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No seré yo quien añada nada más a lo que se ha dicho sobre el affaire Errejón. Porque, incluso, se ha dicho de más. Lo básico nadie lo niega: la existencia de una/varias agresiones violentas por motivaciones sexuales. Lo demás, me aburre.
Quizás quedara por comentar cómo el sexo se ha convertido para determinados sectores sociales, cuya amplitud desconozco, en un objeto de consumo e incluso de adicción que precisa de otras drogas que permitan el exceso. Drogas que, por cierto, a corto resultan estimulantes pero que, a medio y largo plazo, producen, paradójicamente, impotencia. Destacadamente, la cocaína. Lo que pone de relieve la compulsión implícita en tal consumo adictivo y su carácter auto y heterodestructivo.
Y cómo esa cosificación hace innecesario y elimina el consentimiento y, con él, todos los rituales y protocolos creados por el uso social durante siglos que exploran y sirven para obtener ese consentimiento. Y ese es el lugar de encuentro de conductas de diferente gravedad como la violación violenta, la sumisión química, el mantenimiento de relaciones con quien, menores e incapacitadas, no pueden consentir, y el simple ninguneo o retorcimiento de la voluntad femenina.
Quizás estemos asistiendo a cómo el capitalismo “socializa” la prostitución y extiende la mercantilización de la mujer
El sexo, según esto, se debe servir en los estantes de los supermercados y estar listo para su inmediato consumo, sin necesidad de microondas ni freidora por aire. El “producto” carece de capacidad para negarse y menos aún para oponerse. La libertad que ha traído la revolución sexual de los 70 ha devuelto al género femenino a la pasividad de los objetos. Quizás estemos asistiendo a cómo el capitalismo “socializa” la prostitución, extiende la mercantilización de la mujer, de toda mujer. Cómo se anuncia y promueve, se publicita con su exhibición pública que abarca fenómenos tan concordantes como la pornografía, el chantaje sexual a través de las redes o el sexo explícito en los reality shows. La contradicción perpetua del capitalismo: libertad vs. libertad de empresa y mercado.
De esta suerte, el sexo se ve reducido a una especie de fitness o ejercicio gimnástico del que se elimina cualquier elemento subjetivo y de comunicación interpersonal. Realmente estamos ante una práctica unilateral. La mujer deja de ser sujeto, protagonista de su propia sexualidad. Un lamentable “avance” hacia el pasado.
Y quizás debiéramos considerar si el fenómeno no va más allá de la generalización de la prostitución porque en esta, al menos en lo concreto, hay la negociación y concertación de un contrato de prestación de servicios con aceptación por la arrendadora y percepción del precio estipulado.
En tiempos históricos anteriores esta cosificación solo era posible en situaciones de dominación (esclavitud, servidumbre o dominación). Hoy ese poder se pretende ejercitar frente a mujeres teóricamente libres.
Malos tiempos para los denostados tenorios, donjuanes o dondiegos. No parece que los nuevos machos alfa estén dispuestos a frecuentar rejas, escalar tapias ni a rimar versos
Malos tiempos para los denostados tenorios, donjuanes o dondiegos. No parece que los nuevos machos alfa estén dispuestos a frecuentar rejas, escalar tapias ni a rimar versos con los que intentar deslumbrar a sus partenaires. Nada de ángeles de amor ni de palomas mías. La cosa no parece merecer guiños, insinuar sonrisas, susurrar palabras amables y cariñosas y practicar la caricia. La técnica moderna parece ser más simplista. Basta echar el pestillo, usar expresiones tales como “cómo me pones” y echarse pa'lante. Abalanzarse sobre la víctima sin dar opción a la retirada ni a la negativa… Hechos consumados. Aquí te pillo, aquí te mato. Aunque sea en el suelo de los servicios públicos de una discoteca. Lo que de por sí debiera ser considerada prueba perfecta y definitiva de la culpabilidad de Dani Alves porque es imposible creer que a una mujer, cualquiera, le pueda resultar apetitoso tal emplazamiento.
Pero estos fenómenos de mercantilización en lo sexual pueden ser más específicos y concretos respecto de las mujeres, pero ni son exclusivos del sexo ni afectan solo a la mujer sino que se extienden a la práctica totalidad de los seres humanos fundamentalmente en su condición de trabajadores o en su condición de consumidores. Es una suerte de canibalismo en que las civilizaciones creadas por el hombre precisan devorar a su propio creador como factor de “progreso”. Nos hemos convertido en la gasolina que alimenta y mueve la máquina.
Pero con todo y con eso, lo más llamativo del comunicado de Errejón hace referencia a esa distinción entre persona y personaje que le permite concluir que, en su caso, el personaje se ha comido a la persona. Se refiere a cómo el personaje público ha arruinado a la persona que dice ser y que insinúa que es distinta de su manifestación pública. No hay hijo fiero para su madre, cantaba José Larralde. Y me imagino, que nadie se considera fiero a sí mismo, con más motivo. En realidad y por desgracia para todos, incluido Errejón, por desgracia para mí mismo también, uno es lo que hace. Y lo demás son construcciones religiosas fundadas en la culpa y el deseo de salvación (la restricción mental de los jesuitas, o la salvación por la fe luterana, etc). Hipocresía, en definitiva.
Es indudable que la persona que es o dice ser Errejón, ha destruido al personaje público. De manera total. Para siempre
Toda esta dialéctica nos conduce inevitablemente a la dramaturgia griega, que es el origen del concepto de persona. En el mundo grecolatino, per-sonare o pro-sopon, la careta que se ponían los actores para amplificar su voz y que llegara hasta los más lejanos espectadores. La careta y el personaje eran una sola cosa, porque la “persona” era meramente instrumental para identificar y oír al personaje. Al público que asiste a la tragedia el actor que se esconde tras los ropajes, la careta y el guión le trae sin cuidado, si hace bien su trabajo. Son las reglas del juego.
Pero aún admitiendo que uno pueda ser dos, una especie de desdoblamiento de la personalidad, de “trinidad” a dos, diología de persona y personaje, una derivada de la esquizofrenia, en definitiva, se nos ocultaría como la realidad es reflexiva, contradictoria. Es posible que el personaje haya dañado a la persona, si es que hemos de creernos que es mejor como persona que como personaje, pero también es indudable que la persona que es o dice ser, ha destruido al personaje público. De manera total. Para siempre.




