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La escena es insoportable cuando contemplamos a hombres, mujeres y niños haciendo fila durante horas para recibir comida y, de repente, el rugido de un tanque o el zumbido de un dron rompe el silencio. Algunos caen abatidos antes de probar bocado mientras otros mueren desangrados sobre el suelo de arena. Gaza se ha convertido en una trampa mortal incluso en los puntos de distribución de ayuda humanitaria.
Ante imágenes como estas, periodistas, analistas y diplomáticos discuten si lo que ocurre es correcto llamarlo —o no— “genocidio”, una palabra recogida en la Convención de la ONU de 1948, cuyo significado jurídico es muy preciso: “exige probar la intención deliberada de destruir, en todo o en parte, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Esa elocuente
Mientras dilucidamos si lo que sucede en Gaza es o no un genocidio, más de 2.000 civiles palestinos han sido asesinados desde mayo de 2025 mientras esperaban ayuda alimentaria, según datos del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos. El pasado 1 de junio, 32 personas murieron en Rafah bajo fuego de tanques israelíes mientras aguardaban comida, según documentó Al Jazeera. Semanas después, otros once civiles eran abatidos en circunstancias idénticas. El Programa Mundial de Alimentos alerta de una hambruna que castiga sobre todo a mujeres y niños.
Usar el término genocidio sin una sentencia firme corre el riesgo de debilitar su fuerza y dificultar el trabajo de la justicia internacional
Ante la pregunta de qué sirve la prudencia terminológica al emplear o no el término genocidio, la respuesta más concluyente sería para no trivializar el lenguaje jurídico internacional. Calificar estos hechos execrables como “crímenes de guerra” (o “crímenes de lesa humanidad”) es igualmente duro, no suaviza su horror y alude a cargos gravísimos, que abren la puerta a sanciones, juicios y responsabilidades penales. Sin embargo, usar el término genocidio sin una sentencia firme corre el riesgo de debilitar su fuerza y dificultar el trabajo de la justicia internacional.
No emplear la palabra genocidio no es un ejercicio de indiferencia sino una defensa de la precisión que exige el derecho internacional. Israel ha practicado castigos colectivos prohibidos por las Convenciones de Ginebra, ha usado el hambre como arma de guerra y ha atacado sistemáticamente a civiles. Pero demostrar que su objetivo último es exterminar al pueblo palestino es una carga probatoria inmensa, que todavía no ha sido resuelta, si bien para las víctimas, este debate puede sonar vacío ya que los niños muertos no necesitan etiquetas legales para probar su sufrimiento. Sin embargo, para quienes buscan justicia real —y no solo indignación moral—, el rigor es esencial y cada palabra en este terreno tiene consecuencias políticas y judiciales.
El mundo no necesita más eufemismos sino por encima de todo necesita acción. Si el horror de Gaza no es todavía reconocido como genocidio, no es porque sea menos atroz, sino porque el derecho penal internacional obliga a probar lo que todos intuimos: que detrás de cada ataque y cada hambruna planificada hay una voluntad política. Mientras ese momento llega, nombrar con precisión los crímenes es el primer paso para que sus responsables no queden impunes.
Gaza es hoy el espejo más oscuro de nuestra época, un lugar donde la dignidad humana ha sido arrasada a sangre y fuego
Así pues, lo que ocurre en Gaza no es solo una guerra sino un proyecto sistemático de destrucción de la vida palestina. Es el hambre convertido en estrategia, los hospitales transformados en ruinas, las escuelas en cementerios improvisados y los corredores humanitarios en trampas mortales. Las fuerzas israelíes no solo atacan objetivos militares sino también cercan a toda una población y la someten a un castigo colectivo calculado.
Cada día que el mundo lo permite la barbarie se normaliza y el derecho internacional se convierte en papel mojado. Gaza es hoy el espejo más oscuro de nuestra época, un lugar donde la dignidad humana ha sido arrasada a sangre y fuego mientras las potencias miran hacia otro lado.
Como cierre, se impone enfatizar que lo relevante no es si usamos la palabra “genocidio” como si fuera un matiz semántico menor. Al contrario, la calificación precisa es crucial para evitar que, llegado el momento de una condena, pueda esgrimirse un tecnicismo erróneo que sirva de excusa para anularla o retrasar un castigo que debe ser severo. Minimizar esta cuestión no es una trivialidad: es una precaución necesaria frente a un Estado como Israel que, si finalmente se le atribuye responsabilidad por la masacre de Gaza, no puede escapar a la justicia internacional amparándose en formalismos.



