viernes. 14.06.2024
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Pedro y el Lobo, aquella hermosa composición de Prokófiev formaba parte del proceso educativo obligatorio en los años 80. El tradicional cuento popular traducido en música. El pequeño pastorcillo que aburre a los vecinos del pueblo con sus continuas alarmas:

-¡Que viene el lobo, que viene el lobo, que viene el lobo!

Una y otra vez. Hasta que llega un día en que el lobo viene de verdad, el grito no surte efecto, la gente no acude a la llamada y los rebaños de ovejas terminan devorados.

Los ultraderechistas de viejo y nuevo cuño, chulescos, sin complejos, envalentonados, avanzan de forma decidida en España y en Europa, mientras sus correligionarios de la derecha, eso que los ultras denominan derechita cobarde, intentan asimilarlos y pacificarlos a base de imitación, cesión, concesión, alianza y, en no pocas ocasiones, lanzando un grito imposible:

-¡Y yo más!

Pero si la posición de la derecha me parece irresponsable, la respuesta de la izquierda me parece suicida. El avance de la ultraderecha tiene sus causas. Cerrar los ojos a las causas y prestar tan sólo atención a los acontecimientos cotidianos no puede ser nunca la solución. Eso de que viene el lobo tiene sus riesgos y sus limitaciones.

Giuseppe di Vittorio era, a comienzos del siglo pasado, un joven anarcosindicalista italiano, que terminó adentrándose en el socialismo y en el Partido Comunista. Se ganó la persecución y la condena en las cárceles de Mussolini, emprendió la fuga y asumió el exilio en Francia, donde participó en la refundación del histórico sindicato Confederación General Italiana del Trabajo (CGIL).

La CGIL, bajo su dirección, participó en la Resistencia contra el Fascismo y lideró el sindicalismo italiano durante la reconstrucción democrática tras la II Guerra Mundial. Aquel sindicato inspiró a las nacientes CCOO de los años 60, en mayor medida aún que lo hizo la CGT francesa, o la CGTP-IN portuguesa, tras la Revolución de los Claveles.

En cierta ocasión sus compañeros de la FIAT perdieron las elecciones sindicales ante otros sindicatos más vinculados a la empresa y propiciados por la familia Agnelli. En una impresionante asamblea a la que fue invitado, sus compañeros de la empresa hablaron de las maldades de los otros sindicatos, de las sucias maniobras de los Agnelli, de unos trabajadores que habían cambiado su voto.

Giuseppe no negó la mayor. No negó que existían maniobras patronales y sindicatos más complacientes con el poder empresarial. Pero inmediatamente añadió algo así como:

-Contra esas situaciones, esas maniobras de los Agnelli, esa complacencia de otros sindicatos, poco podéis hacer. Pongamos que todo eso es el 95 por ciento de las causas de la derrota y de las dificultades que atravesamos. Pero seguro que hay un 5 por ciento que es responsabilidad vuestra. Corregid ese 5 por ciento y puede que consigamos volver a ganar las elecciones.

A ello se aplicaron sin tardanza los compañeros de Di Vittorio y volvieron a ganar las elecciones sindicales en la todopoderosa FIAT, el buque insignia de la industria italiana.

No basta defender la democracia y la libertad para que los derechos comiencen a ser efectivos y reales para las mayorías

La ultraderecha es poderosa. La derecha de toda la vida es inflexible, poco dialogante, tradicionalista y rancia. Ya vemos la imagen que algunos jueces nos ofrecen. Muchos empresarios se muestran entregados a la rapiña de cortos vuelos y lejos de un diálogo que reparta esfuerzos y beneficios. Un buen número de medios de comunicación viven en precario y obedientes a quien paga la factura publicitaria.

Todo eso es cierto. Pero también lo es que no basta defender la democracia y la libertad para que los derechos comiencen a ser efectivos y reales para las mayorías. Que los jóvenes no pueden acceder a una vivienda y tienen que seguir viviendo con sus padres. Que sus empleos siguen siendo tan precarios, temporales y mileuristas como siempre. Que se premia a los corruptos, espabilados, pícaros y truhanes, mientras que se aparca, se aparta, se arrumba, a cuantos demuestran inteligencia, esfuerzo, calidad y buen hacer.

Es cierto que en la izquierda hemos aceptado la lógica del mercado, hemos privatizado, hemos abiertos puertas a la educación privada, la sanidad privada, los servicios sociales públicos prestados por empresas privadas, aunque en ciertas ocasiones se llamen tercer sector, por más que suelen comportarse como sector privado a secas.

Hemos aceptado los empleos precarios, las listas de espera, las becas para ricos, una fiscalidad injusta y hasta damos por buenas peregrinas ideas como aquella de que si no hay viviendas es porque hay demasiados okupas. O que nuestros trabajos son de mierda porque hay demasiados inmigrantes, que además incrementan la delincuencia, la violencia, las mafias, clanes, bandas y el crimen organizado.

Y mientras la ultraderecha acapara un abanico de soluciones simplistas, brutales, inconsistentes, ficticias y peregrinas, la izquierda se entrega a un juego de identidades, que lejos de complementarse confrontan constante y escandalosamente.

Identidades que antes se vertebraban en torno a la clase social, la raza, o el sexo y que hoy se han convertido en decenas de tendencias en la izquierda, incontables identidades de género, variadas corrientes feministas y movimientos ecologistas de todo tipo.

Y eso sin contar la multiplicidad de ambiciones políticas que anidan en el seno de cada grupo y grupúsculo de una izquierda, que se presenta dividida, territorializada, federalizada, confederalizada, cantonalizada. La construcción de fuerzas como Podemos, o como Sumar, revelan un funcionamiento a través de plataformas electorales cambiantes que aseguran el éxito de intereses grupusculares y tribales, cuando no personales.

Mientras la nomenklatura de la izquierda se entretiene en estos juegos identitarios, la ultraderecha baja a los pueblos y a los barrios, cuanto más pobres mejor

Mientras la nomenklatura de la izquierda se entretiene en estos juegos identitarios, la ultraderecha baja a los pueblos y a los barrios, cuanto más pobres mejor, escucha atentamente los problemas y propone cortar por lo sano. Nunca dirán exactamente por dónde hay que cortar, pero se nos muestran como referentes y salvadores de cuantos problemas se encuentren por delante.

Pedir el voto para evitar el crecimiento de la ultraderecha es una estrategia suicida. Ya hemos visto que ha movilizado algún voto en la izquierda, pero no ha impedido un importante ascenso de los dos proyectos de ultraderecha que suman ahora casi un 15 por ciento, pese a ir divididos, mientras que en 2019 el entonces único partido ultraderechista consiguió poco más de un 6 por ciento.

Ya sabemos que están ahí. En ascenso. Consolidando y avanzando posiciones. Podemos denunciar sus ideas y sus actos. Pero sólo desde una izquierda unitaria que aporte soluciones reales a los problemas cotidianos, que corrija los defectos de una política entregada a la endogamia de su propia supervivencia, podremos recuperar la confianza, las ganas de participar y el voto ilusionado y comprometido de las gentes libres y solidarias que trabajan por la igualdad.

Pedro y la ultraderecha