viernes 15/1/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Gobernar la transición digital o volver a las bestias

Gaspar Llamazares y Miguel Souto Bayarri

Con la revolución digital puede acabar pasando lo mismo que con la globalización (a fin de cuentas la digitalización es su principal catalizadora), en el sentido de que se ha hecho sin control y ha dejado a su paso grandes bolsas de damnificados.

En los últimos años, quizá los que llevamos del siglo XXI, la revolución digital y su alter, la automatización, que hay que recordar que no han aportado grandes aumentos en los puestos de trabajo ni han producido importantes mejoras en la productividad, han coincidido con un gran crecimiento de las desigualdades en cada país y en el mundo. En definitiva, esa es la cuestión: un río revuelto en el que han pescado los populismos.

Es en ese contexto en el que irrumpe la pandemia y produce una gran aceleración en la transición analógico digital, que se puede estar desarrollando como el proceso globalizador, sin control, y que en ciertos ámbitos puede estar atropellando a los ciudadanos.

Hasta aquí el preámbulo. Pero conviene separar las cuestiones generales de lo que atañe en particular a nuestro país, para no caer en un nuevo ludismo o en un negacionismo digital. Todo lo contrario: España (y la UE) han llegado tarde a todos estos cambios, y por supuesto a la inteligencia artificial, con lo que sufrimos las consecuencias negativas del proceso y no aprovechamos lo bueno que también está trayendo. Para una transición analógico digital con éxito hay que prepararse en serio. Y tener presente que, como dijo Karl Popper, no existe el retorno a un estado armonioso con la naturaleza. Si damos la vuelta, tendremos que recorrer todo el camino de nuevo y retornar a las bestias.

De modo que por un lado se dice que España, y la UE (con una gran desventaja de los países del sur en comparación con los del norte), corren el riesgo de quedar rezagadas en la segunda guerra fría que se está librando entre los Estados Unidos y China por la hegemonía tecnológica global; y es cierto. Pero por otro, también es verdad que en el mundo digital se utilizan las redes para manipular y controlar a la opinión pública, y los delitos van por delante de las leyes. Es como si la digitalización tuviese una existencia escindida entre una parte visible y un lado oscuro desde el que solo salen noticias sombrías. Todos hemos visto como se han desestabilizado elecciones en todo el mundo. Entre la gran variedad de perversiones que está provocando la irrupción de las tecnológicas (High Tech) no es la menor el hecho de que se conocen nuestras preferencias antes de que las hayamos hecho analógicamente públicas. Como dice Mariana Mazzucato, en lugar de crear nuevos productos imaginando lo que la gente podría querer, las tecnológicas ya saben lo que vamos a querer. Pongamos como ejemplo el 5G, tan anunciado, que es una tecnología fundamental para que un régimen totalitario como China progrese en la inteligencia artificial, sobre todo para el reconocimiento facial y el control de los ciudadanos. Aunque el retraso de Europa en el 5G podría tener implicaciones para su futura competitividad, para la mayoría de los usuarios tendrá, según Evgeny Morozov, un impacto limitado, reducido a una mayor velocidad de descarga (5G es un estándar, lo que implica el uso de tecnologías patentadas; está por ver cómo se resuelve en este sentido la batalla USA / Huawei con la administración Biden).

En este contexto de pandemia telemática también sufren los mecanismos democráticos. Los equipos de gobierno, desde los niveles más altos hasta un equipo directivo de un pequeño centro educativo, todos están particularmente contentos con las reuniones virtuales: nunca hay una verdadera discusión, no surgen conversaciones, no hay interacción.

Pero la digitalización sin control tendrá que confrontarse en algún momento con una realidad: que no es fácil arrancarnos de nuestros hábitos analógicos, con su ritmo lento pero predecible.

1. La digitalización y la ciudadanía

Aunque no sea posible cuestionar radicalmente el destino digital que hemos elegido, y proponer la vuelta a los usos analógicos previos del pasado, carece de lógica, y resulta equivocado, querer operar dentro del nuevo paradigma -porque en eso estamos- como si nada hubiera pasado. Las administraciones españolas, a toque de pandemia, han cambiado su forma de no-relación con los ciudadanos y de entender el servicio público. Y las consecuencias de ese cambio, que se perciben cada día que pasa de una manera más acelerada y profunda, solo se pueden modificar si se genera un cambio profundo en la comprensión del alcance del proceso digitalizador.

La digitalización sin control de la que hablábamos está impidiendo a muchos ciudadanos su relación con la administración, a muchos de ellos a causa de la brecha digital (un gran número de españoles de una cierta edad carecen de competencias digitales básicas), pero existe cada vez más consenso de que otros muchos encuentran una barrera, que en muchas ocasiones les lleva a desistir, por la actitud de la propia administración que considera que digitalizar es simplemente cambiar una gestión analógica por otra digital, o sea, como si la transformación digital consistiese en un simple cambio de formato.

