lunes 26/10/20

La otra cara del invierno

Rocío Cabello Blanes

 

Las personas en situación de pobreza son un colectivo invisibilizado en nuestro país que cada vez engloba a más personas. Además, la estructura del sistema conduce a la feminización de la pobreza

Diciembre avanza y se aproxima la Navidad, las cenas con amistades y familiares, los momentos de sofá, peli y manta al calor del hogar… Pero hablemos de la otra cara del invierno: en nuestro país hay unas cuarenta mil personas sin hogar que sufren las consecuencias del invierno al vivir a la intemperie.


En España el frío se cobra un 5,5 % de las muertes registradas. Además, las bajas temperaturas traen consigo numerosas enfermedades, que se multiplican e intensifican en el caso de las personas sin recursos, especialmente en aquellas que viven en la calle y pasan las noches a la intemperie. Tampoco debemos olvidarnos de la pobreza energética, cada vez más numerosa en nuestro país, que implica que las personas que la viven no puedan mantener una temperatura adecuada dentro de su hogar debido a la falta de recursos.

“Las causas de muerte más relacionadas con el frío son las enfermedades respiratorias y cardiovasculares, pero también la diabetes o las enfermedades mentales. Los episodios de frío extremo son también responsables del aumento en las hospitalizaciones, sobre todo por causas respiratorias y cardiovasculares”, según el Instituto de Salud Global de Barcelona.

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Jonás Candalija, Coordinador de Comunicación de EAPN-ES, explica para este reportaje que “en España hay unas 33.000 personas sin hogar, según el informe Estrategia Nacional Integral para Personas Sin Hogar 2015-2020.

Cáritas eleva la cifra a unas 40.000. Es difícil dar cifras porque hay muchas personas invisibles, que no aparecen en los recuentos, pero estas son las cifras más aproximadas, que aceptan tanto las administraciones como las entidades sociales”.

Las entidades que trabajan con el colectivo de personas pobres, advierten que el número de personas sin hogar no para de crecer. Además, aseguran, cada vez hay más mujeres y más familias con menores a su cargo que se ven empujadas a vivir en la calle. La presidenta de Faciam, Rosalía Portela, así lo aseguraba hace un tiempo en la presentación de la campaña “Nadie sin hogar. Ponle cara”, con motivo del día de las personas sin techo.

La pobreza es una realidad que puede afectar a cualquier tipo de persona. Sin embargo, las desigualdades de género condicionan de manera que las mujeres tienen menos oportunidades a su alcance para combatirla. Habitualmente las mujeres que se encuentran en situación de pobreza, tienen una carga familiar mayor y se ven atrapadas en las laboriosas tareas domésticas no remuneradas que les impiden trabajar de forma asalariada. Además, el acceso a la educación y la sanidad es menor que en el caso de los hombres.

En las estaciones duras, como el verano o el invierno, la pobreza empeora significativamente. En esta época incrementa el índice de pobreza energética de esas familias que no pueden afrontar el coste de los recibos de calefacción, además las personas sin hogar sufren graves problemas de salud debido a las largas noches de frío sin un techo.

«La pobreza tiene muchos apellidos, pero un solo nombre: pobreza»

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La población más vulnerable a los efectos del frío son, en resumidas cuentas:
-  Personas sin hogar: al encontrarse en la calle, sin acceso a los recursos de alojamiento, y expuestas a las inclemencias del tiempo, sumado a la mala alimentación y la escasez de cuidados sanitarios, provoca que sufran un riesgo de enfermedades mucho más alto al de las personas con hogar.
-  Personas con nivel socioeconómico bajo. En este grupo estarían incluidas quienes viven la pobreza energética. Esto implica ropa de abrigo deficiente, vivienda insalubre, mal aislada, sin calefacción, etc.

“La falta de recursos se traduce en una carencia que se materializa en no poder hacer frente a la factura de la luz o el gas, pero también en no tener una vivienda adecuada. El frío sólo refuerza la situación de vulnerabilidad de quienes están en peor situación. La pobreza tiene muchos apellidos, pero un solo nombre: pobreza”, declara Jonás Candalija desde EAPN.

Para ayudar a paliar esta situación, los municipios cuentan con centros de acogida en los que las personas sin hogar pueden asearse, pasar la noche y alimentarse.
“El bono social térmico es una modalidad del bono social creada y financiada por el Gobierno con el fin de ayudar a los hogares en riesgo de pobreza energética. Es una ayuda que no sólo funciona en invierno, sin embargo, los datos muestran que el 80% de las personas en situación de pobreza energética carece del bono social”. Jonás Candalija explica esta situación que viven las personas sin hogar, la mayoría de ellas sin ayudas del Estado.

