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martes. 27.09.2022

Los europeos estamos sobrecogidos por la guerra de Ucrania, como consecuencia de la criminal invasión del ejército ruso. Mientras brutalidades semejantes acontecen en otros continentes, nuestra sensibilización es mucho menor, o incluso nula. No hay manera de erradicarla de la especie humana y mucho menos de los europeos. Si nos fijamos en la historia de este continente europeo, observamos que ha estado inundado constantemente por una de las peores lacras humanas: la guerra. Robert Menasse en su libro Der Europäische Landbote nos dice: “Si en un mapa de Europa marcásemos en negro todas las fronteras políticas que ha habido en la historia, saldría una red negra tan tupida, que sería prácticamente una Europa pintada de negro. Sobre esa red negra, ¿qué línea negra podríamos considerar a golpe de vista como una frontera natural? Si sobre ese mismo mapa trazáramos una línea roja allí donde ha habido en Europa contendientes en guerra, lugares que han sido campos de batallas y frentes, la red de las fronteras desparecería cubierta por el color rojo”. Es como si Europa sufriera de amnesia histórica. ¿No fueron bastantes los 100 millones de muertos en las guerras del siglo pasado?  El título del artículo de Javier Rodrigo Continente cementerio. Fascismo, heterofobia y violencia en Europa, 1914-1945, es una perfecta imagen de ese pasado, que también lo explica con claridad y contundencia Julián Casanova en su libro Una violencia indómita. El siglo XX europeo. No aprendemos. Por tercera ocasión en 100 años, hemos convertido a Ucrania en escenario de feroces y despiadadas batallas sin cuartel: las de 1918 a 1924 contra la revolución bolchevique; las de 1939 a 1945 por haber subestimado el nazifascismo y la actual. ¿No somos el continente de la Ilustración, de la democracia y los derechos humanos? No hay una sola nación ni al este ni al oeste en este pequeño cabo de Asia, que no tenga que hacer un examen de conciencia y cuya historia no esté llena de cadáveres, de torres de observación, de torturas y de exacciones. Tantas obras sublimes, tantas elevadas metafísicas y delicadas filosofías para acabar en guerras civiles, carnicerías, cámaras de gas, gulags. De esta circunstancia los españoles sabemos bastante.

Muchos pensadores han reflexionado sobre esta maldición humana. Desde una perspectiva cómica en la Grecia clásica, Aristófanes con su Lisístrata, o, en el siglo XX, el escritor checo Jaroslav Hasek con Las aventuras del buen soldado Svejk, ubicadas en la Primera Guerra Mundial, y el gran humorista español, Gila.  

En la primera, Aristófanes satiriza el contexto bélico ateniense con un hecho realmente curioso que da lugar a situaciones de notable hilaridad: las mujeres griegas no mantendrían relaciones sexuales con sus maridos hasta que éstos abandonasen la guerra. Lisístrata en griego lýsis (disolución), más stratós (ejército), la que disuelve los ejércitos, será la mujer que se convierte en liberadora de las guerras, dirigiéndose a espartanos y atenienses, enemigos hasta entonces, con sus artes de razonamiento: les recuerda a ambos, la inutilidad de todas sus guerras anteriores, al tiempo que les valora las veces que también se supieron ya ayudar mutuamente en los momentos difíciles. El texto comienza con la aparición de Lisístrata en escena, quien había convocado a todas las mujeres de maridos en guerra para intentar una solución ingeniosa a los interminables conflictos con los lacedemonios o espartanos: les va convenciendo mediante juramento individual de que no mantendrían relaciones sexuales con sus esposos o amantes, mientras no depongan sus armas y juren no volver a hacer la guerra. La última guerra, ya de veinte años, sólo estaba dejando viudas, huérfanos, una economía en ruinas, desolación social, moral, miserias en Grecia. Estas mujeres se deciden a rebelarse y a invertir los papeles en sociedad: si hasta ahora se habían dedicado sólo a las tareas de la casa y a los oficios más arrastrados, ahora tomarían las riendas frente a los hombres: tomarían la Acrópolis, retendrían el dinero para la guerra, y no dejarían acercarse a los maridos a ellas, mientras no depusieran las armas y se hiciera la paz entre los ejércitos enemigos. Sus palabras y razonamientos van convenciendo a todos y a todas: a las mujeres, a los ancianos, a los intermediarios de ambos bandos... Al final, el personaje mudo Conciliación representa la escena de la firma de la paz en presencia de los hasta entonces enemigos. La obra termina con los maridos camino de sus casas con sus mujeres o amantes respectivas. Fue así el triunfo de la razón femenina sobre la sinrazón de los hombres hasta entonces: ellas consiguen la paz y ellos la vuelta como maridos aceptados otra vez.

