domingo 1/8/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

De silencios, ruidos y sordina

Es bueno recordar a todos aquellos que han convertido la plaza de Colón en un permanente escenario de enfrentamiento que siempre es más fácil destruir que construir y que hace más más ruido en el bosque un árbol que cae que cien que están creciendo.
casado congreso

“Cuando hables procura que tus palabras sean mejores que el silencio”.
Proverbio hindú.

Aunque su existencia real como persona no ha sido probada, real o no, Esopo es bien conocido por sus fábulas; una de sus ingeniosas frases es “la rueda más estropeada del carro es la que hace más ruido”; lo afirma Esopo y lo decimos todos: “el más necio del grupo es el que más ruido hace”; de ahí la verdad que encierra el proverbio hindú que encabeza estas reflexiones. El silencio está siendo desterrado de nuestras sociedades y sustituido por un bullicio incesante en los espacios urbanos en los que impera la desequilibrada libertad de “ayuso” para poder divertirse cuando uno quiera y como quiera, ampliado por los aparatos tecnológicos y, sobre todo, por las voces discordantes de las declaraciones y los discursos políticos.

Hay conceptos que combinan mal: silencio y ruido; encierran significados contradictorios; esta figura retórica de pensamiento es, según la RAE, un “oxímoron”; unir ambas palabras oculta un sarcasmo incongruente. Aristóteles, en su obra lógica, lo llama “principio de no contradicción”, según el cual, un término o una proposición y su negación no pueden ser ambos verdaderos al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin embargo, ¡qué bien saben emplear algunos políticos el oxímoron en sus discursos: emplean el ruido o el silencio cuando les conviene! Nuestra política está llena de voces silenciadas que, de escucharlas, aportarían información, transparencia, sabiduría y conocimiento a la ciudadanía; en cambio, la actual política está siendo un auténtico guirigay ensordecedor, marcado por el ruido que desconcierta a los ciudadanos. La libertad (en el torpe uso de Ayuso) y la posibilidad de hacer ruido debería estar acompañada de la consciencia de que molesta y mucho. Quienes generan ruido deberían tener claro de que tenemos la obligación de no escucharlos, incluso, de reprenderles.

Alain Corbin, el historiador francés, especialista del siglo XIX y estudioso de lo que ha venido en denominarse la historia de las sensibilidades, fijando su sensibilidad en nuestro ensordecedor presente, recupera en su obra “La historia del silencio”, el pensamiento de escritores, artistas y filósofos que fijaron su interés en un tesoro que se está perdiendo: el recogimiento, la reflexión, la calma y la serena palabra; su obra es la historia de un tiempo en el que la palabra amable era apreciada; en su obra nos invita a redescubrir y rescatar el silencio; dicho de otro modo, a descubrir la vida interior, una de las dimensiones más olvidadas de la humanidad, pues en ella se conjugan y encuentran la serenidad y el tranquilo sentimiento de una dignidad respetuosa y carente de ruido y violencia; la vida interior no es monopolio de las religiones sino una dimensión de lo humano, de ahí que sea universal; hoy, casi olvidada, ha estado presente en todos los tiempos y en todas las culturas. Nuestros antepasados valoraban la profundidad de la vida interior y el sabor del silencio; consideraban que era la condición mediadora de la tranquila serenidad, del recogimiento, de la escucha de sí mismo, de la reflexión y de la comunicación dialogante y creativa. La tarea de esa mediación y la necesidad de crear espacios para promover el entendimiento de reflexión y comunicación dialogante se hace cada vez más necesaria; se hace imprescindible superar y desterrar de nuestra política la confrontación y el ruido; el ruido dinamita todo lo que el silencio reflexivo construye; al ruido político hay que ponerle sordina, como a ciertos instrumentos hay que ponerles esa pequeña pieza para disminuir la intensidad o el timbre de su sonido.