El 25% de las personas usuarias del Centro de Acogida Municipal de Sevilla son mujeres. Es decir: una de cada cuatro. Se trata de una "cifra llamativa" que se debe, explican las personas trabajadoras del centro, a que "la presencia en la calle de las mujeres es mucho menor, y que la exclusión femenina tiene otras caras”, otras formas de manifestarse.
Las mujeres habitualmente recurren a la prostitución o a trabajos precarios como ser interna en una casa. De esta forma, al menos pueden dormir en una cama, vivir bajo un techo y comer a diario, aunque las condiciones laborales y salariales sean realmente precarias y, como en el caso de la prostitución, insalubres.

Sí es cuestión de género

La discriminación de género en el terreno laboral es uno de los factores que más afectan a la pobreza: las tasas de actividad, de paro y de trabajo a tiempo parcial han sido siempre muy superiores entre las mujeres con respecto a los hombres.
“De acuerdo con los datos del último Informe sobre el Estado de la Pobreza de EAPN España, la discriminación de género que rige las condiciones del mercado de trabajo, es uno de los factores que más inciden en la pobreza. En España hay 5,27 millones de mujeres en riesgo de pobreza; el 19% de las mujeres están en desempleo; su tasa de actividad es un 22% inferior a la de los hombres; el 24% de las mujeres están ocupadas a tiempo parcial. La diferencia salarial entre hombres y mujeres es del 22,4%; y, como resultado de la brecha de género en las pensiones, la existente en la tasa de riesgo de pobreza y/o exclusión social entre la población mayor es del 16,4%” afirmaba Jonás Candalija para este reportaje.

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En el año 2018, la tasa de actividad entre las mujeres fue del 53,1 % y la de los hombres del 64,6 % la tasa de paro femenina se situó en torno al 17 % y la masculina en el 13 %. El empleo a tiempo parcial ocupó al 24 % de las mujeres y sólo al 6,8 % de los hombres.
Respecto a los indicadores de pobreza y/o exclusión, la tendencia al deterioro de la situación de las mujeres con respecto a los hombres parece clara. En este sentido, para la gran mayoría de los indicadores incluidos en el informe la mejora ha sido mucho más intensa entre la población masculina. Un ejemplo claro es la tasa AROPE, que este año se mantiene en los valores del año pasado y, sin embargo, para los hombres se ha reducido 0,9 puntos porcentuales.

Además, la tasa de paro siempre ha sido superior entre las mujeres que entre los hombres y sólo en el período de crisis la diferencia se redujo. Comenzada la recuperación, los datos de empleo muestran que es más acelerada para los hombres y las diferencias por sexo vuelven a incrementarse. En el año 2018, la tasa de paro femenina es del 17,02%, y la de hombres del 13,72 %, es decir, una diferencia entre ambas de 3,3 puntos, superior ya a la que se registraba en 2008. Por otra parte, respecto a las horas de trabajo, la tasa de trabajo a tiempo parcial entre las mujeres ha sido siempre extraordinariamente superior a la de los hombres. Para el año 2018, el empleo a tiempo parcial ocupa al 24 % de las mujeres y sólo al 6,8 % de los hombres.

Las desigualdades en el mercado son evidentes: las mujeres tenemos más difícil acceso al mercado laboral, trabajamos menos horas y en trabajos más precarios.

Además, estamos peor pagadas. Diferentes estudios y análisis utilizan la brecha salarial de género basándose en los salarios por hora, que calcula Eurostat. Los últimos datos, del año 2016, muestran que en jornadas a tiempo completo, las mujeres ganan un 11 por ciento menos que los hombres de forma constante desde 2009. Si hablamos de las jornadas a tiempo parcial, la brecha salarial aumenta hasta el 14 por ciento, aunque ha llegado a ser hasta del 35 por ciento. Pero no olvidemos que estas cifras suelen estar muy por debajo de la brecha real, debido a la forma que tienen los investigadores de recoger los datos, que invisibiliza a los y las trabajadoras de pequeños comercios, así como ignora la economía sumergida de esas personas que cobran en negro, habitualmente mujeres.

La Declaración de Beijing de 1995: Papel mojado

La Declaración de Acción de Beijing, aprobada en 1995 por 189 Estados Miembros, refleja una urgencia por solucionar la problemática de la pobreza y las desigualdades de género. Los gobiernos que firmaron la declaración se comprometieron a mejorar la situación de su ciudadanía.

