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El título de este artículo es una frase atribuida al juez estadounidense Oliver Holmes (1841-1935), que he podido conocer en el prólogo del economista Joaquín Estefanía al libro Economía en crisis. Aprendiendo de la Historia Económica (2014) de Carles Manera, doctor en Economía por la Universitat de Barcelona y Doctor en Historia por la Universitat de Illes Balears. Es catedrático de Historia Económica en el departamento de Economía Aplicada de la Universitat de Illes Balears. Con numerosas publicaciones de Economía y de Historia Económica.
Una democracia sana debe preconizar unas políticas redistributivas, y estas se consiguen con un sistema fiscal progresivo
Los impuestos significan civilización. Abolirlos significa barbarie. Es una realidad incuestionable. Una democracia sana debe preconizar unas políticas redistributivas, y estas se consiguen con un sistema fiscal progresivo. El grado de progresividad del sistema tributario puede constituir un buen indicador de la calidad de la democracia. Es la tesis fundamental del libro.
Quiero exponer e incidir en algunas ideas del prólogo de Joaquín Estefanía del libro antes citado. En todas las sociedades se generan necesidades en distintos grados, y los impuestos son imprescindibles para corregirlas y atenuarlas. Sin llegar al libertario Milei, cualquiera medianamente informado, debería darse cuenta que las fuerzas conservadoras-y también las socioliberales- están en la misma dinámica: cuantos menos impuestos, mejor, y a que cada palo aguante su vela. Sálvese quien pueda. Puro darwinismo social. La ley de la selva.
La Fundación para el Avance de la Libertad es un think tank, que se autodefine libertario, el pasado octubre presentó la publicación titulada Índice Autonómico de Competitividad Fiscal, que firma Cristina Enache. Como es fácil de intuir, hace una defensa a ultranza de la rebaja de impuestos para conseguir mayor competitividad. La más competitiva según ranking absoluto de 2024 es la Comunidad de Madrid y se afianza como la que tiene los impuestos más bajos. Le siguen las provincias de Vizcaya, Álava, Guipúzcoa, y Andalucía. Y la última, la menos competitiva fiscalmente, atrapada en un infierno fiscal, sería Cataluña en el puesto 19, que le imposibilitaría su crecimiento económico. En cuanto a las menos competitivas en el puesto 18 estaría Asturias; Aragón en el 17; Comunidad Valenciana en el 16; y Castilla la Mancha en el 15. En cuanto a su ideología claramente neoliberal la podemos constatar en el siguiente fragmento, muy esclarecedor:
“Los impuestos afectan las decisiones empresariales, la ubicación de las empresas, la creación y retención del empleo, la competitividad, la transparencia del sistema fiscal y la fortaleza de la economía a largo plazo. Pero por encima de todo, los impuestos reducen los beneficios de las empresas y la renta disponible de los contribuyentes. Si los impuestos crecen, el coste se traslada, o bien a los consumidores a través de precios más elevados, o bien a los trabajadores (sueldos más bajos o menos puestos de trabajo) o a los accionistas (a través de dividendos más bajos). Así, un territorio con menores costes tributarios será más atractivo para la inversión empresarial y tenderá a experimentar crecimiento económico”.
En la misma Fundación para el Avance de la Libertad, aparece el libro Introducción a la Fiscalidad, del economista británico Eamonn Butler. Pongo unos fragmentos, que son muy explícitos también de su visón negativa de los impuestos:
“Los impuestos reducen la capacidad de las personas para utilizar sus propios recursos como crean que es correcto y adecuado para ellas y sus familias. Eso les convierte en seres morales incompletos, menos capaces de asumir la responsabilidad de sus propios actos. Las personas sólo pueden considerarse morales o inmorales si controlan lo que hacen. Los impuestos les niegan gran parte de ese control personal”.
“La fiscalidad, por tanto, no debe considerarse el distintivo de una sociedad moral generosa. Se basa en la coacción, socava la responsabilidad personal, desplaza la caridad, siembra la división, recompensa el poder y desalienta el trabajo, el ahorro y la creatividad”.
“Los gobiernos podrían minimizar la fiscalidad, y el daño que causa, planteándose algunas preguntas sobre sus gastos. En primer lugar, ¿es realmente necesario realizar cada actividad gubernamental? (Por ejemplo, ¿necesitamos realmente bibliotecas públicas?) En segundo lugar, si una actividad es necesaria, ¿es necesario que la realice el gobierno? (Por ejemplo, ¿podría la filantropía privada proporcionar bibliotecas en su lugar?) En tercer lugar, si el gobierno debe asumir la responsabilidad de una función, ¿es necesario que proporcione esa función por sí mismo? (Por ejemplo, ¿podría subcontratar la gestión de las bibliotecas a terceros?) En cuarto lugar, si el gobierno debe asumir la actividad por sí mismo, ¿puede hacerlo mejor? (Por ejemplo, ¿existen formas más baratas de hacer llegar los libros al público?)”.
