La rabieta de Ayuso y el precedente de Alfonso Guerra

Isabel Díaz-Ayuso.

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El comportamiento de Ayuso puede tener dos explicaciones. Quizá sufra un trastorno mental transitorio que le hace imaginar una realidad alternativa y viva una ensoñación homologable a la de Alicia al otro lado del espejo. Solo un peritaje psiquiátrico podría dirimir esta posibilidad. La otra es mucho peor. Podría estar en sus cabales e inherente un perverso papel que tiende a retorcer los datos y a victimizarse de unas injurias que suele proferir con una inmensa generosidad.

Ella se puede permitir descalificar e insultar a expuertas, patentado su penosa ocurrencia de que se pirra por la fruta como sucedáneo del soez descalificativo grabado por las cámaras. Cualquiera podría comprender que lo mascullara en voz baja presa de un arrebato, pero convertirlo en una gracieta tiene muy poquita gracia, salvo para enardecer a quienes la idolatran por sus majaderías. 

Jamás rinde cuentas de su gestión en la Comunidad. Sus comparecencias están dedicadas monográficamente a descalificar a la presidencia del Gobierno con escasa sutileza e ingenio. Ensarta improperios que incluso pueden ser contradictorios mientras le jalea su bancada con unos aplausos incomprensibles que dejan atónito a cualquier espectador foráneo, desacostumbrado a este cruce de navajas dialécticas.

Así las cosas, ahora decide no acudir a La Moncloa para defender el interés de los madrileños por una rabieta infantil. Aduce que no se ajunta con el presidente porque ha llamado a su pareja sentimental “delincuente confeso”. Este calificativo puede ser desafortunado pero es incuestionable, para describir a quien por medio de su representante legal ha reconocido cometer delitos tributarios.

El todopoderoso Alfonso Guerra tuvo que dimitir por solidarizarse con las irregularidades de su hermano

A Pablo Casado le defenestró por cuestionar si era correcto lucrarse con comisiones en medio de la pandemia. Debería desentenderse de los problemas que pueda tener su entorno. Pero, lejos de hacerlo así, utiliza el atril de su cargo para defender al novio acusando a todos los poderes del Estado de perseguirle por estar con ella. El todopoderoso Alfonso Guerra tuvo que dimitir por solidarizarse con las irregularidades de su hermano. Sin embargo, ahora los chanchullos intentan utilizarse para desacreditar a quien opta por señalarlos.

Resulta deprimente que la política se haya convertido en un cruce de acusaciones y un continuo recurrir a los tribunales para calumniar por si algo queda en el imaginario colectivo, mientras nunca se reconocen los propios errores tal como la película “El aprendiz” nos recuerda que hace Trump. Quizá este decida fichar a Miguel Ángel Rodríguez en un equipo donde ya figura Elon Musk, ese multimillonario que sortea millones de dólares para incentivar el voto “democrático”. Apañados estamos.