La violencia verbal que exhiben los diputados de la derecha ha ido creciendo de forma inversa al interés demostrado por solucionar los problemas que de verdad importan

Merece la pena revisar y analizar a fondo el espectáculo de crispación, estrépito y ruido ensordecedor en el que se han convertido los plenos del Congreso de los Diputados y las Asambleas de algunas Comunidades Autónomas, dando lugar a situaciones bochornosas y esperpénticas. La violencia verbal que han exhibido los diputados de la derecha durante estos meses de pandemia y durante el anuncio de los indultos a los presos del “procès” ha ido creciendo de forma inversa al interés demostrado por solucionar los problemas que de verdad importan a los ciudadanos. No se trata de imitar los métodos y la vida silente de los “cartujos”, ni entrar en la sabiduría simbólica de la meditación oriental, pero el silencio reflexivo, la palabra pensada y dialogada pueden ayudar a los políticos a redescubrir los valores constructivos y enriquecedores que han perdido en estos últimos años de democracia. El redescubrimiento de ese reflexivo silencio les debe hacer avanzar cada vez más hacia un cambio de paradigma en sus relaciones entre partidos y una reformulación del modelo de política constructiva, pacificadora e inclusiva, basada en la colaboración de proyectos que mejoren la vida de la ciudadanía y no la permanente búsqueda espuria de sus intereses, casi siempre, por votos electorales.

El control del ruido y la institucionalización del silencio son condiciones obligadas para quienes ocupan el poder. Aunque sea una benévola interpretación de la palabra, para muchos ciudadanos el “silencio” no es ausencia de sonido, sino de “ruido”. Callar cuando se debe hablar, no es una virtud llamada prudencia, sino un acto de cobardía. No hablar, estar callado, no significa estar en silencio, existe en nosotros a veces mucho ruido interno, que impide que hagamos silencio para evitar el contacto con nosotros mismos. Por desgracia, nuestro oído se está educado en estos tiempos modernos al sonido-ruido. Estamos escogiendo y coordinando ruidos diversos que no enriquecen, sino que nos remiten brutalmente a una forma de vida caótica; de la emoción del goce acústico de la armonía, hemos llegado a la disipación enervante de la combinación de ruidos cacofónicos y la disarmonía cognitiva que dificultan la estructura organizada del pensamiento. Después de estos dos años de ruido -con la táblet y el móvil, se debería dotar a sus señorías de “tapones contra el ruido”-, toca hacer política y dejar las estrategias electorales para otro momento. Los ciudadanos nos merecemos que nuestros representantes actúen y pongan en marcha políticas que mejoren nuestras vidas. Cuando exponen e informan, los partidos tendrían que ser reconocidos y valorados por los ciudadanos porque garantizan una confianza razonable en sus políticas, porque saben criticar sin insultar a sus adversarios y exponer sus propuestas, sin ofender ni descalificar las propuestas de los contrarios, para ofrecer una mayor calidad de vida y mejores condiciones laborales, jamás para aumentar la precariedad para una parte de los ciudadanos y así afrontar los retos que nuestro país tiene por delante.

En la literatura clínica existe un tema específico, aunque poco conocido, que se llama la “desarmonía cognitiva”. ¿Cómo entender la desarmonía cognitiva? Se trata de un trastorno que afecta los marcos del pensamiento y los mecanismos intelectuales que permiten organizar la reflexión y la acción. El “ruido”, la confrontación permanente, el negacionismo colaborativo, los desacuerdos estériles, la polarización partidista… son algunas de sus causas. Este permanente desencuentro, esta desarmonía cognitiva no sólo produce un dolor social sino sobre todo un deterioro de la paz política y democrática. Cuando las expectativas son muy altas, y la complejidad de los problemas a resolver son importantes, los avances institucionales en el progreso de los encuentros rara vez se consiguen si no hay voluntad de diálogo, de cesiones y acuerdos. No se puede ser tan simple ni ingenuo para llegar pensar que el resultado de una decisión atrevida y compleja como es la decisión política de los “indultos” iba a ser aceptada y aplaudida “por todos”, como en la fábula de Minerva, diosa de la sabiduría y de las artes, que salió armada de pies a cabeza y del cerebro de Júpiter y admitida inmediatamente en “el congreso de los dioses”.

