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domingo. 02.10.2022

Convocados por partidos derechistas de signo ultranacionalista español y una sopa de letras de entidades afines, varios miles de personas se manifestaron el 18 de septiembre, por Barcelona, en un recorrido muy similar al que hace siete días hicieron los secesionistas catalanes más extremos.

Y no es esa la única coincidencia de las dos manifestaciones. Ambos pretenden comúnmente, desde posiciones que creen antagónicas e irreconciliables, la división, el enfrentamiento, el dominio y la supremacía de unos sobre otros, y para ello hacen munición de todo lo que pillan: la lengua, la cultura, la Historia, los símbolos, la escuela... todo.

A los secesionistas extremistas del pasado domingo les dediqué 1.600 palabras. A estos extremistas de hoy los voy a despachar con muchas menos, pero para decirles lo mismo:

- España tiene cuatro hermosos idiomas reconocidos en nuestra Constitución y en los correspondientes Estatutos de Autonomía: Castellano, catalán, euskera y gallego, y las cuatro son lenguas españolas mal que les sepa a algunos desubicados.

- A mi juicio, esa diversidad es la mayor riqueza de nuestra España y de las regiones y nacionalidades que la componen, entre ellas Catalunya como uno de los pilares fundamentales sin demérito alguno para las demás.

- Esa diversidad es, además, una ventaja inmensa para conocernos, hablarnos, entendernos, querernos, vivir y convivir, progresar juntos con libertad, justicia y solidaridad…

- Los instrumentos de nuestra diversidad nos harán más fuertes y progresivos si sabemos entender que nadie es más que nadie, que no sobra nadie en este inmenso espacio cargado de Historia y retos de futuro compartidos.

El modelo de inmersión lingüística es resultado del compromiso histórico que alumbró la Constitución y el Estatuto de Autonomía de Catalunya hace ya más de 40 años

Dicho lo anterior, quiero afirmar con rotundidad que el castellano goza de una excelente salud en Catalunya, que el modelo de inmersión lingüística es resultado del compromiso histórico que alumbró la Constitución y el Estatuto de Autonomía de Catalunya hace ya más de 40 años; no es ni el capricho ni la imposición de nadie contra nadie, y ha funcionado bien para impedir una fractura social irreparable de Catalunya, desde la escuela misma, por razón del idioma, la cultura o el origen de cada cual… ¿O tal vez es esto último lo que se pretende fracturar ahora con estas agitaciones lingüísticas? Esa misma pregunta se la hacía a los secesionistas más extremistas el pasado domingo.

Por cierto, hace unos días Albert Boadella, otrora antifascista y catalanista de pro, hoy en otros senderos, declaraba que “la lengua catalana tiene fecha de caducidad” (sic). Prometo solemnemente que haré cuánto esté en mi mano para impedir que se cumpla esa siniestra profecía, porque si una lengua española, o cualquiera otra, muere, es un delito del que todos seremos autores, cómplices y víctimas, pues todas las lenguas son parte del mejor patrimonio de la Humanidad.

Por último, a los organizadores de la manifestación del 18 les digo de buen rollo: España es algo muy importante, una realidad tan potente que no cabe trivializarla en esa cancioncilla que compuso un alemán para consumo de los turistas de allí y que habéis puesto una vez tras otra en el transcurso de la manifestación. Lo único bueno de esa cancioncilla es que la cantaba un buen hombre, catalán y español, paisano mío de Almería, tocayo y vecino de Badalona. Don Manolo Escobar, obviamente.

Demasiado nacionalismo extremo en apenas siete días