 En cuanto a Las aventuras del buen soldado Svejk  del checo Jaroslav Hasek una breve reseña.

“-(...) Deje de poner esa cara de idiota.-Le dice el coronel después de interrogarlo.
-No puedo, me libré del servicio militar por estúpido y me declararon oficialmente idiota. Soy un idiota oficial.-Contesta Svejk."

Como bien dice el título, el libro nos narra las aventuras (y desventuras) del buen soldado Svejk. Un personaje memorable, un “idiota” que a pesar de que en su día fue rechazado para hacer el servicio militar debido a su estupidez, es reclutado al estallar la Primera Guerra Mundial por el ejército austro-húngaro. A partir de ahí, comenzará a vivir un sinfín de aventuras de donde saldrá indemne gracias a su carácter inocente que le hace siempre decir la verdad (ya se sabe, muchas veces es más difícil creer una verdad que una mentira). Y es que este soldado es un alegato al pacifismo, un hombre que con su suma idiotez pone en jaque al todopoderoso ejército de Austria-Hungría...Svejk, en la guerra, se burla de la guerra; como ayudante de un capellán castrense se burla de la religión, como asistente de un oficial se burla del ejército; como persona, por mucho que sea tonta y lo asuma, se burla de la estupidez absurda de los hombres.

En cuanto al gran humorista Gila practica un surrealismo corrosivo contra la guerra, además de las injusticias de la dictadura franquista. Tras la experiencia traumática de la guerra en el bando perdedor y la cárcel y presidios correspondientes, paradójicamente, Gila empezó a dibujar en los cuarteles chistes que hacían divertida la guerra. Así entró en La Codorniz y la profesión de humorista. En 1972, en Hermano Lobo sus viñetas depuradas atacaban con ingenuidad, pero de forma implacable, la abrumadora sinrazón de la época. Además, fue alcanzando éxito con sus monólogos en teatro y televisión. Sus monólogos son geniales. El más conocido es: ¿Es el enemigo? Reproduzco uno más desconocido, pero no menos genial. En el año 1951 Gila salió espontáneamente al escenario de un teatro. Iba vestido con su viejo uniforme de soldado, llevaba consigo un fusil de mentira e improvisó el que sería su primer monólogo:

“Le dije al comandante: Que vengo por lo del anuncio del periódico, para matar y atacar a la bayoneta y lo que usted mande’. Y me dijo: ‘¿Qué tal matas? Dije: De momento, flojito, pero cuando me entrene…Y me preguntó: ¿Traes cañón? Y dije: No. Yo creía que la herramienta la ponían ustedes. Y dijo: Es mejor que cada uno traiga lo suyo. Así el que rompe, paga. Dije: Yo lo que traigo es una bala que le sobró a mi abuelo en la guerra de Filipinas. Está muy usada, pero lavándola un poco…Y dijo el capitán: Y cuando se te acabe la bala, ¿qué? Y dije: Pues voy a por ella, la traigo y disparo otra vez. Y dijo el comandante: Es mucho jaleo: no vamos a parar la guerra cada cinco minutos para que tú vayas a buscar la bala”.

Aquel público de 1951 se levantó para aplaudir al extraño humorista que bromeaba sobre una guerra de la que todos tenían heridas abiertas.