Desde el espíritu y la letra de la Constitución no puede haber desvinculación entre los campos “jurídico” y “político”, en línea con las visiones contrapuestas que el gobierno y la oposición ejemplifican

Las tensiones entre las expectativas y las decisiones complejas, como están siendo los indultos, se reflejan en los distintos y enfrentados planteamientos que se están poniendo de manifiesto por la sociedad, los partidos, las instituciones y los medios de comunicación, partidarios unos de su necesidad, como vía posible de solución fructífera y negadores otros de cualquier intento. Desde el espíritu y la letra de la Constitución no puede haber desvinculación entre los campos “jurídico” y “político”, en línea con las visiones contrapuestas que el gobierno y la oposición ejemplifican. Somos muchos los ciudadanos, aunque no seamos mayoría, que valoramos la necesidad de rastrear complejas pero ilusionadas iniciativas de encuentro en lugar de utilizar la retórica de la negación y vetar, como hace la oposición, cualquier avance progresivo, como pretenden ser los indultos. Estas reflexiones, si no son una certera solución, sí pretenden ser un eslabón para el diálogo constructivo.

Es bueno recordar a todos aquellos que han convertido la plaza de Colón en un permanente escenario de enfrentamiento que siempre es más fácil destruir que construir y que hace más más ruido en el bosque un árbol que cae que cien que están creciendo. Con el filtro del tiempo y remedando lo que decía Georges Bernanos en su obra “Monsieur Ouine” de que hay personas de almas vacías que tienen por vocación “hacer el mal”, yo lo cambiaría por esta otra: hay políticos de mente tan corta y ruin que, si no están ellos en el poder, todo lo que hace el gobierno les parece mal. Es inaceptable la premisa de modelo de vida del protagonista, Monsieur Ouine de Bernanos: “El mal es necesario y el hombre está continuamente experimentando su atracción”. El mal supone, desde todo punto de vista y desde sus mismísimos inicios una insidiosa amenaza, un profundo enigma y un indudable desafío intelectual, social y político para la vida humana; pero como decía Platón con acierto, “debemos buscar para nuestros males otra causa que no sea Dios”. Y hoy, gran parte de la causa de nuestros males se llama “ruido, insulto, enfrentamiento”, y a este mal, hay que ponerle “sordina”, es decir, “el silencio reflexivo que nace de la paz interior”. Cuando se han traspasado todos los límites del ruido, de los insultos, de la confrontación, ¿dónde se pueden poner de nuevo los límites? Con la palabra, el hombre supera a los animales, pero con el silencio reflexivo se supera a sí mismo.

Aunque sea ya una obviedad, es bueno recordar lo que decía Aristóteles: El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice. Es decir; reflexionar antes de hablar, de manera que seamos conscientes de lo que decimos y sus consecuencias. Es importante centrar nuestros focos de diálogo exclusivamente en aquellos determinados puntos centrales de encuentro y no formar ángulos muertos que anulan la capacidad de ir más allá de aquellas acciones que se han demostrado ineficaces. Sin silencio reflexivo y marcados por el ruido, vamos a ciegas en nuestro camino, creando consecuencias no deseadas y sin lograr nada útil. Es necesario de una vez que la oposición de derechas (PP, VOX y C,s) abandonen el NO crítico permanente a cualquier iniciativa del gobierno y dejen de actuar como decía aquel entrenador de fútbol, del que no recuerdo el nombre ni el equipo que entrenaba: “¡Siempre negativo, nunca positivo…!”

