martes 19/10/21
TRIBUNA DE OPINIÓN

Madrid, bello decorado para una pésima actriz

ayususo

 “La vida es una obra de teatro que no permite ensayos”.
Charles Chaplin


Entre sus muchas canciones, Joaquín Sabina titula una: Pongamos que hablo de Madrid. Pues sí, hablemos de Madrid, ese Madrid de un lejano pasado del que Machado escribió “que era rompeolas de todas las Españas”; y que hoy escribiría, en cambio, “rompeolas y centro de todas las contradicciones, gobernado por una insensata”. Un Madrid en el que, mientras gobierne una irresponsable ida, Sabina augura: “la muerte viaja en ambulancias blancas”.

Pues sí, pongamos que hablamos de Madrid. Hablar de Madrid es hablar de una ciudad que ha presenciado siglos de historia, donde han convivido escritores de prestigio, que han ensalzado la ciudad en su poesía o en su prosa; Lope de Vega o Quevedo han hecho de Madrid el lugar idóneo para su crítica política. Hablemos de ese Madrid, sede de conspiraciones en el siglo XIX, donde generales golpistas dedicaron su tiempo a cambiar los regímenes políticos; del Madrid, faro de la modernidad a principios del siglo XX, del que en una de sus greguerías Ramón Gómez de la Serna decía: “Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España”. Hablemos de ese Madrid, Villa y Corte, vista a través de los ojos de cientos de escritores españoles e hispanoamericanos, escenario de luces y sombras de una ciudad tremendamente magnética y bendecida por novelistas, historiadores, pintores, músicos y artistas, con ese punto canalla que desarma y cautiva a quien bien lo conoce. Ese Madrid de Goya en la Alegoría de la villa de Madrid, que encierra el fervor de todo un pueblo por conquistar su libertad; de ese Madrid que, siguiendo el rastro del genial pintor, podemos reconocer su presencia por toda la ciudad, más allá de su presencia en El Prado. Pongamos que hablamos de ese Madrid galdosiano, cuya unión Madrid y Galdós se hace tan hipostática, tan íntima y honda que hace imposible distinguir el Madrid real del Madrid galdosiano; o el Madrid costumbrista del cronista Mesonero Romanos con sus Escenas matritenses. Hablemos de ese Madrid ideal, de Juan Ramón Jiménez, que describe y recoge toda la arquitectura espiritual de España.

Hablemos, sí, de Madrid con Pío Baroja que en su trilogía “La lucha por la vida” refleja con magistral plasticidad los bajos fondos de una enigmática y a la vez encantadora ciudad; o con Valle-Inclán que en su “Luces de bohemia” describe, a través de su nutrido y variopinto grupo de madrileños una España espejo de la deformación grotesca de la civilización europea; o el Madrid de José Bergamín, artífice del lenguaje que, con pocas líneas, inundaba la página de luz. Podemos hablar, también, de un Madrid que, en palabras de Cela y “La Colmena”, te zambulle en una ciudad deprimida y desesperanzada, pero culta, arrastrando las penas por los cafés y sus melancólicas calles, cargadas de historias que forman un mosaico de vida. Y de Madrid hablamos releyendo a Sánchez Ferlosio en “El Jarama” y sus orillas del río, en las que viven gente modesta que ha vivido la Guerra Civil; jóvenes obreros y dependientas cuyas voces evocan un mundo de recuerdos, de deseos, de resignación, de humor y de rebeldía latente. Podemos hablar de Madrid con “Tiempo de silencio”, tiempo en el que Martín-Santos, hijo de un general socialista clandestino y él, brillante psiquiatra, nos habla de la frustración de un joven investigador, de la miseria de las clases medias y del horror y la fascinación a la vez, del submundo de las chabolas.