Otros autores han criticado la guerra desde una perspectiva trágica.  Hay un libro encomiable, El patriota y otros ensayos del inglés Samuel Johnson, compuesto de una serie de artículos escritos entre 1750 y 1760. Todos ellos son de un profundo calado humano, destacando entre ellos, uno de título impactante y provocador, La visión que el buitre tiene del hombre, motivado por las atrocidades de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), en el que pretende denunciar la crueldad humana. Nos relata que un pastor de Bohemia escuchó a una buitre adulta, que instruía a sus polluelos en las artes de la vida y les recordaba el sabor de una comida deliciosa, pues con frecuencia les ha ofrecido la carne del hombre. --Cuéntanos -dijeron los jóvenes buitres-- dónde se puede encontrar al hombre y cómo puede ser reconocido. --Los buitres-- contesta la madre --disfrutamos de su carne con frecuencia, gracias a que la naturaleza, le infundió una extraña ferocidad, que nunca he visto en ningún otro ser que se alimente sobre la tierra. A menudo ocurre que dos manadas de hombres se encuentran, estremecen la tierra con ruidos y llenan el aire de fuego. Cuando escuchéis bullicio y veáis fuego, con destellos por todas partes, acudid al lugar con el más veloz vuelo, pues sin duda los hombres estarán destruyéndose unos a otros. Encontraréis entonces el suelo teñido de sangre y cubierto de cadáveres, para conveniencia de los buitres. --Pero una vez los hombres han matado a su presa -dijeron los pupilos--, ¿por qué no se la comen? Cuando un lobo mata a una oveja, lucha para que los buitres no la toquen hasta que él haya quedado satisfecho. ¿El hombre no es otro tipo de lobo? --El hombre --dijo la madre-- es la única bestia que no devora lo que mata, y por ello es un gran benefactor para nuestra especie. --Si los hombres matan a nuestras presas y nos las dejan-dijo uno de los jóvenes-- ¿por qué esforzarnos tanto? --Porque a veces el hombre --contestó la madre-- se queda por un largo tiempo en su guarida. Cuando veáis a muchos hombres acercarse a otros tantos, como una manada de cigüeñas, concluid que están cazando y que pronto os deleitaréis con sangre humana.

No menos trágica es la visión de Eduardo Galeano, de octubre de 2009 con motivo de la Marcha Mundial por la paz y la no violencia.

"Ninguna guerra tiene la honestidad de confesar: Yo mato para robar. Las guerras siempre invocan nobles motivos, matan en nombre de la paz, en nombre de dios, en nombre de la civilización, en nombre del progreso, en nombre de la democracia y si por las dudas, si tanta mentira no alcanzara, ahí están los grandes medios de comunicación dispuestos a inventar enemigos imaginarios para justificar la conversión del mundo en un gran manicomio y un inmenso matadero.

En Rey Lear, Shakespeare había escrito que en este mundo los locos conducen a los ciegos y cuatro siglos después, los amos del mundo son locos enamorados de la muerte, que han convertido al mundo en un lugar donde cada minuto mueren de hambre o de enfermedad curable 10 niños y cada minuto se gastan 3 millones de dólares en la industria militar, que es una fábrica de muerte.

Las armas exigen guerras y las guerras exigen armas y los cinco países que manejan las Naciones Unidas, los que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas resultan ser también los cinco principales productores de armas.

Uno se pregunta ¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo la paz del mundo estará en manos de los que hacen el negocio de la guerra? ¿Hasta cuándo seguiremos creyendo que hemos nacido para el exterminio mutuo y que el exterminio mutuo es nuestro destino? ¿Hasta cuándo?"

Termino con una anécdota bélica, que conocí a través del periodista colombiano Reynaldo Spitaletta en su artículo El hedor de la guerra, publicado en el periódico El Espectador. En la batalla de Waterloo, que supuso la caída de Napoleón Bonaparte, se pronunció una palabra (en rigor, dos, en francés) que puso a los derrotados en la cima de la historia, como diría Víctor Hugo en Los Miserables. Una legión de franceses, un puñado de hombres comandados por un oficial sin alardes ni famas, se erigiría como una estela de luz en el inmenso campo del desastre. Ante el cuadro de desolaciones, los vencedores, al mando de un general inglés, Colville, o tal vez era Maitland, y viendo no solo a los enemigos muertos sino a tantos otros moribundos, entraron en una suerte de “terror sagrado”, según nos cuenta el novelista. Y guardaron silencio ante la apocalíptica visión de los vencidos, que aún no admitían su caída. “¡Rendíos, valerosos franceses!”, gritó el general inglés, con respeto ante la mortandad y, en especial, por los sobrevivientes que aún resistían. Y entonces, cuando nadie lo esperaba, se escuchó la respuesta proferida por Cambronne, “un oscuro oficial”: “¡Mierda!” (¡La merde!). El narrador advierte que quizá esa haya sido la frase más bella jamás dicha por un hombre, un héroe del lenguaje, que le dio a la guerra su real dimensión... Tal exclamación, más que una demostración de dignidad, fue un hallazgo colosal: la esencia de la guerra es eso. ¡La merde!

La esencia de la guerra es 'la merde'