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miércoles. 10.08.2022
dibujo discurso

Por José Bujalance C. |

Las mentiras están perdiendo credibilidad, y ahora buscan generar insensibilidad social, por supuesto sin bajar el ruido, contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines que les permitan difundir argumentos que puedan extender aptitudes primitivas. Todo muy goebbelsiano.

En esas parece que andan los neofascistas. Si las mentiras son tan burdas y la credibilidad del emisor está tan mermada que ya nada cuela (salvo entre necios), entonces hay que retorcer la realidad o la visión del personal hasta hacerlas coincidir con lo que previamente interesa, aunque haya que arrastrar al rey y al Parlamento si se tercia...

Todo les vale con tal de atacar al Gobierno "socialcomunista", incluso denominarse constitucionalistas, en una burda manipulación de lo que es una democracia parlamentaria normal, contado con la inestimable ayuda de potentes altavoces mediáticos, jarrones chinos y barones castizos con proclamas desde los púlpitos editoriales.

La complejidad del escenario político es en realidad bastante menor de la que se quiere aparentar. El problema real es que la derecha extrema, con ayuda de la extrema derecha, está demostrando un desprecio absoluto por las reglas de la democracia.

La coherencia política debe servir para cambiar, en su caso, la legalidad por las vías jurídicas adecuadas, en ningún caso para ignorarla, respetando el Estado de Derecho, cuya base es el respeto a la dicha legalidad que se conculca. Las derechas están actuando como una organización antisistema, dispuestos a cualquier argucia con tal de esquivar las normas constitucionales e institucionales.

El problema de fondo consiste en que empiezan aceptando sobresueldos de su tesorero mientras destruyen pruebas judiciales a martillazo limpio... y terminan haciendo una pajarita de papel con la Constitución sentados en la kitchen mientras hacen puñetas para salir de la gürtel.

Entre la mentira y la hipnosis están los datos. "Maldita la gota que se desperdicie", diría el Lazarillo, muy alejado del personaje capaz de ir a Europa a dejar sin fondos a sus compatriotas, en una estrategia política de tierra quemada que es la peor para España en un contexto como el actual, que exige olfato y cintura política, además de un aparato de partido capaz de entender el tiempo que le ha tocado vivir y no una mera caja de resonancia protofascista.

Estos partidos políticos juegan más con las emociones que con el pensamiento, -ahí está Ayuso- y por eso se rodean de mercaderes de las ideas que hurgan en el razonamiento lineal y no en encontrar respuestas complejas, que es lo que necesita el siglo XXI, son meras maquinarias electorales sin musculatura ideológica.

En el caos siempre ganan los malos. El pueblo, como decían los viejos constitucionalistas, y siempre que previamente haya sido polarizado, suele preferir soluciones fáciles y rápidas antes que respuestas inteligentes y complejas, y ése es el escenario. En España siempre se ha votado contra alguien.

La socialdemocracia se sabe superada por las nuevas realidades sociales debido a que el ecosistema en el que había crecido -una clase obrera que se beneficiaba del Estado de bienestar- comenzó a desmoronarse hace décadas y su discurso, en paralelo, se ha ido alejando de la realidad empapado por un cierto síndrome de Estocolmo. Socialdemócratas y conservadores son herederos, no hay que olvidarlo, de una misma realidad política.

Los conservadores han sido superados por una nueva formación nacionalpopulista que pretende el “sorpasso” al viejo partido, incapaz de leer el tiempo que les ha tocado vivir. Han caído en la trampa y siguen obsesionados en aparecer ante su electorado como el tarro de las esencias, haciendo buena esa estúpida idea de que negociar es perder. Justo lo contrario de lo que, con buen criterio, han hecho sindicatos y empresarios firmando acuerdos.

La reconstrucción de un país asolado por una pandemia es una de esas situaciones excepcionales que se presentan pocas veces en la vida. Es una oportunidad para repensar qué papel jugará el país en el nuevo orden mundial poscovid, para reflexionar sobre la enorme exposición de España a los servicios de bajo valor añadido en detrimento de la industria, para sacar conclusiones sobre la eficiencia del Estado autonómico, para reinventar la parte de la arquitectura institucional que se ha quedado obsoleta, etc.

La pandemia supondrá un punto de inflexión en el orden internacional y no está claro qué papel jugará España en este contexto (tribunales europeos aparte) porque hay un clima político irrespirable en medio de, quizá, la mayor crisis conocida en tiempo de paz. Por un lado, parece que va a acelerar la desglobalización, y, por otro, precipitar nuevas dinámicas, como es el uso intensivo de las nuevas tecnologías vinculadas al mundo del trabajo. También la relocalización de muchas fábricas que huyeron en busca de menores costes, y que tendrán efectos muy notables sobre el sistema político. Las grandes transformaciones siempre han tenido un impacto directo sobre la representación política, no son neutrales.

El contrato social no es otra cosa que un pacto estratégico para canalizar el necesario conflicto social, que históricamente ha tendido a radicalizarse en situaciones excepcionales, y que lejos de ser un problema es un síntoma de que las sociedades están vivas. Necesitamos pragmatismo, coraje, sentido de la responsabilidad; una identificación rigurosa de los objetivos políticos, descartando los pensamientos absolutos, la falsa ideología y el ruido innecesario.

Ningún gran líder utilizaría una crisis global —una guerra o una pandemia— para movilizar a los suyos, sino que lo haría para extraer lo mejor de la sociedad. Churchill perdió las elecciones después de ganar la guerra, y sigue siendo un referente de los conservadores británicos, como Adenauer o la propia Merkel lo son para la derecha alemana. No pactar hoy es lo más parecido a un comportamiento tribal en medio de una tragedia y de la peor crisis económica en casi un siglo.

(*) Machango

Machangos con ínfulas