jueves. 04.06.2026
TRIBUNA

La política considerada como uno de los más bellos oficios

La política es, o debería serlo, entrega, sacrificio, ideal, amor a la patria y a quienes la habitan.
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Hemiciclo del Congreso de los Diputados. (Imagen: Web del Congreso)

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No es que todo sea política como a menudo solemos decir, pero sí que sin una ciudadanía consciente de sus derechos y deberes, capaz de elegir en cada momento a quienes mejor le representen y defiendan el interés general, la alternativa es la barbarie y el crimen generalizado. La política, entendida como la más noble de las tareas humanas, consiste en dedicar la vida personal junto a otros que piensan de manera parecida a mejorar la sociedad y la vida de quienes la componen. En ningún caso puede ser un instrumento para el medro personal, para desviar el interés superior, ni mucho menos para imponer los dicterios y privilegios de una minoría. La política es, o debería serlo, entrega, sacrificio, ideal, amor a la patria y a quienes la habitan, procurando en todo momento que ningún miembro de esta tenga la necesidad de venderse ni la posibilidad de comprar a otros. En este sentido, teniendo como primer y único objetivo de tan maravillosa vocación el bien común, cabe preguntarse, ¿cómo pueden llegar al más alto nivel de representación pública las ratas -parafraseando a Neruda- que las ratas odiarían? No es fácil la respuesta, aunque no imposible.

Desde hace mucho tiempo la derecha, sobre todo la española por sus raíces indisimuladas y radicales, ha tenido muy claros sus objetivos

Desde hace mucho tiempo la derecha, sobre todo la española por sus raíces indisimuladas y radicales, ha tenido muy claros sus objetivos, el cuidado de los privilegios seculares y el de los vasallos y arrimados, el medro y la consideración patrimonial del Estado, lo que la lleva indefectiblemente a querer apropiarse sistemáticamente de lo público mediante privatizaciones, externalizaciones, contratas y subcontratas de todo tipo. Eso se reviste con una dosis cada vez mayor de tradición, fiestas populares y banderas al viento y tenemos la ecuación perfecta para regresar a un régimen clasista en el que cada cual ocupe el lugar que merece por cuna, riqueza o aproximación al árbol que buena sombra ofrece. En ese sector apenas ha cambiado nada, casi todo sigue en el mismo sitio, sólo que con la merma del poder de la sociedad civil y de los partidos y sindicatos obreros, se han dado cuenta de que no tienen a casi nadie enfrente, que es posible el expolio y que no existe necesidad alguna de mantener eso que algunos llaman conquistas democráticas, esas que han hecho que Europa Occidental se hayan logrado las más altas cotas de bienestar humano de la historia, ahora en peligro de desaparición. En este sector la corrupción no pasa factura electoral, incluso puede deparar beneficios derivados de la admiración y el clientelismo.

En la otra parte, en la izquierda, coexisten varios problemas esenciales. El primero es la falta de credibilidad derivada de la adaptación de los principales partidos del ramo a las políticas neoliberales, estrategia ésta pergeñada durante las décadas de los años setenta y ochenta y que llevó a muchas organizaciones socialdemócratas a programar reconversiones industriales salvajes, a facilitar los despidos o a menguar las políticas sociales. Alcanzados ciertos niveles de bienestar en Europa, se produce el consiguiente aburguesamiento de amplias capas de la población, incluidos los cuadros dirigentes e intermedios de partidos y sindicatos. Ese aburguesamiento fue derivando con el tiempo en el distanciamiento cada vez más grande entre bases y directivas, hasta el punto de llegar a hablar idiomas diferentes que, evidentemente, representaban intereses distintos. Las sedes de partidos y sindicatos de izquierda vieron en unos años como pasaban del bullicio asambleario, de las reuniones alegres y bullangueras a la más estricta de las soledades donde acudían un número muy pequeño de militantes para apoyar lo que ya estaba decidido de antemano.

Las organizaciones de izquierda siempre tuvieron un condicionante muy severo en la opinión de lo que antiguamente se llamaban masas

Las organizaciones de izquierda siempre tuvieron un condicionante muy severo en la opinión de lo que antiguamente se llamaban masas, había una especial sensibilidad a las peticiones de los trabajadores porque esa era su razón de ser. Sin embargo, desde que se produjo la adaptación al neoliberalismo, se impuso algo parecido a la razón de estado, es decir un mantra que estaba por encima de los intereses de los más desfavorecidos y de las mínimas normas de solidaridad, que justificaba tomar decisiones directamente contrarias a su ideario, llegando a justificarlo delante de militantes y simpatizantes como algo inevitable, como decisiones que de no haberse tomado habrían tenido consecuencias catastróficas no sólo para los trabajadores sino para todo la nación. Fue ahí cuando comenzó a romperse la credibilidad de la izquierda, cuando se comenzó a decir que todos son iguales tal como gusta a la derecha, fue ahí cuando los partidos de origen obrero o republicano comenzaron a perder las señas de identidad y, por tanto, a extraer sus cuadros de mando del núcleo de confianza del líder de turno, sin que fuese necesario comprobar ninguna otra cualidad del individuo llamado a grandes designios. En el momento en que los partidos de izquierda dejan de ser entidades sostenidas por las cuotas de sus militantes, en el momento en que pierden su capacidad de movilización, en el momento en que sus sedes se quedan vacías, es cuando aparecen las ratas que exhiben como una cualidad la adulación al nuevo jefe.

Indudablemente, lo sucedido en los últimos meses con los escándalos de Ábalos y Cerdán ha asestado un golpe durísimo al Partido Socialista, donde todavía el militante medio no acepta la corrupción como una cosa normal sino como un atentado a sus creencias más íntimas. Establecer los medios para que personajes de ese tipo no puedan volver a “triunfar” es cuestión imprescindible para recuperar la credibilidad, pero esto no será posible si los partidos de izquierda actuales no son capaces de satisfacer las demandas de una sociedad cada vez más desigual y empobrecida por abajo, si no son capaces de nuevo de llenar sus sedes y locales de militantes dispuestos a trabajar por el bien común y expulsar a quienes sólo buscan su ganancia personal a costa de lo que sea, incluso los más grandes ideales de la humanidad.

La política considerada como uno de los más bellos oficios