Recomendar leer el ensayo de Václav Havel constituye un obligado análisis, una minuciosa disección de las mentiras y la manipulación en las que se sustenta el sistema de gobierno de la señora Ayuso

Y podemos hablar con Eduardo Zúñiga en “Largo noviembre de Madrid”, en cuya trilogía consigna una frase que resume lo que podemos hacer los madrileños en estas elecciones: “Pasarán unos años y olvidaremos todo”. Pero como él dice, cuando entonces era apenas un niño, “muchos madrileños, no estaremos dispuestos a olvidar” lo que está sucediendo durante tantos años de gobierno en la Comunidad de Madrid ni a indultar a quienes han convertido nuestra Comunidad en una “cueva abyecta de aprovechados en interés de los suyos”. Podemos hablar también del “Madrid” de Andrés Trapiello que, venido de León, se enamoró de Madrid, como él mismo escribe en el prólogo: “una apasionada y apasionante crónica de amor a la ciudad”.

Sí, hablemos de ese Madrid, que nunca duerme y que nos mira, nos contempla y nos engalana para que seamos algo más que una estampa de los grandes pintores del Barroco, Velázquez o Goya. Ese Madrid, cosmos de pequeñas y grandes historias, sismógrafo sociológico que recoge las preocupaciones, penas y alegrías y el pálpito multicultural, vital, social y político de cuanto sucede en España. De ese “Madrid, Madrid, Madrid”, repetido en el chotis por Agustín Lara, que por algo le hizo Dios. Hablemos de un Madrid que, al llegar la democracia, se despertó al mundo y a la libertad, y que ha quedado escrito en el lienzo de la imaginación y de la historia con mil colores: “De Madrid, al cielo”.

Pero ese Madrid agridulce, tierno y, sobre todo, auténtico, ha devenido un Madrid antipático, agresivo, caótico, sucio, soberbio, ayusista: “Madrid es España y España es Madrid”. Con este disparatado trampantojo e hinchada hipérbole la Presidenta Ayuso, queriendo hacer florida literatura, ha hecho un espantoso ridículo. Y, en una inaceptable confrontación política, atravesada por una cruel pandemia, “ella”, para unos, la “Agustina de Aragón de las Españas”, para otros, “la Tonta del Bote”, manejada por un tal “MAR”, ambicioso y sin escrúpulos, lanza una convocatoria de elecciones, para medir fuerzas entre la Puerta del Sol y la Moncloa, moviendo el escenario político no sólo en Madrid, sino en toda la piel de toro española. Hoy Madrid, ciudad y Comunidad, por muchos motivos está de moda; la apuesta de la presidenta Ayuso por mantener abiertos, en interiores y exteriores, bares y restaurantes, museos y teatros, en el marco de las restricciones en Europa, ha convertido la capital de España en un oasis de diversión. Díaz Ayuso, con el irrefrenable objetivo de anteponer la economía a la sanidad, por una deseada reelección, tratando de obtener votos como sea, bajo un falso dilema: “Socialismo o libertad”, y una irresponsable permisividad, está convirtiendo la capital española en un imán con el que miles de turistas extranjeros acuden a disfrutar de un turismo de fiesta permisiva.

¡Madrid, Madrid, Madrid…!, repetimos muchos madrileños, al ver en su cartel electoral la palabra LIBERTAD, #YoconAyuso, ¿qué hemos hecho para merecer esto?, pues nada hay tan peligroso como una idea grande en cerebros pequeños. Las ideas políticas nunca son sencillas de definir: ¿quién es capaz de definir, con una interpretación única y correcta, la palabra libertad?; ¡qué diferente connotación adquiere la palabra “libertad” según se utilice en una dictadura o en una democracia! El problema es que quien la escucha o lee puede interpretarla como quiera o como tenga su mente formada, incluso cabe el fanatismo ideológico. Así interpreto yo el cartel electoral de Ayuso: el fanático de derechas, lo aplaudirá; pero de él se reirán con “chufla y sorna crítica” no pocos madrileños, pues, sólo verlo, chirría a la sana inteligencia. Siempre es conveniente llevar a cabo una reflexión del lenguaje político en la que se tuvieran en cuenta los engaños del lenguaje. Y al hablar de libertad, la que nos quiere traer Ayuso, no es inocente recordar a Madame Roland, notable partidaria de la Revolución francesa y miembro influyente del grupo girondino, que, al ser conducida a la guillotina, antes de doblar la cabeza, inclinada ante la estatua de la Libertad situada en la Plaza de la Revolución (hoy Plaza de la Concordia), pronunció la famosa cita por la que es recordada: ¡Oh, Libertad!, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

