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La víspera del 4 de julio Donald Trump se ha salido una vez más con la suya y podría estampar su firma el Día de la Independencia norteamericana para rubricar su BBB, la Gran Hermosa Ley que comprometerá el futuro de cuando menos las dos próximas generaciones entre sus compatriotas. Todo envuelto con la divisa de hacer América más grande nuevamente, sin aclarar cuándo lo fue y en qué momento perdió su grandeza. ¿Se refiere a esa Conquista del Oeste que acabó con la población autóctona? ¿O acaso recuerda la hazaña bélica de pulverizar dos ciudades japonesas con sendas bombas atómicas? Es dudoso que quiera evocar la clamorosa derrota de Vietnam o el desastre de Irak. ¿Acaso echa de menos la época del macartismo y su caza de brujas? ¿Haber derrocado el régimen de Allende respaldando al traidor Pinochet? Sería bueno aclarar en qué consiste la grandeza perdida de su país.
El sueño americano predicaba que cualquiera podría llegar a lo más alto, al margen de su procedencia, si decidía esforzarse para conseguirlo y fabricaba su propio destino haciéndose a sí mismo. Fue tierra de acogida para quienes debían abandonar Europa por las hambrunas de Irlanda o los interminables conflictos bélicos que asolaban el Viejo Continente. Un paraíso para los emigrantes con pocos recursos en busca de una vida mejor. Eso ha cambiado radicalmente bajo la presidencia del nieto de un alemán, cuyo hijo menor tiene por madre a una yugoeslava eslovena. Si tienes dinero, se te abren todas las puertas para fijar tu residencia. Pero la frontera se cierra para los más desfavorecidos, cuya menesterosidad se asocia con la delincuencia y el terrorismo. Incluso se supervisan las ideas de quienes quieren cursar estudios en las universidades norteamericanas.
También ha suspendido los programas de ayuda para las causas humanitarias. Desprecia organizaciones como la OMS y la ONU, al tiempo que impone a Europa gastar más en la industria militar norteamericana y pagar unos aranceles cuya misión sería rebajar impuestos a los norteamericanos más prósperos. La Big Beautiful Bill busca favorecer a los multimillonarios, despojando a los pobres de sus discretas coberturas médicas y aumentando sus contribuciones al erario público. Se resalta que las propinas dejan de pagar impuestos, cuando lo suyo sería suprimirlas e incluir en el salario ese importe que abonan los consumidores aliviando la carga del patrón. Desaparece un escudo social que mantenía hospitales rurales y distribuía bonos para comida. Pese a ese ahorro, el déficit público se disparará hasta cifras que superaran los récords de la pandemia. Muchos perderán su precaria cobertura sanitaria, pero los ricos pagarán menos impuestos.
Todo parece depender de los caprichos del presidente norteamericano, que reduce todo a caerle bien y a sus estados de humor, como si fuera un césar de la Roma imperial
En realidad, el 4 de julio del presente año, el primero del segundo mandato de Donald Trump, inaugura un Día Mundial de la Dependencia del Trumpismo. Todo parece pasar por el Despacho Oval de la Casa Blanca, cuya bendición o intermediación parece ser necesaria para cualquier acción internacional, por mucho que se lancen mensajes contradictorios y los giros de guion estén a la orden del día. Se da por bueno una especie de Protectorado sobre la esfera internacional, basado en las amenazas de la ley del más fuerte por tener las bombas de mayor tamaño. La diplomacia ha hecho mutis por el foro y todo parece depender de los caprichos del presidente norteamericano, que reduce todo a caerle bien y a sus estados de humor, como si fuera un césar de la Roma imperial. Su pulgar arriba o abajo marca el rumbo de las cuestiones internacionales. Las negociaciones y consensos multilaterales quedan hipotecados por el veto del mandamás. Una llamada suya bastará para cambiarlo todo en un pispás.
Ojalá esta era trumpista no logre desbordar los tres años y medio que restan de su segundo mandato. Ya costaría revertir los funestos corolarios de sus funestas ocurrencias, porque sus medidas causarán estragos de largo recorrido en el plano económico y social con repercusiones globales. Pero de prorrogarse su fatídico intervencionismo, será indiferente la emergencia climática, por el irreversible cataclismo político que se generaría. Incluso los más prósperos pagarían el pato, al tener que refugiarse tras empalizadas para quedar aislados de la miseria circundante. Quizá por eso alguno esté pensando el colonizar Marte para librarse de semejante apocalipsis. Convendría tomar nota de todo ello y aislar este foco de peste política que puede llevárselo todo por delante, dado que no se puede mantener al Estado de derecho sin un mínimo bienestar, tal como nos muestran tozudamente las lecciones de la historia. Sería bueno declarar nuestra independencia del trumpismo, de un fenómeno político letal para la convivencia y la democracia deliberativa.



