Lecciones americanas

Joe Biden y Kamala Harris. (Imagen de archivo).

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Las elecciones presidenciales americanas tendrán repercusiones políticas de extraordinaria importancia en todas partes. Es obligatorio analizar con rigor y objetividad lo que ha pasado en estas trascendentales elecciones, huyendo de tópicos y lugares comunes, y buscando paralelismos con lo que sucede a este lado del Atlántico. En definitiva, más que imprecaciones y lamentos se necesita análisis y debate para tratar de entender qué se nos viene encima y cómo hacerle frente. Lo que sigue solo es una primera reflexión para tratar de fijar algunas líneas definitorias de la nueva situación política creada tras las elecciones americanas.

Desde la crisis financiera de 2008, la principal novedad política en toda Europa ha sido un ascenso sostenido de la extrema derecha, que ha pasado de ser marginal en todos los países europeos a ocupar posiciones de poder en varios. En las últimas elecciones europeas la extrema derecha ha mostrado su fuerza y, a la vez, sus divisiones. La victoria de Trump en EEUU ha sido celebrada por los ultras como una victoria propia. Tienen buenas razones para ello. La primera consecuencia de las elecciones norteamericanas es que las extremas derechas europeas reciben un viento en popa que alienta sus esperanzas de gobernar en todos los países de Occidente. Si en el país más poderoso de la tierra se ha podido alcanzar el poder, ¿cómo no va ser posible hacer lo mismo en toda Europa, sobre todo cuando ya han llegado al gobierno en algunos países de la UE? Las extremas derechas se sienten parte de un movimiento político que en muy poco tiempo se ha convertido en el más importante del mundo occidental. Ahora bien, este no es un movimiento imparable, ni aquí ni en EEUU, a condición de que nos percatemos del peligro, analicemos por qué se ha generado este movimiento y, después, tracemos una línea política acorde.

La primera consecuencia de las elecciones norteamericanas es que las extremas derechas europeas reciben un viento en popa que alienta sus esperanzas de gobernar en todo Occidente

La derecha tradicional ha recibido con mucha preocupación la victoria de Trump. Aznar, que parece el profeta Jeremías de las derechas patrias, ha señalado que la victoria de Trump es una mala noticia. Los líderes del PP no disimulan su decepción. Con su victoria, Trump culmina el proceso de reconversión del partido republicano en otra cosa, en un partido de otro tipo, llamémosle partido trumpista. Aunque el partido republicano mantiene su nombre ya no es el mismo que fue hace ocho años. Los republicanos críticos, como Bush y Cheney, están fuera del partido y declaran no tener ya nada que ver con el partido trumpista. Es de notar que la extrema derecha se ha abierto camino colonizando el partido republicano, no haciendo una escisión (como Abascal) o creando un nuevo partido (como Alvise). En Europa, los conservadores han venido retrocediendo al compás del crecimiento de la extrema derecha. Por tanto, si la victoria de Trump implica un reforzamiento de la extrema derecha, irá en detrimento del PP o cuando menos hará más difícil la unión de las derechas bajo la hegemonía del PP. Por eso han recibido la victoria de Trump como una pésima noticia.

Hace 8 años Trump ganó las primarias con la oposición de toda la cúpula del partido republicano. Cuando llegó a Presidente, en el Congreso una parte de los congresistas republicanos eran opuestos a él. Ahora no habrá oposición interna. Para valorar la trascendencia de este hecho, recordemos que el golpe que Trump perpetró el 6 de Enero del 2021 se concretaba en que el Vicepresidente Pence, legalmente encargado de proclamar el resultado de las elecciones, rechazara el recuento de votos de varios Estados y, aceptando el resto, proclamando vencedor a Trump. La turba que asaltó el Capitolio pretendía presionar a Pence. Pero Pence no se allanó a los deseos de Trump y el golpe no se llevó a cabo. Ahora en el Senado no hay ningún Pence que ponga el cumplimiento de la ley por encima de las órdenes de Trump.

Con la transmutación de republicanos a trumpistas y la purga de los críticos, Trump acumula un inmenso poder

Con la transmutación de republicanos a trumpistas y la purga de los críticos, Trump acumula un inmenso poder. Tendrá a sus órdenes el ejecutivo, controlará el legislativo y tiene la mayoría del Tribunal Supremo. En definitiva, tiene en su mano los tres poderes del Estado. No controla los medios de comunicación tradicionales, pero su alianza con Elon Musk le da el apoyo de X. Tiene a su disposición casi los mismos mecanismos políticos que Orban, Erdoğan o Putin, a quienes admira por haber instalado en sus países un régimen de “hombre fuerte”. La incógnita es si podrá transformar EE UU en un régimen político al estilo de la Turquía de Erdoğan, la Hungría de Orban o la Rusia de Putin, que se autodefinen democracias de una clase distinta de la democracia liberal o si ésta sobrevivirá a la presidencia de Trump.

La gran novedad de esta campaña electoral ha sido la participación de Elon Musk. No solo ha financiado con generosidad la campaña, sino que ha puesto X al servicio de un lavado de imagen de Trump, un delincuente convicto, un mentiroso compulsivo y un golpista. La red X cuenta otra historia. Los expertos nos contarán qué influencia en el resultado han tenido los medios sociales, pero me temo que mucha.

