jueves. 04.06.2026
PARLAMENTARISMO

El tema de nuestro tiempo (y de antes): gobernar peligrosamente

El cómodo bipartidismo, más o menos perfecto del siglo XX, ha muerto, al menos en la Europa continental.
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Pleno del Congreso de los Diputados.

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La democracia parlamentaria que es, salvo excepciones, la democracia propia del siglo XX (en el siglo XIX sólo hubo verdaderamente parlamentarismo en el Reino Unido y en Francia a partir de 1875) nunca ha sido un camino de rosas. Más bien ha sido un escenario político muy complejo a causa de un fenómeno que se dio en el siglo XX y sigue presente en el siglo XXI, el multipartidismo o, como variante, el bipartidismo imperfecto. El pluripartidismo puede ser polarizado o moderado, según la distancia que haya entre los dos extremos que permite, en el segundo caso, que puedan participar en el Gobierno varios partidos (véase, Josep María Vallès: Ciencia política. Una introducción, Barcelona, 2010, págs. 372-377). En el bipartidismo imperfecto no hay ningún partido con capacidad de gobernar por sí solo y tiene que apoyarse en otros partidos menores, bien mediante coaliciones, bien mediante apoyos parlamentarios (o las dos cosas a la vez, como ocurre en España).

A causa del pluripartidismo o del bipartidismo imperfecto, muchas democracias parlamentarias europeas han sufrido a lo largo del siglo XX una gran inestabilidad, inestabilidad que las llevó incluso a su hundimiento, como ocurrió en Alemania en 1933. Pero, sin llegar a ese tipo de crisis, la democracia parlamentaria se ha caracterizado por una gran inestabilidad gubernamental, como se vio en la Tercera y Cuarta República francesa, en la Alemania de Weimar, en Austria post-imperial o en la Segunda República española. En la actualidad, el fenómeno se vuelve a repetir y hemos visto cómo pasaban meses, y hasta años, para que se formara Gobierno en Bélgica, en los Países Bajos, en Austria y hasta en Alemania con el Gobierno que acaba de decaer.

España está también en esa situación desde las elecciones del 20 de diciembre de 2015 cuando emergieron con fuerza dos nuevos partidos, Podemos, con más de cinco millones votos, y Ciudadanos, con más de tres millones, lo que trastocó el ya de por sí complejo sistema de partidos (por causa de los partidos nacionalistas) y obligó a celebrar nuevas elecciones el 26 de junio de 2016 con resultados parecidos. Visto en la distancia, se comprende el error de los que obligaron al PSOE en octubre de 2016 a apoyar la investidura de Mariano Rajoy, porque se eligió a un Presidente tan débil que no pudo retener el cargo ni dos años. Los grupos de presión y mediáticos que forzaron al PSOE a apoyar a Rajoy no comprendieron que el sistema de partidos había cambiado y que el antiguo modelo bipartidista ya no existía, por lo que obligaron a investir a un candidato débil que no podría aguantar frente a una mayoría adversa. Buena lección para el futuro.

A día de hoy ya no son posibles mayorías parlamentarias sólidas sino un constante tejer y destejer de mayorías circunstanciales

Por eso, desde la moción de censura que condujo a Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno y desde las elecciones del 28 de abril y del 10 de noviembre de 2019 y del 23 de julio de 2023 el sistema político español ha confirmado la mutación iniciada en 2015, de modo que ya no son posibles mayorías parlamentarias sólidas, sino un constante tejer y destejer de mayorías circunstanciales que se forman, se desvanecen y vuelven a formarse. Y eso no es una situación motivada por la débil posición del PSOE en el Congreso, sino una característica permanente como lo acreditan las encuestas de intención de voto (incluso las más favorables y más manipuladas) que dan mayoría al Partido Popular, que gobernaría con una mayoría similar. Además, lo mismo ocurre en muchas Comunidades Autónomas y en muchos Ayuntamientos, donde la aprobación del Presupuesto se ha convertido en una quimera.

Por eso, no ha de extrañar que hace unos pocos días el Congreso por mayoría no convalidara el Decreto-Ley de diciembre de 2024, pues el Partido Popular necesita, ante todo, castigar al Gobierno, aun a costa de perjudicar a la mayoría de la población y, además, Junts tiene que demostrar que influye en Madrid, ya que no lo hace en Cataluña. Por eso, ha sido una buena negociación la que ha mantenido el Gobierno con Junts, que obliga además al Partido Popular y a Vox a definirse a favor o en contra del aumento de las pensiones, de las subvenciones al transporte público, del apoyo a la provincia de Valencia y la isla del Hierro, etc. Como ha explicado el editorial de El País de 29 de enero (“Alivio social y parlamentario”), el Gobierno ha hecho concesiones cosméticas en la negociación con Junts, pues una cosa es tramitar en el Congreso una cuestión de confianza y otra que el Presidente decida presentarla. Sería interesante conocer lo que ha llevado a Puigdemont a insistir en la aplicación de este tipo de iniciativa parlamentaria que la Constitución ha configurado como un instrumento al servicio del Presidente del Gobierno, no en su contra.

Son los signos de los tiempos, porque el cómodo bipartidismo, más o menos perfecto, del siglo XX ha muerto, al menos en la Europa continental

Veremos más sobresaltos a lo largo de esta legislatura, sobre todo a medida que se va asentando el Gobierno catalán de Salvador Illa, lo que reduce el margen de actuación de Junts y de Esquerra. También habrá más sobresaltos a medida que aumente la frustración y la rabia de Núñez Feijóo al ver que pasan los meses y no logra la Presidencia del Gobierno. Sólo el nerviosismo del Presidente del Partido Popular explica que mantenga de portavoz parlamentario a una persona agresiva que le lleva incluso a enfrentarse a un aliado natural como es el PNV. En definitiva, una legislatura muy compleja, llena de sobresaltos, pero no más compleja y no menos sobresaltos que la que se vive en la Asamblea Nacional francesa y que quizá se viva pronto en el Bundestag alemán. Son los signos de los tiempos, porque el cómodo bipartidismo, más o menos perfecto, del siglo XX ha muerto, al menos en la Europa continental.

El tema de nuestro tiempo (y de antes): gobernar peligrosamente