#TEMP
jueves 19/5/22
La "Amistad de los pueblos" monumento en Kiev a la amistad entre Rusia y Ucrania
 

Nos creíamos a salvo de tiranos o, al menos, a salvo de tiranos con capacidad para amenazar la civilización e incluso nuestras vidas. Pensábamos que el riesgo de la guerra se situaría siempre en lugares remotos, con estados fallidos, alimentada por conflictos tribales o de fanatismos religiosos, muy alejados de nuestra existencia reglada y garantista. Estábamos convencidos de que esas guerras alentadas por voluntades despóticas y ensoñaciones imperiales formaban parte del pasado no retornable, o de la ficción que disfrutamos en el cine.No contemplábamos ya la amenaza de la hecatombe nuclear como un escenario mínimamente realista o probable.

Creíamos haber inaugurado de forma irreversible el tiempo en el que la razón se impone a la fuerza en la ordenación de nuestra convivencia.Pero estábamos equivocados.Y un solo hombre, con su sola voluntad, nos lo acaba de demostrar. La brutal agresión del gobierno de Putin al pueblo de Ucrania lo cambia todo. Cambia las reglas del orden mundial. Quiebra la legalidad internacional. Acaba con la garantía de la integridad territorial de los estados. Termina con la norma del diálogo y el pacto para dirimir conflictos…

No cabe elucubrar mucho sobre las causas de esta agresión. Putin ha decidido acabar con los fundamentos de la civilización para cumplir el sueño imperial de restaurar la Rusia de los zares. Y la respuesta de las naciones civilizadas debe estar a la altura del daño causado, para frenar a este tirano, para disuadir a otros tiranos, y para recuperar la civilización. Pero no va a ser fácil. No cabe la respuesta militar, porque conduciría a una conflagración mundial en la que el uso de la potencia nuclear sería tan inevitable como letal, para toda la Humanidad.

Y cualquier paquete de sanciones de orden económico, por duro que sea, presenta dos limitaciones. Primero, el retraso de sus consecuencias y, por tanto, de sus efectos disuasorios. Segundo, la repercusión global, también en la economía de los propios sancionadores. No obstante, ese es el camino emprendido por los gobiernos civilizados, porque es el único camino posible. Y tendrá que funcionar. Nos va mucho en ello. Nos va todo en ello. En este escenario tan lamentable, cabe celebrar dos noticias, al menos.

La reacción de la Unión Europea ha sido rápida, contundente, eficaz… y desde la unidad. Una vez más nos viene a la mente aquella cita de Borges: “No nos une el amor, sino el espanto”.

Y los servicios de inteligencia de los Estados Unidos recuperan algo de credibilidad. El presidente Biden venía alertando de las intenciones de Putin desde hacía semanas, entre el escepticismo general, cuando no la abierta incredulidad. Pues los americanos tenían razón, y Putin estaba mintiendo.

Un dato esperanzador más. Las fuerzas políticas en España se han puesto detrás del Gobierno y del presidente Sánchez, en defensa de la paz y de la legalidad internacional. Ojalá dure. (A este gobierno ya le ha caído una pandemia global, un volcán en erupción y una guerra con potencia nuclear involucrada. Todo ello en la primera mitad de la legislatura. Prefiero no especular con lo pueda llegar en la segunda)

Una guerra de otro tiempo