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martes. 05.07.2022
Núñez Feijoo y Moreno Bonilla

Moreno Bonilla, en el primer debate entre los candidatos a presidir la Junta de Andalucía, y cuando argumentaba a favor de la bajada de impuestos que propone el Partido Popular, se retrató en su concepto neoliberal y -en el fondo- negacionista del Estado del Bienestar, con una frase muy gráfica: “El dinero donde mejor está es en el bolsillo de los ciudadanos”.

Con esa frase, que echa por tierra toda la concepción europea sobre una fiscalidad justa y proporcional a las ganancias, niega las bases del reparto de las plusvalías generadas por el sistema productivo, a través de la prestación de servicios al conjunto de la población. Bases sobre las que se ha construido la Europa de la postguerra, y que rigen la razón de ser de la propia Unión Europea.

Quienes hablan de la bajada de impuestos se oponen, por otra parte, a la subida de salarios

Ahí tienen los andaluces la esencia de lo que algunos se disponen a votar, si pretenden que Moreno Bonilla continúe al frente de la Junta de Andalucía: primar la prestación de servicios -por supuesto no gratuita- a través de la iniciativa privada, de modo que quienes más tengan accedan a mejores servicios (desde sanidad y enseñanza privada, hasta el resto de los servicios), y en el horizonte, la desaparición de los servicios a los dependientes y a otros sectores desfavorecidos de la población. Y eso a cambio de quedarse con un minúsculo puñado de euros de los impuestos (porque la disminución será porcentual y proporcional a las ganancias de cada uno), que no le darán ni para pagar el menor de los servicios que ahora tiene a su alcance.

En definitiva, ésa es la intención de quienes defienden -con el señor Feijóo a la cabeza- la bajada de impuestos: desarmar a las instituciones públicas, que termina en el desmantelamiento del Estado de Bienestar, y volver a una sociedad donde reine la diferencia y desigualdad de clases, y regida por el dinero que cada ciudadano logre tener en el bolsillo, aunque a la mayoría su sueldo no le dará para satisfacer todas las necesidades que en este momento le presta el Estado Social y Democrático de Derecho.

Además, con ese postulado lo que se hace es escamotearles a los trabajadores la devolución, vía impuestos, de una parte de las plusvalías que generan con su trabajo. Porque quienes hablan de la bajada de impuestos se oponen, por otra parte, a la subida de salarios. Por algo será esta coincidencia.

La defensa de la bajada de impuestos tiene detrás la filosofía del individualismo frente al concepto de comunidad, y frente a la concepción solidaria de que cada uno aporte según sus posibilidades y cada uno reciba según sus necesidades, que está en el fundamento del concepto solidario del Estado del Bienestar.

Porque -y no es una casualidad- quienes defienden la bajada de impuestos (por más adornos y retórica en los que envuelvan sus argumentos) lo que están pretendiendo es el retorno a una sociedad del pasado, desigual, y contraria a la que ha logrado la lucha, durante más de dos siglos, de los trabajadores: que los beneficios que produce su trabajo ha de repartirse de una manera más equitativa a través del salario directo y del salario indirecto de los servicios, amén del legítimo beneficio al que debe aspirar el empresario.

Si ganaran la partida (esa partida que se juega en las elecciones andaluzas el próximo 19 de junio, y esa partida que se juega en cada elección que se celebre), no tengamos la menor duda de que van a poner en marcha el desmantelamiento de los servicios públicos (el modelo Ayuso, ya aplicado en Madrid: no hay más que ver la demolición de la sanidad pública), y de que los hijos de los trabajadores tendrán que renunciar, como ocurría antes, a estudiar en la universidad, y el conjunto de los ciudadanos tendrán que olvidarse de ser atendidos -si no es en la beneficencia- por los mejores profesionales de la Sanidad, construida por los impuestos de todos: por unos impuestos en los que quienes más ganan han de pagar más.

Cada punto que se disminuya en los impuestos es un peldaño que se baja en la cantidad y calidad de los servicios públicos prestados a la sociedad. Y es un empujón que se da a las clases trabajadoras para sacarlas de un sistema que regresará a las desigualdades del pasado, a las injusticias del pasado, a las penurias del pasado, que eran mucho más lacerantes que las del presente.

Moreno Bonilla, con esa afirmación, se revela como un decidido antisistema. Porque el sistema que hemos ido construyendo se basa por completo en un planteamiento fiscal proporcional, donde el que más gana más aporta. Y donde las instituciones del Estado tienen la obligación de gestionar el reparto y el funcionamiento de los servicios, como mecanismo de reparto, entre el conjunto de la población.

Yo, si fuera andaluz, me lo pensaría mucho antes de votar a un antisistema. Igual que tengo muy claro que -aunque me lo pinte de color de rosa- no votaré al señor Feijóo que predica la bajada de impuestos, que pretende ser el principio del fin del sistema democrático y social que con tanto esfuerzo hemos construido.

Si además añadimos la contradicción que supone estar a la vez pidiendo bajada generalizada de impuestos y exigiendo disminuir la deuda pública. Por lógica, a menos recaudación, más dificultad para amortizar déficit y deuda. Cuando el FMI, por su parte, tampoco lo recomienda en un momento de subida de la inflación, porque rebajar los impuestos empuja al alza la subida de precios. Por lo que recomienda que se palíen los efectos de la crisis no con medidas generalizadas e indiscriminadas, sino con ayudas a las familias y a los sectores más necesitados, para paliar los efectos de la inflación, especialmente de determinados productos.

Cuando, además, lo que realmente tenemos pendiente en nuestro país es un reajuste de la fiscalidad, disminuyendo las cuotas a los que menos tienen e incrementándosela a los sectores con rentas más altas; es decir: acentuando la proporcionalidad del principio de solidaridad que fundamenta la doctrina del Estado del Bienestar respaldado por la Unión Europea.

“El dinero en el bolsillo de los ciudadanos”: una negación del Estado
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