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sábado. 10.12.2022
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Foto de archivo EFE

La izquierda madrileña ha vivido dentro de un espejismo político desde las anteriores elecciones autonómicas de 2019, cuando el triunfo en votos de los socialistas abrió la posibilidad de acceder al gobierno, tras 26 años de dominio popular ininterrumpido y absoluto, con la excepción de Legina en 1983. Espejismo vigorizado por la convocatoria adelantada de elecciones por Ayuso, en una maniobra táctica exitosa ante unos adversarios, unos noqueados por las deserciones (Cs), y otros dopados por las encuestas del Cis, tan sorprendentes como inexplicables (PSOE). Una muestra: ¡Estamos a 50.000 votos, como mucho!, de ganar las elecciones (Gabilondo). Mitinera afirmación, sostenida por el optimismo de la voluntad, a tan solo 5 días de la votación.

Pero el embrujo del espejismo afecta también a los populares. Para la singular pareja Ayuso-Casado, Madrid es España dentro de España, por lo que su victoria tiene alcance nacional. Obnubilación acentuada por la resonancia mediática de tal presunción centralista. Sin duda, el efecto del triunfo electoral de la Presidenta Ayuso tendrá repercusiones a escala nacional, pero mucho me temo que no serán las que piensa, o con las que sueña, Pablo Casado. Veamos.

La singularidad madrileña

1111El tsunami electoral en la Comunidad de Madrid se refleja claramente en las cifras:

En total, la derecha (PP, Vox) ha sumado 1.950.870 votos, sacando al bloque de izquierdas (PSOE, MM, UP) 465.010, una cifra que se acerca a lo perdido por Ciudadanos. En cuanto a los 55.261 votos del diferencial entre los 218.767 captados por Más Madrid y Unidas Podemos, y los 274.028 perdidos por el PSOE, cabe pensar que habrán ido a engordar las abultadas cuentas de la Presidenta Ayuso. Pero la enseñanza más importante de estos números es que los 900.361 votantes nuevos de los populares madrileños superan en 344.376 los perdidos por socialistas a su derecha y ciudadanos. No se trata, por tanto, de una suma cero (lo que gana uno lo pierde el otro), sino algo más preocupante: la alta participación ha favorecido mayoritariamente al PP, que ha teñido de azul prácticamente la totalidad de la Comunidad de Madrid, ganando votos en los antiguos caladeros socialistas. Un triunfo en toda regla, que exige un reflexión más profunda.

El triunfo de Ayuso tiene una dimensión coyuntural y otra estructural. La coyuntura que ha marcado estas elecciones, es la pandemia y sus efectos dramáticos sobre el tejido productivo, que la presidenta de Madrid ha gestionado priorizando la economía sobre la salud. Así, a las mayores tasas de mortandad, incidencia de contagios, y ocupación de UCI, se corresponde una relajación de las medidas restrictivas anticovid, como limitación de aforos, ampliación de horarios y toque de queda, cierres perimetrales, etc., que ha permitido a la hostelería, restauración y pequeño comercio, atractores del turismo extranjero, mantener una actividad inédita en el resto de España y Europa. Una esclarecedora muestra de ultraliberalismo criminal [1]. Eso se ha traducido en el voto masivo a su favor de estos sectores, incluyendo los trabajadores. Pero, como toda coyuntura, el efecto pasará (pronto gracias a la vacunación masiva), mientras que las secuelas sanitarias durarán bastante más, para convertirse en el factor dominante, lo que puede terminar jugando en su contra.

Lo que permanece es la dimensión estructural, configurada por el sistema productivo y las relaciones de producción. Muy grosso modo, la Comunidad de Madrid basa su riqueza (20 % del PIB español), pero con la mayor desigualdad de España, fundamentalmente en el sector servicios, potenciado por la capitalidad (Madrid es el destino favorito de las compañías) . Eso supone que la mayoría de los trabajadores, tanto por cuenta propia como asalariados, estén encuadrados en estos sectores, muy sensibles a los efectos coyunturales de la pandemia. Por otra parte, la mayoría del tejido productivo lo configuran pequeñas y medianas empresas, para las que la carga impositiva en un tema sensible, fácilmente manipulable. Conforman una amplia clase media propietaria y asalariada a la que aterra la incertidumbre económica, horroriza la posibilidad de perder patrimonio y empleo, y vive en el filo de la navaja de la competencia digital. En general, buscan la seguridad de lo conocido, y son fácil de manipular ideológicamente (amenaza socialcomunista bolivariana, aumento de la presión fiscal, etc.). De ahí que la propuesta electoral de Gabilondo prometiendo que no se subiría los impuestos y que dejaría abiertos los locales, aunque con el innecesario (y contraproducente veto a Unidas Podemos), estuviera inicialmente enfocada a ganarse no solo a los votantes de ciudadanos huérfanos de partido, sino a los antiguos votantes socialistas que participan de las inquietudes y preocupaciones señaladas. El problema es que no resulta factible, ni creíble, un enfoque coyuntural (ni ahora con la pandemia, ni en 2008 con la Gran Recesión) sin una base estratégica que plantee soluciones realistas a las preocupaciones de la mayoría social acordes con el inevitable desarrollo de las trasformaciones digitales. Ese es el gran desafío.

