvo compuesto –y aún lo está- por personas, algunos hasta ex consejeros, muy cercanos a Díaz, tan cercanos como lo era el mismo Espadas.

Un viejo nuevo PSOE