Decía Marco Aurelio, ese emperador que gobernó el periodo de paz más largo que vivió el imperio romano, periodo también conocido como “Pax Romana”, que “la auténtica venganza que uno se puede permitir es ser diferente de aquellos que nos causan el daño. En ningún lugar puede un hombre encontrar un retiro más tranquilo e imperturbable que en la silenciosa serenidad de su propia alma”. Y en este momento, en el que hay que tener capacidad de iniciativa y atreverse a encontrar soluciones de cohesión para un problema que lleva enquistado durante siglos, como es el “procès catalán”, abriendo un nuevo tiempo, pues sólo fracasa el que no lo intenta, resultan abiertamente inaceptables las manifiestas mentiras y la grave falta de respeto para todos los asistentes presentes en el Liceo de Barcelona para escuchar al Presidente Sánchez. Las palabras dichas por el Presidente del Partido Popular, Pablo Casado en el Congreso de los Diputados, con la presencia, anuencia y aplausos de los diputados populares, además de errar en la interpretación de la Constitución al afirmar que los indultos son “ilegales”, se atrevió a pronunciar las siguientes sandeces, manifestando una regresión mental histórica y una desarmonía cognitiva que le califica: “Eso es lo que vemos hoy en el Liceo, una supuesta sociedad civil rota y débil, entregada a un gobierno con dinero, pero sin principios… Ningún cabildeo cortesano logrará apartarnos de nuestro camino. Los únicos accionistas son los españoles, sólo a ellos nos debemos, a ningún editorial, a ningún consejo de administración. Los que se fueron de Cataluña para mantener sus cuentas de resultados frente al independentismo, no pueden pretender ahora que nos vayamos de Cataluña para mantener la cuenta de resultados de Sánchez con el independentismo”. ¡Cuánto le conviene a Pablo Casado recordar la máxima del griego Jenócrates, el alumno y amigo de Platón y director de la Academia después de Espeusipo!: “Me he arrepentido muchas veces de haber hablado; jamás de haber callado”.

Por mucho que le pese a Pablo Casado su proyecto político es “nada”, excepto que se vaya Sánchez de La Moncloa para ponerse él

Con cierta ironía compasiva hay que recordarle al señor Casado que el que no sabe qué es el universo, no sabe dónde está, que el que no sabe para qué ha sido elegido, no sabe quién es, que el que no tiene soluciones para el problema que critica, mejor es el silencio que el ruido y que quien aplaude el ruido se hace cómplice de él. Es bueno aconsejarle lo que decía Séneca a sus amigos: “no me dejéis vuestros ruidos, dejadme con mi silencio”. Edouard Bernstein, dirigente del ala más oportunista de la socialdemocracia alemana, amigo y albacea literario de Engels, formuló la teoría revisionista del socialismo evolutivo; lo dijo claramente en su estilo habitual: “El objetivo final, sea cual fuere, es nada; el movimiento lo es todo”. Por mucho que le pese a Pablo Casado, también oportunista como Bernstein, actualmente su proyecto político es “nada”, excepto que se vaya Sánchez de La Moncloa para ponerse él, y para ello, lo quiere “todo”; pero corre el riesgo de que, en estos momentos, por mimar, conceder y coincidir demasiado con una crecidita Díaz Ayuso, ésta se le adelante y le quite “el sillón”. A lo que más teme ahora Casado es al poder de las emociones y la cuestión es meridiana; no cesa el ruido emocional y narcisista del que la Presidenta de la Comunidad de Madrid se alimenta: ha sustituido el pensamiento y el silencio reflexivo por las pasiones chabacanas de una pésima y sentimental idea de libertad; y se lo ha creído. Díaz Ayuso lo ha expresado perfectamente en el acto público de su toma de posesión hace apenas dos días como Presidenta al decir a los asistentes que no le preguntaran por problemas concretos de los madrileños, pues no tiene a Madrid en la cabeza, sino en el corazón. Está visto que Díaz Ayuso está desenfundando más deprisa que Casado.

Fomentar el ruido es el truco más antiguo de la política; siempre termina en fracaso. ¿Es posible que la nueva política se oponga al paradigma del ruido y entre en el paradigma del diálogo y en el silencio reflexivo? ¡Ojalá!, pero es necesario poner sordina a estos meses, incluso años, de ruido y enfrentamiento, de insultos y mentiras, de distanciamientos sin motivos; toca hacer política y dejar las estrategias electorales oportunistas para otro momento; los ciudadanos se merecen que sus representantes entren en el diálogo, actúen con silencios reflexivos, fomenten la convivencia y pongan en marcha políticas sociales que mejoren sus vidas en el marco de una serena y verdadera democracia. ¡Cuánto se lo agradeceríamos! La naturaleza ni es ni hace ruido, simplemente con sus diferentes formas de manifestar su vida posibilita la nuestra. Y acabo como dije en mi anterior artículo: el tiempo dirá si los indultos, ya concedidos, han sido o no una acertada solución; el tiempo lo confirmará, es bueno dudar, pues como dijo Aristóteles: “La duda es la puerta a la sabiduría”.

De silencios, ruidos y sordina