Paisaje después de la batalla

Pese a las lógicas muestras de euforia poselectoral del PP, la proyección nacional de éxito madrileño que pretenden, y que los medios de comunicación han comprado irreflexivamente, carece de base. Ciertamente, el éxito de Ayuso trasciende el ámbito de la Comunidad, pero no tiene por qué afectar a los próximos procesos electorales, y mucho menos a las generales, que ocurrirán previsiblemente dentro de 2 años. Su influencia principal se dará en el seno del PP, tanto en su liderazgo como en la propuesta política, sometida a la presión del trumpismo castizo triunfante, y la resistencia de Vox. Sin duda, Pablo Casado, como Pirro, tiene un serio problema. El desparpajo chulesco de la Presidenta madrileña puede resultar aceptable (y rentable) en la capital, pero enerva los ánimos políticos en el resto del país, al tiempo que favorece a la mayoría nacionalista e independentista en las comunidades donde el PP ya es marginal. La derechización centralista de un PP necesitado de la extrema derecha para gobernar le impide forjar las imprescindibles alianzas con la mayoría de la formaciones políticas, sin las cuáles, al menos hoy por hoy, es imposible lograr la mayoría en el Congreso. Madrid no es España, aunque se encuentre en el centro de España.

Pero estas elecciones dejan otras víctimas y triunfadores. En el campo de los perdedores destaca Ciudadanos, a punto de culminar su viaje al fin de la nada. en un proceso de lenta pero inexorable absorción por el PP, sus únicas agarraderas son Castilla y León, Andalucía, y los escasos municipios donde gobierna. Pero son salvavidas con fecha de caducidad en 2023, si no se adelantan antes las elecciones autonómicas y municipales.

El PSOE ha vuelto donde solía, desangrándose por la izquierda, antes Podemos ahora Más Madrid. No termina de cuajar un liderazgo ni articular un discurso programático adecuado para una Comunidad rica, pero con la mayor desigualdad; trabajadora, pero con acusada precariedad; cultural, pero con la enseñanza pública seriamente dañada; con una buena y extendida sanidad pública, pero infradotada, con un entorno natural y de parques envidiable, pero altamente contaminado. Y hacerlo teniendo en cuenta la realidad de su tejido productivo mayoritariamente formado por pequeñas y medianas empresas.

Cabalgar la épica antifascista, más si es la respuesta a un señuelo de las derechas, encantada con la dialéctica binaría, suele tener consecuencias negativas en las sociedades complejas de capitalismo desarrollado. Más si casi un millón y medio de ciudadanos apoyan las propuestas del PP. Otra cosa es que hubiera un serio peligro de triunfo electoral de Vox, cosa que no tiene visos de que vaya a ocurrir. Así, pese a contener en su programa buenas ideas para resolver los problemas de la Comunidad de Madrid, esta dialéctica frentista las ha eclipsado, y ha facilitado que Ayuso se escamoteara del escrutinio crítico a su gestión. Con el magro resultado de un corto crecimiento electoral que relega al último lugar a Unidas Podemos, aunque el doble sacrificio de Pablo Iglesias ha servido para salvar los muebles. Su abandono de la política militante y organizada, supone un loable gesto que le honra. Es un tapón para UP, lo sabe, y ha actuado en consecuencia. En la retirada tranquilidad de la política laica tal vez pueda meditar sobre la extraña ventura personal y colectiva en su viaje a los cielos. Y si estar de segundón irritado en el Gobierno sirve de verdad para justificar los sucesivos fracasos. En todo caso, la coalición tiene la oportunidad de renovarse bajo el liderazgo dialogante y sereno de Yolanda Díaz. O de convertirse definitivamente en la nueva versión de Izquierda Unida. 

Entre los beneficiados de las elecciones, aparte de la bomba de relojería que supone la fortaleza de Ayuso dentro del PP, destaca Más Madrid. Y muy especialmente, Mónica García, la doctora empática, de certero ojo clínico, que ha sabido conectar con el electorado de izquierdas de aspiraciones profundas, pero maneras moderadas El sorpasso finalmente lo ha dado ella. Y con ella todos los que ya no tenían cabida en la casa madre. A pesar del revolcón, con Iglesias fuera de la política y el PP cada vez más condicionado por la ultraderecha, Pedro Sánchez tiene buenas razones para dormir tranquilo. Pero no para dormirse en los laureles.


[1] Pese a que, según un estudio de la propia Comunidad de Madrid, el mayor número de brotes por coronavirus se producen en las reuniones sociales, el lugar de trabajo, los centros sociosanitarios y, por último, el ámbito familiar, oficialmente se sigue manteniendo que “La mayoría [de los brotes] se da en el ámbito familiar”. Ver
[2] Los servicios representan actualmente alrededor del 77% del valor añadido y del empleo, mientras que la industria supone un 14%. El 79 % de los trabajadores de la región trabajan en el sector servicios. Un rasgo diferenciador, y en muchos casos penalizador del sector es la enorme presencia relativa de empresas pequeñas o muy pequeñas. (Datos de la Secretaría de Desarrollo los Servicios Privados, CC.OO. de Madrid).   

El espejismo de Madrid