domingo. 14.07.2024
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Santiago Abascal en un mitin en Almeria. (Foto: Flickr)

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Todos conocemos la expresión sobre si hay o no moros en la costa, que aconseja cautela en las acciones a emprender. Entre los Siglos XV y XVIII eran habituales las incursiones en la costa mediterránea de corsarios amparados por el Imperio Otomano, que secuestraban embarcaciones de países cristianos y saqueaban las poblaciones menos protegidas. Estos piratas berberiscos tienen antecedentes medievales y actuaron hasta el Siglo XIX, cuando Francia e Inglaterra emprendieron acciones militares contra Argel para eliminar ese pillaje. Para los cristianos cualquier persona procedente del norte de África o de Oriente Próximo era catalogado de moro. Curiosamente, varias potencias europeas concedían patentes de corso para que piratearan buques con insignias rivales obstaculizando con ello su comercio.

Al cambiar la guardia en las torres de vigilancia, se comunicaba el parte sobre si había o no peligro inminente, con la consigna de que se había detectado en su caso moros en la costa. Ahora suele llamarse moro a cualquiera que llegue desde África en una patera y Santiago Abascal solía pedir más muros que contuvieseN a los moros. Esta pobre gente que debe abandonar sus lugares de origen para huir del hambre, la miseria o las guerras, resultan sospechosos de antemano y se les atribuye una pésima catadura moral. Serían delincuentes dispuestos a robarnos la comida, ocupar nuestras casas y violar a las mujeres. Entonando el “Santiago y cierra España” propio de la Reconquista, el Partido Popular propone ahora desplegar al ejército para defender nuestras costas, como si nos viéramos acosados por los corsarios de antaño. Pero ahora no se trata de combatir peligrosos y agresivos buques de guerra bien pertrechados para ejercer la piratería. Las balsas que llegan a nuestra costas lo hacen con personas moribundas, hambrientas y enfermas que no han sucumbido todavía de milagro, porque ignoramos el número de las que naufragan al intentar hacerlo.

Los mensajes demagógicos del populismo de la extrema derecha siempre han sabido rentabilizar la cuestión migratoria

Son víctimas de unas condiciones azarosas por haber nacido en el sitio equivocado y de unos desalmados piratas que comercian con su desgracia prometiéndoles el acceso al paraíso. Han cometido el crimen de nacer donde lo hicieron y confiar su desesperación a maleantes despiadados. El flujo migratorio responde a muchas causas y va en aumento, lo cual dificulta que los países receptores puedan acoger a tanta gente. Como sucede con la contaminación atmosférica, los países más pudientes prefieren desembolsar dinero antes de verse colonizados por lo que consideran una plaga. El problema es de grueso calibre, cuando la precariedad y el malestar social solicitan recetas mágicas e instantáneas. Los mensajes demagógicos del populismo de la extrema derecha siempre han sabido rentabilizar esta cuestión, proclamándose como los únicos defensores del pueblo autóctono y originario, cuya pureza se ve amenazada por un indeseable mestizaje, tan practicado por cierto en las épocas de conquistas coloniales.

La novedad es que un partido conservador decida suscribir este ideario radical y proponga medidas tan espeluznantes como la de recurrir a las Fuerzas Armadas contra gente desesperada que solo pide auxilio para no perece. Un reparto más equitativos de los recursos del planeta y de la riqueza evitaría con el tiempo una inmigración tan masiva. Pero esto requiere hacer política pensando en la ciudadanía y estableciendo pactos a largo plazo, sin anteponer los protagonismos personales o los intereses de un determinado el grupo. Nos molesta el síntoma de una situación global que nos incomoda y nos contentamos con volver la vista hacia otro lado, en lugar de advertir que la miseria estructural nos afecta sin excepción directa o medianamente. No hay que abrazar el socialismo para realizar este diagnóstico. Los liberales de corte clásico deberían compartirlo. Si se producen desequilibrios extremos en las relaciones contractuales y cunde la desesperanza, el pacto social se hace añicos y la balanza se queda sin platillos.

Es preocupante creer que vamos a mejorar nuestra convivencia social utilizando al ejército contra los más desfavorecidos

Como explica muy bien la Teoría de Juegos y el Dilema del Prisionero, la cooperación y el tener en cuenta los intereses ajenos es lo que renta más para el conjunto. Despreciar a los perdedores e intentar ser un triunfador a cualquier precio, arroja un saldo negativo en el balance global. Odiamos la menesterosidad y eso debería incentivarnos para combatir sus causas, en lugar de aniquilar unos efectos que continuarán reproduciéndose mientras persista su etiología. Es preocupante creer que vamos a mejorar nuestra convivencia social utilizando al ejército contra los más desfavorecidos. Más que al Moro, deberíamos temer al Oro y no consentir que unos pocos acaparen mientras la mayoría se vuelve menesterosa.

¿Moros en la Costa o Santiagos Matamoros idólatras del Oro?