“El poder de los sin poder” es el título de una de las obras más importantes de Václav Havel, presidente que fue de la República Checa, un ensayo que constituyó en los años setenta un verdadero grito de libertad y que hoy es también una reflexión sobre la necesidad del hombre de vivir en la verdad, de seguir la llamada de su conciencia y alzar su voz contra la mentira. Hoy, más que nunca, en estos tiempos de mentiras aceptadas y fake news repetidas, tenemos la necesidad de vivir en la verdad y aspirar a servir a la verdad. El uso no contextualizado de la palabra libertad puede dar a los ciudadanos la impresión de que, quien la pronuncia y de ella se apropia, es una persona con una identidad digna y moral y parecer que lo es, no siéndolo. Su uso, sin autocrítica, le permite engañar su propia conciencia y enmascarar ante el mundo y ante sí misma su condición real. En política, especialmente en aquellos que han accedido a ella desde edades tempranas, afiliándose a las juventudes de los partidos, la ideología asumida sin análisis ni crítica, como sucede con la fe en las religiones, actúa como un velo que oculta la realidad; crea un mundo de apariencia, un argumentario sin complejos, un ritual, una serie de medias verdades, incluso mentiras, que se aceptan y a las que se presta lealtad convirtiéndose así, no sólo en fanático y víctima del sistema, sino también en sostén e instrumento de ese sistema.

Como decía Charles Péguy: “El triunfo del demagogo es pasajero, pero las ruinas de su acción son permanentes”.

Recomendar leer el ensayo y las reflexiones de Václav Havel constituye un obligado análisis, una minuciosa disección de las mentiras y la manipulación en las que se sustenta el sistema de gobierno de la señora Ayuso. Es indiscutible que este ensayo constituye un grito de libertad. Libertad de reflexión filosófica y política…; una libertad que, como él decía, es indivisible y es solidaria, ya que no defender la de los demás significa también renunciar voluntariamente a la propia. Pero es, además, o en mayor medida, una voz que clama por la necesidad del hombre de vivir en la verdad; es un acto de resistencia, de rebelión contra la mentira de la que el actual poder político en la comunidad de Madrid está prisionero. Debemos partir del presupuesto ético y social de que los seres humanos tenemos necesidad de vivir en la verdad y el derecho de una vida tranquila; pero algunos proyectos políticos, mediante una sugestión hipnótica, pueden engañar la conciencia de la realidad, difuminarla y dificultar ese encuentro necesario con su propia identidad y su dignidad personal. Con nuestro voto responsable, podremos imponer una clara denuncia de las mentiras envueltas en datos estadísticos falsos o exagerados, en informaciones parciales, tramposos dilemas o en eslóganes vacíos con los que se está cubriendo de publicidad esta campaña electoral.

Cuando uno entiende qué es la libertad y vive en ella, la responsabilidad personal debe constituir para él la clave y la raíz de su propia identidad; porque la responsabilidad no se predica, se actúa, se lleva a cabo, se realiza y el único modo por el que hay que empezar es siendo responsable uno mismo. Es cuando se siente esa tranquilidad interior, esa alegría de saber cómo se es y dónde se está, con la seguridad de no haber tomado la fácil salida de emergencia ni haberse desviado del camino trazado: ser y sentirse libre. Sabiendo los madrileños quién es y cómo está siendo la gestión de la actual presidenta de la Comunidad de Madrid, ¿se puede presentar con ese cartel electoral? Como decía Cernuda en sus versos: “Hay que amar la libertad para ser libres”. De ahí que debemos tener tenaz memoria para pensar, reflexionar y votar en las próximas elecciones si quienes han gobernado Madrid durante casi 30 años: Aguirre, Gallardón, González, Cifuentes o Ayuso…, han gobernado para hacer más libres a los ciudadanos, a todos, en sanidad, educación, dependencia, ayudas sociales, vivienda asequible, lucha contra la contaminación, energías renovables… y no sólo para los suyos. Como dijo Václav Havel, siendo ya presidente de la República Checa: “una palabra verdadera, incluso pronunciada por un solo hombre, es más poderosa, en ciertas circunstancias, que todo un ejército. La palabra ilumina, despierta, libera. La palabra tiene también un poder: es el poder de la inteligencia”.