En contraposición a esta visión negativa de los impuestos, claramente neoliberal, existe un libro, que les ha supuesto el Premio Nobel de Economía de 2024 "Por qué fracasan los países", de los economistas Daron Acemoglu y James Robinson. Estos estudian la relación entre democracia y redistribución: en sus inicios la democracia abrió la puerta a las políticas redistributivas, el grado de progresividad del sistema tributario puede constituir un buen indicador de la calidad de la democracia, ya que una democracia saludable estará siempre acompañada de un sistema tributario progresivo, como ya he comentado al principio. No viene mal insistir en ello.
El grado de progresividad del sistema tributario puede constituir un buen indicador de la calidad de la democracia
El libro de Carles Manera, además de otros temas, como por ejemplo la relación de economía y ecología, su núcleo fundamental son los impuestos. De hecho, tiene 3 capítulos dedicados expresamente a este tema clave; 1) Bajar impuestos no asegura el crecimiento económico. 2) Inflación y gasto público; ¿a dónde van nuestros impuestos? 3) El debate electoral sobre los impuestos, contra el engaño tributario.
Sobre el primer capítulo, Carles Manera aduce que la reducción de impuestos, como gran panacea económica es falsa, ya que existe una bibliografía abundante que lo ratifica. En un reciente estudio de David Hope y Julian Limberg, “The economic consequences of major tax cuts for the rich”, publicado en el prestigioso Socio-Economic Review de Oxford se analizan, para un período que va de 1965 a 2015 (¡cincuenta años, nada menos!), el impacto de las bajadas de impuestos a 18 países de la OCDE. Tres son las importantes conclusiones, entre otras, que se desprenden de la investigación: la renta per cápita no aumenta con esa política tributaria, el desempleo no se reduce y lo que se sí se incrementa es la desigualdad de renta.
En cuanto al segundo capítulo, ¿a dónde van los impuestos? Lo explica muy claramente en el libro Carles Manera, desglosando las partidas de gasto de un euro que se recauda. Porque, y esto es crucial, nos dice, debe tenerse en cuenta que 1 euro que se asigna presupuestariamente –sea dónde sea– es 1 euro que previamente se prevé que sea ingresado. Si esto no se produce –por evasión fiscal o por rebaja injustificada de impuestos–, los servicios resultantes se terminarán resintiendo, sin duda alguna. Esta tautología muchas veces no se entiende correctamente, y pareciere que el dinero aparece de la nada o que todo es gratis. O que, y esto es todavía más grotesco, se puede ingresar menos al tiempo que se puede mantener el mismo gasto: multiplicación, en definitiva, de panes y peces, algo que la economía es incapaz de hacer, ni siquiera con pretendidos “milagros” económicos.
En el año 2021, según elaboración del autor de un documento didáctico elaborado por la Agencia Tributaria con datos de la Intervención General del Estado, ese euro recaudado se desglosa su dedicación de la siguiente manera: Protección social-·36,3 céntimos. Educación-10,9. Cultura y actividades recreativas-3,4. Sanidad-14,7. Vivienda, servicios comunitarios-2,9. Protección del medio ambiente-2,2. Economía-12,1. Seguridad y orden público-6,6. Defensa-2,3. Servicios generales de la Administración-11,4.
Incluso, Carles Manera, recomienda descender al terrero concreto, sería muy pedagógico explicar a la ciudadanía. ¿Qué costes suponen para las Administraciones públicas y desde los servicios públicos hacerse un análisis de sangre, un TAC, radiografías, ecografías, operaciones diversas-simples y complejas-, hospitalizaciones, tratamientos de radioterapia o quimioterapia, trasplantes de órganos, asistencias domiciliarias, diálisis, trasporte en ambulancias sanitarias, etc.? O el coste para formar graduados y especialistas en los diferentes campos de conocimiento, una plaza en un centro de primaria o en un instituto. Por poner unos ejemplos. Recuerdo hace unos días, que se realizó una experiencia en este sentido. A la puerta de un Hospital Público, a una joven que salía muy contenta y feliz por haber tenido un hijo, se le preguntó: ¿cuánto costaba el parto? Y no lo sabía. Se le dijo, que unos 2.400 euros, sin contar los días de estancia. Se quedó perpleja.
Reducir los impuestos a los más ricos no ofrece garantía alguna sobre el incremento sucesivo de ingresos tributarios
En cuanto al tercer capítulo, también es muy claro. Uno de los debates económicos que se van a desarrollar en futuras contiendas electorales, y que conforma el principal armazón de política económica por parte de los partidos conservadores, junto al retorno a parámetros ortodoxos en economía como objetivos estratégicos –reducción del déficit público, de la deuda, de la inversión pública, la añoranza de una política monetaria más restrictiva para embridar la inflación, y la descalificación reiterada del sector público calificado como ineficiente y despilfarrador. Pero los datos no acompañan a la argumentación central, por una razón contundente: la historia económica demuestra que fueron posibles, en el pasado más reciente, fases de intenso crecimiento económico junto a políticas fiscales progresivas, impulsadas también por gobiernos liberales y de derechas, con tipos muy elevados para el segmento más rico de la población. A su vez, reducir los impuestos a los más ricos no ofrece garantía alguna sobre el incremento sucesivo de ingresos tributarios. Aquí, también, la evolución económica constata que si los gobiernos contraen sus capacidades recaudatorias, acaban por elevar sus déficits y sus deudas. Los ricos no invierten más, necesariamente, por pagar menos impuestos.