Literalmente, la Declaración de Beijing afirma que “los derechos de la mujer son derechos humanos”, y que por tanto, los Estados deberían luchar por:
-  La igualdad de derechos, de oportunidades y de acceso a los recursos, la distribución equitativa entre hombres y mujeres de las responsabilidades respecto de la familia y una asociación armoniosa entre ellos son indispensables para su bienestar y el de su familia, así como para la consolidación de la democracia;
-  La erradicación de la pobreza basada en el crecimiento económico sostenido, el desarrollo social, la protección del medio ambiente y la justicia social exige la participación de la mujer en el desarrollo económico y social e igualdad de oportunidades, y la participación plena y en pie de igualdad de mujeres y hombres en calidad de agentes y de beneficiarios de un desarrollo sostenible centrado en la persona;
-  El reconocimiento explícito y la reafirmación del derecho de todas las mujeres a controlar todos los aspectos de su salud, en particular su propia fecundidad, es básico para la potenciación de su papel;

Hemos rescatado estos cuatro puntos, que son los que se refieren directamente a los derechos de las mujeres y a la pobreza.

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Desde la firma de esta Declaración han pasado ya 24 años. Más de dos décadas en los que la situación de las mujeres ha mejorado ligeramente en algunos de estos países, en otros está prácticamente igual o incluso peor. Además, la problemática de la pobreza es el gran tema que meter debajo de la alfombra. En época pre-electoral es muy común escuchar a los representantes de los partidos políticos que “la situación de la pobreza en España es insostenible”, pero que bajo su mandato todo cambiará, que harán leyes que protejan a las personas en situación de vulnerabilidad… Los datos nos dicen que la situación de las personas pobres en España ha cambiado muy poco desde principios de siglo, de hecho, han aumentado las personas en situación de pobreza, como ya hemos visto.

Feminización de la pobreza

“El concepto de “feminización de la pobreza” comenzó a usarse en la década de los 90 ante la constatación de un aumento de la pobreza entre las mujeres a nivel mundial”, desde Ingeniería Sin Fronteras, realizaron un informe con los datos de la pobreza en las mujeres en la Comunidad Autónoma de Cataluña y la ciudad de Barcelona.

Desde la entidad, afirman que “en el caso específico de la feminización de la pobreza no sólo es necesario reafirmar que, efectivamente, todos los indicadores que revelan los riesgos de exclusión son mayores en las mujeres, sino que el género es, en sí mismo, un factor de riesgo; en otras palabras, el género determina la probabilidad de estar en una situación vulnerable”.

Si miramos los datos de pobreza de forma absoluta, veremos que no hay una diferencia significativa entre el número de hombres y mujeres en situación de pobreza. De hecho, a nivel español hay muchos más varones que viven sin un techo. Pero estos datos son un engaño, ya que normalmente se contabilizan los datos por hogares o familias, y no de forma individual, escondiendo la dependencia económica que viven muchas mujeres. Teniendo esto en cuenta, la Cátedra de Inclusión Social de la Universidad Rovira i Virgili propone que para evaluar el riesgo de pobreza, se utilice la tasa de riesgo de pobreza bajo el supuesto de autonomía, que se calcula en base a los ingresos individuales. En este caso, obtendríamos una tasa de riesgo de pobreza de un 25,7% en hombres y hasta un 49,7% en mujeres, según datos del Estudio de ESF.

Además, como ya sabemos, dentro de las familias se produce una distribución desigual de los roles basada en la estructura del sistema patriarcal, en la que, en pleno siglo XXI, siguen siendo muchos hombres quienes trabajan más horas fuera de casa, dejando la mayor responsabilidad de las tareas domésticas a las mujeres. Este hecho no hace más que empujar a esta situación de falta de autonomía que puede derivar en la pobreza de estas mujeres.

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“En 2018, había un total de 1.878.000 hogares monoparentales en España (El 10,3% del total de hogares). De estos, uno de cada dos se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión (AROPE), casi el doble del total de los hogares de España (26,1%) y sufre una tasa de pobreza infantil 15 veces superior a la media. Respecto al género, más de 1,5 millones de hogares monoparentales estaban encabezados por mujeres (81,9%)”, según el Coordinador de Comunicación de EAPN España.

La pobreza, en todas sus formas, es un problema que afecta de pleno a una gran parte de la población en nuestro país. El número de personas enfermas en situación de pobreza aumenta notablemente en las épocas de frío, habiendo además un alto índice de pobreza invisible. Asimismo, las mujeres sufren una desigualdad económica que las empuja a situaciones de pobreza con mucha más frecuencia. Las asociaciones e instituciones ayudan cuanto está en su mano pero no es suficiente, ya que es la estructura del sistema lo que empuja a la feminización de la pobreza.

Foto: Archivo AmecoPress

Agencia AmecoPress

La otra cara del invierno