Desde los clásicos se ha identificado o comparado la vida con el teatro. Se repite la frase “la vida es puro teatro” y no es infrecuente que, de algún modo, la vida, la de todos, tenga una parte de interpretación; si es para engañar, en castellano se llama “impostura”. Pero alguien hace de su vida un teatro cuando actúa desde una identidad que no es la propia sino desde una que adopta para adaptarse a lo que se espera de él, y le interesa hacerlo para que los demás piensen que es así, tal como dice y se presenta: ese yo, no es su propio yo, es un disfraz y para actuar, necesita un “guión” que interpretar. No se puede valorar por igual el error y la verdad, ni abuchear una buena actuación ni aplaudir una mala representación. Hoy podemos aceptar que el mundo es un gran escenario en el que los humanos representamos una compleja obra, sin saber distinguir entre la realidad y la ficción. El espectador, para enjuiciar la representación de una obra, está siempre condicionado por las circunstancias escénicas que contempla: la bondad del texto, la interpretación del actor, el escenario, la escenografía ajustada del ambiente, el decorado, el atrezo, el vestuario, etc… Que el espectador tome una decisión para opinar está condicionada solamente a querer verla, a contemplarla con atención, pero los resultados, el éxito o fracaso, no dependen de él; le podrá gustar más o menos, pero no tiene posibilidad de intervenir, excepto con su aplauso o abucheo (o sea, con su crítica); es la bondad del texto de la obra y la actuación de los actores, con su buena o mala interpretación, los que provocarán tal final: aplauso, silencio o abucheo; son ellos, los actores, los responsables de tal resultado.

El teatro requiere de un amplio número de elementos para poner en escena cualquier obra; pero no todo consiste en tener un texto y actores; el decorado resulta una pieza clave para crear el ambiente idóneo que recubra las escenas de verosimilitud al tiempo que aporte a la historia el ambiente o la época en la que se representa. Y en este esperpéntico espectáculo en el que se ha convertido la política de Isabel Díaz Ayuso, en el que el texto es una incoherente relación de escenas, Madrid no puede convertirse en un decorado que sirva de fondo al capricho de una pésima actriz. Hoy las nuevas tecnologías han sustituido los antiguos decorados por fondos “croma verde”, con los que se puede crear cualquier paisaje virtual a voluntad y necesidad del director, sea MAR, o sea Aznar. Ayuso, por mucho que quiera, no es una Antígona, una Dulcinea, ni siquiera una Herodías, pidiendo la cabeza de Sánchez como la Herodías bíblica pidió la cabeza de Juan el Bautista…, a lo sumo una Celestina o la Susana de la Tonta del Bote, representando un decadente libreto, con la calumnia y la mentira como argumento, con la duda de que esta peligrosa y ambiciosa actriz pueda obtener el aplauso (el voto) de los engañados o ingenuos espectadores madrileños.

Toda su política de mala actriz, su acción y libreto, versa en torno a cómo mantenerse en el poder. No sé si ha leído mucho pues, cuando habla sin leer, repite cien veces los mismos cuatro lugares comunes; su estrategia es desgastar al Gobierno, centrando su campaña electoral en un permanente choque con el presidente del Ejecutivo, presentándose como su víctima: “Sánchez castiga, Sánchez discrimina, Sánchez perjudica... a Madrid”, para finalizar como víctima y heroína con su mentira preferida para atrapar votos: “Por poco se puede perder todo, por ese poco se puede perder la libertad que hemos ganado en Madrid” y utilizando el repetitivo mantra “Sánchez es el responsable y tiene la culpa de todo lo que sucede; tiene una obsesión personal contra Madrid y contra mí”. Y dirigiéndose al Presidente del Gobierno, han sentenciado retadora: “El 4 de mayo nos vemos en las urnas”.