Creo que el libro de Carles Manera merece la pena ser leído, para despertar los ánimos de muchos despistados y malintencionados, y que comparto su planteamiento ideológico sobre el tema fiscal. Con un sistema fiscal progresivo se puede paliar en parte la desigualdad. La libertad, sin corregir determinados niveles insultantes de desigualdad, para muchos ciudadanos se convierte en algo ilusorio. Cuando Bobbio nos habla de la igualdad como «la estrella polar» de la izquierda, no piensa solo en la igualdad jurídica y política. No solo está pensando en la igualdad ante la ley y en la igualdad de los ciudadanos en la participación política a través del sufragio universal. Tampoco está pensando en la igualdad de oportunidades. Más que todo eso, piensa en la igualdad material, esto es, la igualdad en las condiciones de vida de la gente, que obviamente no se alcanzará plenamente. Lo que interesa preferentemente a la izquierda, y no a la derecha, es avanzar más rápido hacia esa igualdad material, para conseguir sociedades y modos de vida donde la libertad de las personas vaya acompañada de unas condiciones materiales de vida -en educación, salud, trabajo, vivienda…- que hagan realmente posible y atractivo el ejercicio de una libertad, que sin esas condiciones se convierte en algo ilusorio.
Politólogos conspicuos le dan vueltas y más vueltas a la crisis de la democracia actual. Esta se explica con claridad meridiana y contundente. A partir de los años 80, como consecuencia del neoliberalismo se ha impuesto el mantra de la conveniencia de la rebaja de impuestos, sobre todo al capital, como conditio sine qua non para el desarrollo económico. Pese a su fracaso estrepitoso todavía no faltan quienes recurren al espantajo de la curva de Laffer. Tal curva tiene forma de campana inclinada lateralmente, relaciona la evolución de los tipos de impuesto sobre la renta-en el eje vertical- con la cuota de ingresos fiscales -en el eje horizontal- conforme a una secuencia, que refleja un aumento de los ingresos proporcionalmente al aumento de los tipos hasta un máximo, a partir del cual los ingresos empiezan a decrecer, hasta llegar a cero en correspondencia con una carga fiscal del 100 por cien. La idea que trata de visualizar la curva es la existencia de un nivel de imposición más allá del cual, todo aumento ulterior funciona a la vez como desincentivo para la actividad económica, especialmente en la inversión, y como incentivo para la evasión y elusión fiscales. Esta teoría tuvo un éxito clamoroso hasta el punto que Reagan recortó drásticamente los impuestos a los más ricos.
Abolir impuestos de patrimonio y de sucesiones, como alardean las comunidades gobernadas por el PP, es todo lo contrario a la progresividad fiscal
Si las sociedades tienen necesidades, los impuestos las corrigen en parte. Una democracia sana debe preconizar unas políticas redistributivas, y estas se consiguen con un sistema fiscal progresivo. Ojo, para los que recurren constantemente a nuestra Constitución, les recuerdo este artículo. Artículo 31.1 de la Constitución Española: "Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y PROGRESIVIDAD que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio". Abolir impuestos de patrimonio y de sucesiones, como alardean las comunidades gobernadas por el PP, es todo lo contrario a la progresividad fiscal. Dicho en roman paladino van en contra de nuestra Constitución, que tanto dicen querer defender. Y la democracia es cada vez más débil.
Las derechas lo tienen muy claro y no se les puede negar su coherencia entre sus ideas y prácticas políticas. ¿Qué es lo que se esconde tras ese afán de desprestigiar y reducir los impuestos? Muy claro, reducir lo público y allá donde el Estado mengua crecen las oportunidades de negocio privado. Deteriorar la educación y la sanidad públicas es oportunidad de lucro para la iniciativa privada.
Reducir las pensiones, negocio a los fondos privados de pensiones. ¿Qué significa privatización? La privatización le quita al Estado la capacidad y la responsabilidad para reparar y mejorar las condiciones de la gente; elimina también la responsabilidad de la conciencia de sus conciudadanos, al desvincularse de los problemas comunes.
Lo único que queda es la caridad. Pero esta es una respuesta inadecuada ante tanta desigualdad e injusticia. De manera que aunque la privatización tuviera el éxito económico que se le atribuye (por cierto, dudoso), sigue siendo una catástrofe moral. No hay democracia auténtica sin impuestos progresivos.







