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lunes. 27.06.2022
congreso pleno
 

 Desde que las masas, en heroico y desigual combate tumbaron el diabólico bipartidismo, la vida política española yace plácidamente en una especie de paradisiaca realidad parecida a la que debe producirse cuando en el futbolín los jugadores se salen de las barras y campan a sus anchas por el campo como pollos sin cabeza pero con la tenacidad y el entusiasmo propias de quien está convencido de que esto marcha.

Es un juego permanente de paradojas y paradojas, de sombras chinescas y espejos cóncavos, de vivir instalados en el Orient Express pero sin la menor idea de quién será el asesino ni mucho menos de que lo somos todos.

La irrupción en el futbolín de algunos jugadores neofascistas y su estrategia confesa de hacer trizas el campo y quedarse solos en él, y el efecto contagio de ello sobre la derecha democrática o así, que intenta conjurar el peligro arrebatando al facherío emergente sus banderas, aporta grados de tensión y espectáculo notables al cotarro. Pero en ese universo de las derechas las cosas van e irán notablemente mejor: Tienen conciencia y coherencia de clase por encima de sus coplas de picadillo; cuando a los profanos les parece que se están peleando,  los que peinamos canas sabemos que se están reproduciendo; como los gatos, vamos. Y cuando llega la hora de la verdad meten en el mismo saco hasta el último voto y el último escaño. El saco es el poder que les pertenece por derecho divino y por eso se ponen tan levantiscos y agresivos cuando las clases trabajadoras y populares se lo otorgan a opciones progresistas en virtud de la Democracia y los comicios libres. Y que no nos los vuelvan a arrebatar nunca.

A todo lo anterior, al añadir los apretones electoralistas de los jugadores desbarrados, que prácticamente se concatenan unos con otros dichos apretones, nos queda un paisaje entre el patetismo y el sainete.

Este colocón post-bi-partidista se acusa, sobre todo, en el campo de ciertas izquierdas menores respecto a quien ostenta esa condición mayoritaria desde hace siglo y medio, el PSOE. 

La afirmación que acabo de hacer tiene su plasmación más clamorosa en el guirigai que acompaña el proceso de refrendo parlamentario  de la reforma laboral pactada, tras casi dos años de negociaciones complejas, entre el Gobierno progresista, los dos sindicatos mayoritarios en el conjunto de España, CCOO y UGT, y las dos grandes organizaciones empresariales, CEOE y CEPYME. Refrendo que debe producirse,  o no, a escasa horas de estas líneas.

Las derechas votarán en tromba contra la conversión  del pacto tripartito en ley. Nada nuevo bajo el sol; para ellos el mejor marco de relaciones laborales o el mejor derecho del trabajo es el que no existe, por eso apoyan con entusiasmo la "reforma" de Rajoy que fue una auténtica demolición de los derechos básicos de los trabajadores, de su poder organizativo y contractual, conquistados en las democracias avanzadas en el transcurso del último siglo y medio. Y porque odian al presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, un hombre liberal, inteligente y culto, y justamente por eso no se presta a ser mamporrero de frikis como Casado, Abascal o Aznar, el oráculo decrépito.

Lo que es para mearse y no echar gota es la actitud de ciertos grupos "de izquierda" que parecen dispuestos a votar contra la reforma laboral y provocar, si ésta no resultara en ley, que siguiera vigente la reforma-demolición de Rajoy y del PP en el 2012. Ante tamaño despropósito y riesgo se escudan en razones peregrinas y maximalismos estériles: Que si la vota éste no la voto yo, que no recoge nuestro programa máximo, que usted me prometió derogarla (un imposible jurídico que denuncié desde el primer momento que se acuñó el concepto),  etc. Lo que me irrita es que esta gente, a diferencia de Quevedo, ni dicen lo que sienten ni sienten lo que dicen. Ya lo diré yo para desenmascarar lo que no es más que mezquindad y tacticismo con expreso desprecio a la gente trabajadora de a pie: Bildu, BNG y ERC pretenden hacerles el caldo gordo a sindicatos de inspiración nacionalista y secesionista, fuertes en Euskadi y en Galicia, y más bien irrelevantes en Catalunya, y para ello intentar que fracase la reforma laboral sería una manera de desgastar a CCOO y UGT en esos territorios. La otra intención real es devaluar el prestigio de Yolanda Diaz, que ha tenido un papel clave en las negociaciones tripartitas, y su proyecto de nuclear una amplia convergencia de grupos a la izquierda del PSOE.

Es decir, el viejo y mezquino axioma: Con tal de que CCOO y UGT y Yolanda Diaz se queden tuertas no importa que se quede ciega una Clase Trabajadora, sus sectores más precarios e indefensos en especial, a la que favorece la reforma laboral tripartita y a la que se condenaría a seguir sufriendo la agresión antisocial de Rajoy si ésta  no saliera adelante en el Congreso de los Diputados. O si se prefiere, el viejo e infantil maximalismo: No apoyo lo bueno porque no es óptimo … y que la gente de a pie se siga jodiendo con lo que hay que es pésimo, añado yo.

Este contrasentido es especialmente absurdo y errático en el caso de ERC, pues el sindicalismo secesionista -algo tan imposible como la nieve negra- en Catalunya son un conjunto de retales sin representatividad apenas y, para más inri, militantes relevantes de ERC son dirigentes de la UGT de Catalunya, empezando por su secretario general, el amigo Camil Ros, que tiene que estar jurando en arameo contra su ERC; partido que yo espero, y deseo, que pague un alto precio por esa actuación injustificable.

Espero y deseo que esta torpeza no la lleven al límite de negar su apoyo al Gobierno de coalición progresista de España para lo que queda de legislatura, favoreciendo así la posibilidad, siniestra también, de un gobierno PP/VOX.

Con la debida distancia, el voto en contra del PNV es a ellos a quien más molesta, pero no han sido capaces de imponerse a la presión brutal de ELA y LAB en su delirante obsesión por romper la unidad estatal del marco de relaciones laborales y la solidaridad redistributiva entre las clases trabajadoras de toda España a través de la negociación colectiva. Ellos sabrán.

En fin, esta forma de proceder yo le llamo siniestra pues tiene poco que ver con la izquierda en el caso de la reforma laboral que nos ocupa.

Reforma laboral: derechas e “izquierdas” siniestras