En un interesante estudio, realizado por Concepción Campos sobre inteligencia artificial en la administración pública, concluye que en muchos casos se ha transformado la burocracia en papel por la misma burocracia, pero digital, con el agravante de que así se traslada la complejidad de la tramitación a lo electrónico. Pero es que además la interoperabilidad brilla por su ausencia (interoperabilidad: que las administraciones obtengan la información sin cargarla al ciudadano). Digitalización no puede ser simplemente utilizar herramientas electrónicas, o peor, solicitar la firma digital para cualquier tontería y pasar por aplicaciones esotéricas y abstrusas como la del "sistema chave" de la Xunta de Galicia, sino en hacer más fácil la vida de los ciudadanos.

2. La digitalización y el Estado social

El pasado confinamiento, que los estudiantes pasaron sin pisar las aulas, parece que generó un cierto consenso acerca de volver a la enseñanza presencial. Las clases telemáticas, cuando las hubo, perjudicaron de una manera muy notable a los alumnos más vulnerables y dificultaron la escolarización de muchos niños que no disponían de medios. Es un hecho que en las aulas todo el alumnado tiene las mismas oportunidades para socializar y aprender. Parece que quedó claro, además, que un país no podía ordenar antes los chiringuitos de sol y playa que los centros educativos, porque eso iba a resultar en importantes desigualdades.

En la sanidad, el hipertecnologismo, que se venía registrando ya antes de la pandemia, también nos lleva en volandas a una tecnomedicina que, se mire como se mire, no ha resuelto el continuo aumento de las listas de espera, la masificación de las urgencias de los hospitales ni, como consecuencia, la fuga de las clases medias hacia los seguros privados. Claro está que durante estos últimos años ha contado también con la gran ayuda de los recortes del neoliberalismo, que ha pretendido copiar lo peor del modelo americano fundamentalmente en las comunidades gobernadas por las derechas, y sobre todo en Madrid y Cataluña.

Porque de la misma forma que el problema que afrontamos no afecta solamente a la sanidad, tampoco es sólo español. En los Estados Unidos (y también en nuestro país), el complejo industrial-sanitario en el que se incluyen los fabricantes de tecnología y las farmacéuticas, ocupa una posición central en la atención sanitaria y tiene un peso creciente en el empuje de la tecnomedicina. Constantemente se renuevan los equipos de resonancia magnética y aparecen nuevos escáneres, mientras muchos de los estudios que se realizan con estos equipos serían innecesarios, según ha indicado repetidamente la sociedad española de radiología médica. En definitiva, en el hipertecnologismo el sistema de salud necesita cada vez más dinero y produce a cambio poca mejora en salud.

Esta clase de gestión, con un gran desequilibrio entre la medicina de palabras y la medicina de máquinas, a favor de esta última, ilustra por qué la digitalización sin control con sus muchas ventajas en muchos aspectos, y los fabricantes de aparatos de alta tecnología y las farmacéuticas, con sus conflictos de interés, no deberían influir en la dirección del gasto sanitario en un sistema socialmente equilibrado.

3. Las High Tech

Si alguien ha hecho su agosto durante todo el año de la pandemia, estas han sido las GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple) y Microsoft. Pero no es eso solo ni lo más fundamental. A la plétora de cuestiones enumeradas hay que sumar que, además del negocio, su presencia es tan abrumadora y poderosa que cada día se escuchan más voces que alertan sobre la amenaza que suponen para las democracias.

Las plataformas digitales estadounidenses, que tienen datos de cientos de millones de personas, no solo han alcanzado un poder económico y político excesivo sino que también se han hecho con un gran control sobre las comunicaciones. Además, han llegado a un punto en que ya no compiten por un puesto en el mercado sino que, como dice Francis Fukuyama en Foreign Affairs, compiten por el mercado mismo, porque se han tragado a sus rivales potenciales, como hizo por ejemplo Facebook cuando adquirió Instagram y WhatsApp, terminando con toda posibilidad de competición y competencia.

En resumen, la pandemia ha entregado un gran poder a las plataformas digitales y ha acelerado la transición a la educación digital, a la telemedicina, a la compra electrónica, al teletrabajo... ¿Cuál de estos aspectos habrá llegado para quedarse? Los proyectos del programa de la UE Next Generation se asientan, entre otros pilares, sobre la digitalización, en el camino hacia una UE más inclusiva y sostenible. Aquí también, Europa debe dar una respuesta a la digitalización sin control si de verdad el objetivo es la mejora de la servicios públicos y el bienestar de los ciudadanos. La nueva legislación para la creación de un mercado único de datos de la Comisión Europea puede ser un buen primer paso.


Gaspar Llamazares y Miguel Souto Bayarri. Médicos.

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