Donald Trump quiere encargar a Elon Musk que empuñe la motosierra y pode la administración americana

Musk, un exitoso empresario, ha realizado una inversión que le reportará extraordinarios beneficios en forma de contratos del Estado para sus empresas. Pero hay algo más que un interés económico. Trump quiere encargar a Musk que empuñe la motosierra y pode la administración americana. Según Musk, en EEUU sobra el 30% del personal de la administración pública y un montón de agencias que deben pasar a ser privadas o desaparecer. Por ejemplo, para agilizar la contratación, Musk se propone tener en nómina (en su nómina) a los que tienen que aprobar sus contratos. De alguna manera, se va a privatizar, parcialmente, el mismísimo gobierno de EE UU. Es como si Musk se hubiese comprado, parcialmente, el gobierno de EE UU por un módico precio. Ahora queda claro que cuando Musk compró Twitter no pretendía hacer dinero con ello, sino influir en las elecciones más importantes del planeta.

Habrá que esperar a ver qué gobierno monta Trump. Pero si nos atenemos a lo que se apunta, EE UU tendrá un gobierno lleno de fanáticos y millonarios. Será un gobierno del pueblo (es lo que el pueblo ha votado) compuesto por ricos y para los ricos. Algunos señalan que caminamos hacia una plutocracia y algo de razón tienen. Un rasgo distintivo del capitalismo de nuestro tiempo es la emergencia de empresas mastodónticas globales. Las diez mayores empresas del mundo valen 17,4 billones de dólares, más o menos el PIB de la UE. Con ese tamaño las grandes empresas tienen más influencia sobre la economía que cualquier Estado. Ahora, además, estarán bien representadas en el gobierno de EE UU.

Con todo, el curso político de EE UU no está ni medio claro. La palabra que más se repite hoy es incertidumbre, sobre todo en lo económico. Si algo define la campaña de Trump es la verborrea inconsistente e incontinente lo cual avala la incertidumbre. Ahora bien, habrá consecuencias importantes en el desarrollo del capitalismo global. A bote pronto, cabe esperar una tendencia al ultraliberalismo. Pero hay que esperar a ver cómo se configura su gobierno y sus primeras medidas para hablar sobre hechos y sobre la verborrea trumpista.

La cuestión que domina hoy el debate es por qué ha ganado Trump. Hay muchas cosas interesantes, incluso sorprendentes, como que una parte de los musulmanes americanos hayan votado a Trump. Tiempo habrá de analizar todos esos aspectos. Pero yo me detengo en el gran dato: Trump tiene unos 73 millones de votos. Hace cuatro años tuvo 74 millones y perdió. Es evidente que la victoria de Trump no se explica por una crecida de sus votantes. Seguro que ha tenido algunos que no le votaron hace 4 años, pero también ha debido perder otros cuantos.

Lo que explica la victoria de Trump es que Biden hace cuatro años tuvo 81 millones de votos y Harris ha tenido 68 millones. ¿Por qué se ha hundido el voto demócrata?

Lo que explica la victoria de Trump es que Biden hace cuatro años tuvo 81 millones de votos y Harris ha tenido 68 millones. ¿Por qué se ha hundido el voto demócrata? Aquí hay opiniones para todos los gustos. Pero yo me fijo en lo que estaban diciendo las encuestas de opinión al final de la era Biden: el hundimiento de su intención de voto. Alguien ha dicho que estas elecciones han sido un poco un voto de castigo al gobierno Biden, del que Harris formaba parte destacada.

La política económica de Biden ha sido muy exitosa en términos macroeconómicos. Enfrentado a un episodio de inflación importante la ha vencido en poco tiempo y sin apenas coste en términos de empleo. El saber económico convencional dice que cuando aparece un episodio inflacionario se enquista por mucho tiempo en la economía y la cura consiste en provocar una recesión que haga aumentar el paro. Biden ha conseguido que el período inflacionario haya sido relativamente breve y la economía se haya mantenido en pleno empleo. El desempeño económico de los EE UU sigue siendo positivo: la economía crece a buen ritmo. Es decir, la economía de Biden funciona. ¿Por qué entonces hay descontento? Por la devaluación de los salarios reales.

Muchos salarios, sobre todo los bajos, han perdido poder adquisitivo durante la era Biden

Muchos salarios, sobre todo los bajos, han perdido poder adquisitivo durante la era Biden. Si a esto se añade el encarecimiento del crédito, el alza del precio de la compra y alquiler de vivienda, encontraremos que una buena parte de la working class vive peor que antes. La economía ha funcionado muy bien para las grandes corporaciones que se anotan beneficios de récord; para los inversores, cuando la bolsa alcanza máximos históricos, etc. Es decir, para los más acomodados.

La devaluación salarial producida por la inflación no se puede solucionar por la acción del gobierno ya que el gobierno no tiene poder para subir salarios que compensen la pérdida del poder adquisitivo. Es con la lucha sindical como puede resolverse este problema. Me parece que Biden era bien consciente de esto cuando hizo un gesto insólito: el presidente del país más poderoso del planeta se sumó a un piquete de huelga de los trabajadores del automóvil. Como era de esperar, un solo gesto no vale para tapar el tremendo agujero que se estaba creando en el electorado demócrata, que veía que la economía funciona para otros, pero no funciona para ellos.

Alguna lección se puede extraer de aquí. Seguiremos.