martes. 16.07.2024

Contaba Camilo José Cela que tenía recortado un anuncio aparecido en las páginas de El Liberal poco antes de la guerra y que decía así: “Viuda joven, saludable y bien parecida desea protección caballero formal preferible funcionario o sacerdote.” Nada de tibiezas, reclamaba la viuda, gente de orden como Dios manda, que está siempre por encima del pecado. Los pusilánimes, los tibios fueron entregados por Dante al peor de los infiernos. “Porque eres tibio, ni frío ni caliente, comenzaré a vomitarte de mi boca” dice el Apocalipsis a la iglesia de Laodicea.

Para las élites de España, el gobierno de coalición ha ido demasiado lejos

La España carpetovetónica color sepia nunca ha bajado al infierno dantesco porque no ha sido, ni es, nada tibia, eso queda para la izquierda por mandato de los regímenes conservadores que han sido casi todos. Hubo durante el siglo XIX un partido político llamado de los exaltados (que ya por sí el nombre estresa por cuanto se imagina uno a los militantes siempre con las venas de la frente hinchadas y hablando a gritos) al cual pertenecía el político liberal Francisco Martínez de la Rosa, que fue toparse con las afiladas aristas de la España seria y polvorienta y tornarse su ánimo tan propenso a la contemporización  que le valió el mote de “rosita la pastelera“.

La Transición, en este período histórico, necesitaba una izquierda “comprensiva” con un posfranquismo enjalbegado para recrear ese extraño equilibrio entre una derecha permitida en todo su sesgo furibundo y una izquierda moderantísima barajando argumentarios conservadores. Es por ello que surge la desmesurada demonización del actual presidente del Gobierno por parte de una derecha que, después  de que Sánchez desbaratara el contubernio de las élites y Susana Díaz para que la derecha siguiera gobernando con el plácet del PSOE, constituyera un gobierno de coalición con Podemos mediante una mayoría parlamentaria progresista y rupturista con el régimen del 78, considere que se ha atravesado una línea roja que la priva de su cómoda posición sistémica.

Es evidente que el bipartidismo quiere una izquierda más amable, es decir, una izquierda que regrese a los cauces. Para las élites de España, el gobierno de coalición ha ido demasiado lejos. ¿Qué es eso de subir el salario mínimo o hablar de una empresa pública de energía? ¿Qué es eso de señalar a los beneficios como culpables de la inflación y a los bancos por la rapiña inmobiliaria? ¿Qué es eso de acosar judicialmente a la monarquía?

La prensa del régimen hace rato que está en una campaña indisimulada contra el gobierno utilizando una falta de imaginación en la vertebración de la impostura lo cual la hace, por lo grosera de su forma, aún más agresiva. Y lo más grave aún, las cloacas del Estado actuando desde la mentira y la intoxicación sobre actos y circunstancias inexistentes. Ejemplo de ello son los más de 20 juicios contra Podemos archivados, bulos todos los días, desde Ferreras a Ana Rosa Quintana pasando por Inda. Pruebas falsas inventadas por policías corruptos. Y el fomento de las divisiones dirigido por la misma lógica que en los años 80 ideó la campaña contra los activistas que se atrevieron a señalar a una multinacional.

¿Es posible que la resignación de la izquierda tenga que vertebrarse en una impotencia psicológica y práctica ante esas actuaciones espurias y antidemocráticas de las cloacas del Estado y todo el aparataje estamental y mediático de las minorías de horca y cuchillo? ¿Es necesario que el presidente del Gobierno tenga que seguir escuchando, sin que haya una respuesta contundente, que la mayoría que sostiene al ejecutivo está compuesta por terroristas y por catalanes golpistas? ¿Hasta qué punto el gobierno de la nación atesora el suficiente poder para que sus programas no tengan que soportar censuras fácticas?

Llama mucho la atención la impunidad en que se mueven ciertos personajes con su carga de carencia deontológica grave, como el caso de Ferreras comprometido con las cloacas del Estado a difundir noticias falsas en perjuicio de personajes y organizaciones de izquierda y que continúa como si nada en el máximo nivel periodístico en La sexta, lo que en ninguna democracia sería admisible.

O las actuaciones manifiestamente parciales de algunos miembros del poder judicial y que en todos los casos los protagonistas no solo no reciben ningún tipo de amonestación pública sino que ni siquiera se les descabalga de su influyente destino para que sigan, como consecuencia, con su dudosa actuación, lo cual significa que los poderes fácticos le reconocen una labor necesaria para el Estado. Son los mismos poderes que impiden, por ejemplo,  que el gobierno de coalición cumpla su promesa electoral de derogar la llamada “ley mordaza.”

En un régimen político como el del 78 con una fuerte tendencia estructural a las inercias antidemocráticas, el gobierno de coalición en circunstancias muy difíciles ha tenido que soportar toda la presión de las excrecencias fácticas que limitan la voluntad popular y, sin embargo, ha realizado una política económica y social volcada al interés general singularmente de las clases populares y medias. Empero, la máquina fáctica y conservadora intenta crear una imagen satánica del presidente Sánchez muy ajena a la realidad pero que se quiere imponer por reiteración y amplificación en los medios sumisos.

La derecha quiere obsesivamente volver al poder para recortar derechos, distribuir la pobreza entre la clase trabajadora, degradar las pensiones y, en definitiva acrecentar el neoliberalismo más agresivo. Un triunfo conservador en las elecciones generales supondría un severo retroceso histórico de decenas de años y un abundamiento en los déficits democráticos. No sería ocioso que la izquierda abriera un espacio de reflexión junto a la ciudadanía para ahondar en la centralidad de la soberanía cívica y evitar su limitación por intereses no sometidos al escrutinio popular y, en muchos casos, espurios.

Poderes fácticos contra un gobierno legítimo