Leer, tal vez no haya leído mucho, y eso se nota, pero quien le aconseja y redacta sus intervenciones, sí parece haber leído algo más; utiliza al menos la teoría política de El Príncipe de Maquiavelo. Es capaz de mantener una frialdad inquietante cuando empalma mentira tras mentira, mirando de soslayo a su auditorio. Es tan patética, obtusa e ignorante que desconoce esa sana política de la unidad de las diferencias: la unidad en la diversidad y la convivencia con los diferentes; emplea de continuo la disyuntiva “o”, e ignora la conjuntiva “y”. Para ella sólo existe este dilema: “Socialismo o libertad”.  La política y la lógica con ella se enemistan; utiliza, sin saber siquiera qué es, el falso dilema; ese dilema que plantea solo dos alternativas, habiendo otras. Es decir, utiliza la falsa disyuntiva. No llega a alcanzar que, si alguien no está contigo en política, no significa necesariamente que esté contra ti. No se pueden reinstaurar impunemente, como hacen ella y el PP, “experiencias agotadas” de la historia. Hacerlo es un anacronismo que lleva a probados fracasos y frustraciones y a la esterilidad política, moral y económica.

Desde aquella torpeza del presidente Sánchez de ir a la Puerta del Sol a negociar con Ayuso, circundados de “miles de banderas de España y de la Comunidad”, la señora Ayuso se ha crecido, incluso frente a su propio partido (se ve candidata a sustituir a Casado) al punto de reclamarle tener autonomía absoluta para hacer cuanto le venga en gana en la Campaña del “4-M”. “Nosotros macaremos los mensajes que nos interesan”, le ha recalcado. Ayuso es como ese enano que, subido a una escalera, se considera gigante; es como esa mala maestra, sin conocimientos ni pedagogía, que no exige disciplina, ni es fuerzo, ni conocimientos ni talento a sus alumnos, pero que, al aprobar a todos, consigue que la consideren “chachi” y llamen “colegui”. Es la política de los demagogos populistas. Y como decía Charles Péguy: “El triunfo del demagogo es pasajero, pero las ruinas de su acción son permanentes”.

Acabo con una anécdota que puede convertirse en categoría; y eso es lo que pretende ella y todo el Partido Popular. Isabel Díaz Ayuso está recibiendo el apoyo de muchos hosteleros al ser considerada como la “patrona” del sector por su permisividad total a su amplia apertura durante toda la pandemia. Ya en forma de carteles en las puertas de los establecimientos o poniendo su apellido a algún plato nuevo: una pizza llamada “Madonna Ayuso” o “Patatas a lo Ayuso” porque su elaboración necesita tener “muchos huevos, como tiene la presidenta”. Así lo recoge esa bazofia digital (Ok diario) que dirige Eduardo Inda: los hosteleros de toda España “envidian” a los de la Comunidad de Madrid, reconociendo que si Ayuso visita su restaurante “será recibida con todos los honores. Es lo mínimo que los hosteleros podemos hacer por ella”, añaden. Siguiendo con la anécdota, con mucha sorna y enorme ironía, para cerrar este ridículo gesto de ciertos estómagos agradecidos de algunos hosteleros, contentos y felices como la presidenta Ayuso al preferir la economía a la salud de los madrileños, para mostrar su agradecimiento deberían regalarle la “Sedia stercoraria”. ¿Qué es la “Sedia stercoraria” (silla que se conserva en los Museos Vaticanos)? Era una silla, con un agujero en medio, creada a partir del siglo IX, según la historia de la Papisa Juana, la única mujer que, según la leyenda (otros afirman su realidad) asumió el pontificado. Tras los posteriores bulos que se crearon alrededor de este hecho, la Iglesia, para que aquella situación no volviese a suceder, instauró una prueba que todos los Papas debían superar: consistía en comprobar si el elegido tenía atributos masculinos. Sentado el elegido en la “Sedia stercoraria”, un cardenal debía acreditar su hombría, palpando, a la vez que gritaba “Duos habet et bene pendentes” (tiene dos y le cuelgan bien). Con la ironía de la frase de la leyenda vaticana, estos fervorosos hosteleros deberían acompañar “las patatas a lo Ayuso”, con el regalo de una pequeña “Sedia stercoraria” a todos los comensales de tan novedoso y agradecido plato, y comprobar que tales “patatas a lo Ayuso” tienen en realidad “¡muchos huevos!”, como ellos publicitan.

Madrid, bello decorado para una pésima actriz