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Hoy martes aún perdura en mí, y se acrecienta, el fulgor de una ciudadanía en lucha contra el genocidio del pueblo palestino por el estado sionista (léase fascista) de Israel.
La manifestación decidida de los madrileños, como antes en otras ciudades y pueblos, consiguió detener la Vuelta Ciclista a España, en la que se había incrustado un equipo de ciclistas israelí, patrocinado y financiado por Sylvan Adams, cómplice de Netanyahu en la continuada masacre y destrucción de Gaza y Cisjordania. Un quiste envenenado que contaminó la Vuelta, y no debió ser admitido por los organizadores, patrocinadores y administraciones responsables de su organización y celebración. Un acto de provocación del gobierno israelí que pretendía normalizar, bajo la máscara del deporte, un crimen de lesa humanidad. Y Madrid volvió a gritar: ¡No pasarán!
Fue un domingo hermoso y vibrante en el que muchos nos sentimos reconfortados. Volvimos a sentir el valor de la resistencia y la protesta frente a la injusticia y el totalitarismo.
Los ciudadanos de Madrid, junto a muchos españoles, han firmado un pacto fraternal con el pueblo palestino
El 14 de septiembre de 2025, en las plazas de Callao, Atocha y Cibeles, como culminación de una airada y justificada condena de Israel y una comprometida, solidaria y cordial defensa del pueblo palestino que había jalonado el recorrido de la Vuelta Ciclista a España, los ciudadanos de Madrid recuperaron la dignidad, en su nombre y en el de Europa. Y abrieron una ventana esperanzada de un futuro más justo para Palestina y Oriente Medio. Una conquista ciudadana que obliga a nuestro gobierno a mantenerla abierta y ensanchada con actos transformadores del orden actual, guiados por la razón y la osadía. Una conquista que devolvía en parte la dignidad de Europa, perdida en un campo de golf en Escocia, propiedad de Trump.
Los ciudadanos de Madrid, junto a muchos españoles, han firmado un pacto fraternal con el pueblo palestino. Un pacto que exige una acción continuada de solidaridad. Una acción que exige a las fuerzas políticas de izquierdas y, más que a nadie, al Gobierno, que no se estanque en “prudentes” medidas, amparadas por la Razón de Estado, y rompa las relaciones diplomáticas, comerciales, culturales, militares… con el Estado de Israel.
Transcurridos veintitrés meses de asesinatos y destrucción de Gaza y Cisjordania, la tibieza personal e institucional se torna en connivencia con el horror.
Porque las conquistas de la razón se agostan rápidamente, si no están impulsadas por la pasión política, mantenida sin desfallecimiento.


